La Caza es sueño

R. Barrachina

 

Desventuras de la caza en España a principios del Siglo XXI




DEDICATORIA

A mi abuelo y a mi padre, que me enseñaron a vivir la caza y a amar y respetar a la Naturaleza.


Noviembre de 2000

PRÓLOGO

El autor no tiene más amigo escritor que un gran poeta, pero reconozco que no estaría bien llenar estas líneas de introducción con alabanzas rimadas, flores de jara y olor a tierra mojada, y, además, tampoco tengo el atrevimiento necesario para pedir que se me prologuen estas pobres páginas.

Por otra parte, la verdad es que el único prólogo que en realidad me gusta es el que escribió D. José Ortega y Gasset para el Conde de Yebes y su obra “Veinte años de Caza Mayor”, y que es tan magistral que, independiente de la obra que prologa, se ha convertido en un texto traducido a varios idiomas, que es conocido, alabado y estudiado por cazadores y guardas de países con extraordinaria tradición cinegética mucho más que por nosotros.

Es por ello, que el autor pasa a presentarse él mismo en lo que a su pasión cinegética se refiere, ya que el resto de actividades no vienen a cuento con el propósito de estas líneas.

Nacido en 1946, con padre y abuelo cazadores de escopeta y perros, machos de perdiz y hurones, y educado en ese ambiente, desde pequeño les acompañaba en sus salidas con una reducida cuadrilla de auténticos maestros, haciendo lo mismo de zurronero que de perro. ¡Cuántas veces disputé con algún can el cobro de la pieza abatida!.

Con muy pocos años, me regalaron una escopeta más grande que yo, de las de pólvora negra y pistón, y con ella cobré mis primeras piezas en el suelo y en alguna rama.

Y, aunque no precisaba de esa munición, cuántas noches observaba la ceremonia de recarga de cartuchos para la próxima salida, y disfrutaba dándole vueltas a la manivela para hacerles el reborde que los cerraba con el taco de cartón. ¡Y cómo envidiaba a los mayores que llevaban escopetas de cartuchos, con dos cañones!. Alguna era del calibre 12, pero la mayoría del 16.

Al cumplir los 15 años, conseguí mi primer permiso de armas, que conservo, y que he renovado hasta la fecha. Y lo más importante: recibí el regalo de una escopeta de dos cañones del calibre 16, ambos “full choke”, y que también conservo.

Toda la vida recordaré aquel primer día de caza con mi flamante escopeta de dos cañones, la canana repleta con doce cartuchos, y lo que aconteció. Cuando, ya en el campo, amaneciendo y después de caminar más de una hora los maestros comenzaron a cargar sus armas, intenté hacer lo propio, pero..... allí estaba la autoridad paterna que dijo: ”Mete un sólo cartucho, que ya te diré cuándo podrás cargar los dos cañones”, y así lo hice. Aún noto las miradas constantes de mi padre para comprobar la posición de los cañones y la seguridad y serenidad en el tiro.

En las salidas con el padre y el abuelo, recuerdo aquellas sentencias de: “Vamos a por la liebre que vi ayer, y bajaremos un par de perdices”; Y eso era lo que pasaba. No se hacía más carne. Tardábamos más en ir al cazadero y en volver, que en cazar lo dicho. Parecía cosa de magia, pero sabían donde estaban las piezas, y llegar a comprenderlo me llevó algunos años.

Los almuerzos y las comidas también dejaron profunda huella en el aprendiz. Más por lo que se decía que por los manjares que se comían, la mayoría obtenidos sobre la marcha. Y sobre todo porque era cuando podía sentarme. ¡Se andaba mucho!.

En pocos años, uno a uno se fueron a cazar con San Huberto los componentes de la cuadrilla. Traté de unirme a otras, pero... ¡Cuánta diferencia!. Y, en ocasiones... ¡Cuánto peligro!. Nosotros nunca disparábamos si no nos veíamos, y tampoco lo hacíamos si no había distancia de tiro razonable para acertar.

En los montes que frecuentaba no se había visto ninguna pieza de caza mayor, pero llegó un día en que aparecieron los jabalíes, y ahí comenzó el pique con ellos. Los buscaba por todas partes y hacía esperas en sus querencias.

Luego vinieron las monterías, los recechos y todo lo demás, y con ello la evolución. Al principio, lo importante era la cantidad de reses que abatía, cosa que no me había pasado con la caza menor y que atribuía a las compañías, y después llegó la serenidad y la selección. Lo importante era el lance, y, después, si lo juzgaba conveniente, el trofeo.

Con gran afición por la lectura, soy constante buscador de libros nuevos y viejos sobre todos los temas cinegéticos, y los leo y releo sacando mis conclusiones. Como tirador de precisión, me convertí en estudioso de las armas y especialmente de las municiones, y, sobre ellas, he mantenido debates con “probadores para revistas” y con fabricantes, que no han sido publicados posiblemente por intereses económicos de los medios especializados, pero que, en algún caso, han servido para que rectificasen, si bien después de conversaciones que no han salido a la luz.

Como cazador ya veterano, soy un convencido de que en la actualidad existe más caza en España que jamás se pudo imaginar, y que ello es debido fundamentalmente a motivos económicos. La caza por sí sola, sin considerar los beneficios materiales que reporta a otros muchos sectores, genera muy buenos rendimientos a quien la produce y la cuida, tantos que en unos casos se han convertido en su principal fuente de ingresos, y en otros los complementa magníficamente. Por ello hay interés en “no matar a la gallina de los huevos de oro”.

Cuando aparecieron los acotados por nuestros pueblos, la reacción de muchísimos cazadores fue totalmente contraria. Ya no podíamos cazar donde nos apeteciese y eso era ponerle puertas al campo, pero es histórico que la caza se incrementó en los acotados, y que en las zonas libres desaparecían hasta las lagartijas.

Con el incremento del nivel económico y la motorización, llegó la facilidad de desplazamiento y un considerable aumento del número de personas que compraron escopetas y comenzaron a salir al monte. Los cazaderos estaban más accesibles gracias a los vehículos y el número de personas que querían cazar se multiplicó, siendo ello la primera causa de que se tuviese que pagar por cazar. Luego los precios han sufrido la ley de la oferta y la demanda como cualquier actividad comercial, y aumentó el número de acotados con la finalidad del negocio.

La transformación en la caza mayor fue paralela. La de polémicas que hubo cuando Luis Miguel Dominguín cercó “La Virgen”. Pero a esa finca la siguieron otras muchas y ¡Eso si que era ponerle puertas al campo!. No es lo mismo encontrarse con tablillas de acotado que con kilómetros de cerca metálica que impiden el paso de personas y vehículos, y que también impiden la natural trashumancia de las reses siguiendo sus ancestrales querencias alimenticias y reproductoras.

Pero ahí comenzó la enorme transformación de la mentalidad de los propietarios de las fincas y de los cazadores. Las monterías por invitación aprovechando los pasos de las reses y como fiesta social que le costaba buen dinero a cada anfitrión, que a su vez era invitado por otros, se fueron acabando y comenzaron a venderse las llamadas “acciones”, que consisten en el derecho a ocupar un puesto en determinada montería. Y comenzó la demanda de acciones por parte de personas que querían montear y que no eran de los reducidos grupos beneficiarios de las anteriores invitaciones.

Entonces aparecieron los organizadores, como particulares y como empresas, que negociaban los derechos de caza con los propietarios de las fincas y que se encargaban de vender las acciones, contrataban las rehalas, primero a cambio de puestos y, posteriormente, a la subida de los precios de las acciones, a cambio de un dinero siempre escaso, y también se encargaban de la realización y coordinación de todo lo que conlleva la montería, como señalar los puestos, contratar al personal auxiliar, la intendencia gastronómica, la recogida y venta de la carne, etc.

Posteriormente aparecieron los cupos de piezas a abatir por acción, los precios cerrados y los precios en función de lo cazado, y las muchas variedades de contratación y fórmulas de valoración económica que, con mayor o menor éxito, hemos disfrutado o padecido.

Lógicamente, el número de organizadores, u orgánicos u orgánicas que es como llamamos a esas personas o empresas, aumentó considerablemente, produciéndose el mismo fenómeno que en otras actividades comerciales. Los o las hay eficaces, responsables y honestas, y de las otras u otros. Dudo que exista algún cazador que no se haya sentido engañado muchas veces. Estoy seguro de que todos hemos oído, demasiado frecuentemente, cosas como “nos han chanteado la mancha”, “los perros no han trabajado bien”, “el aire venía mal y se han vaciado las reses”, y cosas más chocantes y la mayoría de veces falsas. ¡Cuántas veces, los sonrientes orgánicos, después de cobrar todos los puestos y realizar el sorteo han desaparecido de la finca porque sabían lo que iba a suceder!

