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Con el Viento de Cara

Alberto Miñambres

Jabalí con luna llena

Seguro que innumerables veces hemos oído en conversaciones sobre aguardos y esperas con amigos cazadores que las noches con luna no son buenas para cazar un buen macareno.

30 abr. 2019 - 8.249 lecturas - No hay comentarios

Juzguen ustedes si así lo desean mi artículo, pero sepan que la suerte es para quien la busca…

Quedan apenas cinco minutos para la hora bruja, la luna llena ilumina el cielo nocturno pintando un bello óleo en el paisaje de las estribaciones de la sierra de la Culebra, cuando de repente suena el coche de mi compañero de fatigas que llega a casa a buscarme, Samuel.

—¿Vamos? —Vamos!, ese es nuestro breve saludo después de meses sin vernos por aciagas circunstancias personales, nos basta una mirada para entendernos.

Han pasado casi veinte años desde que aquel niño inquieto empezara a acompañarme en mis salidas de caza, tras las codornices en calidad de aprendiz de cazador que hacía las veces de aventajado lazarillo, pues siempre sabía donde cantaban las africanas, de no parar de trastear un día sí y otro también, lo cual era de agradecer el día de la apertura de la media veda para aquellos que llegábamos apenas un día antes de la playa sin darnos tiempo de echar un vistazo previo al acotado.

Hoy sigo viendo en sus ojos la misma ilusión del primer día que me acompañó.

En las noches de primavera, cuando la luna está en fase creciente, casi llena, me gusta divisar el campo desde la lejanía, en algún punto elevado y en caso de divisar algún jabalí, realizarle una entrada al más puro estilo de rececho.

Realizar la caza nocturna del jabalí en primavera tiene sus particularidades, en esta época no soy muy partidario de las hieráticas esperas en los comederos, pues con las lluvias, la comida (aunque dispersa) abunda por doquier, además los aires son muy cambiantes y te pueden jugar malas pasadas.

En estos meses de abril y principios de mayo generalmente llueve por estos lares, los suelos suelen estar blandos por la humedad y la escasez de las heladas, es en este periodo cuando el jabalí gusta de aventurarse a hozar en prados, siembras y espacios abiertos en busca de alimento, proteína de origen animal fundamentalmente, ya sean ratones, lombrices o cualquier infortunado animalillo que se cruce en su deambular nocturno.

Nunca he dejado de cazar en la noches de luna, si bien es verdad que, dependiendo de la presión cinegética en la zona, los guarros se tapan más, o salen mucho más tarde. Pero tenga claro el lector que comen todas las noches, la cuestión es saber el lugar y el momento.

La idea esta noche será cazar la raya del monte que da a las vegas de regadío, en estas fechas de primavera las siembras nuevas y las fincas de maíz que se han cosechado tardíamente brindan una buena fuente de alimento que el jabalí suele frecuentar.

Nada más bajar del vehículo, en el primer vistazo con los prismáticos, observamos a un kilómetro aproximadamente tres bultos que a todas luces parecían ser jabalíes.

Sin perder tiempo, y con el aire siempre de cara, iniciamos el acercamiento, en fila india, procurando sincronizar nuestras pisadas y como en tantas otras ocasiones, el lazarillo me precede.

A mitad de recorrido ya se podía vislumbrar que uno de los ejemplares era de mayor tamaño que los otros dos, durante cinco minutos nos detenemos a intentar observar el comportamiento para determinar si podría tratarse de una hembra con dos crías del año anterior, o por el contrario un macho por el que mereciese intentar el lance.

—Samu, parece una cochina grande, come junto a los pequeños y no regañan —le indico a mi compañero.

—No sé, Alber, sí parece pero… es mejor acercarnos más y echarle la luz.

Iniciamos el último acercamiento para colocarnos a distancia de tiro. Si de día ya es difícil realizar la entrada final a un animal silvestre, imagínense en el silencio de la noche y con la poca visibilidad a la hora de plantar el pie, donde una rama seca entre las hierbas altas se convierte en una alarma traicionera.

Finalmente conseguimos acercarnos a una distancia aproximada de ciento cincuenta metros, ahora el problema puede ser un cambio repentino en el viento, pero no nos importa demasiado, ante el convencimiento consciente de que probablemente sea una hembra, y que lo que estamos realizando es más un juego de acercamiento que otra cosa.

Lentamente coloco el trípode para apoyar el rifle y observar a través del visor, mientras mi compañero sigue intentando atisbar las siluetas con los prismáticos, meto al más grande de los tres en la cruz del visor, sigo sin ver claramente lo que es. Le pregunto a mi compañero —¿ves algo?, parece una hembra bastante vieja—, a lo que me contesta —Creo que es un machete.

Está de frente a nosotros y avanza lentamente, comiendo, sin mostrar el costado, acompañada por dos congéneres de menor tamaño que van por delante a escasos metros.

