El quejío

El quejío

Un relato sobre caza y animalismo.


Carlos nació quejándose. Nació en un hospital madrileño tras una cesárea programada porque se negaba a nacer, y no me extraña nada, vas a comparar la barriga de tu madre, donde no te falta de nada al mundo real donde todo es frío, duro e incierto. El niño se quejaba de frío porque los quirófanos son fríos. Pero el quejío de Carlos era distinto. Era un quejío, sí, una onomatopeya repetitiva y cansina, un quejío, pero el quejío de Carlos era distinto, parecía salirle del fondo de su alma, formaba parte de él. Su cara era un quejío perpetuo, como una mueca que mostraba un eterno enfado con el mundo y consigo mismo. Su madre le decía el ceño.

Carlos tuvo una infancia muy feliz. Vivía en un pueblo marítimo, adoraba a su hermano y se sentía arropado por sus padres. Sobre todo por su madre, la que soportaba con toda la paciencia del mundo su eterno quejío. Su padre no tenía tanta paciencia y si no estaba trabajando estaba cazando. Había delegado la educación de sus hijos en ella porque era una madraza, era más cariñosa, paciente y muy lista. Por algo la había perseguido con tanto ahínco. Aparte de cómodo, era la mejor opción, quién los iba a criar y proteger mejor que ella. A veces lo argumentaba, buscando siempre en la propia naturaleza la razón de las cosas, como solía hacer Carlos: ¿Con quién están las crías cuando son pequeñas? Por algo será.

Huérfano

A Carlos nunca le gustó el colegio. Le separaba de su madre y le enseñaban cosas que no le gustaban o no le interesaban, pero su curiosidad era infinita. Una curiosidad que generalmente llenaba a través de internet. Sabía de todo y las cosas más impensables. Desde muy niño también se sintió muy atraído por la interpretación y ya había anunciado que quería ser actor. Esta atracción y una valía innata para la interpretación, aparte de la profesionalidad que siempre demostraba cuando interpretaba, hacía que siempre fuese el protagonista de las obras de teatro escolares. Tanto es así que decidió hacer el bachillerato de artes. Un instituto enfocado a las artes escénicas.

Pero con Carlos todo era complicado. Tres sucesos sacudieron como un devastador seísmo los pilares básicos de su vida, ahora más revolucionada por las hormonas puestas en rebeldía. Uno y quizá el principal, fue la marcha de su hermano a estudiar a otra ciudad, que lo dejó huérfano. Se le iba su principal e incondicional confidente en la dura etapa de la pubertad. A esta orfandad insustituible se unió que sufrió acoso por parte de unas compañeras, un acoso que le entristeció aún más. Carlos siempre fue claro como el agua. Lo que hacía era y era lo que hacía. No tenía dobleces e incluso despreciaba las apariencias. Él era así y punto. Era muy cariñoso y lo demostraba agarrando, lo necesitaba. Algunas compañeras interpretaron estos agarres como otra cosa y le hicieron el vacío. El teatro podía haberle salvado, podría haberse refugiado en la interpretación y encontrar una válvula de escape. Pero no fue así, incluso su eterno sueño de ser actor se había diluido como un azucarillo en una taza de café. Siempre fue, a pesar de su desenvoltura, una persona muy insegura con pánico al fracaso y mucho miedo al ridículo, o lo que él entendía por hacer el ridículo. Y al estar rodeado en ese instituto de gente con tanto talento —¿quiénes van a un instituto de arte?— pues sintió que sus facultades no eran tan sobresalientes como creía. Todas estas decepciones agravaron el ceño y se convirtió en un ser huraño que buscaba el aislamiento y la soledad. Y Carlos entró en un pozo sin fondo y a su rostro volvió el quejío, el ceño, según su madre, que fue quien más sufría su creciente aislamiento y soledad.

Ya hacía tiempo que coqueteaba con las nuevas corrientes animalistas, que defienden que los animales vertebrados, al tener un sistema nervioso central, sienten como los humanos y por tanto deben ser tratados con el mismo respeto. Siempre tuvo una exagerada empatía por los animales, que se agravaba con estos episodios de aislamiento social. «Con los animales, santos inocentes, me siento mucho mejor», decía en más de una ocasión.

