Una de Lobos, viejos y zagales.

Loloco

 

¡¡Auuuuuuuuuuuuuu...dice el llobo, Halaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, machoooooooooooooooooo, dice mi amgo Patras, cualquier día sonarán parejos los gritos...., de momento, esto ye pa ti.

Andaba como un fantasma entre la gente, taciturno, huraño y borracho, nadie lo aguantaba mucho tiempo cuando ingería más alcohol de la cuenta, lo que era habitual en los días de mercado, su triste figura, su corta talla y su siniestra mirada le habían valido el apelativo de "raposo", así se le conocía en la zona; aunque, como al animal en cuestión, no le faltaban motes, añadía a su colección de sobrenombres los del vulpes, así podías oír que "García" estaba en la taberna del "Ñeru (nido) la mina" o que Jamín estaba de sidras por los bares de la Pola, o que la zorra andaba a las uvas, pero esta zorra las prefería prensadas y fermentadas; daba lo mismo, siempre se trataba de la misma persona, Benjamin Cifuentes (o Cienfuentes como firmaba él mismo, y que curiosamente alardeaba de no haber visitado ningún manantial en todo lo que llevaba de vida) EL ALIMAÑERO.

Cuando empezaba a dar los primeros pasos en mis actividades cinegéticas, Jamín ya había cambiado paralela por lazos y cepos, y en más de una ocasión lo cruzamos de amanecida volviendo al pueblo, con una fresoria (azadón) al hombro y un perro cruzado de sabe Dios que raza, a su espalda colgando formaban la percha seis o siete Turones. Cuantas veces le tengo oído que el ya había ganado el pan, mientras nosotros íbamos a gastarlo, y que razón tenia Jamin, porque en aquella época las pieles de turón se pagaban a muchos duros, más de lo que ganaba un "tochu" de leñador cortando pinos durante un día.

Jamín era el mejor que he visto cazando turones, su perro le entendía a la perfección, y mientras éste examinaba el borde de los regatos en la montaña, su amo, en silencio, se aproximaba con la fresoria, cuando el perro empezaba a ladrar Jamin cavaba en el lugar que el perro le indicaba y entre los dos, amo y perro, a canilazos el uno y golpe de azada el otro, el turón pasaba a la percha. Otras veces repasaba los lazos buscando zorros, que pelaba y ponía a secar en la panera de su casa, cientos de finas pieles, que vendía en la feria de año, en Tineo. El alimañero andaba siempre tras lo que pudiera reportarle sustento, había sido cazador, como todos los del puerto, pero su verdadera pasión eran las trebes y los lazos y olvidada tenia la paralela, en una ocasión, un día que andando a las rojas los perros levantaron un tejón, éste se metió en una cueva de raposo y locos estábamos ya porque los perros no dejaban la pieza, nada más lejos de nuestra intención que tirarle al tejón, y nada más difícil que sacarlo de una cueva donde a duras penas podían meter medio cuerpo nuestros setter, así que casi arrastras fuimos sacando los perros del rastro, pero todo esfuerzo era inútil, caminábamos cien metros y ellos, ciegos por la sangre que habían hecho, lo habían pillado antes de meterse en la cueva, pero se les soltó dejándoles los focicos bien marcados con las uñas que tiene este animal, amen de alguna que otra dentellada, porque poderosa también es su boca, y tal vez deseosos de venganza, los buenos perdigueros querían la revancha con el torpe enemigo que los había humillado, pero si el tejón era torpe a campo abierto, en la cueva era un coloso formidable, y como ésta era profunda poco podían hacer nuestros canes sino firmar la rendición. En eso estábamos cuando apareció Jamin, dos "raposas" colgaban a su espalda, daban a su chaqueta de raso negro el aspecto de un abrigo con el cuello de buen pelaje, y parecía una de las señoras que se abufandaban con los despojos que el alimañero cazaba, la boina calada hasta los ojos, el cigarro pegado a la comisura de los labios y el cansino andar al que le obligaban unas enormes botas de goma, ya que tan contrahecho era el "raposo" que a pesar de su escaso metro y sesenta centímetros, calzaba un .45 de calibre en sus chapines. Cuando lo pusimos al corriente, con la parsimoniosa actitud que lo caracterizaba, sin decir ni un ay, depositó con toda delicadeza sus capturas sobre una piedra y me encomendó la custodia de las mismas, para mantenerlas apartadas de los canilazos de los perdigueros, y sacando la perica, de buen acero de Taramundi, como era menester, desapareció collado abajo; poco tardó en volver con una vara de avellano, que casi le doblaba la estatura, se fue a la boca de la cueva, examinó en el terreno y practicando un tajo profundo en un extremo de la vara introdujo esta en la cueva, al llegar al final empezó a darle vueltas, vueltas y mas vueltas, por fin dirijiendose a mi tío Secundo dijo, - Ya está, prepara el hierro que ya sale -, y atónitos nos quedamos cuando el tejón, con el pelo hecho un nudo en el extremo de la vara, resistiéndose como podía, daba la cara en la boca de la cueva. Jamín dio un tirón seco y el animal de un salto quedó expuesto a los cañones de la del 12 de Secundo, que soltó el primero a cinco metros y el segundo a veinte, pero el tejón, ya libre de vara y perros, y sin un grano que le hiciera detenerse, ponía tierra entre todos y escapaba entre unas seves ladera abajo. –Vaya cazador, no le pega ni a una lata presa- y dando grandes risas, recogió los raposos, encendió el cigarro, y se fue como había venido, monte abajo, feliz de poder contar en la taberna el fallo de mi tío.

