El gringo y el ángel

Becassier

 

El Gringo, como de costumbre, se levantó muy pronto. No eran más de las seis de la mañana cuando puso a hornear el último mendrugo de pan que quedaba en la cocina y pasó por la sartén un trozo de tocino, ya algo rancio. Mientras llenaba un vaso de vino se dijo que debería bajar al pueblo a comprar un día de estos, por más que le pesase. Al fin y al cabo se estaba quedando sin mucho que echarse a la boca y en los lazos que tenía puestos por los alrededores raro era el día en que caía un conejo. No le gustaba bajar al pueblo, y solo lo hacía para comprar un poco de pan, carne de tocino y algo de fiambre en el colmado de la vieja Ángela. Bueno, y también para dejarse caer en la tasca de Rufo, beberse dos botellas de vino y charlar de becadas con Flavio, el único con quién hablaba y el único que escuchaba sus continuos desvaríos. Pero no necesitaba más, Flavio, un italiano que había combatido con las brigadas internacionales y se había establecido en el pueblo hacía treinta y cinco años, era su único punto de conexión con el mundo. Muchas mañanas, después de una larga conversación vespertina en la tasca, y sobretodo cuando las dos botellas de vino se habían convertido en cuatro, se despertaba en su catre con un profundo dolor de cabeza y sin recordar como había llegado hasta allí. Sabía que había sido Flavio quien le había subido a la cabaña con su vieja camioneta, pero nunca se lo agradecía, ni siquiera lo mentaba al día siguiente. Pero a Flavio eso no le importaba, lo hacía, simplemente, porque debía hacerlo, sin esperar ningún gesto por parte del Gringo.

Después de acabarse el pan con tocino y beberse el tercer vaso de vino, el Gringo se limpió la cara, o mas bien se mojó los ojos en el fregadero de la cocina, y se puso su raída chaqueta Browning, la única posesión que le quedaba de su época de indiano. Porque el Gringo, y por eso se le había quedado ese nombre, había partido hacia las Américas a hacer fortuna allá por los años veinte. Había trabajado en los muelles de Nueva Orleans y más tarde se fue al norte, allá donde la nieve nunca se derrite, donde estuvo trampeando durante unos años. Cazaba castores, linces, zorros, y hasta algún lobo caía en sus cepos. Con la llegada de la primavera bajaba a las ciudades y vendía las pieles, que posteriormente eran usadas para confeccionar abrigos para las gentes adineradas que él tanto odiaba. Pero que le importaba eso, al fin y al cabo, sacaba un buen dinero. Juntó una considerable cantidad en diez años, que dilapidó en diez meses bebiendo bourbon y acostándose con mujeres. Pobre y borracho, tras dos años de vagar por las calles de infinidad de pueblos del Norte vendiéndose al mejor postor para trabajar en los maizales de la zona, había juntado lo suficiente para regresar a las montañas que le vieron nacer, los Pirineos, trayendo como únicas posesiones la vieja chaqueta Browning con la que cazaba castores, una acusada debilidad por la bebida y la vergüenza de volver peor de lo que se fue.

Xana se estremeció, dando a su recién estrenado plumaje adulto una graciosa forma abultada, oronda, como si de una pelota de plumas se tratara. Algo no iba bien. Algo en su interior hasta ahora oculto, una misteriosa fuerza extraña, la obligaba a pensar que debía irse, emprender una larga ruta. Xana no comprendía muy bien lo que le pasaba. Cierto era que, desde hacía ya unos días, el clima había cambiado. Lo notaba en sus rutas crepusculares en busca de alimento. EL frío era cada vez mayor y la nieve, que antes sólo se distinguía vagamente a lo lejos, en las altas cumbres de los Urales, se acercaba cada vez más. La facilidad con la que antes exploraba el suelo en busca de alimento con su largo e inexperto pico se había convertido ahora en una tarea ardua y la mayoría de las veces infructuosa debido a las fuertes heladas nocturnas. Durante los últimos días su ansia por viajar se había incrementado, así que fue aumentando la ingestión de comida para hacerse con una reserva de grasas suficiente para aguantar tan larga peregrinación y esperó una entrada de viento norte. Un par de noches más tarde, con el cielo despejado y el aire propicio decidió que había llegado la hora de partir. Contempló por última vez el abetal que había sido su hogar durante sus primeros meses de vida y los recuerdos se desbordaron en su mente.