Hablando de esa empatía, su padre recuerda que antes de un viaje familiar dejó puesto pegamento de ratas y tuvo que quitarlo porque su hijo le argumentó, con poco más de diez años, que si la rata caía iba a sufrir mucho de sed y hambre. Para él estos sentimientos eran ya uno de sus pilares existenciales o ideológicos, o sea, que de alguna forma sostenían ya su forma de entender la existencia y por tanto para él ya era algo sagrado.

Terapia animal

Por eso sus padres, buscando su felicidad le sugirieron que montara en la finca familiar un refugio de fauna, que en términos económicos es montar un ruinoso asilo para animales. La ganadería la descartaba porque él no iba a criar animales para matarlos y ganar dinero vendiendo sus carnes o la de sus crías. Con el alma rota decidió curarse en el pueblo montando un refugio de fauna. Se informó un poco por internet y su padre lo mandó una temporada con un ganadero amigo para que conociese un poco cómo se manejaba el ganado, qué cuidados y qué necesidades tenía y en poco tiempo realizó en la finca algunas mejoras, hizo algunos cerramientos para distintos animales y montó varios bebederos y comederos.

Pronto la finca fue llenándose de los animales más viejos y lisiados de la comarca. Los ganaderos ya sabían que cualquier animal que ya no quisieran por su falta de rentabilidad ganadera lo recogía Carlos, incluso hasta pagaba por algunos para terminar, según él, «con su tortura». Pero cada vez recibía menos dinero de sus padres porque aquello era un pozo sin fondo, aunque según su madre su ceño había disminuido y eso no tenía precio.

Lechuguita

Pero su peculiar sistema de vida y que en el fondo era un niñato pijo protegido por su familia hizo que apareciera un enemigo que podía poner en riesgo su recuperación. Y su enemigo fue Bernardo, un rudo chaval del pueblo que se ganaba la vida como camionero y que envidiaba la “dulce y rara vida” de este jovencito que también llamaba la atención de varias chicas del pueblo y eso no podía soportarlo. Y optó por meterse con él cada vez que podía, sobre todo si tenía público que le riera sus ataques.

Por ejemplo, si se lo encontraba tomando café en algún bar del pueblo, le llamaba lechuguita, y le decía las cosas más hirientes que se le ocurrían para sentirse por encima y humillarlo. Carlos era cien veces más culto y educado que él y siempre se intentaba escabullir de sus provocaciones con el silencio o alguna ocurrencia que demostraba su superioridad intelectual y emocional. Pero un día Carlos se saltó su protocolo porque a veces explotaba como explota un barranco cuando no puede encauzar más agua y ante una enésima provocación en el café, con el bar atestado de gente, se fue hacia él, lo agarró por la solapa, lo levantó en peso e hizo como que lo colgaba de la pared para a continuación bajarlo y decir a gritos que cómo iba a dejarlo colgado si era más feo que el zorro de Matías, refiriéndose a un viejo y mal disecado zorro que el dueño del bar, Matías, tenía encima del mostrador, creando en el bar un carcajeo general.

Bernardo intentó zafarse en todo momento de sus manazas cerradas como tenazas insultándolo e intentando abrirlas, pero no pudo, y la cara de Carlos en aquellos momentos era un volcán en erupción, impredecible y muy violento. Ahí se dio cuenta Bernardo que aquel niñato pijo era mucho más fuerte que él, más grande y musculado y que en el enfrentamiento físico tenía todas las de perder. Tenía que morder como las alimañas, sin que se notara pero que se notara. Siempre sibilinamente. A partir de aquel episodio del bar tan humillante y que tanto le recordaba todo el mundo porque Bernardo era muy chulo y aquel episodio le bajó los humos, Carlos se convirtió en su mayor problema vital. Carlos lo sabía y se recomía pensando qué podía llegar a hacer una persona tan mala.

