Reportajes

Negro y con una peluca enorme: el corzo soñado

Un cazador de Ávila logra cazar un corzo muy especial por dos particularidades que convierten a estos ejemplares en el objeto de deseo de todo cazador corcero: es negro y en su cabeza destaca una peluca enorme.

CdC

13/10/2018

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«Se forman casquetes que cubren el espacio de la cuerna y descienden hacia la parte facial del corzo en forma de lágrimas»

«Carlos Blanco es el entregado cazador que ha conseguido llevar a su casa tan anhelado trofeo»

«Tras avistarlo por primera vez, aquel corzo se convirtió en una verdadera obsesión para Carlos»

«Íbamos en el coche el guarda y yo cuando, de repente, lo vi»

«Carlos apuntó su Blaser R8 calibre 7 mm Remington Magnum y segundos después el guarda le felicitaba efusivamente»

Esta deformidad suele ser resultado de una enfermedad o de un traumatismo, que lleva a estos ejemplares a perder funcionalidad en sus testículos. Esto deriva en un descenso del nivel de testosterona en sangre que lleva al animal a no controlar el crecimiento de la cuerna de manera natural, además de no perder el terciopelo. En casos como el que nos ocupa, se forman casquetes que cubren el espacio de la cuerna y descienden hacia la parte facial del corzo en forma de lágrimas, dificultando su vida normal o, como le sucedió a este corzo, llevándole a una situación crítica.

Una cacería de cinco meses

Carlos Blanco es el entregado cazador que ha conseguido llevar a su casa tan extraño y, a la vez, anhelado trofeo. Este cazador abulense compró dos permisos para el corzo en la Reserva de Caza de Batuecas, en Salamanca. Nos cuenta cómo se inició una larga cacería que se prolongó cinco meses en el tiempo: «Tengo una relación muy buena con los miembros de la guardería de la reserva, y eso me animó mucho a cazar allí. En las primeras salidas, dimos con un ‘peluquín’, es decir, un corzo con peluca, pero pequeña. Ante la posibilidad de optar a conseguir un trofeo especial, elegí intentar cazarlo. Pero en el intento de dar con aquel corzo de trofeo más pequeño, apareció el ejemplar que hemos conseguido abatir».

Cinco meses tras el corzo

No ha sido fácil, como así nos cuenta Carlos: «Hemos estado nada menos que cinco meses tras él. Se encontraba en un brezal de una altura de dos metros. El animal estaba en un estado crítico cuando conseguimos ponerlo a tiro. Ha pesado, sin cabeza, 12 kilos. Estaba esquelético. He hecho alguna foto donde esto se puede apreciar. Sólo salía a comer a la pista, porque en un brezo tan alto no creo que se pudiera desenvolver bien. Es difícil explicarse, con lo débil que tenía el cuello, cómo podía sostener la cantidad de peso que aguantaba en su cabeza. La he pesado y ha dado 4,200 kilos».

Tras avistarlo por primera vez, aquel corzo se convirtió en una verdadera obsesión para Carlos y para los miembros del guarderío de la reserva: «Han sido cinco meses de dedicación y esfuerzo, sobre todo por parte de los guardas, que se han pasado horas tras horas de campo y monte para controlar al corzo. Quiero agradecer especialmente la profesionalidad y la dedicación de Ignacio Martín Viñas. Sin la sabiduría y buen hacer de este guarda no habríamos conseguido que esta historia tuviera un final feliz».

Lo del final feliz se explica mucho mejor si tenemos en cuenta que, además de haber sido una caza larga y dura para el cazador y el guarderío, hay que añadir que ha sido a tan sólo tres días del cierre de la temporada, y que este corzo, en el lamentable estado físico y de salud en el que se encontraba, no habría vivido más de unos días, quizás semanas.

Así nos lo explica Carlos: «El animal no podía pasar entre los brezos. Por eso tenía que comer en la pista, porque entre la vegetación no podía desenvolverse. Tampoco veía bien. La peluca le tapaba el ojo izquierdo y sólo tenía algo de visión por el ojo derecho. De no haber conseguido abatirlo, se hubiera perdido, porque no hubiera seguido con vida mucho tiempo.

»El ‘peluquín’, que es el primer corzo con aquella peluca pequeña que detectamos, nos dio la oportunidad de tirarle en julio, pero le vi gordo, en un buen estado de salud y con todas las posibilidades de crecer y ofrecer mucho más el año próximo, por lo que decidí no intentar abatirlo. Pero este corzo teníamos que intentarlo por todos los medios. Luchábamos contra el paso del tiempo, ya que en unos pocos días la temporada concluía».

