Un nuevo Safari al “Continente Negro”, África… siempre África… es como un poderoso imán que nos atrae, y como dije otras veces “Si África perdona tu vida, atrapa tu alma”.

Fueron intensos los preparativos, los rifles, las municiones, unas, factorys, otras, recargas adecuadas a cada uno de los rifles a llevar, pasaporte, visa, boletos aéreos coordinando los vuelos, permisos del Renar para la exportación temporaria de armas y municiones, ropa adecuada, medicamentos… y una nueva carga de ilusiones en un nuevo aprestamiento al Safari… ya estábamos cazando…

El último día de agosto de 2009, tomaba el primer vuelo de Mendoza a Buenos Aires, y el mismo día, el segundo vuelo de Ezeiza a Johannesburgo, en vuelo directo, en esta oportunidad en South African Airways, en este nuevo viaje me acompañaba mi amigo Ernesto.

Prefiero no enviar las armas y mi bolso directamente de Buenos Aires a Namibia, pues en ocasiones anteriores se me extravió mi equipaje, con sus nefastas consecuencias, de manera que retiro mis cosas en Johannesburgo y las embarco nuevamente en el siguiente vuelo a Namibia, y así, hago el cruce por arriba del Kalahari, más tranquilo, y disfrutando de esa interminable vista.

Al llegar a Windhoek (capital de Namibia) nos esperaba mi amigo John, con quien siempre es muy grato encontrarnos y compartir nuevas aventuras.

Un largo viaje en camioneta (aproximadamente 550 Km), hacia el norte en dirección a Angola, mas exactamente Damaraland y llegamos al Cuartel General de John, el Elefant Camp, donde posee unas hermosas instalaciones, con cabañas similares en su forma exterior a las casas de los indios Bushman, pero con un confort de primer nivel.

Fuimos recibidos por el resto de la familia, los trackers, skinners y los demás boys que acompañan al cazador desde que inicia el safari hasta que se termina, en una ceremonia a la luz de grandes velas, muy emotiva y singular, difícil de olvidar.

Los objetivos de este nuevo safari eran, en primer lugar el Leopardo, luego un buen Eland y un Red Hartebeest, Gran Kudú, Oryx, Zebra, Warthog, Red Hartebeest, Cheetah, Ñu negro y azul, Springbok, Steenbok y Damara dik-dik.

Eran dos safaris independientes, en 1 x 1, es decir por un lado Ernesto, con su P.H., sus trackers y skinners, por otro lado yo, con mi equipo de trackers (mis viejos y queridos conocidos Bushman).

Como de costumbre llevé mi .375 H&H Mag. con recargas propias, puntas Swift A-frame de 300 gr, con IMR-4350, probadas desde hace muchos años y con excelentes resultados. Por su lado Ernesto inició la cacería también con su .375 H&H Mag. con munición Federal puntas blandas de 300gr, con buen resultado también.

El resto de importancia de mi equipo, unos binoculares Swarovskyi E.L. 8,5 x 42, fundamentales en este tipo de Safaris, mi range finder Leupold (de gran ayuda), un pequeño G.P.S., un excelente cuchillo Muela mediano, y mi cortaplumas Victorinox, la que siempre es de mucha utilidad.

La anterior temporada de lluvias, había sido excepcionalmente abundante, por lo que los pastos en los primeros días de setiembre estaban muy altos y dorados, normalmente a esta época la llamo “La de la vista larga”, justamente porque sus pastos están muy comidos a esta altura del año y se puede ver más lejos. No pasó eso en esta oportunidad y la observación se veía más dificultada, pero teníamos a favor que las aproximaciones podían hacerse de manera más oculta y nos podríamos acercar más, siempre y cuando tuviéramos “el viento a favor”.

Realmente fue “África Dorada”, caminábamos en un mar dorado, de pastos muy altos, con espigas doradas, motivo que me inspiró para el título de esta nota.

Como mi principal objetivo era el Leopardo, necesitaba con urgencia cazar los cebos correspondientes, para colocarlos en lugares adecuados. Mi primera tarea consistió en cazar un Warthog de buen tamaño y una Zebra, animales que fueron dejados dos días sin eviscerarlos, a efectos de lograr que se inicie la putrefacción, de manera de ofrecerlos al Leopardo de esta forma ya que es su predilección.

