Relatos

La caza de antaño y el conejo que se suicidó

 

Cuando Manuel era un chaval y vivía en Sierra Morena, una mañana nada más levantarse, tras tomarse aquella leche tan rica que su padre ordeñaba todos los días muy a primera hora de la mañana de una cabra que tenían que se llamaba “Jarropa”, y comerse aquel pan frito (picatostes) con azúcar, que desde la cama mientras se desperezaba bajo las sábanas olfateaba y escuchaba “chisporrotear” en el aceite de la sartén cuando su madre lo estaba preparando, pensó marcharse un rato de caza para traer a casa un par de conejos para hacerlos a medio día con ricos tomates de los que allí tenían sembrados en el huerto, ya que tanto a él como a sus padres, les encantaban cocinados de esa forma. Sobre todo si eran conejos jóvenes, de los del lomo anaranjadillo, a los que allí llamaban magallones, ya que los del lomo negro con rizos no había quien se los comiera de duros que estaban, aún utilizando vino para cocerlos y ablandarlos, de ahí que a no ser que Manuel se equivocara, a esos nunca les tiraba, pues cuando los veía, bajaba los cañones de la escopeta y les  perdonaba la vida para que siguieran criando y formando despensa para posteriores ocasiones en que tuvieran la necesidad de tirar de ella.

Y es que allí en la sierra, los serreños, y entre ellos la familia de Manuel, muchos días comían de lo que podían arrancarle a ésta, bien fuera carne de caza o cualquier fruto de los que se pueden echar a la cazuela o sartén y cocinarlos, como podían ser espárragos, setas u otros cualquiera. Sobre todo los comían encantados si esos frutos cogidos en el campo los cocinaba su madre revueltos con huevos, ya que así les encantaban. Máxime si esos huevos eran de los de las yemas color amarillo anaranjado que ponían sus gallinas, a las que alimentaban con trigo del que ellos también sembraban  y recolectaban y con todo lo que ellas podían “pillar” picoteando en el campo en los alrededores de la casa. No muy largo de ésta, ya que sabían muy  bien que, alejarse demasiado, les podía costar la vida en cuanto aparecieran los grajos, algún águila de las que no paraban de sobrevolar la zona  o los zorros.

Aquella mañana hizo Manuel lo que hacía siempre que iba a cazar si no le había dado tiempo a hacerlo la noche anterior, coger el cajón de madera donde su padre guardaba todo lo necesario para recargar los cartuchos -pólvora, perdigones, vainas recalibradas, tacos, pistones o mixtos, maquinilla de rebordear, atacador y todo lo necesario para esta faena- y se puso a recargar media docena, no más, ya que para cazar algún conejo o perdiz tenía más que de sobra con esa cantidad.

Una vez todo preparado, se echó al bolsillo el puñado de cartuchos que acababa de recargar, llamó a su  podenca “Diana” y juntos tomaron el camino de la “Loma de las Canteras”, que estaba a no más de 200 metros de su casa, donde había unos encierros o vivares muy buenos a los que acudían a meterse los conejos huidos de la perra cuando ésta trasteaba los alrededores. Allí encima de una piedra alta se colocaba Manuel y en un santiamén apiolaba un par de ellos, no más, porque para un guiso había más que de sobra teniendo en cuenta que en casa eran sólo tres y tampoco en aquel tiempo tenían un congelador donde meter los sobrantes para que no se les echaran a perder. Lo que sí que hacían por entonces con la carne de jabalí y ciervo, al ser mucha cantidad la que tienen estos animales, era adobarla, freírla y meterla con el aceite de haberla frito en una tinaja desde donde la iban sacando después con un cazo a medida que la iban necesitando, ya que así la podían conservar durante algún tiempo sin que se les pusiera mala. Eso sí, la de ciervo en una tinaja y la de jabalí en otra distinta, ya que así sabían en cada momento el tipo de carne que iban a comer según la tinaja de la que fueran a sacarla. Otra cosa que también hacían con la carne de ciervo en invierno, cuando el tiempo era frío, eran chorizos, con el 60% de carne de venado o cierva, un 25% de carne de cerdo casero y un 15% de panceta o tocino para que tuvieran algo de grasa y no se les endurecieran demasiado. Aquellos chorizos acababan una parte de ellos colgados en las cañas que tenían para ese menester en el techo de una habitación, a la que nunca le cerraban la ventana para que se airearan y secaran bien y, la otra parte, también en el aceite de haberlos frito metidos en una tinaja mediana como hacían con la carne.

Pero aquella mañana debía haber estado alguien trasteando o cazando la zona de “Las Canteras”, ya que estaban todos los conejos encerrados y Manuel no pudo tirar ninguno, así que se fue al “Barranco de la Casa”, donde estaba seguro que sí podía tirar algunos, algo que así ocurrió, pues nada más llegar levantó la perra uno que Manuel falló de la forma más estrepitosa  que se puedan imaginar, pues lo tiró a huevo o cascaporro y se  le marchó vivo. Al momento levantó otro la perra al que tiró de una forma mucho más difícil que el anterior y sin embrago a éste si que lo enganchó. Nada más apiolar y colgarse el conejo, siguió cazando hasta que al cruzar el arroyo que bajaba barranco abajo separando la umbría de la solana, le levantó otro la perra al que tiró también como al primero, a huevo o cascaporro y tampoco fue capaz de colgárselo.

