Hace unos días se levantó la veda del ciervo en el sur de Tejas. Por segunda vez es legal matar hasta cuatro animales; sólo dos pueden ser machos. Y en este comienzo de temporada cinegética me pregunto de nuevo si tendré valor para matar alguna venada. No hay duda que, en general, hay demasiadas hembras y es importante conseguir un mejor balance matando venadas. También es cierto que mi familia necesita durante el año normalmente la carne de tres animales. Sin embargo, recuerdo experiencias propias y ajenas al matar venadas que me dejaron mal sabor de boca.

La peor debe ser la de aquel individuo que fue a cazar en junio. En esa época la "tirada" está prohibida. Cuando le salió una venada, no lo pensó y le disparó. El tiro al brazuelo hizo que cayera muerta veinte yardas más adelante. La desagradable sorpresa fue cuando abrió al animal para limpiarlo. Dentro tenía dos venaditos, un bambi nonato y su pareja, con las típicas y bellas manchas de pequeños, cuando son más atractivos, cuando no se concibe que nadie intente dañar a estos esbeltos y gráciles rumiantes. Parecían de porcelana, brillantes y mojaditos, suaves, toda inocencia, belleza y bondad natural. Sí, belleza... y horror a un mismo tiempo. Me dijo el arrepentido cazador, y lo creo, que pasó un rato malísimo y que allí prometió no tirar jamás en esa época a ninguna venada; quizás no les tiraría ya nunca. ¡Y todo por un rato de diversión! ¿Necesitaba acaso la comida?

¿Has visto lo que a veces hace la venada para defender a su cría? El año pasado estaba esperando en un sendero inexplorado desde un puesto portátil que le hicieron a un amigo en México: un trípode de metal revestido de hule de camuflaje, sin cubierta alguna. A eso de las cuatro y media, un cervato, que pocas semanas antes tendría manchas en la piel, empezó a comer a menos de veinte yardas de mí del maíz que una hora antes había echado en el sendero. El puesto había sido colocado en el lugar dos días antes. Cuando me entretenía contemplando la gracia y esbeltez de tan bello animalito, oí un discordante y descomedido berreo y, casi a la vez, una venada entró en el sendero cargando y como atacando al pequeño. Éste desapareció inmediatamente de mi vista. "¡Naturalmente me dije , la madre defendiendo a su criatura!". No especialmente sorprendente quizás. Pero la cierva no se fue del sendero en seguimiento del cervato, no; la venada permaneció mirando en mi dirección, estremeciéndose visiblemente, con cierta postura desafiante, como diciéndome: "Atrévete conmigo, grandullón; no con un pequeño". Unos segundos después dejaba de ver a la valiente y generosa madre, ejemplo en la naturaleza tantas veces imitado en la sociedad humana.

Si hubiera disparado a la venada, ¿qué habría pasado a su cría? A veces una manada de coyotes hambrientos aprovecha la orfandad... También me pregunto a veces si no tendrá algún tipo de sentimientos de dolor, de soledad, de abandono semejante a los humanos un venadito como el que ante mí comía. Vacas he visto en estos ranchos tejanos mugiendo incesante y lastimosamente buscando la becerra que el ranchero se había llevado al matadero o a venderla el día antes en su camioneta. ¿Cómo actúa la perra a la que le tiran sus cachorros que aún no han abierto los ojos? Para mí no hay duda; hay un tipo de sufrimiento entre los seres del reino animal no bien conocido ni estudiado.

