| La Pobla de Segur, 13 de Diciembre
de 2002 |
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La Pobla de Segur es un precioso pueblo, situado a las puertas del Pirineo de LLeida, en una altura de 525 metros sobre el nivel del mar y enclavado entre las cuencas de los ríos Noguera Pallaresa y Flamisell, muy conocido por los famosos “raiers”, personas que conducían los troncos de árboles talados en las explotaciones forestales, aprovechando la corriente fluvial del Noguera Pallaresa, en una época en que la facilidad del transporte no era la de hoy. Atendiendo a la invitación, hacia allí partimos todos los que tuvimos ocasión de asistir. Habida cuenta que los amigos del Club somos de lugares bien distantes, para algunos de ellos el viaje fue largo. Kachi, desde Galicia y Fernando Loureiro, desde Porto, fueron sin duda los más esforzados de la ruta, aunque bien mirado, también Virgues, Pumuky, Luis8a, Morañego y JG se dieron su buena paliza, aunque seguro que mereció la pena. La trouppe de Girona se presentó en La Pobla en tres horas y media de coche y los más favorecidos, Fermi y Caucho, un simple paseo. Poco a poco nos fuimos reuniendo en La Pobla de Segur, siendo recibidos por Pipo y Eric y cerca de las nueve de la noche del día 13 de Diciembre, todos esos buenos ratos que pasamos en el chat con los ojos pegados a la pantalla y esas parrafadas de los foros fueron cobrando vida, al poderse asociar a nuestras caras, desvelándose la magia y el misterio de la “intenné”. Una vez instalados y con la cervecita de rigor después del viaje, hicimos tiempo para la cena en medio de animada conversación.
Mientras tanto, sacrificando en parte la agradable sobremesa, el amigo Pipo iba repasando con sus notas escritas la cantidad de puestos que había que cubrir en la batida del día siguiente, asignando los puestos personalmente, en función del arma a usar y del tiradero del puesto, así como conformando los grupos por zonas y asignándolos al postor correspondiente, función ésta que fue llevada a cabo con precisión y meticulosidad por los miembros de la Colla de La Pobla de Segur. Sábado 14. A las 6’30 h. ¡¡¡diana!!!. A las 7’30, todos convocados en el Bar Ramón, lugar de donde parte la expedición y donde el Capitán Pipo, encaramado en una ventana, da las órdenes de partida y lee el orden del día. Con puntualidad espartana, dejamos La Pobla de Segur atrás, siguiendo el cauce del Noguera Pallaresa durante un par de kilómetros, hasta tomar un desvío a nuestra izquierda y empezar a ascender por una pista forestal que nos adentra en la montaña y que nos llevará hasta el cazadero. El día amanece gris aunque, en esta primera hora, el mercurio no indica lo que después se avecinará. De momento el cielo, aunque amenazador, nos da una tregua. Incluso unos tímidos rayos de sol, aprovechando la poca altura sobre el horizonte del astro rey, se cuelan tímidamente y tiñen de un color rosáceo las paredes de roca que se adivinan a lo lejos, mientras ascendemos.