Allí, al resguardo de un viejo tronco caído, entre tres o cuatro ramitas secas de boj dispuestas estratégicamente, su madre había llevado a cabo el milagro de traerlas al mundo. Tres pequeñas bolitas de plumón, dos de ellas del mismo color de las hojas que las cobijaban y otra, ella, blanca como la nieve virgen. Irtys, el malogrado Oby y Xana, la becada blanca. Tres frágiles e indefensos pollos de pico largo a merced de la cruel naturaleza. Los momentos vividos en el abetal no los olvidaría jamás. Recordaba a su padre trayéndoles al nido, colgadas del pico, aquellas primeras larvas, que con los días se fueron convirtiendo en largos gusanos. Recordaba a su madre, cobijándolas con sus acogedoras alas al percibir el más mínimo peligro en el bosque. Sus primeros intentos para levantar el vuelo, ya con su nuevo y bello plumaje, cuando aún se enredaba al batir torpemente sus frágiles alas entre brezos y helechos, cayendo de bruces al suelo para regocijo de Irtys y Oby, sus hermanos. Cuantos momentos felices había pasado allí... pero no todo fueron alegrías. Recordó también el día en que desapareció Oby. Jugueteando por el sotobosque se habían alejado de su madre, y el plumaje blanco de Xana llamaba demasiado la atención. Pagaron cara su osadía. Se dieron cuenta tarde de que la ágil y estilizada silueta del azor se les venía encima. La blancura de Xana los había puesto al descubierto. La delatora esquivó el envite, pero con dos perfectos quiebros, esquivando los árboles, el ave de presa cayó encima de Oby, acabando con su vida de una certera maniobra. Aquello acabó también con la alegría de la familia, y los días de feliz convivencia en los alrededores del viejo tronco que las había visto nacer se diluyeron como la nieve al sol. Cada día aumentaba la independencia de los dos hermanos superviventes, aumentando también el distanciamiento entre ellos. Hacía ya días que no veía a Irtys ni a sus padres. ¿Habrían experimentado ellos también esa necesidad de viajar? Con esa incerteza Xana levantó el vuelo, dirigiéndose hacia el suroeste, hacia ese cielo estrellado que, si saber porqué, la atraía tan profundamente.


El Gringo metió en los bolsillos media docena de cartuchos de cartón, se recordó que debería recargar más pues se le estaban acabando, y se dirigió a su camastro debajo del cual reposaba la vieja Jabalí de perrillos. Al coger su vieja escopeta se dio cuenta de que el trozo de esparadrapo que había puesto en la culata para evitar agrandar la grieta que tenía la madera estaba suelto. La culata no tardaría en partirse por la mitad, pero no tenía ninguna intención de cambiar esa escopeta, y menos a su edad. Dos clavos fijados transversalmente sería la solución. Una vez, no recuerda cuantos años hacía, su hijo se había presentado en la cabaña con una preciosa Víctor Sarasqueta en las manos. El Gringo dudó en rompérsela en la crisma o simplemente echarlo de su casa. No necesitaba la jodida escopeta para nada, con su vieja Jabalí se apañaba. Al fin y al cabo con ella había cazado un oso. Y además, qué carajo, su hijo era el único culpable de su desgracia. Al final había optado por echarle de su casa, aunque se había pensado muy seriamente la primera opción.

