Migas con engañifas

Che

 

Cuando llegué al coto aquella fría mañana de Enero, muy temprano, no más allá de las seis, me quedé una hora larga dentro del coche, con el motor parado y la ventanilla abierta. Escuchando, oliendo.

Archy, mi perrito teckel, con cuatro años entonces, se removía inquieto alertado por el olor a mejorana, a madreselva, a lavanda y a tomillo que nos entraba de lleno. ¡ Qué felicidad!. Ya hacía rato, desde que abandonamos la carretera y tomamos el traqueteante camino de la finca, que él sabía dónde estábamos y para qué habíamos ido allí. Me miraba con ojos interrogantes y lloriqueaba muy bajito, tratando de decirme, por si yo me hubiera despistado, que estábamos en el sitio, que había que empezar "la faena" que, por el amor de Dios, abriera la puerta del coche.

Me recreé "en la suerte" que, quizás mucha gente no entienda de puro sencilla. Yo, aquella mañana, "ya estaba cazando"sólo con sentir el campo, sólo con repasar mentalmente lo que había planeado durante toda la semana, sólo con escuchar el silencio mientras el coche, calentito con la calefacción del viaje, se iba quedando helado, al tiempo que el vaho de mi respiración se iba pegando a los cristales.

Salí y cerré la puerta sin ruido. Tengo comprobado que los animales han aprendido a temer más al ruido de un portazo que al de los motores. Del maletero saqué mis pertrechos, pocos, porque para andar, cuanto más ligero mejor. La navaja, el mechero y el impermeable, tres cosas que según mi padre, no debía nunca olvidar al salir al monte. Aunque esté raso el cielo, aunque no fumes, no dejes jamás de llevártelas.

Preparé mi cerrojo y un cargador con cinco balas, ¿ para qué más?. Mientras, Archy, hecho un mar de nervios, se encargaba de "marcar" convenientemente las ruedas del coche y de vaciar los intestinos. Pensaba patearme toda la umbría del coto, helada hasta mediados de Febrero y eso me llevaría un par de horas por lo menos. Hacía algún tiempo que un buen guarro andaba por allí con su escudero cortejando a una piara de hembras que tenía su querencia en esa zona. Ya habíamos intentado, Archy y yo, cantarle las cuarenta en dos ocasiones anteriores. La primera vez fue la temporada anterior pero quiso la suerte que mi amigo, a trescientos metros del encame del verraco, se tropezara con un tejón que volvía a su madriguera después de pasar la noche rondando por ahí y se formó "la de Dios es Cristo". En el silencio sepulcral de aquellos barrancos sombríos los ladridos del perro sonaban como trallazos, dando por resultado que nuestro suido se escapara por el portillo de la cuerda.

La umbría del coto, para que os hagáis una idea, es como el tablero de una mesa que estuviera recostado en una pared. En la parte más alta, la cuerda está completamente cerrada por una línea de cerca de dos kilómetros de peñascos que sólo tienen un portillo cómodo, entre riscos. Y por abajo del plano de la imaginaria mesa, paralelo a la cuerda, hay un camino que lleva al cortijo.

La segunda vez que nos burló fue al principio de esa misma temporada. Llegué al encame del bicho cuando todavía estaba caliente el suelo. Se ve que me oyó llegar, se "mosqueó" y en vez de salirse por el portillo de arriba, como era lo lógico, el muy c…. se tiró cuesta abajo y cruzó el camino cerca de donde yo había dejado el coche. El perro me fue marcando el rastro fresquito hasta que abandonamos el intento.

En la última nevada, hacía una semana, había visto sus pisadas otra vez en el camino de la casa, revueltas con las de las jabalinas y sus crias. Debía llevar sólo un escudero porque no distinguí más rastros de machos. Se ve que, el "pollo" tenía mal genio y no consentía más pretendientes. Las hembras se acostaban enfrente de la umbría, al otro lado del camino , en el abrigo del barranco de la Fuente Nueva, pero él se encamaba otra vez en su sitio preferido. En lo más oscuro de la umbría, a doscientos metros del portillo salvador por donde, en caso de emergencia, en dos saltos se pasaba al otro lado de la cuerda, entre los riscos. Como en ninguna de las dos ocasiones le había disparado, me imaginaba yo que andaría confiadillo el hombre.

Metí una bala en la recámara, puse el seguro y eché a andar cuesta arriba, buscando las trochas que, a distintas alturas corrían paralelas a la cuerda y al camino y que confluían todas en el portillo famoso. Pensaba usar la más alta y así, al llegar al final, cerrarle la huída al "hijo de la gran… Bretaña" que no me dejaba dormir tranquilo hacía meses.