Pero, por otra parte, muchos propietarios de fincas conscientes de lo que demanda el mercado, responsables, y sobre todo grandes aficionados, han cuidado su negocio con esmero. Han trabajado sobre los animales para conseguir buenos ejemplares, eliminando a los que pudieran afectar a la calidad de los trofeos e introduciendo nuevos reproductores seleccionados. Han mantenido las densidades óptimas para las posibilidades alimenticias de la finca, reforzando la comida y el agua cuando ha sido necesario. Han aportado ejemplares de otras fincas para evitar la degeneración por consanguinidad. Han cuidado el monte, realizando las limpiezas y plantaciones necesarias, y, en fin, han mejorado todo lo necesario para optimizar su negocio y, a la vez, para que sus clientes estén razonablemente satisfechos.

De todo ello, resulta que en superficies donde se cazaban dos docenas de perdices en la temporada, hoy se caza algún centenar. Y donde se abatían diez o doce reses en una montería, hoy se cazan más de cien. Ahora bien, en los pocos terrenos libres que existen, sigue sin haber ni lagartijas.

Pero todo esto es para debatirlo y también para documentarlo con fechas y lugares, pues no todos pensamos lo mismo. Lo que es innegable es que hay más caza que nunca, y que se caza más que hace cincuenta años, y con ello sólo se pretende afirmar con contundencia que los cazadores no terminarán con las piezas objeto de caza porque a ellos no les interesa, ni a los que obtienen rentas directas por la caza, ni a los que indirectamente se benefician de esta actividad, y que son muchos.

Por lo tanto, no se comprenden los ataques hacia los cazadores por parte de personas, asociaciones y de la misma Administración, que no cesa en su empeño de poner trabas y limitaciones a una actividad a la que se debiera proteger, y que, sin embargo, parecen aborrecer.

Desde los tiempos del ICONA y su afán por plantar pinos, que además de no producir comida incrementan el riesgo de incendios, en vez de cuidar y repoblar con las especies propias de cada zona y mantener el monte en óptimas condiciones, hasta la cesión de competencias a las autonomías, con todos los problemas que conlleva, como ser necesario obtener licencia para cazar en cada una de ellas, gestión que no es rápida y que, o bien obliga a conseguir un puñado de ellas aunque luego no las uses, o a no poder cazar en determinados lugares porque desde el día que obtienes la información hasta el día de la cacería no exista tiempo para tramitar la licencia y que llegue a tus manos, con lo fácil que sería solucionar este problema. Luego están las diferentes leyes, reglamentos o normas de cada autonomía, las diferentes fechas y días de caza para cada especie, y muchas cosas más, sin olvidar la cantidad de impresos que hay que conseguir y enviar a cada una para participar en los sorteos de caza, y, por supuesto, la cantidad de dinero que hay que gastar en todo ello y en cada una de ellas.

¿Se imagina alguien que precisásemos obtener y renovar periódicamente un Permiso de Conducción para cada Autonomía?. Pues si a eso le añadiésemos que en unas se tuviese que circular por la derecha y en otras por la izquierda, que en alguna pidieran un certificado médico para conducir con gafas de sol, que la misma infracción se considerase falta o delito según el territorio y que nos pidiesen la Declaración de la Renta para fijar el importe del Impuesto de Circulación, tendríamos de modo aproximado lo que sucede con la caza en España.

Y así podríamos seguir, y seguir, y seguir........Pero, entablar polémica tampoco es el propósito de quien esto escribe.

Este prólogo es tan sólo para que el sufrido lector no se asombre del contenido de las páginas que siguen. Creo que la experiencia, la educación cinegética y el vivir la caza desde hace tantos años, facilita una visión global de los aspectos esenciales que conlleva esta actividad, y que ello puede propiciar lo que se narra a continuación.



CAPITULO I

En un barrio residencial de Madrid,
a principios del siglo XXI.


-¡Que desastre Pepe-Toni!, ¡Que desastre!. ¡Menuda encerrona nos han hecho!. Toda la vida mimando a los de arriba, y ahora, sin aviso, nos sueltan ese escopetazo.

-¡Tranquilo Manolo!. ¡Serénate, que no pasa nada!. Ahora, mientras nos tomamos una copa, me vuelves a contar lo que te han dicho.

-Mira, Pepe-Toni, que el asunto puede ser muy serio.

-¡Tranquilo Manolo!. Cuéntame todo desde el principio, y te demostraré que no has entendido nada. Lo que me has dicho por teléfono es una burrada tan grande que no creo que la hayas meditado. Te estás dejando llevar por la impresión.

-Escucha. Me ha llamado Luisito, el mamarracho que tengo de Administrador, y me ha dicho que ha recibido un escrito de la Consejería de Medio Ambiente, diciendo que nos aprueban el plan cinegético de la finca con unas modificaciones alucinantes.

Creyendo que era un error, ha llamado al Ingeniero de la Consejería, Pepito, el sobrino de Paco, y ese es el que le ha dado toda la información que te he contado.

¡Imagínate!. Tú sabes que en “Los Botijos”, desde que se cercó, damos cuatro monterías de cincuenta puestos al año y que eso deja una “pasta”. Pues bien, ahora dicen que sólo podremos dar dos, con un máximo de 25 puestos y 60 perros por no sé qué historias de número de puestos y de perros por cada quinientas hectáreas. Y también dicen que hay un cupo de 2 reses por puesto con un máximo de 40 por montería. Y que no podemos cazar en berrea, ni a rececho, ni los guarros en espera, ni.... ¡Su puta madre! Y que como la finca es de caza mayor, no podemos tirarle a la menor. Y ahora, ¿Qué hago con los que vienen a tirar las palomas todos los años?, ¿Y con los italianos que vienen a los zorzales?, ¿Y con los puestos de perdiz?. ¡Si ya lo tengo todo vendido!

¿A ti te han comunicado algo?

-Yo eso lo sabía desde hace meses. A mí me llamó Carlos.... ¡ya sabes a quien me refiero!; y me contó que los grupos ecologistas estaban presionando muy alto, y que había que darles carnaza para que no montasen el follón en estos momentos, con las elecciones a la vuelta de la esquina, y con el riesgo de que en vez de ir revueltos con los de Izquierda Reunificada, se unan de verdad. Además, ya sabes que eso de la caza tiene cada vez más enemigos y que ya hace años que está de moda darles por culo a los cazadores.

Porque....., ¿Te han contado lo que les van a hacer a los de escopeta?. ¡Toma nota!.... Desde hace poco, sólo les dejaban tirar a las perdices en domingo y hasta las dos de la tarde, con un cupo de dos, y, a los conejos y otros bichos hasta una hora después de la puesta del sol, lo que ocasionó un montón de problemas con los guardas y los civiles. ¡Si los vieras cogiendo la caza y calculando la hora de la muerte por la temperatura!. ¡Cómo si fueran forenses!. ¡Menos mal que la mayoría de jueces aplicaba el sentido común y no daban caña si no habían pruebas!. Pues ahora quieren que la pluma se cace en los domingos y festivos que sean pares y el pelo en los impares, con el mismo cupo de dos piezas, y sólo hasta mediodía.

Por otra parte, los veteranos avispados usaban gorritas coloradas y hasta chalecos naranja, como los europeos del norte y los americanos, para hacerse bien visibles y que no les metiesen un escopetazo los novatos o los nerviosos. ¡Pues ahora está prohibido ir por el campo utilizando colores chillones!. Y la norma afecta a todos, incluso a los domingueros y a los montañeros. Bueno. Eso en algunas autonomías, porque en otras quieren que los seteros lleven ropa fluorescente.

Además de eso, les han quitado un cartucho a las repetidoras, o sea que sólo pueden llevar uno en la recámara y otro en el cargador, como nos han hecho con los rifles. Y tampoco pueden llevar más de seis cartuchos y han de ser de perdigón de acero, con lo cual, más del noventa por cien de las escopetas a tomar por culo.

Mira Manolo, ¿qué quieres que te diga?. Esos sí que lo tienen jodido, pero para nosotros será mejor. ¡Mucho mejor!