Secundo recargó, dio un silbido corto, como solía hacerlo él, y el Moro de un salto se fue en la dirección que le marcaba el brazo izquierdo de mi tío, yo tampoco dije nada, no acostumbraba a mencionar los fallos del tío, al que pocos le he visto, ni entendía como se le había podido ir el tejón, pero por fin cuando a la media hora el Moro cobraba una roja que Secundo le había bajado bien larga, mientras éste encendía un pito, guiñándome un ojo y con aquella sonrisa maliciosa me dijo –Que ye lo que nos había hecho a nosotros el tejo-, entonces comprendí que los tiros no habían ido al tejo, sino al campo, si mi tío había querido errar su pieza ¿Quién era yo para criticarle?.

Jamín entendía de alimañas, o mejor dicho entendía a las alimañas, no cazaba con escopeta, aunque había cazado, no cazaba con escopeta salvo una excepción, El Lobo.

El lobo traía de cabeza a Jamín, buscaba sus rastros cuando andaba poniendo sus cepos y trampas, contaba como había seguido a una loba hasta la cueva donde había parido su camada y como le había robado los cachorros , paseándolos por la comarca y vendiéndoselos al final a un sr. de Gijón para llevárselos a Dios sabe donde, contaba como cuando era más joven, había pillado uno vivo en un lazo, y como después de dejarlo seco de un testarazo le cortó el rabo, para enseñárselo a su primo y al volver al sitio donde había dejado el lobo muerto sin rabo, solo encontraron el sitio y el rastro de sangre que dejaba, habiendo arrasado toda la vegetación que había en torno suyo, bromeando con que si alguien veía un lobo "rabeno" era el suyo sin duda.

Pero Jamín le había cogido respeto, desde un día en que al intentar rematar a una loba, flaca y fea como no había visto una antes, erró el golpe cayendo de bruces al lado de su víctima, que se despachó a gusto en las también escasas carnes de Jamín, cuando contaba esto (bien lleno el buche de sidra) levantábase la camisa y enseñaba las marcas de los canilazos, - Llevome más dun kilo de carne- decía y bromeando la gente le replicaba que poco más había dejado la loba, y que si no lo había mordido más sería por lo muy macerado que estaría en vino el costillar de Jamín, eso lo cabreaba de veras y empezaba a jurar en una extraña jerga y en procesión todos los santos del cielo desfilaban por la taberna del "Ñeru".

Cuando Jamín descubría el rastro de algún cánido salvaje, daba la voz de alarma en la cantina, y rápidamente se formaba una partida de caza para acosar al formidable cazador, yo participé en varias, pero siempre recordaré la última en la que vi a Jamín.

Los lobos solían hacerse más visibles durante los meses de abril y mayo en la zona del Puerto, había gran cantidad de ganado que se dejaba pastar libremente en esos meses y por regla general solía ser cuando parían las yeguas, muchos "vaqueiros" subían las vaques a las praderías de montaña y hasta bien entrado el otoño el ganado vagaba libremente por las montañas de la Sierra, era la época en la que más ataques se producían, lo cual era lógico si tenemos en cuenta que también es la época en la que más densidad de piezas susceptibles de ser atacadas había en el monte, Jamín lo sabia, y durante estos meses prestaba especial atención a los pasos habituales del lobo, buscaba sus pisadas, sus excrementos y sus rascaduras marcando el territorio, y no era raro verlo bajar del monte a media mañana, lo que hacia suponer que ya de amanecida el "raposu" estaba en el monte con sus cepos, así que si un lobo era descubierto, podía darse por listo.

