Cenando con Tomás me comentó que en septiembre iba a visitar una reserva de rebecos que le habían ofrecido en Rumanía. Inmediatamente me apunté al viaje, quedando con él en que le acompañaría y que, si había posibilidad, abatiría uno aprovechando la visita, ¡qué mejor forma de conocer la reserva que cazándola!

Soy un apasionado de la caza de rebecos y nunca había salido fuera de España a rececharlos; también hacía años que no intentaba su caza, dado el esfuerzo que generalmente requiere, la edad y la pérdida de forma física, pero me animé por cazar en compañía de Tomás, a quien me une una sincera amistad. Tenía unos meses por delante y comencé a entrenarme para recuperar la forma e incrementar mi resistencia física. Afortunadamente, vivo en la sierra de Guadarrama con un entorno montañoso muy cerca de mi casa, que empecé a recorrer asiduamente.

Pues bien, el día 5 de septiembre aterrizaba a las cinco de la tarde en Sibiu, donde me esperaban Inés y Tomas, que habían llegado días antes desde Hungría para visitar algunas reservas de caza rumanas.

Sibiu está ubicada en los Cárpatos que, junto con los Pirineos y los Alpes, son las tres cadenas montañosas de Europa. En los Cárpatos se encuentran las mayores poblaciones europeas de oso pardo, lobo europeo, linces y rebecos.

Es una ciudad bellísima, centro turístico y cultural de Transilvania, sus barrios históricos y sus fortificaciones medievales son de las mejor conservadas de Rumanía. En 2004 el casco antiguo de la ciudad entró a formar parte del Patrimonio de la Humanidad. La proximidad de las montañas Fagaras la convierten en un destino apreciado para la práctica del trekking y, por supuesto, de la caza.

Del aeropuerto nos fuimos al hotel, para, posteriormente, recorrer las calles de Sibiu admirando su belleza en tanto encontrábamos un lugar que nos apeteciese para cenar.

A la mañana siguiente, muy temprano, casi de madrugada, nos esperaba en la puerta del hotel el director de la reserva para acompañarnos hasta un pueblo cercano, desde donde subiríamos andando a la cabaña Suru, campamento y base de operaciones de la reserva de caza.

Llevábamos el equipaje mínimo para pasar dos o tres días en la montaña, encontrándonos con la agradable sorpresa de que nos lo subieron con unos burrillos con los que habitualmente subían a la cabaña todo lo que necesitaban. Nosotros comenzamos a ascender por un estrecho sendero guiados por Basile, el guarda de la reserva. Al principio fuimos ascendiendo bordeando un estrecho caudaloso río para, posteriormente, ir introduciéndonos en una masa forestal compuesta por hayas y robles, y cerca ya de la cabaña, abundantes abetos. Me impresionó el suelo del bosque donde se podían observar cantidad de gruesas raíces que ocupaban todo, como si de una inmensa telaraña se tratase, poniendo de manifiesto la escasez de tierra en el suelo de aquellos bosques.

Después de tres horas de ascensión llegamos a la cabaña situada a 1.446 metros en plena ladera del Monte Suru.

La cabaña estaba en obras y nos acoplamos en la única habitación disponible, que era muy amplia, y colocamos en unos camastros que había nuestros sacos de dormir, mientras que el guarda y el personal de la reserva ocuparon la planta alta. La cabaña también disponía de una zona de comedor y una cocina muy bien dotada donde estaban comenzando a preparar un guiso que olía muy bien y que, imaginamos, sería nuestra futura comida.

En el exterior tenían instalados unas mesas y asientos desde donde se observaba un paisaje imponente, se divisaban unas cumbres que, quizá, por temor a mi capacidad física me parecían muy bellas, pero inquietantes. Desayunamos placenteramente y decidimos subir, Tomás y yo, a la cima del Suru para, desde allí, echar un vistazo a aquella parte de la reserva. Nos acompañó Basile, llegando a la cima tras una hora de continua ascensión.

La cumbre del Suru, en esa zona, es una estrecha cuerda compuesta de verdes prados que se desploma en una pendiente ladera hasta llegar a un arroyo de bravas y puras aguas de montaña. Atravesando éste, te encuentras prácticamente una pared que tienes que ascender. Este sube y baja es constante para aproximarte a las cumbres donde nos indicaron que se encuentran los mejores ejemplares de rebeco de esta zona.

Hacía una soleada mañana y nos sentamos cómodamente a registrar con los prismáticos toda aquella maravilla que estaba al alcance de nuestra vista, y pasó que, casi en la cumbre que teníamos enfrente, divisamos un rebeco que tenía toda la pinta de ser un excelente ejemplar. No teníamos previsto cazar en este primer día para organizarnos en la cabaña y recuperarnos del viaje del día anterior y del madrugón, pero habíamos subido un rifle, yo llevaba zumos y unas barritas energéticas, así como unas pequeñas linternas en el morral y para qué necesitábamos más: atraídos por la figura muy lejana del animal, nos fuimos a por él.