—Echa la luz y salgamos de dudas —le espeto casi susurrando. En ese instante, con el rifle encarado, mi compañero da una ráfaga con la linterna, percibo claramente que se trata de un macho, no muy grande pero que parece bien armado (en el norte de Zamora, en tierra de maizales, un guarro de noventa kilos no lo consideramos grande en tamaño), sorprendentemente quedan tranquilos, no pegan el típico arreón.

En ese instante la calma interior desaparece y se desata la tormenta de emoción que precede el lance en su estado más puro.

—Samu, es un buen cochino, le voy a tirar.

—Como veas maestro.

Me dispongo a encarar mi 270 win cuando uno de los dos guarros pequeños lanza el gruñido de alerta y empieza a correr paralelamente a nosotros, el otro pequeño le sigue inmediatamente, algo les ha mosqueado, pero no saben ubicarlo, el aire juega en nuestro favor, pasan en perpendicular a nosotros a unos treinta metros, sorteando la linde del maizal cosechado, el macho grande, más veterano no se ha movido de la plaza pero tiene la cabeza levantada en dirección a nosotros, siempre de frente, seguramente espera a ver qué sucede con los otros dos. Sigue sin ofrecer su costado, por lo que me mantengo en tensa espera, con el rifle encarado y apoyado en el trípode.

Finalmente, y justo en el momento en que los dos marranchones han cruzado nuestra perpendicular, arranca el más grande a correr como alma que lleva el diablo, coge la misma dirección que los otros, le intento seguir con el visor pero con los aumentos se me hace imposible, levanto el rifle del apoyo, pongo el visor al mínimo, mi compañero enciende la luz, ¡¡¡Que tensión!!! El guarro está a 30 escasos metros de nosotros, —tírale, Alber, tírale, tírale!!!— con el rifle a pulso y encarado veo que el guarro entra dentro del mi campo de visión, lo meto en la cruz y disparo.

El animal acusa el impacto en el costado derecho, pero no cae, aprieta más si cabe su velocidad y gira, ¡hacia nosotros!, viene derecho a la luz como un toro, cerrojo rápido, vuelvo a encarar, ya a escasos metros y vuelvo a disparar sobre el tren trasero esta vez, y cae sobre sus pies, ya no se levanta.

Tras el primer disparo la Parca ya lo esperaba, no obstante la fuerza y bravura del jabalí que no tiene parangón en nuestra fauna le permiten estirar la vida, siempre un poco más.

Se hace el silencio, nos acercamos lentamente, el animal aun caliente da su último estertor, mi compañero me dice —Buen guarro, sí señor, buen guarro, menuda boca mas bonita—, a lo que contesto —Sí, eso parece Samu, de todas formas tú sabes que este guarro es tan tuyo como mío—. No hay más palabras durante unos instantes, solo observamos al animal, admirando al que a buen seguro ha sido un maestro de sierra, en el silencio de la noche, ya madrugada, me asaltan pensamientos: —¿Cuántas lunas peinan sus canas?, ¿cuántos encontronazos habrá tenido con perros y cazadores?, y cómo no, ¿cuántos con los temibles lobos que habitan esta bendita tierra?

Ante todo, señores lectores, RESPETO al animal que acaba de entregar su vida con nobleza, brindándonos un recuerdo imborrable con un lance magnífico. Ahora nos queda lo más duro, cargarlo, aprovechar su carne para consumo, quedan horas por delante…

Epílogo:

Sirva este artículo para dar a entender al lector novel en el aguardo nocturno que todas las noches son buenas para cazar, si sabes hacerlo.

Al cazador que lleve con muchas lunas a sus espaldas, seguro que nada nuevo le contaré, que disfrute del relato si es de su gusto.

A los guarros grandes no los mata la luna, sino el hambre y la paciencia del cazador.

Por la noche «todos los gatos son pardos», siempre hay que cerciorarse antes de disparar sobre un animal, porque tampoco podemos fiarnos de las apariencias, en cuanto a tamaño y comportamiento.

En mi currículo personal de aguardista, tres de los de los mejores trofeos de jabalíes que he cazado lo han sido en noches de luna llena, ninguno de los tres lo fue en un comedero.

Procuren cazar en buena compañía, si pasa alguna desgracia siempre es mejor ir con alguien.

En cuanto a ti, mi querido Samuel, decirte que ya has crecido como persona y cazador, y a pesar de tu juventud, te has doctorado con honores en el noble arte de la caza, te animo a que sigas dando alegrías en forma de lances a cuantos amigos y cazadores acompañas como guía de caza, pues sin duda ya juegas en la liga de los mejores.

 

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Alberto Miñambres
Alberto Miñambres: «Mis dos grandes pasiones son los galgos y las esperas al jabalí, soy cazador por condición y galguero por pasión».

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