El lobo, como el hombre, tropieza dos y mil veces en la misma piedra, tiene sus querencias y sobre todo sus pasos, era curioso como armabas una mancha y siempre salían por el mismo lado, había sitios donde con solo dos o tres cazadores que tirasen bien podías asegurar el éxito de la empresa, siendo el resto de las armadas meros espectadores del drama.

A mí siempre me gustaban las historias de lobos, tan frecuentes en aquella época, en los altos del Puerto muchas veces te hacia compañía en el camino de vuelta a casa y te "amenizaban" el viaje, me gustaba que mi tío me narrara la aventura del "Pistolas" un ganadero gallego que hacía la feria de año en San Antolín cuando mis tíos eran jóvenes, y que en una ocasión se jactaba de haber matado con las dos armas que le daban el sobrenombre y que siempre portaba (era típico de aquellas épocas que los ganaderos llevasen siempre a mano la ferrusca, que solían ocultar en la manta de su caballeria, y era típico que el arma en cuestión fuese uno de aquellos revólveres Velodog del 22 largo de fuego central, o las Star del 6,35, que lo único que solían matar y a veces ni eso eran las muchas liebres del Puerto), mis tíos habían hecho correr al fanfarrón una noche, que de vuelta de la feria cruzaba a lomos de su caballo el Puerto, apurando el paso para llegar a dormirse a Grandas, donde tenia "querida", esa noche el "Pistolas" había dilatado el trato de unos xatos y se le hizo de noche, aún así a lomos de su jamelgo se metió en el puerto, mis tíos y otros mozos los siguieron y en el alto del puerto comenzaron a dar aullidos poniendo nervioso al jinete (que el caballo bien sabía lo que había), tantos nervios le metieron que echó mano a las dos armas y sin darse la vuelta tirando al aire sin mirar donde apuntaba espoleó la montura Palo abajo, dejando en el camino alforjas, pistolas, y un par de jamones que había comprado en el mercado, al día siguiente cuando subió a por los pertrechos, encontrolo todo, todo menos los jamones de los que supuso los "lobos" habían dado buena cuenta y a los que hacía salvadores de su alma, al entretenerse los canes con la pitanza que les dejó en el suelo.

Esa historia era de risa pero otras solían ser más dramáticas, se hablaba de un capataz de la mina que había pasado el puerto un día de nieve y del que solo habían encontrado el mechero de carburo que llevaba en su mochila, contaban los pastores de les vaques como habían matado un toro delante de su dueño que lo llevaba para dejar en el monte en verano y que el mismo dueño se había tenido que subir a un chozo durante un día hasta que los lobos saciados dejaron al pobre hombre medio muerto del susto y sin novio para sus vaques.

Pero aunque tanto contaban, en casa nunca,( excepto el que esto escribe que siempre fue dado a creer más en fábulas que en factos), se tuvo mucho respeto por estos "matadores de hombres", Secundo contaba como él con un buen montón de piedras había echo correr a dos asustados lobos que merodeaban por el corral del ganado, y Manuel, que había criado un lobezno de pequeño, hasta que un buen día le desapareció, se paraba mirándolos y recreándose en ellos cuando veía alguno, procurando no incomodarlos y quizá, aunque nunca lo confesó, esperando que el gran lobo que tenía en frente se le acercara moviendo la cola para fregarse entre sus piernas, y eso que ya habían pasado mas de treinta años desde que crío el cachorrito.

El día veintisiete de mayo de mil novecientos sesenta y cinco, mientras desayunábamos, en un radiante día de primavera, entró Jamín en la casa de mis abuelos, venía sofocado y sin decir ni mu, pasó por la entrada, donde mi abuela daba trigo a las gallinas y entró a saco en la cocina, - Ye el llobo – gritó con los ojos fijos en mi tío Manuel, éste sin inmutarse (Manuel aunque hijo de ganaderos, jamás prestó mucha atención por otro ganado que no fuesen sus perros, así que el lobo poco le importaba) –cinco juntos, entronse esta mañana en el Carbayal del Vallinejo -, yo no perdía comba, y de buena gana hubiera saltado hacia la escopeta y echado a correr monte arriba hacia donde el trampero indicaba (un lugar bien conocido por haberle sacado muchas arceas), pero por respeto a mis tíos y sobre todo por hallarme desayunando entre ambos, no teniendo mas sitio para salir que por encima de la cocina de leña, me aguanté, olvidándome del pan casero que se empapaba de leche fresca en mi tazón de desayuno.