Físicamente no lo temía, pero tenía licencia de caza y de armas y con ellas sí podía hacerle daño a él o a sus animales. A Bernardo no lo etiquetaba como cazador, solo tenía licencia de caza, porque era un título muy respetable que Bernardo no merecía en absoluto. Su padre sí era un ejemplo de cazador. Durante muchos años, en el colegio y en el instituto, Carlos se apuntó a artes marciales. Decía que había que aprender a defenderse de quién te puede hacer daño y que el mundo estaba lleno de malas personas. También le permitía mantenerse ágil y olvidarse de su mala suerte pegando puñetazos y patadas.

María

Era una tarde de junio, una de esas tardes de verano que se hacen eternas, que parece que nunca va a anochecer. Carlos estaba en el huerto regando sus tomates. De repente levantó la cara y la vio. Le pareció la mujer más guapa del mundo. El huerto lindaba con una cañada pegada a una carretera y ella caminaba por el arcén. Dejó todo lo que estaba haciendo y se fue hacia ella, era muy descarado, pero algo lo empujaba sin pudor ni miramiento. Él había tenido más de una novia, le gustaban mucho las mujeres, pero esta sensación no la había experimentado nunca.

Se paró como a veinte metros de ella como muy nervioso y agitado, no sabía qué le estaba pasando. Ella también estaba rara, nerviosa. El último sol de la tarde daba a tan perfecta silueta femenina un toque dorado y ese mismo sol se colaba entre los hombros y el pelo negro y alborotado de Carlos provocando destellos dorados haciéndolo parecer una auténtica divinidad griega. Y de repente ambos corrieron a encontrarse y se fundieron en un largo y apasionado beso que, como la tarde, no quería terminar. Luego Carlos la cogió de la mano y se la llevó corriendo a la casilla del cortijo, donde estuvieron amándose hasta el anochecer de esa interminable tarde de verano.

Cuando ya cantaban algunos grillos ambos salieron de la casilla al fresco y se sentaron a hablar. Una ligera brisa procedente del oeste hacía más soportable el comienzo de la noche. Le dijo que se llamaba María, que era asturiana, que se había ido de un pueblo buscando un futuro mejor en alguna ciudad pero que en una cafetería había conocido a un hombre y se había venido con él al pueblo. Carlos no se atrevía a preguntarlo, pero estaba claro que sus vidas estaban condenadas a encontrarse siempre. Sí, ese hombre era Bernardo. María también sintió la mueca de Carlos al oír su nombre y añadió rápida:

—No lo quiero nada. Me vine con él porque pensé que mi vida podía cambiar a mejor, pero no lo creo.

—Te aseguro yo que es una mala persona —añadió Carlos—. Me tiene mucha manía y un día me va a encontrar.

—¿Tú qué quieres, María? —se atrevió a preguntar porque Carlos siempre quería las cosas claras, como la naturaleza.

—Mira Carlos, yo sólo quiero ser feliz, sola o acompañada.

Ahora habló Carlos:

—Eso queremos todos y a mí no me importaría vivir contigo. Lo que me ha pasado hoy contigo nunca me pasó. Ha sido un arrebato maravilloso que me habían contado que algunas personas experimentan porque debe producirse entre ellos una conexión neuronal o las feromonas les están engañando. Como diría mi padre, un calentón.  Es que estás muy buena, María. Si quieres te puedes quedar conmigo. Sólo puedo ofrecerte esta casilla, la compañía de muchos animales, un plato de comida y mucho amor y pasión.

—Lo acepto —dijo María mirándolo como un cordero degollado—. Y ahora te voy a hacer un arroz con leche que sólo sabemos hacer las asturianas.

Pero Carlos se levantó de la silla al mismo tiempo y con su manaza y con la mayor delicadeza que pudo cogió su pequeña mano de porcelana y le dijo: tú sabes hacer cosas mejores. Y se volvieron a meter en la casilla.

Filosofía y vida

Cuando Bernardo se enteró de que Carlos le había quitado la novia, en verdad ella se había ido con él, su odio por lechuguita se hizo visceral, y en sus noches locas llegó a pensar que tenía que matarlo.

