Blogs

Miguel Ángel Romero

Desde mi Tronera

Miguel Ángel Romero

Colaborador habitual de publicaciones cinegéticas

Tordos, mirlos, zorzales y algo más

El trampeo y demás artes de caza tradicionales en la Península Ibérica son —sin duda alguna— un arte importante de cultura empírica, despues de ser pisoteado por un atajo de cafres mayúsculos cuya vida Dios confunda.

30 mar. 2022 - 1.307 lecturas - No hay comentarios

Hará varios siglos que ninguno de mis coetáneos  se atrevería a pronosticar el futuro de la caza.

No entiendo ni transijo esta manera de cazar donde la sinrazón y lo esperpéntico se abren camino en esas partidas venatorias tan propias de garitos carcelarios cuyo devenir lúdico es más propio de rufianes que de cualquier menesteroso después de entrar en presidio.

A los jóvenes de ayer nos duele más la carencia de estipendio que  a los monaguillos de hoy según el baremo de: misas, rosarios, extremaunciones, entierros, rogativas  y demás actos religiosos donde se nos requería en primera fila.

No. No se habilitan soluciones donde predomine el amor al prójimo sin fe, esperanza y caridad. Aquí reinan los agraciados de la administración quienes causan admiración tanto del “matabichos no monacal” como de otros seres propios del mal”. Gentuza, toda ella, que está acostumbrada a vivir a costa ajena, que son los que mejor viven. Pues viven  “sin pegar palo al agua” aligerando carteras o llevándoselas enteras con el móvil dentro. ¡Faltaría más!.

Los niños de hoy ya no buscan nidos, ni pescan cangrejos a mano, ni llevan flores a la Iglesia, ni cortan palos, ni hacen hogueras, ni pescan ranas… NADA.

Otra cosa que han potenciado los malandrines, ha sido la caza nocturna desde el coche y las esperas traicioneras sin venir a cuento  a sabiendas de que no hay daños que justifiquen tamaños desafueros.

Puestos a culpar, culpemos a la caza de todos los males a sabiendas de que no son los reales, pero ya veréis cómo se ponen los muy felones de la espingarda y el chucho.

 Lo de ahora está circunscrito al móvil, y a la Play Station. Lamento lo que nos deparará esta mala administración a los jóvenes cazadores de a pie. No se crean que con los medios actuales se puede finiquitar una especie  o convertirla en otra autóctona o viceversa. Tal vez exagere pero jamás intente sembrar caza a través de la jaula, de la mixturación y de toda acción no natural. De hecho, han empezado ya con nocturnidad y alevosía con un atentado económico que yo no hubiera creído jamás. ¿Y lo disculpan?: Pues claro, pues muchos de ellos meten palos en las ruedas. 

Ahora se ha puesto de moda cazar por la noche desde el coche y practicar con saña  las traicioneras esperas nocturnas llevadas a cabo por los “matabichos profesionales” que se encuentran entre el grupo de: ladrones, vagos y maleantes. Nos quitarán trabajo manual —dadas las manos en las que está el tema— es imposible que beneficie a los cazadores, a los toreros o al “pincha perros” que ahora se desdice.

Ahora sobran los reclamos electrónicos, los cepos, los reclamos bucales, los filats en colls, las redes invisibles, la liga de acebo, el parany, los lazos, la piedra sostenida por cuatro palitos y 5 gramos de cereal como trigo. Palos muy endebles  y mal ensamblados, puede que se me olvide lo que no debiera. Lamentablemente y por razones de espacio, he dejado muchos métodos tradicionales en el tintero, pero cuando tenga fotos y entrevistas suficientes, haré un artículo con el tema ¡EN PROFUNDIDAD! El citado artículo tratará muy a fondo la manera de proceder en toda nuestra España que en su día recorrí y que con gastadas herramientas y el peso de la edad volveré a recorrer sin tener en cuenta las ilusiones perdidas.

«Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras» (Cazando alaúdidas en Tierra de Campos de Nuestra Castilla  la Vieja…).

Bueno, la verdad es que a nuestra Tierra de Campos castellana también venían los franceses a cazar alaúdidas. Voy a intentar resumir.