Secundo echó mano al orujo y le sirvió un buen trago a Jamín, antes de que pudiera volver a ponerle el corcho a la botella ya estiraba el vaso reclamando otra dosis el "rapusu", después del segundo vaso empezó a organizar la cacería, -tranquilo Benjamín- dijo Secundo –si están ahí, no hay porqué apurarse, llamamos a la gente y vamos con calma, que van a encamarse y no hay prisa- , Jamín bien lo sabía, así que sin más concretó con mi tío el lugar de reunión y resolvió en ir a su casa en busca de la paralela, mientras tanto mi tío buscó la mirada de su hermano y éste con la química que funcionaba entre ambos intuyó la pregunta y respondió antes de ser encuestado –.Yo no voy Secundo, tengo cosas que hacer y nada me ha hecho a mí el lobo -, no hubo más, bueno sí hubo, nada más decir esto ya estaba yo ofreciéndome y pidiendo a Manuel que se levantara para ir a por las armas, no miré hacia atrás mientras subía a saltos las escaleras en busca de las paralelas, intuía que algo podía aguarme la fiesta, así que no había que darle tiempo a mi abuela, a mi tío o a sabe Dios quien para que buscara algún recado que me fastidiara el plan, solo respiré convencido cuando desde la cocina Secundo me gritaba que cogiera balas de escopeta que había en su cómoda.

Armado con las paralelas, (por cierto las dos de mis tíos, pues para no perder más tiempo eché mano de ambas que estaban juntas, dejando la mía a buen recaudo en mi cómoda) y los cartuchos en el zurrón, metido en las duras botas de monte, esperaba sentado en el Santana, pronto empezaron a llegar los integrantes de la batida, muy numerosos porque los lobos habían atacado dos días antes un rebaño de cabras y los ánimos estaban muy encrespados, metieron voladores en la parte de atrás y nueve parroquianos, apretados unos con otros nos dirigimos al punto de encuentro con el "raposu", en la calella que llevaba a la Carbayeira donde se habían metido los cánidos.

Doce escopetas y el resto de los parroquianos y parroquianas, que también asistían las féminas a este tipo de cacerías, hacían las veces de una jauría de "sabues", la armada era una valleja de vegetación muy densa, en una de las cabeceras había un pinar viejo, pequeño y con unos pinos que permitían distinguir a la perfección lo que se colaba por debajo de ellos, el resto estaba compuesto por carbayos (robles) que iban decreciendo en estatura a medida que se ganaba altura, desembocaba por la parte de arriba en una mole rocosa que permitía tres posturas, las mejores si duda, y dominabas a la perfección el resto de las armadas, Jamin colocó los puesto de la derecha, reservándose para sí mismo uno de los buenos en las rocas altas, mi tío colocaba los de la izquierda, advirtiendo de las salidas a cada postura, Secundo siempre añadía cuando ponía un puesto, - Si quieres me quedo yo -, pero el bien sabía como armar y a quien escoger para llevarse a las armadas, comenzaba a dejar las posturas en silencio por la parte baja de la carbayeira y como sabía que los mejores puestos, casi los únicos por los que el lobo podía dar la cara eran los más altos, precavido escogía a los que les pesaban las carnes, y a los que la excitación por disparar se les iba agotando a medida que la ascensión se hacía más dura, y esta era dura de verdad, además mi tío, para desesperación de los que lo seguían, o de los que lo intentaban, cambiaba el ritmo de la ascensión constantemente, no dejando un momento para recuperar el resuello, y todo esto lo hacía sin que el resto del personal se diera cuenta, parecía que Secundo flotaba encima de los collados, yo era su compañero de fatigas tras las rojas y sabía muy bien como caminaba mi tío, así que pegado a sus talones, en silencio, metiendo el "culo pa dento", caminaba procurando que no se me viera un gesto de fatiga en la ascensión.