Con un monumental cabreo por los garrafales fallos que había tenido,  más que nada por el despilfarro de cartuchos que llevaba siendo algo tan escaso como eran allí en la sierra, Manuel de nuevo siguió cazando hasta que vio otro conejo rehuido de la perra que le venía casi pidiendo que lo matara, pues subía zapeado despacito pecho arriba por un vereón en busca del encierro que Manuel tenía a su  espalda. Lo dejó llegar a una distancia apropiada y le tiró. ¿Que piensan, que lo abatió? Pues la verdad es que no sé que decirles, aunque les diré, que el cabreo de Manuel y las barbaridades que soltó por su boca fueron de verdadera tormenta de rayos y truenos, pues el conejo en vez de caer, emprendió una carrera después del tiro a más velocidad que Fernando Alonso es capaz de hacerlo en un Ferrari. Era un cometa corriendo aquel animal, hasta que según lo miraba alejarse, lo vio, después de haber corrido cuarenta o cincuenta pasos a todo meter, llegar al tronco de una encina y estrellarse contra él de una forma un tanto aparatosa. Salió rebotado y todo hacia atrás del golpe que se dio, quedándose con la tripa hacia arriba tendido en el suelo. Manuel no se lo podía creer, aquel conejo o se había suicidado tirándose contra el tronco de la encina o algo muy raro le había ocurrido.

Cuando Manuel recogió el conejo del suelo, lo miró muy detenidamente por si es que estaba “tocado” por la mixomatosis y no veía y por eso había chocado con la encina. Pero nada, el conejo tenía una pinta de sano que no podía con ella, algo que aún le hacía dudar más y entender menos lo que le había ocurrido. Hasta que optó por quitarle la piel y examinarlo bien, que fue cuando le vio un solo plomazo de quinta en la parte delantera del cuerpo, que era la munición con la que allí por entonces le tiraba a toda la caza menuda, algo que le debió provocar esa forma de acabar tan rara y mosqueante para Manuel.

Pero bueno, con el segundo conejo ya apiolado, tomó el camino de regreso hacia el cortijo acompañado por su podenca “Diana” y con su escopeta y los dos conejos colgados, pensando en pasar antes de llegar a casa por el huerto, que estaba más abajo de ésta al lado de un arroyuelo, para coger unos tomates de los más rojos y maduros para que su madre los friera con los conejos, de la forma que en muchas ocasiones los comían.

Y es que en aquellos tiempos, Manuel y la mayoría de serreños de aquella parte de Sierra Morena donde él vivía, lo mismo que los cazadores modestos del pueblo, casi nunca o nunca cazaban por gusto o afición, sino por la necesidad de acarrear proteínas a sus despensas para alimentarse, tanto ellos como sus familias, algo que hacían muy a menudo. Por eso Manuel siempre ha dicho que, en aquel tiempo, él nunca veía la caza como muchos cazadores decían y dicen verla, como un deporte, ni tan siquiera en muchas ocasiones Manuel por entonces la veía como una afición. Él la veía cuando vivía en Sierra Morena, más que como otra cosa, como un necesario instinto heredado de sus antepasados para conseguir proteínas. Y la sierra lo mismo, dice haberla visto siempre en aquel tiempo, como una gran despensa natural a la que con mucho respeto y agradecimiento, había que “arrancarle” lo necesario para la despensa de casa.

A muchos cazadores de hoy, de los que no vivieron aquellos difíciles tiempos y ahora salen al campo con un cargamento de cartuchos dispuestos a soltar tiros sin ninguna restricción, lo que han podido leer hasta aquí, les puede parecer una verdadera locura contada por un trasnochado cazador, pero Manuel dice que así fue como en aquella época su padre le enseñó a comportarse cazando. A él le decían en casa, que cuando tuviera dos o tres piezas colgadas debía colgarse también la escopeta y dar por concluida la jornada de caza, pues con esas piezas tenían bastantes para hacerlas con arroz, patatas o de otra cualquier forma, que el resto había que dejarlas como ya les he comentado más arriba, vivas en el campo para que fueran criando y formando despensa para posteriores ocasiones en que tuvieran la necesidad de tirar de ella. Además, así ahorraban cartuchos, algo muy necesario e importante también para los serreños y cazadores modestos de las zonas rurales de aquel tiempo.

También habrán podido observar en lo que hasta aquí han podido leer, que a los cazadores serreños  y a los de las zonas rurales, todavía no les habían llegado en aquellos tiempos esos modernos síndromes que posteriormente se fueron extendiendo por todo lo ancho y largo de  nuestra geografía, el de las las grandes perchas de especies menores de caza y el de los grandes trofeos de especies de caza mayor. Lo mismo que aún no les había llegado eso de que la caza es un deporte, ni muchísimo menos!!! Es más, como ya he dicho en anteriores ocasiones, de haber llegado alguien en aquél tiempo a la sierra o a las zonas rurales diciéndoles que la caza era un deporte, seguro que todos hubieran pensado lo mismo, que qué tendría que ver la caza con el deporte, que eso era una de las muchas locuras que puede decir cualquiera.

 

P.D: Con lo que han podido leer, en ningún momento he querido decir que la caza actual o los cazadores de hoy sean, o seamos, peor o mejor que los de antaño, Dios me libre de ello. Tan sólo he querido que vean cómo era, más o menos, la caza de antaño para los cazadores serreños y de las zonas rurales.