La bajada de la ladera, abundantemente poblada de vegetación que unas veces nos dificultaba la marcha y otras nos ayudaba al ir agarrándonos a las ramas para salvar desniveles del piso, fue rápida dado el ritmo que imponía Basile. Cruzamos un arroyo y comenzamos a ascender por la siguiente ladera. En este caso la subida fue mucho más penosa y lenta, ya que el ritmo lo imponía yo, que era animado por Tomás quien exaltaba de cuando en cuando lo salvaje y bello que era todo aquello, haciéndome notar la inexistencia de sendas ni veredas. Basile, de vez en cuando, demostrando sensibilidad hacia mí se paraba y, tocándose los muslos de las piernas, me preguntaba: "¿Abuelo bien?". Que me preguntase era de agradecer, pero lo de "abuelo" me preocupó, ya que hasta ese momento no tenía yo esa imagen de mí, no obstante me guió la prudencia.

Llegamos a la cima y comenzamos a mirar con los prismáticos al lugar donde habíamos visto el rebeco, pero no lo localizamos. Comenzamos a descender por la siguiente ladera y nos sentamos en un pequeño prado que había entre la densa vegetación y que nos permitía otear la cima de la montaña y un gran circo que existía a nuestra derecha. Basile nos indicó que no nos moveríamos de allí, ya que aquella era una zona muy querenciosa para los rebecos. Después de una larguísima espera, con siesta incluida, a las seis de la tarde Basile pronunció una palabra que nos activó: "¡¡cabra!!". Estaba en un collado, muy cerca de la cuerda que conducía a la cima de la montaña y, como no podía ser de otra forma, teníamos en medio otro barranco de empinadas laderas con el correspondiente arroyo en medio; bajamos y ascendimos con la mayor rapidez que pudimos, ya que el ruido no era un problema por el sonido del agua del arroyo.

Llegamos hasta unas rocas que anticipaban otro barranco que estaba inmediatamente antes de llegar al collado donde habíamos visto el rebeco. Era una hembra con un trofeo muy alto: nos pareció muy buena cuando la vimos. Apostados en aquellas rocas y muy tapados comenzamos a mirar con los prismáticos. Basile y Tomás localizaron a la rebeca entre la vegetación, yo era incapaz de verla a pesar de todos las indicaciones que me daban.

Comencé a sentir esa sensación de desesperación al no ser capaz de localizar a una animal que otros están viendo, pensando que podía, por mi torpeza, echar por tierra todo el esfuerzo que habíamos realizado. La tarde ya estaba muy avanzada, pero acordamos esperar unos minutos más que pasaron muy rápidamente. Decidiendo esperar otro rato, aun conociendo el riesgo de que se hiciera de noche para nuestro regreso a la cabaña. Seguíamos apostados con todo preparado para efectuar el disparo al collado, donde pensamos que aparecería la rebeca, dado que era en ese lugar donde existían más claros con abundante pasto. Al fin la vimos aparecer: estaba a unos doscientos cincuenta metros y comenzó a mirar hacia donde estábamos intuyendo nuestra presencia. Tomás me susurró que tenía un trofeo espectacular y era muy grande.

La apunté cuidadosamente y, para no precipitarme, me tomé todo el tiempo hasta que la vi atravesada en el visor. El rumor del agua al despeñarse por los arroyos cercanos amortiguaba el ruido que podíamos hacer, por lo que estaba seguro que no se iba a ir de donde estaba. Es curioso cómo, a pesar de los muchos años de caza que uno lleva a sus espaldas, resulta imposible el dominarte antes la presencia de un buen trofeo, notando los latidos acelerados de mi corazón cuando apuntaba. Se produjo el disparo, que por un momento acabó con el silencio de aquel lugar y con la vida de la rebeca que cayó sobre sus patas, sin hacer un solo movimiento. Recibí la cariñosa felicitación de Tomás y la muy efusiva de Basile, quienes salieron disparados para eviscerar y traer al animal; yo preferí quedarme sentado recuperándome de la emoción del momento.

Mientras volvían con la rebeca miraba aquel paisaje grandioso admirando su salvajismo y belleza, meditaba sobre qué fuerza nos influye para que te desplaces miles de kilómetros y te sumerjas en un entorno desconocido para conseguir un animal. Tomás me sacó de mis pensamientos, indicándome desde el collado que era un buen trofeo: lo trajeron y tomamos las fotografías de rigor. La satisfacción de todos era enorme.

Nos preparamos para regresar a la cabaña. En ese momento eran las ocho de la tarde. Basile, cargado con la rebeca, volaba por aquellas laderas; Tomás hacía de enlace entre Basile y yo, que subía y bajaba, ya sin luz y ayudados de las linternas, como podía. Llegamos por otra ruta a la cabaña a las diez y media de la noche donde Inés, que había oído el tiro, nos estaba esperando para felicitarnos, convencida de nuestro éxito.

En la cabaña nos encontramos con las felicitaciones de todos y con un abundante guiso de patatas con carne que Tomás y yo fuimos incapaces de probar. Comentamos con Inés cómo el ver con los prismáticos un rebeco nos hizo cambiar nuestro paseo por un rececho muy duro, pero precioso.

A la mañana siguiente amaneció un día nublado y lluvioso, típico de las zonas de montaña, por lo que nos alegramos de haber realizado el rececho el día anterior a pesar de no estaba previsto. Recogimos y, en una buena caminata, descendimos hasta el pueblo donde habíamos dejado el coche el día anterior, para regresar al hotel en Sibiu.

En el avión de regreso vine pensando en todo lo acontecido: en el rececho tan interesante, en el buen trofeo conseguido y en lo entrañable que resulta cazar en compañía de buenos amigos, con quien comentar en un futuro estos lances. Venía contento por mi respuesta física y con las rodillas doloridas y, sobre todo, con la determinación de volver.

 

Marcos Jiménez