En fechas pasadas compré una cámara fotográfica con un buen teleobjetivo. Y, con el rifle, me la llevaba también al puesto. He hecho algunas fotos interesantes de codornices y otros pájaros; también de algunas venadas. Pero ninguna tan interesante como la hecha una feliz mañana dominguera en que a unas cien yardas salieron a un sendero una venada con dos juguetones cervatos. Pacían de la hierba de la orilla cuando de pronto uno de los pequeños se lanzó raudo hacia la madre. Algo me dijo que estuviera alerta. ¡Bello episodio! Por brevísimos segundos el venadito estuvo mamando de la madre como un ternero de paciente y soñolienta vaca. Sabemos que por seis u ocho meses las crías maman de la madre. Lo hacen hasta que la venada busca al macho en la berrea, en el tardío diciembre en el sur de Tejas. Entonces, con un ímpetu cariñoso, las ciervas alejan, modestas y enceladas, a sus crías. Quizás ya no les mamen cuando se juntan después de la breve y urgente llamada de la naturaleza.

Al contemplar la apreciada foto me pregunto en ocasiones: "¿Qué pasa cuando muere la madre de estos cervatos? ¿Qué suerte siguen frente a tantas fuerzas enemigas en su medio ambiente?". Sabemos que en general sobreviven, siguen adelante, a veces solos, las más juntándose a otros cervatos y a sus madres. La naturaleza es generosa y el instinto maternal es bello y amplio entre las venadas. Pero, ¿qué les pasa sentimentalmente a los venaditos huérfanos, delicados y vivaces? ¿Sufre su espíritu? ¿Comprenden la crueldad de la vida? ¿Piensan que el dominador de animales y plantas, según el mandato bíblico, es cruel y acaso no digno de tal gobierno? ¡Quién pudiera ser temporalmente uno de estos animales para entenderlos mejor y así, quizás, actuar en consecuencia!

¿Cómo explicar lo que me pasó otra tarde, un viernes del penúltimo fin de semana de la misma temporada? En el potrero "El Papalotito" del Rancho Las Escobas hay un pequeño puesto de madera en el ángulo noroeste. Mirando hacia el este, todo lo que se ve a mano izquierda es un gran pastizal donde con frecuencia comen los venados, a veces al lado del ganado vacuno. Apenas habían dado las cuatro y media cuando, a unas cien yardas de distancia, pasaron del monte al pasto una venada seguida de dos pequeños de distinto tamaño. Andaban cautelosos internándose en diagonal cada vez más en el pasturaje. A veces corrían unas yardas; luego se paraban nerviosos.

La temporada tocaba a su fin. Dudaba qué hacer, pero yo necesitaba carne y ésta era la oportunidad. A la cuarta parada, con rapidez busqué la base del cuello de la cierva y disparé rápidamente. El tiro del Winchester .270 a unas 165 yardas fue básicamente certero. Los cervatos, espantados y asustados, corrieron un poco, pero al no ver a la madre se pararon. No sabían adónde ir, parecían perdidos. Miraban a su alrededor, se iban, volvían a pararse. Sus carreras parecían círculos erráticos y rotos, adelante y atrás, de izquierda a derecha, una y otra vez, mirando de acá para acullá, deteniéndose, esperando, maravillándose. Se sentían perdidos. ¿Dónde estaba su guía? ¿Adónde se había ido? ¿Qué estaba haciendo?

El más pequeño de los animales empezó a buscar, oliendo, a la madre, a la que no podía ver caída por la altura de la hierba. Parecía tener miedo, miedo a lo desconocido, miedo a un sonido estentóreo y a un movimiento de hierba alrededor de un determinado lugar. Se aproximó cautelosamente. Cuando se paró, noté más movimiento, algo blanco, algo movible que intentaba levantarse: era el rabo de la venada. Estaba mortalmente herida y no podía erguirse para recibir a sus cervatos, para acompañarlos y enseñarles, para guiarlos y alejarlos del peligro. La más grande de las crías, ya prácticamente huérfanas, estaba lejos, temerosa, intranquila, deseando escapar de la posible e invisible amenaza.

¡Triste suerte! Pero yo soy cazador. Cumplo con las leyes, acepto lo que los biólogos dicen: hay que matar venadas, hay muchas, una gran desproporción con respecto al venado; muchas mueren de hambre, otras no se desarrollan sanas... Sí, soy cazador.