Se hacía una caseta que la cobrábamos por adelantado, pronto aprendimos que ciertos familiares venían en demanda de la matanza y no a regar la huerta. Metíamos hierba por las rendijas a fin de que se taponaran todas las entradas de aire debido a que por muy machimbrados que pusiéramos los: adobes, tabones, piedras, etc. etc. Siempre había corrientes. La mejor chabola era la que hacíamos con cepellones de césped, pues se ajustaban las paredes a las mil maravillas y algunas duraban años, si bien es cierto que había que retocarlas periódicamente.  No poníamos puertas de madera. No. Hacíamos, la puerta pequeña a fin de poder taparla con la manta de las mulas. La sujeción de la puerta consistía en clavos grandes que tapaban la puerta clavándolas a la manta que cerrábamos con  estacas metálicas que nos facilitaban los herreros de la zona. Eran estacas con una argollolla para atar el ramal a la  citada herramienta. Siempre se procuraba que la argolla de la cabezada guardara distancia a fin de que el semoviente no llegara a los frutos del vecino. O sea: para que el animal estacado  en cuestión no comiera gratis en la tierra del vecino. Pues los caciques se encargaban de ir con el cuento a las más altas instancias para que se fuera desmoreando el pueblo poco a poco. ¡Vecino que se marchaba, casa que tiraban y tierras que compraban a precio de robo descarado! Esa es la España Vaciada y no otra desalmada, que para eso estaban ellos. 

Luego, hacíamos los agujeros en las paredes de la chabola para disparar desde ellos (mechinales) sin dejar pasar la luz del día. O sea, que en una instalación así, parecíamos los legos de una Orden de Franciscanos Mendicantes. Y era normal si nos vieran  con nuestras mantas de lana que yo conservo todavía. En los agujeros por donde metíamos la estaca de pacer el ganado, cosíamos un ojal de hilo gordo untado con pez para atar la manta a la caseta y que no se rasgara el tejido del hilado (la manta). Si sobraban hijos, se les llevaba al convento para dejarles sin nada. o colocarles en los centros oficiales si no se les echaba. 

Lo realmente importante del parany eran los espejuelos cuyas aspas de madera llenas de pequeños trozos de cristal de colores se movían de forma mecánica a través de un reloj, motor o maromillas. Era entonces cuando se atraía a las calandrias, totovías, etc. Al quedarse quietas, pero suspendidas encima del invento parecían unos fuegos artificiales de los de día. Las aláudidas se quedaban como cernícalos encima de un ratón moviendo las alas en el aire como hipnotizado o así. El tiro era y sigue siendo infalible. El gozo, era grande y los movimientos nerviosos de las alas, preciosos. Sí, sí. Hace años que está prohibido y en ese periodo han menguado tanto las aláudidas, que casi han desaparecido. Ya no vienen las calandrias en bandadas como las de antes, pero sueltan topillos (Microtus arvalis) para que se los coman los zorzales. 

Sabido de todos es que veréis a los pastores de una cierta edad montados en el burro con la ropa propia del oficio. Obispos de Páramo, que así les denominábamos por parecerse sus ropajes al de los clérigos mayores cuando venían a predicar en Semana Santa. 

La última manta que compré fue hace unos 3 o 4 años en un establecimiento histórico de León denominado FLANAGAN. Es una industria textil de solera denominada Tejeduría Val y ubicada en San Lorenzo (León). Un establecimiento abierto las 24 horas del día. “Abierto 24 horas”. "Mantas de lana artesana. Unas caras mantas de lana y muchas de pastor con tejido cuyo paso data de varios siglos atrás y han sido fieles tanto en la hechura cómo en los colores que son los mismos de hará dos siglos, por lo menos.

La gente escribe sobre: furtivismo, caza medieval y mil paparruchas manidas más, pero no estudian los temas en profundidad, dicen todos lo mismo o confunden más. Pero lo hacen con un sesgo importante basado en oídas de barra de bar, de oídas y poco más. Señores, amigos, no les quiero molestar, pero… esto mengua y la cultura rural se va a quedar por el camino. También estoy haciendo un ranking de las capturas de los últimos 50 años.

A mi me gustan las hormigas de ala que están prohibidas en Navarra donde las llaman aludas. Y en lo que a ligas se refiere. Me gusta la corteza de acebo y los frutos pegajosos del muérdago que crecen con ramas verdes de hojas perennes y tienen las cortezas más gordas y esonjosas para que el musgo pueda cosecharse con mucho fruto y ramas con corteza gorda y esponjosa. Las ligas son un mundo que va más allá de la vareta untada con estos dos últimos materiales prohibidos, pero so pretexto Navideño actual llevan siglos entre nosotros. Quien no sepa apreciar el muérdago y al acebo, que se dedique a otros menesteres venatorios pajariles.

