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Juan Antonio Sarasketa

El Luchadero

Juan Antonio Sarasketa

Presidente de honor de la Oficina Nacional de la Caza.

Resurgen las perdices

En breve se desvedará la caza menor, una fecha importante para los cazadores. Todo un año de espera cuidando y preparando los perros. Máxime esta temporada que las perdices en general han criado bien, como no lo habían hecho hace muchos años. Esperemos que la sementera no cause muchas bajas.

07 oct. 2019 - 4.376 lecturas - No hay comentarios

No se concibe en nuestros días la caza deportiva sin la compañía de un perro. El lance que nos proporciona el perro de muestra constituye un espectáculo fascinante por su grandeza; pero, como en esta, en ninguna de las modalidades de caza, incluido el paso de las palomas, se puede culpar a un perro bien adiestrado de estorbar al cazador.

Bien es verdad que cada caza tiene su raza y que cada cazador debe procurarse el perro que más se ajuste a su carácter, al tipo de caza que más asiduamente practica y al lugar geográfico donde la practica. Claro que también hay razas polivalentes que pueden ofrecer el perro para todo, aunque no para todos.

Sea como fuera, tanto si se trata del animal más especializado como si es el más polivalente, el perro será el amigo inseparable del cazador, que le deparará momento gloriosos y lances irrepetibles, cada vez que salga al campo con la ilusión renovada. Pero, ¿qué perro elegir? He aquí una pregunta que nunca pierde su palpitante actualidad entre los cazadores, y a la que es imposible contestar de un modo breve y categórico.

Hay quien se atreve a afirmar que el mejor perro de caza es el chucho mestizo. Se podrían citar mil respuestas diferentes, pero es preferible resumirlas en el conocido comentario de cierto cazador: «El mejor perro de caza es el que caza mejor». Los hay que cualquier perro les vale por muy limitado que sea, pues no exigirá del mismo otra condición que la de permanecer a su lado. Otros, los comodones, son los que más abominan a los perros de pura raza; estos en sus manos no hacen más que correr a diestro y siniestro.

La conclusión a que conducen estos ejemplos es clara: el cazador debe hacer de cazador, y al perro hay que dejarle hacer de perro. La célebre frase de «cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro» encuentra todo su sentido en la caza. Nadie que no haya experimentado esta afición puede comprender el cariño y entendimiento mutuos que existen entre el cazador y el perro.

Pocas sensaciones son comparables a las que produce convivir juntos tanto en los momentos difíciles como en los más agradables de la caza: ver el animal temblar de cabeza a rabo, paralizado por los efluvios cercanos, que percibe, hasta que salta la pieza; verle dejar las muestras cuando se le manda, obedeciendo como un autómata, con humildad de súbdito a señor. O descubrir en los ojos de nuestro compañero una mirada de reproche, cuando se falla el tiro y la pieza escapa.