Carlos y su hermano no recibieron nunca, por decisión de sus padres, ninguna doctrina digamos existencial. Ni ideológica ni religiosa. Creían que así sus hijos podrían descubrir por sí solos, sin interferencias doctrinales, esa ubicación existencial que todos necesitamos. La encontraron en la nueva religión de moda, el animalismo, que como cualquier religión tiene sus ritos, sus chamanes y por supuesto su fanatismo.

Se hicieron vegetarianos, decían que comiendo carne contribuían a mantener una ganadería que explotaba a los animales y que como existían, validados por la ciencia, sustitutos vegetales de la proteína animal, ya podíamos evitar comer a los animales para poder vivir. Y así lo hicieron, y como buenos feligreses, lo hicieron a rajatabla. Su madre discutía a veces airadamente con ellos, recriminándoles su actitud y lo malo que tenía que ser para su desarrollo prescindir de la proteína animal. Mi madre le decía a veces a mi padre que por qué sus hijos les habían salido así, con lo que se había esforzado en su educación. Que no fueran cazadores no le importaba mucho, pero ese fanatismo vegetariano…

La verdad es que la caza nunca la criticaban, faltaría más, además su padre hablaba mucho con Carlos sobre ella y le decía que durante millones de años fue el sustento de sus antepasados y fue precisamente esa proteína animal la que aumentó sus cerebros hasta hacerlos muy inteligentes. Además, la caza caza, la que él defendía, era recolectar en la naturaleza la carne más sana y sabrosa que existe, y en buena lid, o sea, cumpliendo a rajatabla muchas normas legales y ciertos ritos ancestrales que convertían a la caza en una actividad cuasi-sagrada y respetable, aunque recordaba con nostalgia cuando les ponía a sus hijos lomo de venado a la plancha y se lo bebían. Ya ni se lo planteaba, aunque no terminaba de olvidarlo del todo y a veces le soltaba a Carlos la bromita de siempre: «¿No querrás un poquito de carne de caza?».

Carlos siempre escuchaba con mucha atención las palabras de su padre sobre la caza porque sabía de lo que hablaba y hasta cierto punto las entendía, aunque estaba seguro de que él no podría nunca acabar con la vida de un animal. Pero ponía una excepción: si estoy en una zona desconocida y tengo que matar para sobrevivir lo haría sin dudar, pero Papá, hoy no es necesario matar un animal para sobrevivir. Y tenía razón.

Su padre era un cazador genético, cómo él gustaba autodefinirse. Decía que había personas como él que por la razón que fuera tenían el gen cazador, como el que tiene el pintor o el poeta. Un gen que, como todos, se heredaba aleatoriamente, y defendía esta teoría porque de sus cinco hermanos solo él era cazador. Sus hijos tampoco lo tenían, pero sí dos sobrinos, dos hijos de primos hermanos, y uno de estos sobrinos, Javi, era el mayor de tres hermanos y también el único cazador. Los mismos padres, el mismo entorno, la misma educación y uno nada más que quería campo, animales y cazarlos y los otros dos nada de nada. Ser cazador genético era tener una afición enfermiza por la caza, hasta el punto de que tu vida la organizas en torno a ella. Su padre también era cazador, pero sin el gen. Sus abuelos también cazaron y tenía otros tíos cazadores, pero solo su tío Eduardo, su segundo padre, tenía el gen, y de hecho era el único que seguía cazando. Y para confirmar aún más su teoría del gen cazador contaba que había conocido a un cazador ya entrado en años que no tenía antecedentes cazadores ni nunca había ido de caza, pero que un día acompañó a un amigo por curiosidad y después de aquello sólo pensaba en volver a cazar. Se sacó el permiso de armas, se compró escopeta y rifle y compraba libros y revistas de caza que leía con avidez y se llevaba todo el día buscando jornadas de caza. Aunque el padre de Carlos tenía clavada esa espinita, que sus hijos no fuesen cazadores, como ninguno de los dos tenía el gen, tampoco forzó mucho la situación, pero le gustaba escuchar los razonamientos de su hijo porque eran diáfanos y razonables. Y bebía mucho de la naturaleza, ese lugar puro y sagrado para cualquier cazador genético.