Al pie de los riscales de la cuerda, había grandes peñascos desprendidos formando un laberinto de callejones y maleza que eran un refugio perfecto para los bichos y un paradero ideal para las jabalinas. A partir de las peñas, hacia abajo, salían tres barrancos que, por arriba, eran fáciles de cruzar porque todavía no habían excavado suficiente el suelo pero que, un kilómetro más abajo, eran verdaderas trincheras que te rompían las piernas para cruzarlos. Luego, cuando la pendiente se suavizaba, antes de llegar al camino, se convertían en abiertas ramblas en donde depositaban toda la tierra y piedras de los aluviones.

Según subía en busca de la trocha más alta, iba pensando en la estrategia a seguir. Había llegado mucho antes del amanecer a ver si así, el guarro no oía llegar el coche y se encamaba a descansar después de "otra noche de pasión desbocada".

Ascendía despacio. "Si quieres llegar arriba como un joven tienes que empezar a subir como un viejo", decía mi padre. A los tres cuartos de hora me encontraba ya en la vereda elegida, giré a la derecha y comencé a faldear por la ladera, a unos doscientos metros de la base de la muralla de piedra.

Andaba inquieto el perro, venteando hacia adelante, picado en algún bicho que yo ni oía ni mucho menos podía ver. Los Teckles, obstinados como ellos solos, son extremadamente desobedientes cuando cogen un rastro y ya les puedes llamar, que no vuelven. Pero, mi Archy no, mi Archy no se va más allá de doscientos o trescientos metros aunque lleve delante al mismísimo abuelo de los jabalíes de España. Siempre vuelve sobre sus pasos, llega hasta mí, da una vuelta a mi alrededor y sale disparado otra vez por el rastro. Repite el gesto doscientas veces si es necesario. Me controla en todo momento. Únicamente, cuando él sabe que está cerca del encame, se aleja más y empieza a ladrar a parado. Cambia el ladrido, como todos los perros, solicitando ayuda. Y forma un alboroto de mil demonios. Cuando me ve acercarme siempre se coloca dejando al guarro entre él y yo. No me cabe duda de que el jodío enano lo hace para atraer la atención y que el jabalí no se percate de mi llegada, porque monta unos números que son la monda, salta, hace cabriolas, muerde los troncos, se agacha, corre de un lado a otro formando un espectáculo. Todo mientras yo me acerco lo más sigilosamente posible. Los guarros, claro, como lo ven tan canijo, no le hacen ni puñetero caso, le sueltan un bufido y siguen tan tranquilos, pero sin perderle de vista.

Hacía un frío aquella mañana que se helaban los pensamientos, el suelo estaba duro como una piedra y de los riscales de mi izquierda caían aquí y allá carámbanos del agua helada que se filtraba entre las grietas.

Seguí avanzando por la trocha despacio, sin ruido. Esta vez, pensaba yo, no me va a oír llegar. No siempre se va a dar de bruces el perro con un tejón "que vuelve de farra". Anduve más de una hora y ya distinguía a lo lejos, arriba y a mi izquierda el paso por donde se me escapó en la primera ocasión. El encame, según mis cálculos, lo debía tener en un chaparro enorme que había como a trescientos metros del portillo. A la altura que yo caminaba se me quedaría a mi derecha, por debajo, como a doscientos metros. La idea era cortarle la salida hacia arriba. Todo controlado.

Entretanto, Archy cumplía su misión y seguía con su costumbre de avanzar y retroceder. Cuando faltaba poco para llegar a la línea imaginaria que uniría el portillo con el encame, el perro desapareció como una exhalación, derechito al chaparro. Silencio……. Malo, me dije, ya nos la ha jugado otra vez el c…. éste. En efecto, el perro volvió jadeando hasta mi y me miró como diciéndome: "¿ Pero dónde coño me has traído?.Aquí no hay nada".

¡Cagondiés! ¿ Otra vez?.... Eché la vista al suelo seguro de encontrar el rastro reciente que confirmara mis temores de que se había vuelto a salir hacia la solana de la finca vecina. Nada, allí no se veía traza del guarro grande. Buscando y buscando me fui subiendo hasta que llegué a la entrada del callejón que formaban los riscos. El sol ya daba en la parte alta de las peñas.