Se inicia la colocación de los puestos por la parte baja, ascendiendo lentamente la caravana de vehículos hasta colocar los últimos puestos en los altos, por encima de las verticales paredes rocosas, en los pasos naturales que constituyen la escapatoria obligada de los jabalíes levantados dentro del barranco. Todavía no se han cubierto todos los puestos, cuando el sonido de algunas piedras que se desprenden a su paso, indica bien a las claras que ya hay algún suido en pie, con las orejas enhiestas, las cerdas del lomo erizadas y una mueca de mal humor en su jeta, al haber visto truncado su sueño por el ronroneo de los motores diesel. Sabe el jabalí que esta música le anuncia una mañana movidita y no es más que el aria de apertura del concierto que se avecina. Poniendo los puestos empieza a llover. En principio es el típico calabobos, el orbayo, que diría un galego. Pero pronto se torna en lluvia que, a ratos más y a ratos menos, no nos abandonará hasta el final de la cacería. Al mismo tiempo, se levanta algo de viento, un viento helado que hace que el termómetro caiga rápidamente en picado y los cazadores se acurruquen al lado del tronco más cercano, sin quitar ni ojo, ni oído, al paso asignado. |
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| Entre tanto, y aún no estando los puestos colocados en su totalidad, los perreros, encabezados por el Teniente Ardiaca y su fiel terrier “Nat”, han cortado las trazas recientes de una jabalina que, seguida de su prole, ha buscado refugio en la parte baja de la ladera a batir. La sabia madre, que hace rato que oye el barruntar de los perros en los remolques, intuye lo que se le viene encima y decide abandonar tan poco propicio encame antes de que sea demasiado tarde. Tres o cuatro disparos no hacen sino acelerar su carrera y la de sus jóvenes aprendices, saliendo todos ellos indemnes y con más experiencia que tenían. Por fin, a indicación radiofónica de Pipo, se produce la suelta. No está el día como para pedir florituras a los sabues. La lluvia que ha caído y sigue cayendo contribuye a enmascarar los rastros de retirada de los jabalíes encamados en la inmensa ladera. No obstante, el buen hacer de los perreros y las finas trufas de sus sabues, pronto acaban con la paz del valle y tocan a rebato. Las ladras se suceden de forma discontínua. Son varios los jabalíes levantados y las jaurías se rompen, dividiéndose sus miembros en pos de los diversos suidos que, invariablemente, deciden su estrategia de escape tomando el camino de los puestos altos. Los buenos sabues nos cuentan, paso por paso, el camino de la huída. La vía de escape es generalizada: ascensión por la ladera de pinos hasta llegar al pie de las paredes verticales de roca de los altos y una vez allí y ante la imposibilidad de su escalada, el faldeo de los farallones de roca hasta llegar a los pasos que franquean el camino hasta el valle contiguo.
En otro lado de la batida, el sabues “Tanaka” ha dado con otro revolcadero y lanza su voz de ataque, prontamente secundada por dos compadres. Viendo lo feas que se ponen las cosas, el suido recuerda la principal lección que aprendió de su madre y decide que una retirada a tiempo es una victoria, por lo que no espera a que la señal de “Tanaka” reúna alrededor de su cama a más invitados indeseables. Parte como una exhalación, escogiendo nuevamente el camino de la cuerda, donde sabe del paso que tantas veces le ha salvado el pellejo. Pero lo que no sabe ni puede intuir es que hoy el paso está cerrado por lo peor que pudiera hallar: un Dratthar Man, conocido como RSJ. |
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| En estas estábamos cuando, para que la
climatología concluyera su recital, hizo acto de presencia una
espesa niebla que arrancando desde la parte alta, fue extendiendose
resbalando por la ladera hasta cubrir totalmente el valle. En este momento,
en una sabia decisión por el peligro que entrañaba el
uso de las armas sin visibilidad, Pipo dio por concluída la batida,
ordenando descargar las armas de inmediato, pese a que los perreros
y sus sabues seguían luchando bravamente en estas adversas circunstancias
y las ladras y las carreras se sucedían sin parar. |
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En definitiva, unas jornadas magníficas, con una camaradería estupenda y, creo que coincideremos, con una climatología que, aunque inclemente, fue la apropiada para no perder de vista la dureza que en algunas ocasiones nos tiene deparada nuestra pasión común: LA CAZA. Vaya desde el Club, nuestro reconocimiento y agradecimiento a los miembros de La Colla del Senglar de La Pobla de Segur, por habernos facilitado hasta en sus extremos más insignificantes el poder disfrutar de estas maravillosas jornadas de caza y amistad. |

La
cena, servida en mesa en forma de U, tenía un cierto aire de
festejo medieval, al igual que la deliciosa “escudella barrejada”
que se sirvió, insigne muestra de la gastronomía catalana
que, tan calentita, ayudó a atemperar el cuerpo, para que después
de la cena, cuando el malvado Luso se sacó del refajo unas botellitas
de un Oporto de primera y Furtiu nos obsequió con sus reservas
de Scapa, se empezaran a oir los primeros latidos, tímidos al
principio, pero que, in crescendo, señal inequívoca que
el rastro tomado era el bueno, desembocaron al poco rato en una auténtica
sinfonía, en Do Mayor, naturalmente. Y aunque algunos se retiraron
a descansar a una hora prudencial, siempre hay algún que otro
sabues que no abandona la presa a las primeras de cambio, destacando
en esta faceta, cómo no, tanto por su extraordinaria dicha, como
por su proverbial resistencia, el “Sur”, secundado a escasa
distancia por un “muito obrigado” “Café”.
