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El Luchadero

Juan Antonio Sarasketa

Salta la liebre

No deja de ser preocupante que una modalidad donde no prima el morral este prácticamente en el olvido. Me estoy refiriendo a la caza de la liebre con perros de rastro.

29 abr. 2019 - 2.282 lecturas - No hay comentarios

Curiosamente esta actividad —sobre todo en el norte peninsular— fue una de las primeras con las que se identificaron nuestros mayores y es una pena que los cazadores de nuevo cuño no aborden esta práctica donde la habilidad de los perros, el conocimiento del terreno y las querencias de este lepórido no suscite más interés.

A diferencia de la caza de la liebre con perros de muestra, donde el encuentro suele ser consecuencia un poco de la suerte, con los perros de rastro nos hallamos ante la caza clásica, la verdadera caza de la liebre junto a la de los galgos. No en vano el perro debe desarrollar una precisa y exhaustiva labor de localización y posterior seguimiento, hasta llevarla a base de fino olfato y esfuerzo a las posturas.

La sola oportunidad de oír a los perros latir a rastro es una bendición para los oídos de aquellos que han adiestrado a un perro de estas características. Por algo reza un refrán vernáculo que «perro rastreador hasta la muerte cazador». Quienes conocen la realidad de esta caza saben muy bien que por muy avezado que uno esté en esta práctica, en cualquier momento el monte le sitúa momentáneamente en el escalafón más bajo de la cinegética. Como en todo hace falta cumplir con la caza, saber estar y leer como nadie el campo. Aquí no valen acaparadores de trofeos alocados en cuantificar piezas.

La liebre es un animal perfectamente dotado. El oído es absolutamente perfecto —mueve las orejas en todos los sentidos— y constituye el principal instrumento de defensa contra la infinidad de peligros que la amenazan. Una liebre adulta puede mantener perfectamente una velocidad de 60 kilómetros por hora durante 15–20 minutos si es seguida por los lebreles. El peso de la liebre norteña oscila entre 3,5 y 5 kilogramos. Cinco kilogramos es un peso excepcional, sin embargo se dice que se ha llegado a abatir algún ejemplar de 7 kg (…).

Conoce todos los lugares del bosque, sabe dónde hace fresco en verano y está abrigada contra el viento en invierno. Tiene noticias de todas las veredas y pistas. Cuando se siente humedecida por el rocío matutino, no tiene más que revolcarse unas cuantas veces en la masa arenosa para que el agua sea absorbida. Si después sale el sol, le basta acicalarse un poco y el animal se encuentra limpio y seco. Prefiere encamarse en los lugares arenosos y secos pues la arena conduce tan bien el sonido que oye a cualquier persona o animal que se aproxime.

En definitiva una joya de la Naturaleza y un reconocimiento a las pocas cuadrillas que mantienen este bonito legado donde prima el saber hacer, aunque las capturas se limiten a unos pocos ejemplares al año. Y para que esto siga funcionando, nada mejor que una acertada política de repoblaciones con liebre europea en el norte peninsular por parte de la administración.