Tu sabes que la mayoría de los monteros de ahora vienen a presumir de haber cazado en no sé cuantas fincas de las caras, de haber matado la leche de bichos y no sé cuantas medallas. Y si quieren eso, se lo vamos a dar, así que prepárate a cobrar los puestos a huevo, y piensa en lo que te vas a ahorrar en comidas, secretarios, postores y rehalas. Y como eso lo haremos todos, ¡a pasar por el tubo!. Así que olvídate de dar de baja el coto, de alquilar la finca a los domingueros de bicicleta, bocata y tienda de campaña, y de esas chorradas de turismo rural que se te han ocurrido. ¡Que no pasa nada!. ¡Que vamos a salir ganando!.

-Hombre Pepe-Toni, si tu lo tienes tan claro y además has hablado con Carlos......, esperaré a ver qué pasa, pero dime a qué precio vas a poner los puestos para que yo no haga el gilipollas.

De todos modos, no me fío demasiado. Ya sabes que tenemos mucha competencia con los que han hecho los cercones de guarros con malla electrificada. Que sueltan unos cuantos primalones y alguno con boca, y venden la cacería porque la gente se divierte y les tira como a conejos en un corral. Y para eso, cualquier terreno vale aunque no tenga comida ni agua. Con unos sacos de maíz y un par de bebederos tienen bastante. ¡Si los bichos no están allí más de una semana!. Y a la semana siguiente.... ¡Vuelta a empezar!. ¿Tu sabes los billetes que deja eso? Pues como los ojeos con perdices de granja.

-Eso ya lo sé, pero a esos se les ha terminado el chollo. ¿No te han dicho que el máximo es de 25 puestos por cada 500 hectáreas, y que no se autorizará cazar en manchas de menor superficie?. ¿Tu conoces algún cercón de ese tamaño?. Si el mayor que conozco tendrá 40 hectáreas y, además de a los cochinos, les tiran a venados y muflones. Los cercones de guarros son como un campo de fútbol o poco más. ¡Así pasa lo que pasa!. ¡Si hay sitios donde se suelta una docena de chuchos y el de los perros se queda fuera para que no lo tiroteen!

¡Anímate!. ¡Que vamos a ganar más que nunca habíamos soñado!. ¿Es que no te acuerdas de que tu padre daba las monterías por invitación y hasta mantenía un par de rehalas?. La de cuartos que le debió costar mantener la finca para que sus amigos cazasen diez o doce reses.

Por eso le pusiste la cerca, la cebaste, y aprovechaste el momento en que se llenó de animales para cerrarla. Al cuarto año ya cazabais más de un centenar de reses que te dejaban muy buen dinero, y que no mermaba la densidad de animales aconsejable.

¡Y lo pronto que aprendiste a contar los tiros y, por la emisora, mandar a los perreros a tocar la turuta y a pasear por los caminos cuando calculabas que te habían matado suficientes reses!.



CAPITULO II

En un pueblo al sur de Ciudad Real.


-Tío José, que le juro que es cierto y que ya ha salido en los papeles. Me lo han dicho en la armería de la ciudad cuando he ido a pedir la renovación del permiso.

¡Que no nos van a dejar cazar!. ¡Que las escopetas que tenemos no valen para tirar los nuevos cartuchos, y que si nos pillan con los de siempre nos van a joder!.

Además, sólo podremos cazar los domingos hasta mediodía, y unos días al pelo y otros a la pluma. ¿Se imagina usted a mi perro de muestra a perdiz en día de pelo y que se la deje sin matar?. ¡Me cago en la puta!. ¡A que se me echa a perder el perro!. ¿Y si me saca un conejo en día de pluma y me lo pasa por los morros cuarenta veces sin que se lo tire?. ¡Se me orina en las botas!; ¡La madre que los parió!; ¡Con lo que me ha costado de enseñar!.

Y además, a comprar otra escopeta que no será la mitad de buena que la que tengo de mi padre; A volver a enseñarla, y a tirar esos cartuchos que dicen que no matan. ¡Me cago en........!

-Mire usted tío Engracio, que eso lo puede haber entendido mal aunque no me parece raro, pues de mucho tiempo a esta parte no saben qué hacer para quitarnos de la afición. Yo pienso que lo que hay que hacer es que alguien baje a la Federación y que se lo den por escrito para que lo razonemos.

* * * * *


Días después, en una reunión de la
Sociedad de Cazadores en el bar de
la plaza, y después de varias horas
de discusiones.


-Ahora que ya hemos dicho todas las burradas que se nos han venido a la boca y que de seguro que no nos llevarían a ninguna parte, aunque lo de cortar la carretera en manifestación no estaría mal, vamos a dejar que mi yerno el abogado nos oriente un poco en lo que tiene pensado, que, aunque es joven, es listo, y no porque sea mi yerno. ¡Vamos a escucharle!.

-Buenas noches señor presidente de la sociedad de cazadores, y señores socios.

He estudiado las modificaciones legales que han aparecido, que, dicho sea de paso, me parecen una buena colección de barbaridades, y que, aunque se han recurrido, entran en vigor en esta Temporada.

Por lo tanto, y pese a los movimientos de protesta que ya están comenzando en algunas Comunidades Autónomas, hay que tomar decisiones pensando en lo peor.

Lo malo de esto, es que en nuestro pueblo, con tres mil y pico almas, con más gente viviendo de la caza que cazadores, y aquí perdidos tan lejos de Madrid, por más que gritemos no nos van a oír.

Lo que yo propongo, y creo que es una locura, es que este año pensemos en no salir a cazar. Que no saquen licencia ni seguro nada más que los que la necesiten para renovar el permiso de armas, y que me dejen ustedes que prepare una estrategia utilizando la tecnología de Internet, que se hace usando ordenadores, y que remueva un poco la mierda para ver si se desparrama o se va por el agujero, que todavía no se qué es lo que más nos interesa.

Hablaré con otros compañeros abogados y con gente que entiende de ordenadores, y contactaré con otras sociedades de cazadores para pasar a la acción.

Dentro de poco, si a ustedes les parece, nos podemos volver a reunir para que les exponga los acuerdos que se tomen.

* * * * *


Se hicieron contactos y se celebraron reuniones en toda la Provincia, y, cosa extraña, se establecieron acuerdos y se formaron grupos de jóvenes cazadores entusiastas que se encargaron de recorrer todos los municipios dentro de la Comunidad Autónoma, y que pusieron en pie de guerra a las sociedades de cazadores.

Lógicamente, en las reuniones sólo participaron los cazadores de las sociedades de los pueblos; si también hubiesen participado los dueños de fincas, los resultados habrían sido otros.

Por otra parte, el bombardeo informático a través de Internet llegó a todas partes despertando gran interés entre las gentes más diversas, cazadores, no cazadores, y anti-cazadores, aunque nadie se creía que el proyecto saliese adelante.

¡Hasta se hacían “porras” para acertar cuántos días duraría el plante de los cazadores si es que llegaba a producirse!



CAPITULO III


Y pasaron unos meses, y finalmente, el día D a la hora H, o sea el 11 de Octubre a las 8 de la mañana, coincidiendo con asambleas en todas las Sociedades de Cazadores de Castilla-La Mancha, se colapsaron las líneas del ciberespacio, comunicando a todo el mundo con las Web’s que, salvo que las aguas volvieran a su cauce, que se revisase el Reglamento de Armas, la Ley de Caza, y las Órdenes de vedas, con la voz y el voto y con el consenso de todos los cazadores a través de sus asociaciones, de los propietarios de cotos, de los Ayuntamientos, y de todos los sectores afectados, los cazadores de Castilla-La Mancha no cazarían durante un plazo de diez años, y que, durante los días hábiles para la caza, saldrían al campo como domingueros de mochila, formando piquetes informativos de los de silbato y garrote, para evitar que pudiese cazar cualquiera, incluso gentes de otros lugares, siempre pacíficamente, pero metiéndose por donde hiciese falta para impedir que se cazase, y ,si era necesario, cortando caminos, saltando cercas y chanteando el monte para ahuyentar a la caza.

Como era de esperar, esta iniciativa no se tomó en serio por parte del Gobierno, ni de la Federación, ni de muchos propietarios de cotos, especialmente de esos que viven magníficamente a base de soltar perdices de granja y dejar que las asesinen a mil duros.

Pero, aunque lo de los diez años no convencía a los cazadores, y menos a los de más edad, el tema se tomó como un reto, al menos para el primer año, y el primer día se cumplieron los objetivos. ¡Ni un tiro en toda la comunidad!. Pero eso sí. ¡Hubo mil broncas!.

