Tras un cuarto de hora de carrileo infernal, pues el carril era a veces como una calzada romana reventada, llegamos al puesto Rafa Lurueña, Lola Fernández, de Excopesa, que trajo unos excelentes chalecos naranjas para todos los puestos, y un servidor, que tras la insistencia de Rafa y las ganas de echar un rato de campo con amigos de toda España, dejó por unos días su Huelva natal.

José Ignacio Ñudi

 

Nada más llegar al sitio y comprobar que todos los órganos seguían en su sitio tras el baile carrilero, vemos delante dos tiendas de campaña de unos excursionistas que, silenciosos, se fueron rápido, y detrás una casa grande en cuyo patio un grupo de franceses hablan y ríen en torno a un suculento desayuno. Estamos en un altillo, una especie de balconcillo que asoma a una lengua de tierra y a otros barbechos hacia la izquierda.

De frente, un monte cerrado de pino carrasco, sabinas, algún roble, y en el suelo romero mezclado con algún durillo. Para ver algo hay que colocarse a media ladera, pero el terreno es más irregular y mi silleta de cuatro patas y respaldo, compañera de tantas esperas, no se asentaría bien, de modo que quedo en el balconcillo bajo un gran roble que me da sombra pero me asusta con cada bellota que suelta. Ande yo fresquito y… Rafa y Lola se bajan a media ladera con un magnífico Blaser R8 del .308 y visor Zeiss que, puesto en tiro por Aniceto, el armero de Excopesa, trae Lola para la ocasión. Creo que no hay mucho jabalí porque hay mucha bellota en el suelo sin tocar y desde el coche vi un charquito de barro intacto, ideal para una baña, y más con este calor.

Pero me da igual. He venido a pasar un rato con los amigos al campo y eso basta, máxime cuando la compañía lo merece.

Sí escucho y veo varios zorzales que vendrán sin duda al fruto de la sabina, incluso alguno es charlo. Le digo a Rafael que habría que hacer la propuesta que hizo en su día mi padre al titular de su coto: que los socios del coto, o sea él, pudieran tirar también las perdices en la montería. Mi padre, muy aficionado exclusivamente a la menor, le importaba un comino los jabalíes y venados. Sin embargo, la montería podía convertirse para él en un excelente ojeo.

Se ven zorzales, pero no muchos. En el desayuno, un palomero navarro me ha dicho que están aún en Francia, comiendo las últimas uvas de las viñas francesas.

Uno de los cazadores franceses se me acerca para preguntarme qué estábamos cazando y si molestaba la conversación de sus amigos.

—Qué va. No molestan —le dice amablemente Rafael.

A mí me dieron ganas de seguir y decir: «Ya da igual porque entre los excursionistas y vosotros habéis espantado todos los jabalíes de la comarca».

Al rato montaron en sus preparados todoterrenos y se fueron, al parecer hasta donde los esperaban otros cazadores y empezar a cazar. La frontera no está a muchos kilómetros y la caza en España es más barata que en el país galo. Se escuchan algunos tiros, que nos dan esperanza, pero por allí sólo cruzan algunos perros que, por cierto, se soltaron junto a nosotros, que estamos apostados en uno de los puestos que cierran la mancha por el sur.

No ha entrado ni siquiera un zorro que hemos visto en un prado mientras veníamos hacia acá. Y es que a los zorros tampoco les debe gustar el francés.

El sol se ha ido moviendo hasta dejarme sin sombra y ese calor ha hecho que me durmiera como un niño. Me levanto con un ligero dolor de cuello y decido explorar un poco los alrededores mientras Rafa y Lola siguen esperando a media ladera un milagro que no llega, a pesar de algunas ladras prometedoras pero largas.

Me acerco a la que suponía casa y se trata de una bonita ermita de 1913, como pone en el frontispicio de la misma. O sea, que los franceses estaban desayunando en los frescos soportales de la misma. Qué despiste, máxime cuando Rafa y yo comprobamos que estábamos mirando al sur, no al norte, como pensábamos, y que por tanto lo que teníamos delante no eran las primeras estribaciones de los Pirineos, que Los Pirineos estaban a nuestra espalda. Fue Lola la que se dio cuenta: «¿Pero no visteis por dónde salió el sol?»

Tenía más razón que un santo, o santa en este caso, pero no nos dimos cuenta ni Rafa ni yo. Qué grandes exploradores se perdieron con nosotros.

Tomamos el bocadillo y un poco más tarde nos recogen.

Al parecer, a pesar de tanto tiro, unos 47 según dicen, sólo se han cobrado tres jabalíes, uno muy bueno y macho. Se anuncian muchas chuflas por la mala puntería de algunos.

Hacemos un alto donde preparan los animales antes de enviarlos a una sala de despiece, y efectivamente el macho es un serio macareno que podía tener los 80 o 90 kilos. Los otros dos, una cochina mediana y un bermejo.

Hace mucho calor y todo está muy seco, tanto que los carriles están polvorientos, casi como en verano.

La mala puntería de los puestos sale a relucir. Rafa echa la culpa a Lola, que la noche antes impartió a muchos una magistral clase de balística que, según Rafa, les trastornó. Yo sin embargo, más de la antigua escuela de las revistas, creo que es consecuencia de teclear tanto el ordenador para participar en Club de Caza, perdiéndose así la justa sensibilidad que debe tener el índice a la hora de apretar el gatillo, pero no era el momento, y más con Rafa delante, de esgrimir esta teoría.

 

José Ignacio Ñudi