Mientras esperaba que eso pasara, me dedicaría a buscar el Eland, una cacería muy sacrificada, de muchas horas caminando la sabana durante el día y dentro de los pastos, que en algunas partes nos llegaban al cuello. Durante tres días buscamos al Eland, solamente John y Yo, prescindiendo de los trackers. Es una cacería parecida a la del elefante, se buscan buenos rastros frescos y se los sigue… estimo que caminamos más de cincuenta kilómetros en esos infernales tres días, vimos algunos pero no eran “tirables” o no era el que yo quería, hasta que por fin dimos con el ansiado monstruo que pretendía, con mucho esfuerzo y sacrifico, y siempre con la ayuda de San Huberto, por supuesto.

Un Eland sumamente viejo, con una cornamenta muy gruesa que pesó 1150 kilogramos, dio medalla de oro en el Rowland Ward.

Por su lado Ernesto inició su safari con dos Springbok, uno de ellos muy bueno. Al siguiente día, recechando junto con sus trackers, se encontraron de frente y a no más de veinte metros, con un enorme Elefante, el cual pegó un fuerte “trompetazo” y extendió sus grandes orejas, poniendo en rápida fuga en zig-zag a los cazadores, que por supuesto no iban preparados para tan inusual encuentro, no llevaban la munición adecuada y además no teníamos licencia para cazar Elefantes.

Como nota de color comento que en África escuché varias veces, las historias sobre que los Elefantes prefieren atrapar a un negro antes que a un blanco, y esto, por lo visto lo sabía muy bien Gustaff, tracker principal de Ernesto, a quien le relucían sus blancos dientes contra el negro renegrido de su piel, cuando se reía y nos comentaba lo sucedido con el Elefante, en charlas alrededor del fuego y con un trago en la mano, motivo de risa y cargadas durante los siguientes días.

La siguiente tarde di cuenta de un hermosísimo Red Hartebeest, luego de un lindo rececho junto con July (un tracker realmente excepcional), llegamos a colocarnos a unos ochenta metros del Hartebeest, y una Swift de 300 gr. en la parte superior de la paleta dio cuenta de un excelente trofeo, cayó “sobre los rastros”.

Al día siguiente salió Ernesto junto con John a recechar Zebras en una hermosa sabana, con bellezas escénicas increíbles, salpicadas de acacias umbrelas, con esa forma de paraguas, forma que logran el Kudú, comiendo por abajo y las Jirafas por arriba. A media marcha lograron divisar un Cheetah agazapado, prontamente le hicieron una buena aproximación y oh sorpresa… eran dos los Cheetah, y tenían entre sus mandíbulas un Oryx pequeño, que recién acababan de cazar, y los Cheetah, necesitan un tiempo de normalización de su respiración, luego de la tremenda corrida, antes de poder tragar su presa, por supuesto el tiempo de recuperación será mayor a mayor esfuerzo realizado. Una vez más se verificaba la Ley de los Espacios Africanos de Selvas y Sabanas: “LA MUERTE POR LA VIDA”, unos mueren para que otros puedan vivir.

De manera que en esas estaban cuando Ernesto los vio, se apoyó en el shooting stick y disparó, impactando de lleno en uno de ellos, excelente trofeo, y un dolor de cabeza menos para John.

Ya mis cebos estaban en condiciones de colocárselos al Leopardo, de manera que los llevamos a unas montañas rocosas con una densa vegetación (bosque de mopane), atravesadas de grandes ríos secos transitados diariamente por Elefantes en busca de agua, hacen pozos, con sus patas y trompas, de una profundidad de aproximadamente sesenta centímetros y aparece el agua que beben, realmente es emocionante y muy excitante, estar en esos lugares y sobre todo en un acecho, esperando un Leopardo y rodeado Elefantes y Babuinos en lo alto de las rocas, los que gritaban muy fuerte, alarmados, en medio de esa selva tupida, cuando nos veían aparecer.

Los cebos fueron convenientemente colocados y se evisceraron en el lugar, de manera que los aromas inmundos se desparramaron a la redonda, además se hicieron unas “rastras” con las tripas de la Zebra por un lado y las del Faco por otro, se arrastraron a lo largo del río seco por unos centenares de metros.