Las televisiones y los diarios, se hicieron eco del éxito de ese primer día de no-caza por el que no apostaba nadie, y, como era de esperar, el asunto saltó de nuestras fronteras.

Inmediatamente, a través de los e-mail y de las distintas Web’s, comenzaron a llegar adhesiones de otros pueblos, de otras Comunidades, de grupos ecologistas, de verdes, de gente de todo tipo, y se formó la bola de nieve. A la segunda semana, ya no se cazó en Extremadura, ni en Andalucía, ni en Valencia, ni en Asturias. Después se adhirieron Galicia, Castilla-León, Aragón, y finalmente el resto de Comunidades, incluida la de Murcia. Ya se sabe que, como dicen en mi pueblo, “a huevos vistos, macho”, y también que “quien no asoma la jeta no sale en la foto”.

¡El campo era una verbena!. ¡Los caminos parecían carreteras en la operación retorno de las vacaciones!. ¡Las pistas forestales estaban repletas de gente a pie y en bicicleta!. Se veían familias completas por todas partes y el campo olía a tortilla de patatas y a bocatas de mil sabores.

En cualquier lugar apartado y menos transitado se ocultaba algunos enamorados a sus cosas. Los paisanos, sonrientes, se saludaba al cruzarse. Se formaron peñas para campear cada semana en un paraje. Aparentemente se hermanaron los lobos y las ovejas.

Por la tarde se veían grupos delante de televisores portátiles; Otros oyendo los partidos por la radio, jugando a las cartas, y hasta señoras haciendo punto.

Los radioaficionados fueron los últimos en llegar, y lo hicieron tan bien como cada vez que intervienen. Ya sabemos que siempre están ahí, detrás de sus emisoras, dispuestos a colaborar con lo que haga falta. Ellos formaron equipos de comunicaciones, y eran los encargados de avisar de cualquier necesidad. Si a una finca llegaban coches, siempre había un radioaficionado que daba la voz de alarma por si eran cazadores, y allí que acudía gente para cumplir con su cometido anti-caza. Y si hacía falta pedir más gente, se pedía, y la zona se llenaba de todo-terrenos, motos de campo, bicicletas, y finalmente los de a pie. El caso es que no se cazaba en España.

Y cuando se dice que no se cazaba, es que no se cazaba. Ni mayor ni menor, ni montería, ni ojeo, ni rececho ni a palo-mata. ¡No se cazaba y punto!. ¡Qué maravilla!.

Para más animación, los rehaleros, que también se habían sumado al bloqueo, y así, de paso, demostraban que no se puede montear sin ellos, que tienen su importancia tanto por su labor de selección y cría, como por su trabajo en la sierra, salían al campo delante de sus rehalas acollaradas, animándose con toques de caracola. Ya sabemos que llevaban mucho tiempo reivindicando un montón de cosas fundamentales.

Para los días de campo, las rehalas de cada provincia se citaban en un punto determinado al que acudían andando, con sus perros acollarados por parejas, con sus collares con los colores que les distinguen, con sus alegres campanillos, y con el perrero y sus ayudantes perfectamente vestidos a la antigua, con sus delanteras, con los trabucos colgados y tocando las caracolas. Al llegar, desfilaban ante los curiosos que aplaudían a las rehalas más vistosas. Posteriormente tenía lugar un concierto de caracolas capaz de poner los pelos de punta a los más veteranos, a los que recordaban con añoranza otros tiempos. La verdad es que había algunos solistas que eran auténticos virtuosos de tan difícil instrumento, y que pronto ganaron fama, por lo que se prepararon concursos provinciales para llegar a una final nacional apoteósica. Sobra decir que las turutas metálicas fueron arrinconadas y que se incrementó la fabricación y venta de campanillos.

Era sensacional ver como todo el mundo amaba a los animales. ¡Lo contento que debía estar San Francisco de Asís!. Aquello de “hermano lobo”, “hermano zorro”, “hermano conejo”..... era una realidad. Lo de hermano humano era otra cosa, como siempre, pues los humanos seguían repartiéndose “leña” por cualquier motivo y sin él.

Aunque allá arriba no todos pensaban lo mismo que San Francisco. Había un grupo encabezado por D. Jaime de Foxá, D. Eduardo Trigo, y el Dr. Félix Rodríguez, que sabían lo que iba a pasar. ¡Qué delicia poder oír lo que decían!, ¡Cuánto saber repartido entre tan pocos!. Don Jaime, con su verbo fácil y elegante, analizando la situación y su impacto previsible en el ecosistema. El Dr. Rodríguez, exponiendo lo que iba a suceder en el mundo animal, lo que se avecinaba con las aves, con los herbívoros, con los carnívoros predadores, y con los carroñeros. Y Don Eduardo, que de leyes sabía un rato, gritando desde allá arriba a los políticos lo que se podía hacer para poner remedio a lo que se avecinaba. Y como no le podían oír, repetía sin cansar que los legisladores veían menos que “los de la vista baja”, que era como solía llamar a los jabalíes, a los que tanta guerra dio. ¡Y que orgulloso estaba de aquel joven colega abogado que había organizado todo!.

Había gente que llevaba comida de todo tipo para los animales y la desparramaba por el campo. ¡Que no falte de nada!. Y la verdad es que no faltaba, ya que el monte se llenó de bolsas de plástico, de papel aluminio, de latas vacías, de botellas, y de otros artículos no biodegradables, que afeaban el paisaje.

Los Ayuntamientos, las Sociedades de Excazadores, y las Cooperativas Agrícolas, se desgañitaban pidiendo que no se arrojase esa basura al campo; Pusieron carteles por todas partes, y terminaron colocando bidones vacíos y contenedores en los lugares de mayor afluencia de gente. Pero fue inútil como lo había sido siempre.

Como ya no había objetores de conciencia, o sea muchachos que a cambio del servicio militar obligatorio aceptaban cualquier tarea, se fomentó la creación de grupos de limpieza para recoger basuras en el monte, que en principio se formaron con voluntarios de algunas asociaciones ecologistas, pero que abandonaron al ver que no obtenían nada a cambio. Posteriormente, la labor de recogida la realizaban jóvenes escolares, pero los Sindicatos se movilizaron haciendo ver que eso era un trabajo que debía ser remunerado, por lo que no lo podían hacer los animosos niños. Para ello, se manifestaron pidiendo que se creasen brigadas municipales de “Limpiadores Forestales”, con contrato de funcionario, uniforme de verano y de invierno, y dotados con automóviles 4x4, recogedores mecánicos, destructores de residuos sólidos, etc. Al ver que no se les hacía caso, y que no podían convocar huelga entre los escolares, formaron piquetes informativos que se dedicaban a volver a esparcir lo que los niños recogían.

Ante esa situación, como siempre que no se sabe cómo solucionar lo que no tiene arreglo, se movilizó a la Guardia Civil para “poner orden”. Pero.....¿Qué iban a hacer los pobres guardias, con su reducido número y su escasez de medios, frente a aquel problema?. Pues lo que ya se sabía. ¡Nada!. No pudieron más que poner unas pocas denuncias que no solucionaron nada, pero que cabrearon bastante a unos y a otros, incluidos los mismos guardias.

Pero también es cierto que pasó lo que tenía que pasar. Las organizaciones de caza, que no encontraban clientes para arriesgar un fin de semana intentando dar una montería, comenzaron a comprar caza en cantidad en otros países, como Francia, Hungría, Polonia, corzos en Escocia, tórtolas y batidas de jalufos en Marruecos, osos en Canadá, y todo lo que pillaban, con lo cual, los cazadores más pudientes pudieron sustituir las monterías y los ojeos por caza en el extranjero. ¡Y además se dieron cuenta de que se presumía más contando que se había cazado en cinco países distintos, que diciendo que se había monteado en Los Alarcones, Los Escoriales, La Virgen, Las Tapias y La Moheda!. ¡Qué maravilla!. Sus magníficos sombreritos austriacos con plumas y mechones de pelo en alfiler de plata, se llenaron de chapitas relucientes con los escudos nacionales de un montón de países por los que iban cazando, y de otros en los que todavía no habían cazado, pero que adornaban mucho.

Los organizadores hacían su agosto. Los cazadores que podían salir al extranjero, estaban encantados. ¡Algunos consiguieron guarros de más de 200 kilos, y venados que daban miedo! Las agencias de viajes se pusieron a negociar con las organizaciones cinegéticas para coger su parte del pastel, y los taxidermistas subieron los precios de sus trabajos.