La venada continuaba sus vanos, raros intentos por levantarse, por consolar la confusión de sus pequeños. Sus ojos se movían tristes, erráticos; su blanca barriga se alzaba en suave y muelle movimiento; su rabo coleteaba brevemente. Y el pequeño a su lado deseo creer que era un pequeño machito le pasó la lengua pulida y mimosa por la cara inmóvil; y el posible, futuro rey del monterío tejano le olía su cuerpo cálido y daba a la mama sutil y caliente y breve una larga lengüetada delicada y amorosa... Y luego huyó de nuevo confuso, asustado, a juntarse con su hermana temerosa.

Atrás y adelante, de derecha a izquierda, una vez y otra los venaditos corrían y se paraban confusos, sentidos, sin guía. De nuevo el más bravo de los dos, en un círculo más amplio, se acercaba, siempre cauto, siempre con las orejas apuntando hacia donde olía a la madre. Al poco se paró frente a ella dándole la espalda y mirando alrededor como en actitud desafiante. Parecía un ciervo grande que quería defender a la madre, aunque no sabía de qué ni cómo. Era quizás el heredero, el que sería algún día defensor de su familia futura y que ahora parecía proteger a la que le dio vida. Luego se volvió y la miró. Y se acercó hasta tocarla. Levántate, parecía decirle con un suave empujón de cabeza; ven con nosotros, guíanos, madre siempre buena, siempre presente; vamos, vámonos de aquí, de este pastizal grande y sin resguardo y escalofriante.

Pero era en vano. La venada descubrí después tenía el espinazo roto por el balazo cruel. Sus ojos estaban alertas y podía mover el rabo; eso era todo. Pero sus ojos... ¡qué mirar tan piadoso, desgarrante, animoso! Y, sobre todo, tan amonestadores. Aconsejaban a sus pequeños, para que se fueran, se escondieran, se cuidaran... Al fin, tras unos veinte minutos eternos, éstos parecieron comprender y desaparecieron de la vista del enemigo.

Cuando media hora más tarde fui a recoger mi pieza, recibí otra desagradable sorpresa. Los ojos oscuros y profundos de la venada me recibieron pacíficos; estaba viva. ¿Qué me decía...? Debió querer escapar, pero todo su esfuerzo se tradujo en un breve movimiento del rabo. ¿Cómo había vivido tanto? ¡Una hora sufriendo...!

Sí, soy cazador. Pero casos como los aquí mencionados no animan a seguir en el ejercicio cinegético; al contrario. Episodios así añaden leña seca al fuego latente de una mentalidad ya de años protectora de las hembras, consideradas como débiles, amables, maternales.

Sin embargo, también he visto algunas veces una venada muerta y a su alrededor otras vivas, grandes y pequeñas, sabrosamente paciendo aparentemente olvidadas de la muerta cercana. ¿Qué indica esto?

Soy cazador y, repetidamente, me pregunto: "¿Volveré a matar alguna venada en el futuro?". La teoría, la ciencia fría, las estadísticas que prueban a veces demasiado me impelen a seguir matando venadas; el sentimiento experimentado en ocasiones me urge a no tirarles más. ¿Qué hacer? ¿Qué haré?

La pregunta sigue presente hoy, con incesante golpeteo, sin respuesta. Y sigo la senda trazada y el hábito adquirido desde tierna y, quizás, cruel infancia. Y me digo que la caza es un deporte, un entretenimiento y una manera de alimentación. Pienso también que muchas venadas mueren más cruelmente de hambre. O comidas por coyotes u otros animales de rapiña. Y, además, que los animales están para el servicio del hombre... Pero, de verdad, ¿lo están hasta este punto?

PD. Para satisfacer la curiosidad de alguno: desde que escribí este cuento en 1988, he seguido cazando por bastantes años. Y, frecuentemente, he disparado a venadas…pero sólo con mi cámara. Realmente, ésta es la única manera en que he disparado a ninguna criatura de Dios desde enero de 2001.

 

Francisco López Herrera