A Carlos le encantaba debatir y llegar así a conclusiones interesantes, pero utilizando sólo la razón y dejando aparte prejuicios y verdades absolutas. Carlos decía que la única forma de encontrar la verdad era a través del razonamiento. Pero su padre le advertía que el hombre es también corazón o sentimiento. Su amor y defensa de los animales era una mezcla de amor y razonamiento. Sentía por ellos una empatía muy grande y luego con la razón completaba el círculo. Quería a los animales y quería protegerlos porque no se podían defender por sí mismos. No podían utilizar la inteligencia como el hombre y por tanto no podían escapar de situaciones desagradables. Sólo huir hacia adelante por instinto, escapar de su verdugo, para a continuación volver a ser atrapado para seguir haciendo lo mismo y a lo mejor seguro que castigado físicamente. Sólo otra persona podía liberarlo de esa situación y era lo que hacía él. Si embargo, si era la falta de voluntad inteligente la que hacía a los animales indefensos, por esa misma razón se mostraba inflexible con las personas, pues teniendo la suerte de tener esa inteligencia y voluntad, no la utilizaban para escapar de un problema o evitar otros.

Criticaba abiertamente y hasta con desprecio —ese es un deshecho social, un escombro humano— a gente que habían caído en las drogas o que descuidaban su salud y no eran capaces de solucionarlo utilizando su inteligencia y voluntad: «Si está gordo y fuma que se ponga a régimen y deje el tabaco, y haga deporte», para él en todos los problemas humanos había mucho de falta de voluntad e inteligencia para solucionarlos, pero era un poco inflexible, o quizá le faltaba más empatía con sus semejantes. Por eso mismo él se cuidaba mucho y no tomaba nada que castigara su salud. Hacía mucho deporte y leía y sabía mucho sobre el tema.

Una ruina

El refugio de fauna era el peor negocio de la historia. No había ningún animal joven en toda la finca y por tanto que su carne sirviese para algo. Y aunque aquellas carnes viejas o tullidas hubieran valido su peso en oro Carlos nunca habría vendido ninguno de sus animales. Tenía palomas, gallinas que ya no ponían huevos, patos, pavos reales que habían perdido todo su esplendor por ser muy viejos, pero seguían vivos.

Pero había cuatro animales que eran sus favoritos y que junto a ellos el ceño le disminuía hasta desaparecer, o eso decía su madre, siempre solícita a mandar más dinerillo, un poco más, a su hijo con tal de alargar su felicidad unas horas más. Sus animales preferidos eran la burra Mili. Jubilada de un amigo de su padre, la empleaba para ir y venir al campo todos los días del año, que estaba a 4 kilómetros del pueblo. La burra la tenía suelta en el centro de la cerca, donde le había puesto un comedero y un bebedero debajo de la encina más grande porque apenas podía ya moverse y así tenía cerca sombra, comida y agua. Ya apenas comía porque le quedaban tres muelas desparejadas, pero le ponía el mejor pienso de caballos y el más caro. A veces iba a verla, se echaba junto a ella y le peinaba una y otra vez sus crines canosas. Así se pasaba muchos minutos y su compañía le cambiaba el ceño.

Su otra debilidad era la oveja Miguelita, apenas veía y comía, pero cuando estaba con ella se le pasaba el tiempo volando. Su veterinario decía que era la oveja más vieja que conocía, pero no sólo por su experiencia, es que ni en la literatura científica había encontrado que una oveja pudiera vivir tantos años. Y es que el refugio-asilo de Carlos estaba demostrando muchas cosas.