En muchos países aprendieron que los euros españoles, tenían el mismo valor que los de otros países. ¡Y la de euros que les llegaron!. ¡Cuánto nos querían a los españoles!.

Y como era de suponer, euro que se gasta fuera no produce dentro. La hostelería rural española que antes vivía en gran parte de los cazadores, sufrió la más espantosa crisis. ¡Está claro¡. No gastan lo mismo los cazadores que los que salen al campo a pasar el día, que llevan sus viandas desde casa y compran la bebida en la tienda del pueblo o en la gran superficie de la carretera.

Y también pasó con las armerías. ¡Ni un cartucho vendieron¡. Las más pequeñas se planteaban cerrar y algunas lo hicieron. Las grandes se reciclaron y pasaron el año tirando de sus reservas y vendiendo ropa de estilo entre Indiana Jones y Boy Scout, brújulas, altímetros, prismáticos baratos, cuchillos de supervivencia y alguna navaja suiza de esas que llevan de todo menos manual de instrucciones y que además pesan medio kilo.

Lógicamente, la industria armera, que ya estaba bastante mal, se acabó de hundir. ¿Quién les iba a comprar?. Se presentaron los correspondientes expedientes de regulación de empleo, y cerraron la mayoría. Pero... ¡No pasa nada!. ¡Eso era previsible antes de esta crisis gracias a las limitaciones legales!. ¿Qué empresario iba a invertir en renovar su maquinaria, en reciclar a su gente, y en producir de modo competitivo para lanzarse al mercado exterior con fuerza?.

Claro está que los fabricantes foráneos también acusaron la crisis. En España no se iban a vender armas ni municiones en diez años. Ni visores, ni balas, ni cartuchos, ni ..... nada que tenga que ver con la caza. Ante ello, la mayoría de los importadores nacionales también fueron cerrando.

Pero la cosa no quedó ahí. ¿Y los jornales directos e indirectos que originaba la caza?. ¿Esos que arreglaban muchas economías rurales y les hacía más soportable seguir viviendo en sus pueblos?. Pues que también desaparecieron. ¿Quién iba a necesitar un secretario para ir a tomar el aire al campo?. ¿Necesitaba alguien a un mulero con su bestia para llevarle la merienda?. ¿Hacían falta postores?. ¿Y gente para marcar los puestos y limpiar los tiraderos?. Y tantos y tantos más que, de un modo u otro, vivían en todo o en parte gracias a la caza y a los cazadores.

Las arcas públicas también acusaron el problema. Dejó de entrarles gran cantidad de dinero por las licencias. Total, como sólo había que sacar una cada cinco años para renovar los permisos, se sacaba la más barata.

Los más avispados de entre los de escopeta, ni esa. Con la licencia federativa cada cinco años, que es más barata, tenían bastante. Se acabó aquello de tener licencias de cinco o seis autonomías por si hacían falta; Por si surgía la ocasión de que algún amigo llamase.

Pero entre unas cosas y otras pasaron los meses y llegó la veda, y con ella se esperaba que las aguas volvieran a su cauce, que la gente perdiese su interés por el campo, que se pudiese limpiar, y a esperar la próxima temporada en la que los cazadores estarían locos por salir a cazar.

El Gobierno, miope como corresponde a todo Gobierno español que se precie, dejó las cosas como estaban con la certeza de que quien ríe el último ríe mejor, y esperando que todo volviese a la normalidad para dar otra media vuelta de tuerca y añadir alguna limitación.

Los partidos verdes, siempre en la oposición afortunadamente para ellos, aprovecharon para intentar que se prohibiese la tan mal tratada Fiesta Nacional. ¡Pobrecitos toros!. Y además intentando que la Ecología, según ellos la entienden, se introdujese como asignatura obligatoria en los planes de enseñanza. ¡Qué lastima!.

Con los debates que se originaron, con las manifestaciones, con aquello de “cada niño un pino”, y ¡Hale!, todos al campo a plantar pinos hasta en los caminos. Y también con los líos de los famosos de las revistas del corazón, de las figuras del fútbol, de la liga, de la UEFA, de la Copa de Europa, y de todas esas cosas que tanto nos interesan a los españoles, fueron pasando los meses y llegamos a la segunda temporada de no-caza.

Ya antes de abrir la veda el campo volvía a ser una verbena. En Marzo y Abril se cebaban lugares para observar a las jabalinas y sus rayones. En Mayo y Junio salían a tratar de fotografiar a los corzos. En Agosto, la gente ocupaba los collados para ver los pasos de las palomas. Cuando llegó la berrea, tomaban posiciones por la noche para oír el concierto, y ver a los bravos ciervos en sus peleas amorosas y en sus labores reproductoras. ¡Y qué delicia ver la salida y la puesta del sol!.

En los sitios que no se podía oír ni ver ese espectáculo, porque no había ciervos, la gente se metía por el monte tratando de descubrir nuevos parajes de los que poder disfrutar. En fin, que volvimos a lo mismo del año anterior.

Como el año había sido meteorológicamente aceptable, las parideras de todas las especies habían sido buenas dentro de lo que cabe, pues a los animales les faltó la tranquilidad que necesitan para todo. Claro que con tanta gente en el monte no era fácil de conseguir, pero fue un buen año, así que las poblaciones se multiplicaron. Por ejemplo, los cérvidos aumentaron en casi un cuarenta por ciento, los jabalíes se multiplicaron por tres, y los conejos para qué contar.



CAPITULO IV

Don Manuel y don José Antonio, junto con los propietarios de otras fincas, no sabían qué hacer. Se estaban enterando de que tenían un exceso de animales que la finca no podría alimentar si se continuaba sin cazar, por lo que tendrían que comprar comida. No habían conseguido que les eliminasen los impuestos derivados del coto, porque ... ¡eso les faltaba a las Comunidades Autónomas!. No habían ingresado un duro el año anterior, y en este, además de no ingresar, tendrían que incrementar el gasto. Intentaron que les dejasen descastar para reducir la presión y obtener algún ingreso por la carne, pero ....¿Quién sería el valiente que firmase una autorización de esas? Pensaron en dar de baja el coto, pero les pedían que retirasen las cercas y dejasen el terreno libre. ¡Qué humillación!.

Finalmente, aunque los menos claudicaron, la mayoría se tragaron las promesas de los políticos en el sentido de que, si el boicot continuaba, les desviarían fondos comunitarios para compensar las pérdidas, aunque, a cambio, tuviesen que sembrar especies aromáticas, aguacates, o tulipanes para Holanda con el fin de acallar las voces de los de siempre.

Los propietarios de las fincas para ojeos, tuvieron que conformarse con lo que la tierra daba. Dejaron de ganar mucho dinero, pero al fin y al cabo, tampoco tenían que comprar perdices. Ahora sólo tenían que preocuparse de que los animales no se comieran las cosechas.

Los que criaban perdices lo tuvieron peor, pues crearon un exceso de oferta en las empresas conserveras, y el precio bajó a un cuarto de lo que cobraban cuando se vendían para los ojeos, y aún así les costaba vender lo que producían sus incubadoras, por lo que los precios seguían bajando y los números no salían.

Los organizadores se llevaban a muerte. El mercado se estaba poniendo difícil para contratar con otros países. Los precios que pedían los extranjeros para vender caza eran cada vez más altos, y las organizaciones, con su necesidad de crear oferta para el mercado nacional, compraban al precio que fuese.

Las agencias de viajes no paraban de anunciar ofertas. Ahora se habían inventado los “Fines de semana de campeo y vigilancia forestal”, y fomentaban el intercambio entre las distintas Comunidades.

“Viaje de fin de semana, en autocares de lujo con guías nativos, para impedir que se cace en Valladolid, con regalo de una bolsa ecológica para llevar los bocatas.”

Pero ni aún así. El personal no estaba por esa labor y prefería corretear por su provincia, por si se trataba de un truco para alejarlos de las tareas de vigilancia en lo que consideraban sus montes. Además de que ya habían hecho amistad con otros vigilantes muy simpáticos que llevaban TV japonesa portátil con antena parabólica.



CAPITULO V

Los cazadores de siempre estaban que se cazaban encima, pero un reto es un reto, y ....¡Se van a enterar de lo que nos necesitan!. ¡A aguantar!. ¡Con dos cojones!.

