Cuando era profesor de gramática y literatura española en la universidad de Texas A&I conocí un día a Mick Jarina. Su esposa trabajaba con la mía en unas oficinas administrativas de la universidad. Alguien invitó a Mick y a un amigo a cazar codornices en el famoso King Ranch, el rancho más grande de EE.UU. y uno de los más grandes del mundo.

El rancho King había crecido a partir de donaciones (parte del sistema de encomiendas) de Carlos III a gente importante del antiguo virreinato de Nueva España. El rancho fue fundado por el capitán, o piloto de río, Richard King y un socio suyo en 1853; luego añadieron otras muchas haciendas mexicanas que consiguieron de distintas formas más o menos controversiales hasta llegar a tener 4.900km2 (1 millón 200 mil acres) distribuidos por seis condados diferentes del estado de Texas.

A lo largo de los años, adquirió gran fama, especialmente en ese enorme estado, por la creación de la primera raza de ganado vacuno para carne, oficialmente reconocida en 1940: la raza "Santa Gertrudis"; por el petróleo y gas natural encontrado en enormes cantidades a partir de 1933, y por sus quarter horses y caballos de pura sangre. Quien haya visto la película Giant (1956), con Rock Hudson, Elizabeth Taylor y James Dean tiene una idea de lo que es este gran rancho retratado en la cinta (con el nombre de "Reata"), con la actual ciudad de Kingsville en su centro y en la práctica controlada por el rancho.

Cuando llegué a la universidad en 1970, el King Ranch también obtenía fondos alquilando la caza de ciervos, codornices, animales exóticos y, más tarde, del antílope de la India llamado nilgai (la especie más grande de Asia).

Mick y yo nos dirigimos una mañana a una de las cuatro divisiones o secciones del rancho, a la zona sur de la de Santa Gertrudis (a menos de 20 millas de nuestras casas), situada al oeste del pueblo de Riviera. En esta división, Bob Newton, amigo de los dueños del gran rancho, tenía alquilado —creo que con otros socios— un coto para cazar codornices. Después de los saludos de rigor, montamos en su gran jeep dispuesto con todas las comodidades y aparejos convenientes para la caza. Íbamos dos cazadores delante y dos detrás y un poco más altos. En la parte trasera, en dos grandes jaulas, iban cuatro perros: Duz, Seidi, Sandi y Chico. Las escopetas iban metidas en amplias fundas adosadas al jeep. Y nos dirigimos ilusionados (yo bastante sorprendido por aquel desconocido sistema) hacia la zona elegida para la caza de aquella mañana.

En algún momento a solas, "Oso" Solís, ayudante de Bob, y posiblemente un kineño o trabajador del King Ranch, me preguntó en español, con palabras inglesas entremezcladas (los otros dos cazadores apenas sabían lo suficiente de la lengua española para seguir una conversación a ritmo normal) si yo tenía algún "lease" o coto arrendado para la caza. Le indiqué que cazaba con un amigo por el condado de Zapata, cerca del pueblo de San Isidro, en un pequeño coto de unos 300 acres. Me indicó suavemente que el coto en el que empezábamos a cazar esa mañana era "de 20". A lo que yo, torpemente, le pregunté no sé por qué y a manera de aclaración:

—¿Dos mil acres?

—Veinte mil —contestó como el que no decía nada. No me pareció que lo dijera en plan de lucirse o hacerme quedar mal. Pero sí me sentí un poco avergonzado. Claro que para cazar en mi pequeño coto yo pagaba como un señor, sin deber nada a nadie; él cazaba, o ayudaba a cazar, como peón o criado pagado de un hombre rico.

Para mejor entendimiento de lo dicho, se debe aclarar sobre estas medidas americanas para la tierra que el tamaño del coto era de 81 km2 o casi 9 hectáreas de superficie. Prácticamente una insignificancia dentro de los 3.340 km2 de todo el rancho King en el momento presente; por eso teníamos que usar un vehículo para movernos de una zona a otra.

Para no quedar peor, no añadí nada sobre el sistema que Félix y yo usábamos para la caza: andando, sin perro, silbando a las codornices y cuando por fin echábamos un manojo y matábamos con suerte alguna nos fijábamos muy bien dónde se tiraban las demás y hacia allí íbamos los dos para seguir echando codornices y disfrutando de más tiros. En ocasiones, matábamos el límite diario, diferente según los años, pero alrededor de 16 por cazador. Pero nuestra caza era, sin duda alguna, el sistema del que no tiene medios para cazar a lo rico. Por lo que nosotros pagábamos anualmente en nuestro pequeño coto, alquilar uno del tamaño de aquél dentro del King Ranch sería, sin duda, algo prohibitivo para sólo dos cazadores de clase media.