Su tercera debilidad era la cerda Peggy. Una cerda ibérica con más de diez años que según Carlos la tenían como fábrica de cochinillos. Por eso cuando Carlos se enteró, apalabró su compra y se la trajo a la finca y la tiene suelta en toda la cerca donde tiene para ella casi todas las bellotas de encinas y alcornoques. Con ella vive uno de los momentos más felices del año cuando algunas tardes de verano la lleva al gran pantano de la finca, a unos pestosos y pegajosos barrizales y la cochina se lo pasa bomba embadurnándose de barro y comiendo algunos cangrejos rojos que tienen en el barro sus madrigueras. El año pasado Carlos se carcajeaba de cómo estaba disfrutando la cochina hasta que en un momento dado se desnudó y se bañó en el barro con ella. Recuerda la felicidad que sintió viendo a Peggy tan feliz.

Su cuarta debilidad era su gata Manola, se la trajo su hermano de Sevilla, era coja y seguía coja. Debía tener más de quince años y estaba todo el día tirada en la casilla de la finca buscando el fresco. Su hermano venía a verlo a menudo acompañado siempre de amigos que dejaban una buena propina para la comida de los animales. Todos sus animales llevaban su collar antiparasitario o la inyección que les priva de ellos y si caían enfermos los curaba. Los gastos veterinarios habrían sido muy altos porque todos sus animales, las hembras sobre todo, estaban también castrados porque el refugio no podía tener muchos más animales y la mayoría ya no estaba para criar. Pero Carlos tenía un montón de amigos veterinarios que había conocido sobre todo por internet y que le hacían las cosas gratis por simpatía y cariño, aunque él intentaba pagarles lo que fuera, incluido productos de la huerta, cuando los había.

Carlos era un raro en su pueblo, pero todo el mundo lo quería por su bondad natural y ese cariño tan puro y desinteresado que tenía por los animales. Por eso cuando llegaba septiembre y los huertos de verano se abandonaban mucha gente lo llamaba para que arrancara las últimas matas verdes y se las llevara a sus animales. Además, dejaba el huerto desbrozado y limpio, y todos lo agradecían. Se ganaba la vida haciendo trabajos de campo: podas, leña, alambradas y desbroces manuales. Un amigo de su padre le había enseñado a desbrozar y cortar leña y como era fuerte y no le importaba trabajar, lo llamaban mucho, sobre todo algunas mujeres que disfrutaban viendo sudar ese torso hercúleo tapado siempre poco con una camiseta negra de tirantes. Algún roce había tenido con alguna pero aquí Carlos lo tenía muy claro, si la chica estaba comprometida ella y él se quedaban con las ganas. No quería nuevos dolores de cabeza.

Cuando Bernardo se enteró que María se había ido con él a punto estuvo de ir a por ella a punta de escopeta, pero no se atrevió porque era un cobarde y se había enterado de que podían quitarle las armas e incluso meterlo en la cárcel. Además, esa «puta asturiana» no merecía la pena, así que tenía que vengarse de otro modo y ya había decidido cómo.

La venganza

Era otra de esas tardes interminables de junio. Y todavía eran las cinco. Un calor insoportable recorría toda la finca y sólo se escuchaba alguna chicharra. Carlos estaba a punto de echarse la siesta bajo una encina muy fresca cuando escuchó un tiro en medio de la cerca. A Carlos le volvió uno de los ceños más tristes que nunca tuvo su cara. Se incorporó y corrió todo lo que podían sus piernas hacia la zona del tiro. Sabía qué tenía qué buscar y allí la vio, echada de una forma muy rara y con una bala en el codillo. Con lágrimas en los ojos y balbuceando le estrechó con fuerza la cabeza, le peinó las crines y entonces escuchó un segundo tiro, esta vez hacia el huerto del Militar, donde vivía Peggy.

Ahora corrió hacia allí, pero de lejos la vio también tumbada y sin moverse. Se acercó escondiéndose y por fin lo vio correr carril arriba hacia su coche y se fue a por él. No podía ser otro que su archienemigo. Llevaba, como casi siempre, una ajustada camiseta de camuflaje militar y calada una gorra de parecido estampado. Hasta su vestir le producía asco. Intuía que sus rencillas acabarían hoy para siempre. Lo intuía porque Carlos era en el fondo un animal salvaje, indomable y los animales a veces intuyen las cosas, sobre todo cuando está en juego su vida. Su padre se lo había dicho más de una vez que, cazando, había comprobado cómo los animales desarrollaban todos sus instintos de huida, hasta que de repente dejaban de hacerlo y parecían entregarse resignados a la bala mortal del cazador, como si intuyesen que sus días llegaban a su fin y era inútil luchar más. Para qué. La naturaleza era así de sabia, y sobre todo pragmática.