Además de eso. ¿Quién podía parar la movida?. ¿Quién volvía a meter a la gente en casa?.

El problema estaba en que ya no todo era alegría. Por una parte, había gente que comenzó a conocer lo que era no pisar asfalto, y que se interesó por leer sobre las distintas especies de animales y a conocerlos por los rastros. Hubo que reeditar varias veces “Fauna” y las “Guías de Campo de los Mamíferos y Aves españoles”. Otros muchos, sufrieron en sus carnes picaduras de insectos, alguna de escorpiones, y algunas mordeduras de ofidios, incluida la de alguna víbora que no consintió que se levantase la piedra que la cubría para usarla como silla; Pero afortunadamente no hubo muchas consecuencias fatales por eso, aunque sí las hubo con algún descalabro por caídas de bicicleta de montaña, gente que se despeñó por hacer el imbécil sin la mínima preparación, colisiones de vehículos por conducir los 4x4 como si fuesen fórmulas 1, caídas desde árboles, atropellos, y cosas por el estilo. Pero para eso se habían colocado estratégicamente puestos de socorro de La Cruz Roja y de Protección Civil.

Por otra parte, estaban los sectores claramente perjudicados. Las Administraciones Autonómicas, porque habían dejado de ingresar un montón de dinero principalmente al reducirse muchísimo el número de licencias de caza, y además porque les llovían las peticiones de indemnizaciones por daños a la agricultura. Los Ayuntamientos porque no vendían ni un permiso de rececho y, además, veían el enorme descenso de dinero que circulaba en el pueblo al no tener sus gentes los ingresos derivados de la actividad cinegética. Los grupos ecologistas, porque habían perdido su protagonismo y la gente ya los iba conociendo. La hostelería rural, pues hoteles, pensiones, restaurantes y bares habían perdido a sus principales clientes, y... como además la gente del pueblo tenía menos para gastar..... Los propietarios de cotos porque se les había terminado el beneficio y aumentaban los gastos. Los agricultores porque sufrían algún que otro vandalismo sobre sus campos, y el exceso de animales se les comía lo que podían, que para algunos era mucho. La industria y el comercio armero, que estaba en vías de extinción. Los guardas de caza que fueron despedidos por innecesarios, los guarnicioneros, los taxidermistas, y muchos más. Y ....¡Claro está!, los cazadores porque veían que el tema se les estaba escapando de las manos.

Y volviendo a los grupos ecologistas de siempre, como ya no se contaba para nada con ellos, cambiaron de estrategia. Ahora se metían con la pesca, ya que es una salvajada pinchar con anzuelo a los peces, o sacarlos amontonados en una red, y dejarlos asfixiarse fuera del agua entre coletazos y bocanadas agónicas, en una muerte lenta y cruel. También atacaban a los mataderos, pues hay que ver de qué forma se sacrifica a las distintas especies: electrocución, gas, mazazo, ....¡Horror!.

Lógicamente, se volvieron a equivocar y estaban totalmente desprestigiados y sin encontrar su verdadero camino, que existe aunque no lo vean o no lo quieran ver.

Por otra parte, las diversas Consejerías del Medio Ambiente, siempre atentas a llenar sus arcas y ante el descalabro que venían padeciendo, estudiaban qué nuevos impuestos crear para recuperarse. Unas pensaban en crear un nuevo “Permiso Forestal de Circulación”, que precisaría cualquier tipo de vehículo capaz de rodar por caminos forestales, como los 4x4, motocicletas de campo y bicicletas de montaña. Otras proponían crear una “Licencia de utilización de espacios forestales” para toda persona que transitase por el monte, con recargo para los buscadores de setas. Otras apostaban por aplicar simultáneamente ambas soluciones, y otras por prohibirlo todo y cerrar los accesos a las zonas forestales. Pero, además de que no se ponían de acuerdo, tropezaron con la oposición de la Federación de Municipios y Provincias, que amenazó con aplicar otros impuestos, como el de circulación de vehículos para cada provincia, tal como hacen las Consejerías de Medio Ambiente con las licencias de caza, el de playas y zonas costeras, con recargo por el uso de sombrillas y hamacas, el de visita a monumentos locales, el de utilización de cámaras de video y fotografía, y otros que estaban maquinando sus preclaras mentes.

¡La que se estaba liando con lo que comenzó con otras pretensiones!. Y lo peor era que el problema parecía no tener solución.

Los medios informativos nacionales estaban realizando un gran esfuerzo para mantener la información caliente, y los extranjeros lo reflejaban en tono jocoso. ¡España es diferente!. El caso es que en todo el mundo se conocían mejor los detalles y situación de las Comunidades Autónomas españolas, que de los países europeos, y qué decir de los Cantones Suizos o de los Estados Americanos. Ello derivó en una gran expectación a nivel mundial, y en una reducción de turistas de nivel medio y alto que no confiaban en que el asunto no llegase a mayores y los pillase en medio.

Así que, por ejemplo, los europeos que querían playa se iban al norte de África y al Caribe, y los americanos que buscaban piedras antiguas viajaban a otros países europeos, en los que compraban, de paso, algún video de Cáceres, de Toledo y de Santiago de Compostela.

Y así continuó la cosa, y, en nuestra cabreada España, pasaron dos años más entre reuniones, mesas de trabajo, amenazas, y demás boberías.

No sirvió de nada crear una Super-Recopa de Fútbol con partidos televisados en abierto los domingos. Se transmitía uno por la mañana y otro por la tarde.

Los que hicieron el año fueron los fabricantes de televisores portátiles con antena parabólica orientable automáticamente.

Luego, solamente se transmitían por cable, que era gratuito para los establecimientos públicos con el fin de ayudarles un poco.

¡Ni así metían a la gente en casa!. ¡Qué diferente a lo que pasó en otros tiempos anteriores!. ¿Sería posible que se hubiese perdido la afición a ver fútbol?.

Al parecer, así era. Los estadios no se llenaban y los ingresos de los clubes menguaban cada semana, ya que, para terminarlo de arreglar, las cadenas de televisión dejaron de pagar barbaridades por los derechos de transmisión de los partidos, y los jugadores más caros se vendían a la baja para sustituirlos por canteranos. Por otra parte, los productos licenciados por los clubes ya no interesaban a nadie. ¿Cómo se iba alguien a vestir un uniforme de futbolista con su horrible y enorme número a la espalda, su publicidad, y sus colores, si la moda era ir de caqui y hasta de camuflaje? ¿A quién le interesaba la prensa futbolística?



CAPITULO VI


Las poblaciones de animales silvestres habían crecido tanto, que los problemas fueron terribles.

Tuvimos una peste porcina que diezmó las poblaciones de jabalíes, pero que también afectó a nuestros cerdos ibéricos, por lo que la cabaña porcina entró en la más terrible crisis de su historia, y nos volvieron a prohibir exportar jamón.

La sarna volvió a la Sierra de Cazorla, a Gredos, a Sierra Espuña, y a muchas de las fincas privadas superpobladas.

Las colisiones de vehículos con animales eran constantes, tanto en las carreteras como en los caminos forestales.

Era raro el mes en que el AVE o el Talgo no le sacudía un porrazo a alguna res, con lo que ello representa.

Las cosechas se las comían los animales, además de las cortezas de los árboles y lo que podían. Los vertederos se llenaban de animales buscando algo aprovechable.

Los predadores habían aumentado de modo alarmante y le habían perdido el miedo a los humanos. Las manadas de lobos se dejaban ver por el norte de España y los zorros llegaban a pasearse con el mayor descaro por las calles de los pueblos de todas las Comunidades. Lo peor era la gran cantidad de perros y gatos asilvestrados, especialmente los primeros, que ya no temían a los humanos, y que produjeron muchos ataques a las personas con graves consecuencias.

Los carroñeros eran felices, pues había mucho que comer en los restos que dejaban los predadores.

Las personas que se habían habituado a salir al campo, y de paso a cumplir con su labor anti-caza, fueron tomando miedo a llevar a sus hijos, y a transitar en solitario por los pocos parajes densos que quedaban, ya que la deforestación era importante. Raro era el que no había visto algunos perros asilvestrados, o había tenido que correr ante la acometida de una jabalina celosa por la seguridad de sus rayones.

Pero en grupo y en vehículo era diferente, y además era una aventura de verdad, pues había peligro real. ¡Bastante más del que la mayoría imaginaba!