Por la mente del Gringo discurrió la historia del oso. Era la única vez que se había sentido un poco querido y útil, pero hacía tanto tiempo... debía ser cuando aún bebía sólo por las noches, después de cenar. Si, debía hacer ya más de cuarenta años. Las ovejas de Manel, el pastor del pueblo, desaparecían una a una, y día tras día. Todo el pueblo estaba alborotado pues el rebaño era comunitario y la principal fuente de sustento de la pequeña aldea. Todos pensaban en el oso pero nadie se atrevía a pronunciar semejante nombre. El que conozca la historia del Pirineo sabrá que, en los años cuarenta, pronunciar ese nombre era sinónimo de invocar al demonio. Pero el gringo era mucho más práctico. Había trampeado en la frontera canadiense y, aunque nunca lo había cazado, se había tropezado muchas veces con el oso negro. Incluso una vez, mientras esperaba que un zorro entrase a su trampa, estuvo observando durante un buen rato un inmenso grizzly que no dejó que el cánido se acercase al cepo. Estaba acostumbrado a convivir con fieras y, aunque le imponían un gran respeto, no les temía como los demás. Al Gringo poco le importaban las ovejas que había desgarrado el oso, más bien le importaban tres cominos, pero la idea de vérselas con la fiera le cosquilleaba la conciencia,aún era relativamente joven y quería demostrarse que no era un fracasado en todo. Sin decir nada a nadie pasó tres días con Manel, el pastor, hablando de caza, del tiempo, de ganado... de nimiedades al fin y al cabo. Pero lo que pretendía el Gringo no era la amistad del pastor, al contrario, ya era un esfuerzo para él tener que conversar con alguien. Lo que quería era impregnarse de oveja, oler como ellas. Al cuarto día, el Gringo no se presentó a la cita con Manel, aunque eso no le extrañó al pastor. Lo extraño habían sido los tres días de conversación con el borracho medio loco. ¿qué coño quería ese cascarrabias solitario? Si nunca había tenido interés por nadie que no fuera Flavio, el italiano, y Rufo, el de la tasca y sólo para que le sirviera vino. Al caer la noche el Gringo subió hasta donde, recogido, dormitaba el rebaño. Se situó junto a las ovejas, cara al viento, plantó una improvisada atalaya debajo de un árbol y esperó. Había recargado dos cartuchos con postas zorreras, sólo dos. Serian suficientes. El desenlace no fue nada heroico, pero si efectivo. El gran oso pardo entró en plaza cuando faltaban pocos minutos para la medianoche. Movido por el hambre, se dirigió, no sin antes husmear el aire para descubrir posibles intrusos, hacia donde se amontonaba el ganado. Sin encontrar ningún olor sospechoso, avanzó confiado. Cuando lo tuvo a menos de treinta pasos, el Gringo salió de detrás del árbol y solamente profirió una palabra: "...oso!" La fiera, desconcertada, se dio la vuelta y el Gringo le soltó un postazo en la frente que lo dejó seco. Así, sin más. El oso estaba muerto y a él no le interesaba nada más que eso. No se molestó en acercarse. A la una de la madrugada ya se había bebido una botella de vino y dormía, borracho, en su cabaña. Al día siguiente, el alcalde del pueblo y una comitiva de vecinos subieron a traerle, como agradecimiento, dos cajas de vino y la mitad de un gorrino. El vino duró tres días y el cerdo le sirvió para no bajar al pueblo en dos semanas.

Veintisiete días duró el viaje de Xana. Fueron veintisiete días duros, viajando de noche, comiendo y descansando de día, refugiada en el interior de frondosos bosques desconocidos para ella, con innumerables peligros acechando en cada rincón. Durante la cuarta noche cruzó una gran extensión de agua, tornándose el viento en su contra durante la travesía. Xana se vio obligada a doblar el esfuerzo para llegar a tierra firme. Por un momento pensó que acabaría sus días ahogada en el Atlántico, pero un repentino estruendo la obligó a mirar hacia arriba. Era un inmenso bando de aves azuladas, de vuelo firme y seguro, que volaban impasibles a contraviento. Se podían contar a miles. Las reconoció enseguida, en el abetal donde nació las veía a menudo alimentándose de bayas. Pensó que si las torcaces podían cruzar el océano, ella también podría hacerlo. Llegó de madrugada, con las fuerzas justas para alcanzar la orilla, y pasó el día entero cobijada entre dos dunas de arena, en la misma playa. Xana no sabía que, penosamente, había alcanzado las costas normandas. EL resto del viaje transcurrió sin demasiados incidentes. Dos veces, medio adormecida durante sus descansos diurnos, la alarmaron unos extraños sonidos. Era un tintineo extraño, no podía atribuirlo a ningún animal conocido. No era el raposo, ya que sus pasos eran silenciosos y seguros, presentándose de improviso y sin avisar. Tampoco el maldito azor, ya que ese ruido venía del suelo. No le dio tiempo a descubrir de que extraño ser provenía el sonido, pues fue perdiendo intensidad, alejándose cada vez más, hasta que dejó de escucharse.