Carlos tenía hoy esa sensación, que el final de algo se aproximaba, pero lo aceptaba. Se fue aproximando, agazapándose entre las matas y los troncos de las encinas, su objetivo era llegar a la cerca de piedra y escondido tras esta llegar hasta Bernardo. Llegó a la cerca y agachado como un felino fue acercándose a aquel ser que para Carlos había cometido un crimen imperdonable. Había matado a dos de sus animales más queridos y peor aún, indefensos: La burra Mili y la cochina Peggy.

Carlos sabía que todo iba a acabar muy pronto pero no sabía cómo ni quién ganaría. Además, le daba igual. Sabía que Bernardo llevaba un arma, pero no le importaba. Era tanto su dolor y su resentimiento que tenía que hacerle pagar por lo que había hecho. Cuando Bernardo volvía rifle en mano a su coche de repente escuchó un ruido a sus espaldas, se giró y vio que Carlos se le acercaba volando en el aire ejecutando una de las patadas más letales de las artes marciales: los pies por delante a muchos metros por segundo de velocidad, las manos, articuladas y abiertas en el regazo a modo de plumas estabilizadoras. Carlos era una veloz, silenciosa y pesada flecha que buscaba el pecho de su enemigo. Al verlo levantó el arma y disparó, pero la flecha estaba ya en el aire y bien dirigida. Y a pesar de que Carlos sintió una quemazón en la palma de la mano, su pie izquierdo impactó en el pecho de Bernardo y lo derribó ya sin el rifle, pero Carlos no le dio ni siquiera la oportunidad de reponerse. Se abalanzó sobre él y le estuvo golpeando la cabeza contra el suelo hasta que la sintió rota como una sandía estallada. Entonces vio el agujero de la bala en la palma de su mano derecha. En ese momento la mueca de Carlos, el eterno quejío, el ceño, desapareció para siempre.

El juicio

Meses después se celebró el juicio. Aunque aparentemente todo parecía un caso de legítima defensa, el padre de Carlos buscó el mejor penalista posible porque estas cosas había que ponerlas en manos de los mejores profesionales y conocía a su hijo y sabía que podía explotar en cualquier sentido y echar todo por tierra. Preguntó a amigos y conocidos y dio con un penalista excelente que además era cazador. Se reunió con él y luego los dos se reunieron con Carlos para preparar el jucio. En esa reunión empezó hablando Carlos diciendo que él sólo se había defendido en legítima defensa. El abogado lo escuchó atentamente y a continuación habló a padre e hijo, pero mirando solo a Carlos:

—A priori parece un caso de homicidio en defensa propia, pero a casi todo se le puede dar la vuelta y os aseguro que un buen abogado o fiscal puede hacer ver lo que no es. O lo que él quiere que vea el juez con tal de salvar a su defendido. Mira Carlos, voy a hacer de fiscal. Alega:

—Yo sólo me defendí de un enemigo armado y después de que me pegara un tiro.

—No, señor juez, fue el acusado el que inició la agresión lanzándole la patada.

—No, el me disparó antes de que le tocara.

—Sí, pero tú le agrediste primero, tu agresión ya estaba en marcha cuando él se defendió. Y él se defendió disparando.

Aquí Carlos tuvo una de sus explosiones:

—¿Cómo que no me había agredido?, había matado a dos de mis más queridos animales, ellos sí que no pudieron defenderse—. Y como sabía que también era cazador, le preguntó al abogado:

—¿Qué haría usted con alguien que de forma tan cobarde y traicionera le mata su perro?