Ante todo aquello, el Gobierno tuvo que reunirse con los que debiera haber tenido en cuenta antes de que se llegase a este extremo, pero, desde su prepotencia, los acuerdos no se producían, y eso que ya no se contaba con los grupos ecologistas de siempre, sino con los nuevos, con la gente educada en la crisis y con los antiguos ecologistas de verdad, los que no se arrimaban a ningún partido político, no daban voces ni querían protagonismos de ningún tipo; tan sólo trataban de mejorar o al menos conservar nuestro hábitat.

De todos modos las reuniones eran sensacionales. Por parte del Gobierno había competentes Ingenieros de Montes, Veterinarios, representantes de los Sindicatos, de la Escuela de Armamento del Ejército, de la Confederación de Empresarios, de las Cámaras de Comercio, y otros ilustres especialistas, asesorando a los Ministros de Medio Ambiente, Agricultura y Pesca, al de Turismo, al de Hacienda, al de Administraciones Públicas, al de Trabajo y al de Interior. Por la otra parte, había representantes de los Gobiernos Autonómicos, de las Sociedades de Cazadores más prestigiosas de cada Provincia, monteros antiguos, propietarios de fincas y cotos, representantes de las Hermandades de labradores y ganaderos de todas las Comunidades Autónomas, de hostelería, de los taxidermistas, de la industria y el comercio armero, de las Nuevas Asociaciones Ecologistas, del Turismo Rural, de los carniceros, de los guarnicioneros, biólogos, veterinarios, criadores de perros, propietarios de granjas de animales silvestres, de peñas excursionistas, y hasta la mismísima Guardia Civil. Las reuniones se celebraban en uno de los pabellones del Parque Ferial Juan Carlos I, que hubo que habilitar para ello.

Como era de esperar, todos tenían algo que decir, y aunque las reuniones eran maratonianas, desde la mañana hasta altas horas de la noche, no había modo de escuchar a todos los presentes. Por lo tanto, y después de varios intentos, se decidió nombrar un comité reducido por cada lado, con plenos poderes, y volver a intentar la negociación.

El Gobierno, que no quería que le pasase lo de tantas veces, y que estaba harto de soportar presiones del Parlamento Europeo, y hasta de los Estados Unidos, tenía prisa por llegar al final del problema, pero no quería renunciar a ninguna persona de su lado de la mesa de negociaciones. Necesitaba que todos los Ministerios afectados consensuaran la decisión final. Por su parte, los Ministros no querían renunciar a ninguno de sus asesores, y los Sindicatos querían estar presentes en los dos grupos.

Por la otra parte la cuestión era más difícil. Nadie quería renunciar a su participación. Todos los grupos querían defender sus posiciones y desconfiaban de los demás. Por lo tanto, los intentos que se hicieron para que el grupo quedase reducido a cien componentes como máximo, no tuvieron éxito.

Y el tiempo seguía pasando, y las cosas empeoraban en el campo y en las relaciones entre los grupos.

Algún Presidente de Gobierno Autónomo tuvo la feliz idea de pedirle, al Gobierno Central, la cesión de las competencias que le faltaban, como por ejemplo sobre la concesión de permisos de armas y el control de las mismas. ¡Lo que faltaba!.

Otros Presidentes propusieron que se creasen mesas de negociación en las distintas Autonomías, y que, los acuerdos de cada una, se consensuasen en una reunión de las Comunidades con el Gobierno Central. ¡Otra cantada!.

Algún partido de la oposición pidió un referéndum nacional. ¿Cuál iba a ser la pregunta?, ¿Ama Vd. a los animales?.

Algunos partidos nacionalistas aprovecharon para pedir la independencia, ya que decían tener la solución para su territorio. ¡Toma ya!.

Con todo ello. Con el Parlamento Europeo debatiendo sobre qué medidas se podían tomar contra España, pero con la boca pequeña, ya que había muchos países a los que les venían muy bien los euros que los españoles con recursos se dejaban cazando en sus territorios, y el turismo de calidad que les llegaba al no atreverse a venir a España. Con la rivalidad de siempre entre el Real Madrid y el Barça, con el lío de los famosos y sus saltos de cama, y con todas esas cosas interesantes, el tiempo seguía corriendo y la situación cada vez era peor.



CAPITULO VII


-Pepe-Toni que ya te lo decía yo. Que nos han jodido. Que no nos han dado ni un duro y tenemos las fincas destrozadas. Que los animales se van a comer hasta las tejas del cortijo.

¿Tu sabes que mandé hacer un saltadero para ver si alguna res se pasaba a la finca de al lado y no hay manera?. ¡Si hasta los cochinos del vecino hacen gateras y se cuelan en la mía!.

¡Mira!. Tengo un venao viejo, con dos estacas sin más puntas que dos mierdas de luchaderas, que ya me ha matado alguno de los mejores ciervos que tenía, y que eran buenos porque los metí en un cercado y los atiborraba a pienso por si alguien se atrevía a colgarse un orazo, pero que los tuve que soltar porque no había manera de encontrar a nadie que pagase por ellos. Mira si me tiene jodido, que Clemente, el casero, está aprendiendo a tirar con un arco que se ha hecho para ver si se lo puede colgar. ¡Y me ha pedido la carne, aunque tiene poca!. ¿Qué te parece?.

-Me parece bien, pero yo no lo cazaría. ¡Que siga matando!. Que no lo pierdan de vista para recoger la carne de los que mate y eso que te encuentras aunque no puedas venderla.

Mira. A mí me han hecho un chisme que produce ultrasonidos que vuelve locos a los bichos, y ya hace días que todas las noches soltamos un trozo de cerca ,y a base de darle a ese chisme, empujamos a las reses hacia donde no está la malla, y ...¡Hala!, ¡A tomar por culo!. ¡Que se busquen la vida y se coman lo de otro!.

-¡Coño!. ¿Y no puedes conseguir otro chisme de esos para mí?.



CAPITULO VIII


El Gobierno no sabía si sacar el Ejército al monte junto con fuerzas de la OTAN, para eliminar animales simulando maniobras conjuntas, o si solicitar la ayuda de los Estados Unidos.

Finalmente se optó por tener una reunión del Presidente con el de los Estados Unidos, y se preparó con el mayor de los secretos. O sea, que rápidamente apareció la noticia en algunos diarios nacionales, y hubo que salir al paso desmintiéndola con vehemencia. Lo que no salió es que las parejas de perdices, de cabras monteses de Gredos, de los Puertos de Tortosa-Beceite, y de Granada, y de otras especies que se llevaron a su país “con fines científicos”, estaban criando bien.

Pero como no existen fronteras para la información, la respuesta de los Estados Unidos no se hizo esperar. El Gobierno español recibió un spray de muestra con un gas que, según aseguraban los expertos yanquis, era incoloro y se podía lanzar desde helicópteros y aviones de modo que no llamase la atención. Este gas, aseguraban, atacaba a las plumas de las aves y les impedía volar, con lo cual eran fácil presa de los predadores, que, a su vez, sufrirían una infección intestinal que acabaría con ellos. También dijeron que estaban ensayando otro producto para combatir a los herbívoros, pero que no lo tenían disponible todavía porque en las pruebas apreciaron que atacaba a los humanos y a los vegetales.

El Presidente no se atrevió a llevar el tema al Consejo de Ministros, por si se enteraba alguno de los periodistas-tertulianos de siempre.



CAPITULO IX


-Tío Engracio que hemos metido la pata. Que las cosas de hombres no se pueden dejar en manos de los niños.

¡Buena nos la ha liado su yerno!. ¡Cago en la hora en que no quisimos pasar por el aro como siempre!.

Y ahora, ¿Cómo arreglamos esto?. Yo estoy dispuesto a soldarle un tapón a uno de los cañones de mi escopeta, y a disparar con el otro cartuchos cargados de piedras con tal de que me dejen salir a cazar.

Hable usted con su yerno, y que le dé la marcha atrás a eso del Internet para que volvamos al principio.

-Mire Vd. Tío José. Yo estoy que me cazo, igual que los demás, y ya hace tiempo que le di un aviso al marido de mi hija, que de listo no tiene nada, porque cualquier gañán sabía a donde íbamos a llegar si no se cazaba lo que se debía, y eso sin estudios, ni Internet, ni pollas, y lo único que he conseguido es que no vengan por el pueblo y hace un año que no veo a mis nietos.

¡Si hubiésemos cortado la carretera como yo decía, las cosas habrían sido de otra manera!.