Por fin llegamos a los puestos del roquedo, me puso en uno (jamás había estado en esa postura, pero la conocía de sobra por lo que me habían contado tantas veces al calor de la lumbre de invierno, cuando las largas noches propiciaban veladas extraordinarias que traen consigo olores y sabores que el tiempo ha borrado, nunca echamos de menos la televisión en casa de mis abuelos), al dejarme mi tío, en silencio me murmuro al oído, - Mira Lolo, el lobo por mucho que te hayan contado, es muy torpe, siempre tiene sus salidas, y ésta en la que tu estás es una de las mejores, lo único que has de procurar es que no te vean, porque tiene buena la vista, el oído y la nariz, así que vigila esa salida, porque cuando te das cuenta, ye que los tienes encima, el resto nin, ya sabes como has de hacerlo -, sin mover los labios asentí moviendo la cabeza, Secundo se marchaba, pero aún no habían pasado dos minutos y lo ví volver hacia mí, - Carga – me dijo, - No esperes a que empiecen a moverse los batidores, ni esperes al volador, estos bichos si están resabiados, al menor ruido salen -, metí dos postas, que era la munición habitual de aquella época con esa pieza, pero Secundo con un ademán me indicó que las sacara, - mete dos balas, Nin, vas a tirar muy de cerca y a lo mejor no abren, así que apunta, aquí mato dos tu abuelo, con la del 16 que tenia tu padre, así que la familia conoce la postura – (luego me contó que me había obligado a meter las balas para hacerme apuntar, dudaba de mi fogosidad y a veces fiándote de la posta, tiras al bulto y... fallas), marchose por la senda a su puesto, y me quedé solo, con los ojos clavados en la salida del "mato" y la cabeza perdida en la imagen de mi abuelo, al que yo no llegué a conocer y la del 16 en sus manos, reverenciaba la foto color sepia que colgaba en mi cuarto y donde un hombre de grandes mostachos, con boina calada a lo asturiano, con un gran gocho a sus pies sujetaba la de perrillos que a mi tanto me gustaba con aire marcial, quizá esa foto y la litografía del comedor,(en la que una manada de lobos atacaba a un carro tirado por caballos, con patines en lugar de ruedas en las estepas rusas, y dos fornidos cosacos sacaban llamaradas de sus revólveres y fusiles sobre las fieras que ya les habían matado un caballo y con las fauces abiertas querían hacer lo propio con sus propietarios) dejaba el cuadro para el espectador imaginar el fin de tal lance, que yo siempre adornaba con los cosacos mordidos, pero vivos, poniendo en fuga a los lobos, que luego, según me fuera el día, convertía a los mismos cosacos en pitanza lobuna. Quizá fueran esos lobos de papel pintado y esos fornidos cosacos los que encendieran mi llama cinegetica.... quizá.

El primer volador me sacó de mis pensamientos, y arrebujado contra la roca, fijé mi vista en la salida por donde esperaba aparecer los terribles enemigos, y no mentiré al decir que la carne del cogote se me empezó a poner como la de los pavos desplumados de Navidad, eché una mirada a la armada y pude ver unas cuantas posturas, (alguno se había acomodado tan bien en la suya que como entraran los lobos, dudo pudiera ponerse en pie para disparar certeramente), a mi izquierda mi tío, del que solo podía ver la punta de la del 12, y a la izquierda de mi tío, claramente visible, con su chaqueta de felpa negra, su boina calada y la escopeta aferrada a la manos, Jamín, el Raposu, escrutaba la mancha, le vi dejar la postura y correr hacia una valleja y allí, de un pino pequeño colgó su raída chaqueta, volvía a toda prisa corriendo sobre sus pasos cuando se frenó y retomó la senda, miró de soslayo su americana de "medio pelo" y puso en la copa del pino la boina que parecía un apéndice de su cuerpo, al sol de mayo quedó expuesta una brillante calva, una piel blanca que había visto pocas veces los rayos de "Lorenzo", y otra vez, a la carrera, volvió Jamín a colocarse en su armada.

Poco tardé en sobresaltarme asustado por uno de los voladores que los que batían la mata hacían estallar bajo nuestra armada, el ruido producido por el petardo me incomodó tanto que a punto estuve de responderle con la del doce, un denso olor a pólvora quemada empapaba mi pituitaria y el humo que había dejado el "fuego" se difuminaba hacia mi postura, buena cosa, cavilé, tengo el aire de cara, otro infernal estruendo resonaba a mi izquierda, y luego otro y otro más, pero esta vez no eran los voladores, mi tío sacaba fuego de los cañones de la Víctor y Jamín, más abajo hacía lo propio apuntando a las seves, pude ver como Jamín maldecía intentando abrir el "hierro", usaba su rodilla de punto de apoyo y más parecía querer romper la escopeta que abrila, pero a Jamín le había negado el segundo tiro, y la báscula, que había visto el aceite el día que salió de la fabrica, rehusaba la orden requerida.