En
medio del fragor del combate, Kodiak hizo entrega al Chevalier Pardal
de unos obsequios encargados por el Señor de Clamorgan, Marqués
de la Petite Venerie, consistentes en un chaleco color amarillo chillón,
debidamente ornado con bandas reflectantes y digno del mejor capataz
de Construcciones y Contratas, así como una corbata con motivos
zorrunos y unas gafas de protección, por ver si de este modo
se conseguía el milagro de hacer de Pardal un montero de rancio
abolengo. Algo debió afectarle tanto obsequio, puesto que en
la batida del día siguiente, la famosa corbata fue lucida como
merecía. No así el brillante chaleco, cuyo uso evitó
mascullando entre dientes algo relativo a la extraordinaria distancia
existente entre el cazadero y el callejón de la Real Maestranza
de Sevilla.
El
cazadero es precioso. Se va a batir una ladera inmensa, de pronunciado
declive, limitada en la parte baja por un cauce seco de unos cien metros
de ancho y que se va estrechando conforme asciende hasta perderse dentro
del monte y desde el que se inicia la ladera en cuestión hasta
los altos, coronados por imponentes paredes verticales de roca. La ladera
está espesamente cubierta de pino, con abundante matorral y monte
bajo, lugar ideal para que los jabalíes busquen su encame. La
suelta de las jaurías tiene lugar desde la parte baja, ascendiendo
la batida hacia los altos, pero batiendo la ladera en sentido transversal.

Hay
bastante jabalí en la ladera y, mientras unos huyen notando el
aliento de sus perseguidores en la grupa, otros intentan zorrearse hábilmente,
en silencio. Uno de estos últimos no acierta el paso y de pronto
ve con estupor una fantasmal figura envuelta en un plástico de
color verdoso que, salida de no sabe dónde y con una extraña
herramienta entre las manos, permanece absolutamente quieto y le observa
por encima de la banda del fierro. JG, ataviado con tan montero atuendo,
y JG junior, dejan cumplir al sorprendido jabato y al alimón,
todo queda en familia, le envían cuatro misivas de muerte del
mismo sello, brenneke, quedando el bicho seco en el acto.
Suenan
dos potentes estampidos, en forma del típico ladrido de un 7
mm. Rem. Mag.. El jabalí, ante tan descomunal estampido, retrocede
un paso y gira rápidamente sobre su grupa. Le arde la jeta. Una
bala ha hecho blanco en el morro, tres dedos por debajo de la línea
de los ojos y también siente un tremendo calor que le abrasa
uno de sus costillares, donde ha impactado el segundo disparo. Perdida
la noción del espacio, arranca en alocada huída y va a
precipitarse por una de las verticales paredes de roca que cierran la
ladera por la parte alta, iniciando un trágico vuelo en caída
vertical para estrellarse bastantes metros más abajo, ya muerto.
Jamás supo el jabato, con su peculiar “canto del cisne”,
el trabajazo que dió para sacarlo, que duró cerca de una
hora y media, pero gracias a la colaboración de los compañeros
de puesto, el jabalí llegó abajo, con los cazadores empapados
y reventados, pero abajo.

Poco
a poco fueron llegando los cazadores o lo que quedaba de ellos. Mojados
y ateridos de frío, la congregación entorno a un buen
fuego era imprescindible y allí estaba, una vez más, el
buen hacer de la Colla de La Pobla de Segur. Acto seguido, ya tarde,
todos a la mesa a recuperar las fuerzas y el calor perdido en la batida.
Y para ello, qué mejor que repetir otra vez de “poción
mágica” en forma de escudella. Con el estómago calentito
y una sesión de cordero y butifarra a la brasa que parecía
que no tenía fin, los ánimos volvieron a encenderse, disfrutando
de una reunión super agradable nuevamente aderezada por los vapores
del buen licor y dos estupendas muestras de repostería casera:
una tarta de cabello de angel que hacía perder “el sentío”
y un mató de primera.
Finalmente,
Su Señoría Le Cuto, Comte de Cantelier, deleitó
a los presentes con la elaboración de la imprescindible queimada,
que tras los conjuros de caldos y meigas y trasgus, pasó rápidamente
a las bodegas de los asistentes.