Está oscuro cuando me subo a mi puesto a la intemperie. Media hora larga pasa antes de que rompa el alba. En los largos minutos del lento y cada vez más frío y húmedo amanecer oigo dos venados peleándose; es a mediados de diciembre y en el sur de Texas los ciervos empiezan la berrea por estas fechas. Al cabo de un rato los ruidos cesan. El frío se intensifica. Noto en ocasiones cierto rechinar de dientes. Mi equipo no es bueno; es la tercera vez que voy a cazar venado. Inmóvil y tembloroso miro en todas direcciones. Durante los veinte minutos que siguen a la salida del sol la frigidez del ambiente aumenta; tirito ahora frecuentemente. El rocío en el árbol cae en ocasiones, movido por el viento, sobre mis insuficientes ropas y mi sencilla gorra de lienzo.

Pasa el tiempo. Son ya casi las nueve de la mañana y no he visto nada. Estoy entumecido por el frío y el largo, inútil acecho desde un árbol azotado por un suave, constante y gélido viento norte. No aguanto más y me bajo del puesto rústico e inhóspito.

*     *     *

En el rancho el sendero que sigo ahora es largo. Ando lentamente. A mi derecha corre una cerca de estacas de mezquite y alambre espinoso. Media milla después, siempre alerta y con el Winchester .270 en las manos, veo un joven venado que sale al camino y me mira. Cuando lo hace, yo ya tengo el rifle encarado y descubro, nervioso y temblando, las cinco pequeñas puntas de mi primer ciervo. Está de lado, con el cuello y la cabeza dirigidos hacia mí, fijos sus ojos en mi inmovilidad, tenso, a unas treinta yardas. El rifle con mira telescópica pesa. El primer disparo de mi nuevo rifle suena solitario y fuerte en la tersa mañana. Espero ver caer al animal, pero éste salta alocada y limpiamente la cerca de cuatro pies de altura.

Me doy a los demonios. ¿Cómo pude fallar un tiro así? Pero, pienso: "¿Y si le hubiera herido?".

Me aproximo a la cerca por donde desapareció el venado. A ochenta yardas lo descubro parado, mirándome. ¿Cómo puede ser esto? ¿Son así de incautos estos animales?

Mientras estos pensamientos cruzan raudos mi mente, he vuelto a apuntar, inquieto y molesto a la vez, al animal que inexplicablemente fallé un par de minutos antes. Después de un segundo disparo veo apenas cómo el ciervo desaparece en la distancia. Pero entonces cruzo la cerca; debo seguirlo; insisto en que puede estar herido. Diez minutos más tarde, a cien yardas a mi izquierda, el joven rumiante de pelo gris y cola blanca está mirándome asustado, pero firme.

Ahora estoy seguro: el animal tiene que estar herido. Después de dos disparos no seguiría cerca en condiciones normales. Entonces tomo mi tiempo, me preparo despacio, apunto cuidadosa y lentamente intentando controlar bien el peso del rifle. Y veo por el visor en el momento de oír el disparo cómo se desploma en vertical el esbelto animal.

Nerviosismo y alegría se unen mientras corro a cobrar mi pieza. Cuando llego al animal descubro que mi primer disparo le dio en la boca; el segundo le melló media pulgada de carne en la parte baja del pecho; el definitivo le rompió el espinazo.

Arrastro el ciervo al sendero. Y espero a mi amigo que no tardará ya.

Una hora después, con el venado colgado y destripado, practicando sobre una diana, descubro que mi rifle no estaba puesto a tiro. Cuando lo compré el día antes, el vendedor lo alineó en su trastienda. Luego me indicó que posiblemente necesitaría una puesta a tiro más exacta.

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Pasan dos semanas. Mi mujer me sugiere en Nochevieja que vayamos a la mañana siguiente al cercano rancho donde estrené mi rifle. Aunque sin mucho entusiasmo, acepto su deseo. En cuarenta minutos escasos llegamos al lugar. Alrededor de las seis y media de la mañana sitúo mi Volvo azul en una esquina del rancho, en la confluencia de dos senderos a lo largo de típicas cercas tejanas.

A ratos, muy despacio y en absoluto silencio, ando los senderos: por el que sube hacia el norte, o por el horizontal que va al oeste donde maté mi primer venado. Otras veces estoy apoyado en la cerca, casi detrás del coche, mirando en ambas direcciones, en pacífico aguardo.

En cierto momento de la soleada mañana dejo a mi mujer junto al coche y subo cautelosamente por el camino unas trescientas yardas. No descubro nada entre los árboles ni en los tramos semicubiertos de maleza. Con igual lentitud y cuidado vuelvo hacia nuestra parada. Al fondo diviso a mi esposa que se mueve entretenida, olvidada del fin que nos llevó a este rancho del condado Duval. A veces el azul metálico y los embellecedores cromados del coche irradian luz en mi dirección. De pronto, a setenta yardas, asomando al sendero, diviso la cabeza y el cuello de un hermoso ciervo que, curioso e imprudente, mira hacia mi distante compañera. No oye mis pasos leves y lentos en el sendero. Cuando me echo el rifle a la cara veo que mi mujer está en la línea de tiro. Me muevo hacia la izquierda, casi pegado a la cerca espinosa. Ahora no hay peligro.

La silueta del venado se vislumbra y adivina a través de las pequeñas ramas y hojas de un árbol junto al animal. Apunto cuidadosamente y aprieto lentamente el gatillo. La bala suena de otra forma, como cuando ha golpeado en sólido. El fuerte animal salta hacia adelante, hacia la cerca, y retrocede instantáneamente. Corro al lugar sin perder de vista el poste de la cerca próximo al animal cuando le disparé. En el sendero, junto a la hendidura hecha por la pezuña de la bestia, veo unas gotas de sangre. ¡Le di!

Espero a mi mujer. Cuando llega buscamos en líneas paralelas hacia el interior de la espesura. Al cabo de unos breves minutos, ella descubre al venado. Sus cuernas tienen sólo ocho puntas, pero son bellas, de buen tamaño, absolutamente simétricas. El tiro fue en la parte alta del brazuelo. Y a pesar de todo el ciervo tuvo energía suficiente para correr unas cincuenta yardas.

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Hoy tengo montada esta cabeza de venado en mi despacho. El casquillo y el permiso con el nombre del rancho y la fecha del trofeo cuelgan sobre su hombro en el centro de mi biblioteca. Cuando levanto la cabeza de estas líneas, mi premio es lo primero que contemplan mis ojos.

Desde estos dos días de caza, pasear los senderos de los cotos adonde voy es mi preferencia. Y con el poeta sigo a través de los años haciendo camino, andando senderos.

 

Francisco López Herrera