Pero Jamín no había fallado, algo se movía entre las Seves, algo sobre lo que mi tío volvía a hacer fuego y algo que yo no podía ver, y que se revolvía con alaridos de muerte, tan obsesionado estaba en comprobar a lo que tiraban, que como pude me encaramé a una piedra cubierta de espinos, y tan difícil era subir a la roca, que abandoné a sus pies la "matador" de Manuel, como un gato, en cuclillas, escruté el terreno, mis manos habían pagado cara la ascensión, porque unos cuantos pinchos se me metían entre los dedos, una vez sobre la piedra me dí cuenta de que nada mejoraba mi visión y....lo peor fue que me dí cuenta de que tres enormes lobos parados bajo ella a escasos metros me miraban tan absortos de mi presencia como yo mismo estaba de la suya, quise llevarme a la cara el arma, pero ¿qué arma?, mi paralela reposaba apoyada en el canto.

No sé si los lobos echaron a correr en aquel momento, lo que sí puedo afirmar es que dí uno de los saltos más grandes de mi vida, no caí bien, ni caí sobre blando, pero cuando empezaba a darme cuenta del dolor ya corría bien largo, aferrando la Aya, monte arriba para cortarles el paso en la siguiente valleja, y a fe que lo conseguí, pero no como esperaba, a pesar de mis denodados esfuerzos dando pierna monte arriba, jamás los hubiera interceptado, a no ser, ironías del destino, porque los tres bichos se habían parado tras la gran roca que yo doblaba en aquel instante, y así de frente me topé con los fieros animales, yo creo que llegué a menos de un metro del primero de ellos, un macho formidable, de pálido pelaje, el susto fue mayúsculo, para ellos; que no se esperaban a un zagal con un hierro en su mano y para el zagal, que al punto puso la grupa donde antes tenia la cabeza, sin frenarse siquiera y trazando un semicírculo que parecía planeado de antemano así que cambió de dirección buscando la seguridad en la distancia, y confiando en sus (mis) buenas piernas. Pero eso fue un segundo, porque al mismo tiempo me dí la vuelta en seco y encaré la escopeta que temblaba entre mis manos y apuntando, algo que siempre he hecho y que aquel día obvié, tiré del gatillo, confiando en que algo saliera por la boca de aquel hierro, pero el primer tiro no hizo nada, nada más que ruido claro está, no se si la bala se me fue alta, baja o si al infierno se fue, mi blanco seguía alejándose (gracias a Dios) como si nada fuera con él; mi dedo buscó el segundo gatillo, apunté de nuevo y… no encontré mas que el frío metal del guardamontes (que por cierto no sirvió para disparar el cañón que me quedaba cargado) busco de nuevo, esta vez volteando la escopeta y sorprendido no lo encontré, los lobos se me iban, ! perra suerte ¡ , y me dí cuenta de que no era mi querida Victor, con su fina culata inglesa y sus dos gatillos, me dí cuenta de que lo que tenía en las manos era la Aya "matador" monogatillo del tío Manuel.

No pude reprimirlo, fueron segundos entre el primer tiro, mis cavilaciones y el juramento (Dios me perdone) , casi aullido, que salió de mis pulmones para hacer vibrar mis cuerdas vocales, y alguien debió oírme, porque ante mí, a ya larga distancia para escopeta, los tres canelos se quedaron quietos, mirándome y dando su costado, y el que esto escribe, una mañana del mes de mayo, del ya lejano 65, metió en la banda al mas grande, apretó el gatillo, y …el resto es historia.

La fecha no se me olvidará nunca, porque fue el primer lobo que maté en mi vida, el primero, uno de los pocos trofeos que conservo con cariño al que leen la plaquita de bronce con la fecha que el taxidermista coloco bajo su blanco cráneo, alguien grabó "Lolo y la Virgen" , 25-V-65 , La Pola…y ahora que he vuelto a casa, herido de muerte, cuando le echo un vistazo a ese trofeo que cuelga a la entrada, entre las perchas con la ropa vieja, que luego sirvió durante mucho tiempo de soporte para el sombrero de mi tío, recuerdo al lobo, a Jamín, y al que se reía mirando de soslayo al trofeo y la plaquita que había mandado grabar y que a su vez era propietario del sombrero, y lo veo rematando mi historia con el lobo al contertulio de turno al que decia antes de enseñarle el despojo … Yes que muchas veces se nos aparece la Santa Madre de Dios.