Empezamos por cestos, capazos, cribas… etc. etc. y terminaremos por loberas, oseras, pasos de carreteras, cuevas, y un largo etcétera que dejaré de utilizar en la caza de perdiz con reclamo macho en la que participé en unos 14 Campeonatos de XXI que se celebraron en España mientras yo ejercía como participante y seguiré celebrando con fuerza y buena maña Otras participaciones particulares de diferentes modalidades, ya han prescrito… Rex populi, rex dei.

En agosto se formaban grandes bandos de calandrias que pernoctaban donde había hormigueros o avenas y al amanecer emprendían vuelo hacía su destino final en varias etapas  mediante un viaje cuya temeraria seguridad dejaba mucho que desear. Los castellanos en general y yo en particular, vigilábamos desde la cumbre más alta de una tierra lisa (Tierra de Campos) y llegada la noche, procedíamos.

Cuando la noche cubría todo el campo con su negro manto a sabiendas de donde estaba el epicentro de  una planicie llena de aláudidas, yo me encaminaba hacia las aves con una criba, montado en el semoviente más tranquilo de casa al que le ponía un cencerro de vaca en el cuello y allí me iba a visitarlas con el palo y la criba de mano de cribar titarros. Cogía muchas, muchísimas, pero eso pronto empezó a declinar para nuestro mal. Los machos se vendían. Es más, se fabricaban jaulas especiales que ya se utilizaban antes de Nuestro Señor Jesucristo, pero lo más seguro era meterlas en un saco y atarlas en el collarín del semoviente. Ahora está prohibido hasta coger las hormigas que las alimentan, pero no el Glifosato y golosinas por el estilo.

Ha de antiguo la costumbre,/ mi padre el Barón de Mies,/ de descender de su cumbre/ y cazar aves con lumbre:/ ya sabéis vos cómo es./ En la noche más cerrada/ se toma un farol de hierro/ que tenga la luz tapada,/ se coge una vieja espada/ y una esquila o un cencerro,/ a fin de que al avanzar/ el cazador importuno,/ las aves oigan sonar/ la esquila y puedan pensar/ que es un animal vacuno,/ y en medio de la penumbra,/ cuando al cabo se columbra/ que está cerca el verderol,/ se alumbra, se le deslumbra/ con la lumbre del farol;/ queda el ave temblorosa,/ cautelosa, recelosa,/ y entonces, sin embarazo,/ se le atiza un estacazo,/ se le mata, y a otra cosa. Don Mendo:
No es torpe, no, la invención;/ más un cazador de ley/ no debe hacer tal acción,/ pues oyendo el esquilón/ toman las aves por buey/ a vuestro padre el Barón./
Moncada: Es verdad. No había caído.../ Vuestra advertencia es muy justa/ y os agradezco el cumplido.../ ¡El Barón por buey tenido!.../ No me gusta, no me gusta.

Marqués de la Moncada / La venganza de Don Mendo, Pedro Muñoz Seca

Algunos datos

Yo les escribiría sobre un mundo de tordos, mirlos, aláudidas y un largo etcétera, pero me iría a las nubes en lo que a espacio se refiere, motivo éste por el que me voy a circunscribir a un entorno resumido, fácil de entender, tangible y dejando que hablen las imágenes, cosa bastante difícil, pero no imposible. y a la vista de las imágenes.

Una de aves migratorias más esperas

El zorzal hace menos de un lustro que entraba inicialmente y lo hacía en la península de manera masiva. Inicialmente lo hacía en los meses de octubre y noviembre. Según el Ministerio de Medio Ambiente, en el año 2015 se registró en su anuario de Estadística la captura de 4.957262 zorzales, 4.430.345 en el año 2014 y 6.919.073 en el año anterior.

En los últimos años se viene registrando una progresiva regresión en las capturas. Este hecho ha llevado a la Fundación Artemisán a un estudio denominado “Proyecto Zorzales”. Y lo ha hecho con la intención de recopilar información por parte de los cazadores. La implicación del colectivo cinegético será vital en el éxito de este proyecto.

Los cazadores estudian a las aves migratorias y sus costumbres

Su objetivo es “promover el seguimiento y aprovechamiento sostenible de las distintas especies de zorzales”. A su vez se   pretende mejorar el conocimiento de sus costumbres. La Fundación ARTEMISAN junto con la Real Federación Española de Caza y sus federaciones autonómicas coordinan este proyecto puesto en marcha y financiado por Mutuasport. En este estudio financiado en el año 2020 y con una vigencia de cuatro años, colaboran la Unidad de Investigación en Recursos Cinegéticos y Piscícolas de la Universidad de Córdoba y la asociación de Zorzaleros Españoles.