El jeep marchaba lento por los amplios senderos de la propiedad con los cazadores tranquilos sobre el descapotado vehículo. Tranquilos, pero con cierta tensión y vigilando a dos perros que iban siempre a una prudente distancia en busca de rastros y olores de bobwhites. Sobre todo, era "Oso" Solís quien controlaba a los perros que bien conocía.

De las muchas clases de codornices en el nuevo mundo, en Texas existen cuatro: la mencionada y extendida por más lugares, muy parecida en el plumaje a la perdiz española; luego la codorniz scaled (así llamada por la especie de escamas que dibujan sus plumas, de color gris azulado y una pequeña cresta como de algodón); la codorniz gambel (así llamada por el naturalista y explorador del suroeste de los EE.UU en el siglo XIX; una codorniz azulada y con una pluma curva sobre la cabeza); y, finalmente, la montezuma o arlequín (por su curioso diseño), poco abundante, por alguna zona del oeste de Texas.

De vez en cuando, algún perro hacía una muestra. Bob paraba su jeep y todos nos bajábamos y nos acercábamos cuidadosa y rápidamente a los perros. "Oso" daba una voz al perro y comenzaban los tiros. Y entonces los dos perros y algunos de nosotros en su seguimiento buscábamos otras codornices que habían volado no muy lejos. La escena anterior se repetía, hasta que Bob indicaba que dejáramos ese mermado manojo para buscar otro en lugar distinto. Había que cazar pensando bien, cuidando no exterminar, sino más bien dejando pájaros en el manojo para otras ocasiones o para el año siguiente. En esto, Bob era estricto. Ya nos dijo antes de empezar lo que podíamos hacer y no hacer; claramente, podríamos sólo disparar a las codornices cuando él lo dijera. Como invitados suyos no se nos ocurría ni pensábamos otra cosa.

En este sentido, un par de horas más tarde, siguiendo un manojo de codornices me encontré con un bobcat (el lince americano del sur de los EE.UU). No le disparé por las órdenes de Bob, a pesar que me habría gustado hacerlo, como he hecho con frecuencia en los cotos que he tenido con mi amigo Félix. El bobcat mata mucha caza, empezando con los huevos y crías de la codorniz. Curiosamente, Bob me preguntó luego que por qué no le disparé; hasta sugirió que debía haberlo hecho. Le aclaré que no lo hice siguiendo sus indicaciones de primera hora. Quedé con la sospecha que me estaba probando.

En algún momento y después de darles agua, metíamos los dos cansados perros en su jaula y "Oso" sacaba los dos frescos, que se adelantaban al jeep en busca de caza. Nosotros, de nuevo en nuestros asientos, los seguíamos atentos para hacer lo anterior cuando encontrábamos nuevas y hermosas codornices. Hay que notar que la codorniz tejana, sobre todo de las tres primeras variedades indicadas, es bastante más grande que la española.

Dos perros que cazaban y dos que descansaban, cazadores atentos en el jeep siguiéndoles con la vista y luego, en el terreno, disparando y matando codornices. Esta era la escena que se repetía una y otra vez.

Finalmente, se acabó el tiroteo. Nos acercamos a una balsa circular, típica en los ranchos tejanos, utilizada para dar agua al ganado vacuno. Una rústica noria, movida por el viento, sacaba el agua del subsuelo. Sin ella, el ganado sufriría enormemente, pues en el sur de Texas llueve muy poco, excepto en la época de huracanes y tormentas tropicales. Gracias a estas norias, o papalotes, como les llaman los méjico-americanos, los mismos animales salvajes tienen una fuente inagotable de agua, cuando llega el caso. Junto al embalse, había una mesa y unos botes grandes para la basura, pues, en general, el cazador americano es limpio y cuida estos lugares. Allí limpiamos las casi dos docenas de gordas codornices que habíamos matado.

Y, si mi recuerdo de hoy, después de unos treinta años, es correcto, Mick y yo nos despedimos con las manos vacías. Por cierto decoro, no nos llevamos caza alguna, a pesar de lo sabrosas que son las codornices. Esperábamos que el viejo señor nos regalara algunas. Pero su generosidad se limitó a permitirnos cazar y a que disfrutáramos del tiroteo en un estilo nuevo de caza, un cazar a lo rico.

Francisco López Herrera