No sé si la decepción, el cansancio o el cabreo, o quizás todo junto, me determinaron a encaramarme para tomar el sol a una de aquellas piedras con el perro pegado a mis talones y teniéndole que ayudar en alguna ocasión a salvar un escalón "demasié" para sus cortas extremidades. Desde allí, la vista era preciosa a aquella hora de la mañana. Detrás de mi, la solana de la otra finca, llena de pinos verdes y frondosos. Delante, por la umbría que yo acababa de andarme, se levantaban jirones de neblina, dándole al paisaje un aspecto fantasmagórico. Desde mi atalaya veía allá abajo mi coche, aparcado junto al camino y desde allí vi la C15 del pastor que venía del pueblo.

Cuando llegó a la altura de mi montura se bajó y empezó a registrar la umbría con los prismáticos. Era pastor pero también hacía de guarda. Se había tropezado con los cochinos mil veces a lo largo de su vida y, según él mismo comentaba sin arrobo ninguno, les tenía pánico. No se acostumbró jamás. Le entraba una flojera de rodillas en cuanto los veía que era cosa cómica. No tardó en localizarme encima de la peña, se metió en el coche, arrancó y se volvió a parar debajo de dónde yo estaba, a un kilómetro cuesta abajo. Bruto como él sólo, empezó a darme voces y a sonar la bocina. En la distancia, rebotando los gritos en cien ecos, no alcancé más que a oír: " Migas" y " Hacer el capullo". Y acto seguido siguió camino del cortijo a ordeñar sus cabras.

Sólo con oír la palabra migas, me empezó un ronrroneo de estómago y una secreción salivar que ya os podéis imaginar.

Empecé a bajarme del risco con el rifle en una mano y sujetándome como podía con la otra y, con el rabillo del ojo noté que Archy se movía entre las matas de abajo, la última vegetación que había antes del claro que se formaba al comenzar el estrecho paso. Como bajaba buscando el mejor sitio donde poner el pie para no pegármela, no me di cuenta en seguida de que, en realidad, Archy estaba detrás de mí.

Se me encendió la luz. Paré en seco, agarré al perro por el cuello y lo acogoté contra el risco. Me agaché. Me quedé como los pollos de perdiz cuando los persigues por un barbecho. Se me salían los ojos tratando de ver. Inmóvil. El perro se removía tratando de zafarse de la mano que lo planchaba contra la piedra. Le señalé "quieto"con el gesto y entonces estiró las orejas y se puso a escuchar muy atento en tanto que el rabo empezó a darle vueltas como un molinillo.

Y al segundo siguiente lo vi. Era un guarro como de cincuenta o sesenta kilos que, parado entre los últimos matojos, dudaba de si lanzarse a cruzar al otro lado o no. Le vi cuando él se movió, con las orejas apuntando hacia atrás, señal inequívoca de que "esperaba a su patrón" que se acercaba por detrás. Arrancó a trotar y no me moví. La sangre se me helaba por momentos. Archy se llevó un pescozón porque quería tirarse de cabeza por el otro lado de la roca para irle detrás.

Os estáis imaginando el momento,¿ no?. Me coloqué como pude en el costado de la piedra a riesgo de dejarme los "piños" contra el suelo. Sabes que viene pero no lo ves, sabes que lo tienes ahí mismo pero no lo oyes. Sabes de sobra que se va a parar a escuchar antes de atreverse a cruzar. Y el perro fuera de sí. Le cogí del collar y le metí la cabeza debajo del chaquetón para que no se le ocurriera ladrar. ¡Qué angustia!.

Me pareció ver moverse las ramas y……… ¡ tachán, tachán!. Allí estaba. Negro y cano al mismo tiempo. Un Victorino. Un Miura. Con unas boceras blancas que no hacía falta mirarlas por el visor. El mozo enseñaba unos colmillos de los de órdago. ¡ Dios, qué bicho!

Pensé, " por si se le antoja darse la vuelta y no cruzar". Puuuum¡¡. Patas arriba y enseguida, la carrera del escudero que lo esperaba, ya en vano, al otro lado del paso. Y los mordiscones de Archy en lo más blando. ¡ Vaya guarro!

Se había levantado del encame con las voces del pastor, encame que luego vimos cerca del camino. Trescientos metros más abajo de dónde yo creía que estaba.

Para rematar la jornada, el pastor hizo unas migas que "quitaban el setío" de buenas; con "engañifas", como por allí les llaman a los tropezones y los torreznos y……….. revueltas con hambre para qué os voy a contar.

Dedicado a los que, como yo, disfrutan de cazar en solitario con su perrito y sus pensamientos.

Che.