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La caza tradicional, como siempre se ha entendido

Y el lobo vino

Se veía venir. Como cuenta la fábula del pastor mentiroso, al final vino el lobo, hará la lobada que tenga que hacer, pero volverá a hacerla las veces que quiera porque ahora es intocable.

15 feb. 2021 - 2.877 lecturas - No hay comentarios

Así lo ha querido el Gobierno. El Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico lo ha blindado. Ya no se podrá cazar en ningún lugar de España, ni por tanto controlar. Hasta ahora estaba prohibido cazar el lobo al sur del Duero, donde hay pocos, pero ahora tampoco se podrá tocar un lobo al norte del río Duero, donde es abundante y atacan constantemente al ganado extensivo. Al ganadero que le toque no le quedará otra que dar parte del ataque y que el técnico de turno evalúe el daño. Y esperar la indemnización, pero sólo le pagarán los daños que se vean, o sea el ternero degollado o la oveja semidevorada, los animales que no aparezcan, los abortos posteriores y el sofocón que se lleva el ganadero, el famoso daño sicológico que todo el mundo alude ante el menor accidente, no cuentan.

Se pagan las indemnizaciones que se ven, pero esa no es la solución. Un ataque del lobo es mucho más que cobrar una indemnización. Como bien dice Rafael González, gran conocedor del mundo rural asturiano en la reciente entrevista que le hice en este mismo medio, es como si un día sí y otro también te dan un porrazo en el coche. Vale, te lo paga el seguro, pero es insoportable que hoy y mañana, y pasado mañana tener que informar de una lobada y estar siempre con el miedo por cómo te vas a encontrar hoy tu ganado, tu medio de vida suelto en tu prado. Porque esa es otra, los ganaderos tienen sus pequeñas fincas, propiedades privadas, a lo mejor alambradas con malla ganadera para que no se le salga el ganado e invada otras propiedades, pero que ante el ataque del lobo se convierte además en una trampa.

El lobo siempre convivió con el hombre, pero se combatió cuando dañaba en exceso al ganado, cuando eran excesivos. Se daban batidas, se mataba alguno y se espantaban de la zona. Y este juego del gato y el ratón contentaba a todos: el pastor se sentía amparado y escuchado, y encima habían matado un lobo y espantado al resto. La Administración imponía su justicia y se hacía respetar, y un lobo muerto no perjudicaba para nada la supervivencia de la especie, y la prueba es que no deja de crecer. Todos contentos.

Ahora ya son intocables porque lo ha querido un gobierno ideologizado en exceso, que ha preferido escuchar sólo a los urbanitas, no a los ganaderos que ven resignados como el lobo mata su ganado una y otra vez sin que nadie lo remedie. Que encierren su ganado cada día, traigan buenos mastines y recen para que los lobos ataquen hoy el ganado de otros colegas. Eso de utilizar la escopeta ni hablar porque va a la cárcel. Así lo ha decidido un puñado de políticos que recuerdan lo bonito que era el lobo en los programas del Hombre y la tierra o en los documentales de la 2. Esta tiranía de la mayoría contra la gente del campo no para, sencillamente porque el voto está en las ciudades y no en ese menguante puñado de ganaderos extensivos que sobreviven aún en pequeños pueblos de Asturias, Cantabria, Castilla y León o Galicia. Esos son ahora los que están en peligro de extinción. Pero a estos mismos políticos se les llena la boca con lo de la España vaciada. Qué hipocresía. El propio ministerio que ha blindado el lobo se llama también «de reto demográfico», o sea, su reto es también luchar contra la España vaciada, pero lo que ha hecho es precisamente acelerar su vaciado.

Pero los votos mandan. Los urbanitas son muchos más y aplauden estas medidas porque el lobo es un símbolo y tiene derecho a existir. Por supuesto, pero no más que nuestros ganaderos, que dejarán el monte cada vez más vacío. Pero este ministerio tan ecologista, de salón por supuesto, tiene que saber que sin ganadería extensiva, sin la vigilancia de estos pastores, el monte seguirá creciendo a sus anchas y vendrán luego esos grandes incendios forestales, que en días acabarán con un monte y toda su fauna. Les da igual. Ya vendrán los retenes y la aviones a apagarlo, pero el lobo está a salvo.

No saben o no se quieren enterar estos políticos de salón y ecologistas de cualquier condición que lo peor que le puede pasar a una especie es tener en contra al que convive con ella, y además la tiene que sufrir con resignación. Siempre es mejor gestionar que prohibir. Una piedra, un árbol, un animal que molesta, que solo trae problemas, termina desapareciendo. No es incitación a nada, es condición humana, realidad y sentido común.

Imaginemos que llega un día en que los lobos, tras la desaparición del ganado y la escasez de caza mayor —esa es otra, el lobo es para la caza mayor lo que el zorro para la menor-, tienen que buscar la comida en las afueras de las grandes ciudades. No será extraño que más de un perro que se aleje de su dueño acabe devorado por los lobos, como ocurre ahora con los perros de algunos cazadores. Entonces veréis que pronto los políticos controlan y reducen la población de lobos, porque será la misma sociedad, que ahora sí sufre los ataques del lobo, quien lo demande.

Juan Carlos Blanco, el investigador que quizá mejor conoce al lobo ibérico, dice que al lobo, para intentar comprenderlo, hay que estudiarlo como símbolo y como animal. En un interesante artículo afirma que la figura del lobo genera odios y amores en función de la distancia a la que se viva o sufra al gran predador. El paisano rural que convive con el lobo y sufre o conoce de primera mano ataques a su ganado o al del vecino no quiere lobos, pero para el urbanita, que vive cómodamente en la ciudad, trabaja sus 8 horas en una plácida oficina y ve al lobo corriendo poderoso en bonitos documentales de naturaleza, mientras la voz del narrador habla de fuerza, de naturaleza y de libertad, el lobo se convierte en un símbolo intocable. Puede entenderse esa fascinación, pero también hay que entender a ese paisano, generalmente mayor, que sobrevive en su pequeño pueblo con pocas comodidades, trabajando 365 días al año, con sol, lluvia y nieve, intentando sacar adelante su ganado y una noche los lobos tiren todo su esfuerzo por la borda. Creo que esta gente tendría que haber sido escuchada en primer lugar, aunque sus votos no tengan ningún poder, y ayudarles y asesorarles, para que se sientan amparados. Pero se ha hecho lo contrario, perdonar para siempre a su ancestral enemigo porque lo quiere una sociedad urbana que los ningunea.

Y para rematar la faena sale Luis M. Domínguez, el presidente de Lobo Marley, una oportuna ONG con más hambre que el lobo, pero de subvenciones, llamando soplagaitas a Félix Rodríguez de la Fuente porque defendía la caza del lobo, su control. Que este personaje, populista como pocos, de nula solvencia naturalista, condenado para mas inri por estafar a dos ancianos, insulte lo más mínimo a Félix es como si el cómico más malo del mundo insultase a Charlot porque no es gracioso, como si Chiquilicuatre le dijese a Pavarotti que no sabe cantar.

Qué pena.

 

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