El padre de Carlos, que conocía a su hijo, intervino:

—Mira Carlos, Antonio es un buenísimo abogado y está aquí para ayudarte, así que escucha por favor todo lo que tiene que decirte y luego si tienes alguna duda, pregunta.

—Como os decía, en cualquier argumentación jurídica hay que hilar muy fino y sobre todo apoyar tus afirmaciones mostrando evidencias, y esas evidencias suelen ser los informes de los peritos forenses. Un informe bien hecho es irrefutable como puede serlo una prueba de ADN. Suponed, como así será, que el forense diga que Bernardo disparó primero, pero también puede decir que lo hacía para defenderse de una agresión que tú habías iniciado cuando le lanzaste la patada sin ninguna razón…

—¿Sin ninguna razón? —preguntó Carlos. Había matado a Mili y a Peggy. Luego pidió perdón y se calló. Aquí el abogado, al ver cómo se refería a la burra y a la cochina muertas, se dio cuenta del amor que aquel chaval sentía por los animales. Llamándolos así las había humanizado. Aunque esto a priori podría ser bueno de cara a una sentencia favorable, el fiscal lo podía interpretar como que el acusado prefería la vida de sus animales a la de un ser humano, por malo que fuese, y en derecho los animales están por detrás de cualquier ser humano. Antonio se guardó este pensamiento y siguió hablando:

—Cuando Bernardo cayó al suelo tras tu patada le cogiste la cabeza y se la golpeaste muchas veces contra el suelo hasta reventarla, eso dice el informe forense, y puede interpretarse como ensañamiento, porque con haberlo dejado inconsciente, te hubiera bastado.

—Lo hice por instinto y por rabia.

—Puedo entenderte, Carlos, pero te tengo que decir todo esto para que entiendas que muchas veces dos más dos son cuatro, pero en un juicio podrían ser cinco y por tanto yo aconsejo lo que creo que es mejor para ti. Mira, voy a decir al juez que te sentiste superado por la situación, pensante que Bernardo, tras matar dos de tus animales iba ahora por ti y que por eso te acercaste a él, para quitarle el arma, pero te viste superado y lo golpeaste hasta matarlo, pero que no era esa tu intención, y de hecho reconoces los hechos y te arrepientes. Diré que tu caso es un claro homicidio imprudente. Y cómo tu comportamiento es ejemplar y no tienes antecedentes penales, con suerte puedes quedar libre.

—Pues que así sea —sentenció su padre. El abogado se alegró al oír aquellas palabras porque veía que Carlos aprobaba y respetaba todo lo que decía su padre, pero a continuación Carlos le dijo si podía salir un momento de la sala que quería decirle algo a su padre. Cuando Antonio les dejó solos Carlos empezó a hablar muy nervioso y agitado moviendo los puños como de impotencia y dijo:

—No me arrepiento de haber matado a esa escoria y le reventé la cabeza con alevosía pensando lo que le había hecho a mis pobres e indefensos animales, pero por ti, por María y sobre todo por mamá no diré estas verdades al juez. Tú y yo amamos la naturaleza y los animales y los dos sabemos que la naturaleza habría hecho lo que yo hice. Yo también soy parte de esa naturaleza y en este caso he sido su brazo ejecutor, pero ni me arrepiento ni me da ninguna pena.

Efectivamente Antonio el abogado hizo lo que dijo y la muerte de Bernardo fue sentenciada como un caso homicidio imprudente y Carlos no entró ni en prisión. Además, todos los testigos hablaron a su favor diciendo que era muy pacífico y se llevaba bien con todo el mundo y que Bernardo se metía siempre con él y sin razón. Fue un caso muy mediático como no podía ser menos cuando se cruzaban en el guion violencia, asesinato, caza y animalismo.

La descendencia

Tres años después de aquello, Carlos, echado en el sofá y frente a la chimenea donde crepita un buen tronco de encina, acaricia la cabeza de María. A su lado una pareja de niños pequeños juguetea con la gata Manola, que milagrosamente sigue viva. Se llaman Nacho, como su querido hermano, y María, y son hermanos.

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