Un intento tras otro

Los guardas intentaban controlar al corzo, y en ocasiones conseguían detectarlo en la zona en la que se movía, pero esto solía ocurrir cuando Carlos se encontraba a cientos de kilómetros. Aun así, el cazador no dudaba en subir al coche y acudir a la llamada de los profesionales. En este sentido, nos cuenta una anécdota de las muchas que rodean a la caza de este corzo:

«Hace quince días estaba cazando en la berrea en Arévalo (Ávila), y me llamó el guarda. Me dijo: ‘Carlos, vente para acá, porque el corzo estaba comiendo en la pista, ha saltado a los brezos, ha andado un poco por las piedras, porque he escuchado el sonido de las pezuñas contra las piedras, y se ha parado. Ese corzo se ha tumbado allí mismo’. No me lo pensé ni un segundo. Dejé la berrea y conduje hasta allí. En una hora y media estaba detrás del corzo.

»Me dirigí hacia donde se había metido el corzo y salió a unos diez metros de mí. Dio dos botes y, con tan mala suerte que estábamos en una zona de sierra, se descolgó por una loma y ya no le volví a ver. Con 12,5 aumentos en el visor a esa distancia, y lo rápido que sucedió todo, me fue imposible siquiera apuntar. Los guardas, que estaban posicionados para intentar ver hacia dónde se dirigiría en caso de que pasara lo que sucedió, no lo vieron salir.

»Volví hacia atrás, porque ese corzo no salió de la zona, y volví a verlo a diez metros de distancia, justo donde se había arrancado la primera vez, pero, de nuevo, sin opción de dispararle. Con solo pensar que le tuve a diez metros dos veces, me desesperaba. Pasaban los días y empezábamos a pensar que ese corzo se perdería.

»Los guardas le han visto otras veces, en ocasiones a un kilómetro y medio de su encame, ya que la pista por donde se movía cuenta con tres kilómetros, casi todo curvas».

Así fue el lance

Llega la hora de conocer cómo fue el lance en el que Carlos consiguió hacerse con el trofeo que le había quitado el sueño durante tantos meses: «Íbamos en el coche el guarda y yo cuando, de repente, lo vi. Cuando se lo digo al guarda, su respuesta fue: ‘No bromees con esto, que la cosa no está para bromas’. Aquí me di realmente cuenta de todo lo que llevábamos acumulado en el intento de dar caza al corzo.

»Nos detuvimos y el guarda lo confirmó. Estaba en un clarito dentro del brezal, a mucha distancia, lo que requería que planteáramos una entrada que permitiera ponerlo a una distancia de tiro que ofreciera garantías.

»Comenzamos con la entrada y todo fue muy bien. El acercamiento sumó belleza al lance porque, en este tipo de casos, me gusta asegurar el disparo. Podíamos haberlo intentado a más distancia, pero lo deseché».

Al final se dejó tirar a 200 metros. Fue un tiro, en palabras del cazador, «precioso, que acabó con su vida de manera instantánea». Carlos le otorga una gran importancia a este aspecto: «Cuando conseguimos reducir la distancia que nos separaba a unos 200 metros, me sentí seguro de colocar bien la bala. Esto es algo crucial para mí. Ya que el animal entrega su vida, lo mínimo que podemos hacer es asegurarnos en colocar bien el disparo para que muera de la manera más rápida y limpia posible. Estoy convencido de que este corzo ni se enteró del disparo».

Carlos apuntó su Blaser R8 calibre 7 mm Remington Magnum y segundos después el guarda le felicitaba efusivamente. En aquel instante acabaron meses de caza, trabajo, esfuerzos y sueños que solo el buen cazador de corzos entenderá.

Una zona ‘peluquera’

Carlos nos comenta intrigado el hecho de que en la zona donde abatió al pelucón, como él mismo lo llama, se han visto y cazado otros corzos con la misma peculiaridad: «Lo más curioso de todo es que en la zona en la que encontramos este corzo, que es una ‘olla’ que no tendrá más de 20 hectáreas, se han cazado ya seis corzos con peluca. No sé la razón, si será genético, si son capaces de reproducirse, si es un tipo de vegetación que les afecta, una sal que chupan… Quién sabe. Pero es algo excepcional».

Es su segunda ‘peluca’, y no es la más grande

El cazador abulense describe este corzo de la siguiente manera: «El trofeo es muy bonito, dentro de lo excepcional. Destacan unas ‘lágrimas’ preciosas y el volumen que ha llegado a acumular». Pero también nos habla de lo que posiblemente originó la malformación: «He hecho fotos a los testículos poniendo una moneda de un euro al lado para comprobar el grado de disfunción que les afectaba».

Aunque se trata de un trofeo excepcional y con el que todo cazador corcero sueña, para Carlos no es la primera peluca que consigue. Ni el más grande que este cazador ha abatido. Hace dos años, un rececho en Urbión le llevó a alcanzar su sueño de abatir un corzo con una peluca que él mismo define como «descomunal»: «La cabeza de aquel corzo pesó 5,800 kilos. Yo siempre soñé conseguir un trofeo de esta magnitud, pero haber reunido dos es para estar más que satisfecho».