-¡Eso es!. Habrían sido de otra manera porque la Guardia Civil nos hubiera corrido a gorrazos.

¡Venga! Póngame un poco de vino y vamos a pensar qué se puede hacer, pero con cabeza.

-¡Para bollos está el horno! ¿Sabe usted lo que les han hecho al Lucio y al Antonio, el de la señora Justina, que viven en el pueblo de al lado?.

Pues los muy ignorantes, que con los años que tienen no se han enterado de que siempre hay alguien que te ve en el monte aunque vayas de noche, pusieron con mucho disimulo unos lazos para conejos. ¡Pero hubo quien los vio!.¡Cabal!.

Cuando se volvieron al pueblo, y no se sabe como aunque se sospecha, había un grupo esperándolos a la entrada, que tampoco se sabe quienes eran aunque también se sospecha, que les ataron las manos y los pies con los lazos que habían dejado en el monte, que no se sabe como llegaron al pueblo antes que ellos aunque también se sospecha, y que, poniéndoles unos sacos en la cabeza, les dieron una manta de palos de para qué le quiero contar. ¡Si no los mataron es porque los de los palos no son mala gente!. Bueno. ¡Eso es lo que se sospecha!.


CAPITULO X


La multitud ya no salía al campo. ¡Tenían miedo!

La velocidad en las carreteras había disminuido considerablemente y, pese a ello, aumentaban los atropellos de animales. Daba miedo, asco y mucha pena circular por cualquier camino. En la M-30 hubo un accidente con varios muertos y heridos al atropellar a un jabalí de más de 100 kilos.

Los accidentes de tráfico eran constantes. Unos por atropellar animales, y otros por tratar de evitarlos.

Los motoristas sólo salían a la carretera con luz del día.

Ya había animales hasta por las calles de muchos pueblos.

Los perros asilvestrados eran peor que los lobos. Los agricultores no se atrevían a ir solos a los campos. Labrar desde el tractor.... ¡todavía!, pero triscar andando era otra cosa. Y además ¿Para qué?, si lo que sembraban se lo comían los animales.

En los Aeropuertos se disparaban fuegos artificiales para ahuyentar a las aves y que no dañasen a las aeronaves en los despegues y aterrizajes. Pese a ello hubo accidentes.

Varios aviones ligeros habían caído al chocar con una avutarda o con un buitre.

Las verduras y las frutas eran escasas y caras, y venían del extranjero.

La economía estaba destrozada. Pero en Francia y en Marruecos aumentaban las explotaciones agrarias. En Marruecos, con la pesca, con la agricultura y con el incremento de cazadores y turistas, había subido el nivel de vida de un modo extraordinario. Había huertas con riego por goteo hasta en el desierto. El tráfico de ferrys por el estrecho era continuo, y con toda la carga vendida.

En Madrid, todos los días había varias manifestaciones que, como siempre, paralizaban media ciudad. Agricultores, ganaderos, ferroviarios, armeros, hosteleros, carniceros, jornaleros, pilotos, veterinarios, gestores administrativos,...... Todos pidiendo lo mismo. ¡Que se volviese a cazar!. ¡Que se controlasen las poblaciones animales!.

¡Y que pancartas llevaban!.

“La caza con alegría, arregla la economía”.

“Para progresar, hay que cazar”.

“Las limitaciones nos han tocado los .........”.

Y otras muchas por el estilo.¡Y cómo gritaban!.

“¡Cazador!. ¡Amigo!. ¡El pueblo está contigo!”.

Y todo eso que se grita siempre en las manifestaciones cambiando tan sólo un par de palabras.



CAPITULO XI


Una mañana laborable, harto de impotencia y rabia me fui a casa, me cambie de ropa, cogí la escopeta y la canana, me llené los bolsillos de cartuchos, y salí al monte.

Estaba solo. Cargué mi arma y, ciego de ansiedad, me volví loco disparando a perdices, conejos, y a todo lo que corría o volaba. Pero escuché un gruñido a mis espaldas, y, al girarme, observé una jauría de perros asilvestrados que me amenazaban. Retrocedí lentamente tratando de llegar al coche para refugiarme, pero, por cada paso que daba hacia atrás, ellos daban otro hacia delante gruñendo y enseñando amenazadoramente sus dientes. ¡Estaban furiosos!. Sus ojos, inyectados en sangre, presagiaban la tragedia.

Cuando me quedaban pocos metros para llegar al coche, y sin saber cómo meter una mano en el bolsillo para buscar las llaves, disparé a la cabeza del mastín que parecía mandar la jauría, y.....¡En mala hora!. Al ver a su jefe herido se lanzaron sobre mí y caí al suelo entre babas y mordiscos que desgarraban mi ropa y mis carnes. ¡Era el final!.¡Que Dios me ampare!.

Con un fuerte grito me incorporé de la cama empapado en sudor frío. Me costaba respirar y sentía los mordiscos en todo el cuerpo. ¡Había sido una pesadilla!. O ....¿Quizás una premonición?.

Sentado en la cama y temblando todavía, me cubrí la cara con las manos y lloré en silencio hasta quedarme sin lágrimas. ¡Como lloran los hombres!.

Después de una ducha fría para forzar la reacción del cuerpo, me puse a pensar en el sueño y, ya más calmado, tomé algunas notas.

Posteriormente salí de casa a cumplir con mis obligaciones, y, aunque no podía olvidar lo sucedido, no me lo terminaba de creer.

Encontré a un amigo, también cazador de la vieja escuela, al que conté lo que había soñado y la angustia que pasé. Después de escuchar el relato con gran interés, me dijo: “¿Porqué no lo escribes y lo sacas a la luz?”.

¡Y aquí está escrito!.



EPILOGO

Jamás he escrito nada que no fuese correspondencia o similar, y estoy convencido de que no soy capaz de escribir con el menor estilo, pero esto lo he “vivido” y, si alguien puede transmitirlo, debo ser yo.

Y ahora que ya está hecho, sólo me gustaría que quien tenga la paciencia de leerlo piense un poco sobre su contenido, y, sobre todo, que no tema. ¡No puede suceder!. ¡Es imposible!. Todo ha sido fruto de mi imaginación, de mi amor por los animales, de mi sentir ecológico, y de mi pasión por la caza.

Pido perdón por mi atrevimiento al escribir, aunque no por lo que he soñado. Se sueña en estado inconsciente, y, si así no se peca, tampoco se puede ofender.

Y perdono a los que podrían llevarnos a algo parecido. A los políticos miopes que legislan sobre armas y caza sin admitir que no entienden nada de ello, a los ecologetas, y a los que no piensan. A los que no saben que la caza en España genera sobre seiscientos mil millones de pesetas al año, o más de tres mil seiscientos millones de euros, que repercuten en su mayor parte en sectores deprimidos, como son los rurales. A los que no saben que las Administraciones no nos dan a cambio mas que disgustos y limitaciones. A los que nos desprecian por cazar deportivamente, y se inflan a comer cerdo electrocutado en el matadero. A los Sindicatos, que no defienden la caza pese a ser, directa e indirectamente, una fuente de empleo y de ingresos para muchos sectores. A los que no saben que los cazadores nunca terminaremos con la caza, porque queremos seguir cazando. A los que no creen que los cazadores amamos a los animales y los cuidamos. A los que no saben que quitamos los lazos y trampas que ponen los no cazadores. A los que ensucian el campo con los restos de sus excursiones y que nosotros recogemos. A los malos guardas forestales, que los hay, y que tendrían que aprender de sus colegas europeos. A los que no quieren darse cuenta que hay más accidentes con armas militares y de las fuerzas de seguridad, que con armas de caza. A los que creen que los cazadores somos los que incendiamos los montes. A los que en los órganos de decisión sobre caza, ignorando a los cazadores y a los expertos, se asesoran por dudosos grupos de los llamados ecologistas, sin ver que eso es como si para tomar decisiones sobre una posible reforma del Código Penal, se dejasen influir por los deseos de delincuentes peligrosos y habituales. A los que permiten que el monte se llene de urbanizaciones y carreteras, reduciendo el espacio para la vida silvestre y modificando y hasta impidiendo las migraciones naturales de los animales. A los que, teniendo poder, no se dan cuenta de que la Naturaleza es un todo armónico, y de que no se puede modificar algo sin que afecte al conjunto. A los que ..........

¡A nadie, coño!. ¡No perdono a nadie!. ¡No soy nadie para perdonar!. Que los perdone Dios cuando se arrepientan.


Alicante, Noviembre de 2000