El lugar elegido para los cebos era una quebrada en forma de “V”, los cebos se colocaron a media altura de un árbol de mopane, fuertemente atados con alambres, en la parte inferior de una rama gruesa, y en la otra cara, la opuesta de la quebrada se armó el apostadero, de manera que en línea recta habían sesenta metros exactos, medido con range finder. El apostadero estaba construido de ramas verdes de mopane, pues estábamos inmersos en un bosque de mopane, y la construcción consistía en parar ramas en forma de un cuadrado y luego abrir un agujero en ellas, por donde pondría el cañón de mi rifle, apuntando exactamente a los cebos, apoyado adelante y atrás, con el objeto de no hacer ningún tipo de ruido, pues al que esperaba no era de fiarse y todas precauciones son pocas con un Leopardo.

Los rastros chequeados en el lugar nos hablaban de un Leopardo mediano según John y los trackers, a pesar de que las improntas en la arena de los ríos secos parecían muy grandes, mas o menos como mi ansiedad.

El primer día de acecho, de espera, me acompañó Gustaff (el tracker), y realmente a ellos no les gusta estar completamente inmóviles durante tantas horas, sin poder estirar las piernas, realmente era un sacrificio para esta gente, que está acostumbrada a hablar desde que se despiertan hasta que se duermen, hablan todos a la vez, realmente no sé, como se comunican, es un murmullo constante y cansador; de manera que hacía ruido con la silla, tomaba agua a cada rato, y temblaba de frío cuando se escondió el sol y con muchísimo temor de que se aproximara el Leopardo y el “bwana” no lo pudiera ver bien para dispararle.

Al día siguiente fui absolutamente solo, quedamos que vendrían por mí a un lugar distante unos ochocientos metros del apostadero, de esta forma eliminaría muchos ruidos innecesarios. Estar solo en esas inmensas selvas de mopane es muy emocionante y el estado de alerta y estrés es muy alto… sentir de cerca a los Elefantes rompiendo grandes ramas y estar a unos veinte metros del camino que ocupan para ir y venir, es cosa seria y exige hacer muy bien las cosas. Para entrar ese kilómetro caminando colocaba munición blindada (full metal jacket) en recámara, y una vez instalado en el apostadero la reemplazaba por las puntas soft, esta operación se repetía al revés, al salir de esas montañas al caer el sol, incluso parte de noche. Les aseguro que más de una vez se me cortó la respiración al sentir el ruido de una gruesa rama de árbol, al ser descuajada por un Elefante a no más de treinta metros, lo que me obligaba a caminar por la pendiente de la loma y no por el río seco directamente, para evitar encontrarme con los Elefantes de frente.

Así pasaron cuatro días de acecho, sin resultados positivos, solamente un día apareció en la montaña de enfrente a mas de ciento cincuenta metros y realmente era de tamaño mediano, tenía mucho por crecer todavía. El problema con los felinos fue que durante el 2009, en esa zona se desató una epidemia en los Kudú, y se los encontraba muertos en distintos lugares de sabana y bosques, de manera que los leopardos tenían comida fácil en los alrededores y una preocupación más para mi buen amigo John.

Recorriendo la sabana en busca de un Oryx, pudimos ver a lo lejos los movimientos de circunvolución el lo alto, de unos carroñeros, el “Servicio de Limpieza del África”, los ágiles ojos de July detectaron el porqué de su presencia, que en principio supusimos otro Kudú más, pero no era así. July inició mirando unos pequeños rastros y se dirigió de inmediato en línea recta hacia un fachinal, en donde encontró un bebé Oryx de unos diez días de vida, según estimaba el tracker. La explicación es la siguiente: El Oryx al nacer no tiene sus pezuñas lo suficientemente fuertes como un Ñu, por ejemplo, que éste al nacer, en poco tiempo puede correr, no así el caso del bebé Oryx, se para solo para alimentarse de su madre, luego ésta, lo esconde hasta que regresa para darle de mamar nuevamente. Sus pequeñas pezuñas las endurece en alrededor de un mes, tiempo luego del cual, sí puede acompañar a su madre. No era prudente dejarlo a merced de los carroñeros, de manera que July lo cargó en sus hombros y lo llevamos al Farm, donde lo alimentarían hasta que pudiera valerse por sus medios.

Los objetivos se cumplieron todos excepto el Leopardo, motivo y justificación más que suficiente para regresar el año próximo.

Y una vez más África me regalaba un montón de emociones, de bellos amaneceres y atardeceres, la posibilidad de volver a “lo primitivo”, de experimentar sensaciones, de recordar viejos lances alrededor del fuego, recuerdos de personas muy queridas que a lo mejor desde el cielo compartían todas estas bellas cosas conmigo.

Jorge Borque