La tecnología al servicio de la caza

La base de esta  investigación no se limita únicamente al conteo de aves a pie de campo. Se están realizando estudios con transmisores GPS, Satélites Argos para detallar las rutas migratorias y los movimientos en nuestro territorio de los zorzales.

Dos ejemplares de zorzal, macho y hembra, fueron marcados con GPS por primera vez en España  el mes de mayo. Junto a esta iniciativa pionera en nuestro país mediante el uso de métodos bioacuáticos.

Caza y tecnología

Hasta los cazadores somos esclavos de la informática, del teléfono móvil y, últimamente, de las aplicaciones que facilitan nuestro natural desenvolvimiento campero. He tardado más de lo que suele ser habitual en ponerme a escribir el artículo de marras, porque el ordenador, al que tengo el “honor” de dirigir mis dedos, pensamientos e ideas, se negaba a arrancar, después de que una actualización de Windows lo dejara como a perdiz herida tratando de levantar el vuelo sin conseguirlo.

En efecto, mientras contemplo el techo de la oficina, cruzo los dedos para que no ocurra el fatal desenlace y nuestro mejor amigo de aquí, sin duda el informático, solucione con su audacia un problema creado por unos sesudos programadores de cualquiera de las factorías de Microsoft en el mundo, cuyo afán por renovar el software, casi a diario, hace que el hardware se caiga.

Pues bien, todo esto me ha traído a la memoria recientes historias venatorias en las que algún avezado cazador de escopeta, y paso firme en la siembra, malogra el tiro al conejo según repiquetea, atronador, su teléfono móvil. Al cual, incomprensiblemente, presta más atención. Otras, en las que al joven montero se le escapa el cochino al brillo cegador de la luz producida por los mensajes intercambiados con su nueva novia.

El otro día, me comentaba alguien, que convendría prohibir el móvil en las monterías. No por lo que acabo de relatar, sino más bien, debido al excesivo uso de las cámaras que se hace en ciertos lances para su posterior publicación en redes sociales. Lances, muchos, que sólo comprende el cazador, no el público en general

Las aplicaciones móviles son la nueva adulteración de nuestra pasión. Aplicaciones que, sin duda, terminarán por triunfar.  La contemplación del campo a través del teléfono, de nuestras experiencias al paso de una u otra encina delatora, mientras nos perdemos la puesta o la salida del sol, el olor de la tierra, los chaparros, la jara, podrían despegarnos algún día del monte. ¡Esperemos que eso no ocurra ¡jamás!

Una imaginación, no demasiado desbocada, me lleva proyectar la realidad de los drones entre los horizontes venatorios. Esos aparatitos de cuatro hélices tan apetecibles para niños y adolescentes. No sé, pero quizás no tardemos mucho en avistarlos tras la Berrea, el rececho del Corzo o la espera nocturna. Llegarán, obviamente, con detectores de temperatura para

descubrir a ese macho cuya presencia nos ha sido siempre invisible y sólo puede ser superada con nuestra inteligencia. En breve, ya no hará falta…

La caza y la tecnología móvil, ¿parejos o antagónicos?, quién sabe… Para mí, que acudo a las sierras en atrevido alejamiento de todas las ataduras urbanas, aparecen incompatibles.

Y, sin embargo, aquí estoy, frente al ordenador, esclavo de sus teclas, suspirando porque no se vuelva a caer, abandonando mi mente en esa suerte de impotencia, frustración y rabia que me provoca el recuerdo ante la maldición de la pantalla azul y el “error inesperado al cargar Windows”.

Eventualmente, el cazador cautivo de la ciudad y sus cadenas, lleva dentro de sí un alma insurrecta ante el cemento, una ilusión rebelde por verse algún día absolutamente retirado de los artificiales brillos, del plástico de larga duración y de la sumisión al móvil. Todos, nos envolvemos en ensoñaciones de madrugadas y anochecidas con vistas al prado, al terruño. Sensaciones reconfortantes, al contrario que las que nos provocan el disco duro y la copia de seguridad. Por algo será…

Manuel María Baquedano

 

• 
 •

Inicia sesión o Regístrate para comentar.