A medida que seguía su ruta hacia el sur, el paisaje se hacía cada vez más agradable. Las cordilleras nevadas habían quedado atrás y ahora las montañas eran cada vez más bajas. Ofrecían un impresionante contraste de colores, las diferentes tonalidades de verde de los abetos alpinos dejaban paso a los ocres de hayedos y robledales, ofreciendo un estallido de colores cuya belleza jamás imaginó. El impulso de viajar se iba extinguiendo, de la misma manera que le hizo emprender el viaje, ahora la obligó a detenerse. La belleza del lugar la turbaba, tenía todo lo que necesitaba para sobrevivir al invierno. En las cotas más altas tenía un precioso hayedo cubierto de boj que la protegía. Al fondo del valle un robledal que depositaba en el suelo una tupida alfombra de hojarasca donde pasaba largas horas adormecida, protegida por el espesor del brezo. Aprovechando el crepúsculo se dirigía a los prados donde de día pastaba el ganado. Allí, donde retozaba y extraía gusanos sin dificultad, había coincidido en más de una ocasión con otras solitarias compañeras. Pero nunca se juntaba con ellas, su plumaje blanco e inmaculado le hacían sentir distinta. Antes del amanecer se dirigía a un pequeño arroyo donde daba rienda suelta a su coquetería, entreteniéndose en un minucioso lavado de plumas y extremidades para luego, justo antes de amanecer, regresar a la protección que le ofrecía el bosque.


El Gringo abrió la puerta de la cabaña y el frío helado de diciembre le golpeó la cara. Había helado, y mucho. Carámbanos de hielo colgaban de las tejas de pizarra de la vieja vivienda. El manto arbóreo que se extendía al frente era blancuzco. El rocío que normalmente cubría las ramas en esa época se había solidificado, apagando los ocres y los verdes de pinos y robles, tornándolos blancos de hielo. Podía ser un buen día de becadas. Siempre lo era cuando se daban estas condiciones. Se dirigió hacia la pequeña barraca de maderas y herrumbre, vieja como la cabaña y que, pegada a ella, servía de escaso refugio a Duc, su setter. Sacó al perro, que dio dos saltos de alegría y se situó junto al Gringo, mostrándole su cuello. Era un acto reflejo, aprendido después de muchos años del mismo ritual. Ahora, con movimientos lentos y dándole dos caricias, no más, el Gringo le colocaría el campano. Duc, de ocho años, era hijo de Duc y nieto de Duc. El primer Duc que tuvo, hacía más de treinta años, se lo había regalado Flavio de una camada que había sacado con sus dos perros. El Gringo había elegido un macho y le había puesto Duc porque la noche que se lo trajo a casa había ululado un búho real cerca de la cabaña. Y en catalán, la lengua del Gringo, el búho real se llama Duc. Nunca más se había preocupado de buscar nombre para su perro. Si el primero se llamó Duc, sus hijos, siempre fruto del suyo con una perra de Flavio, también se podían llamar igual. Una vez le hubo puesto el campano, el gringo silbó a su perro y, separados no más de cinco o seis metros el uno del otro, descendieron por el sendero en busca de becadas.

Empezó batiendo un hayedo, con sotobosque de boj, muy querencioso para los pájaros los días de helada. Se fue directamente a los rincones que sabía propicios, sin perder demasiado tiempo en las otras zonas que los separaban, pero no encontró nada. Duc laceaba el terreno a derecha e izquierda por igual, tal y como le había enseñado. Cuando era más joven y fogoso tenía la costumbre de alejarse demasiado, fuera de tiro. Le había costado un par de buenas palizas, pero acabó cazando al agrado del Gringo, siempre a la vista y dentro del radio de acción de la vetusta Jabalí. Llevaba ya un par de horas cazando y estaba desconcertado. No encontrar ningún rastro de becadas en un día tan propicio era para estarlo. Sacó la vieja petaca de latón, apoyó la escopeta en una haya y le dio un tiento al coñac. Al menos la garganta no pasaría frío. Llamó al perro y se dirigió al robledal situado al fondo del valle. Quizá allí la helada no había sido tan fuerte y las becadas podrían hincar mejor el pico en la tierra para nutrirse de lombrices. Al coger la escopeta para reanudar la caza su lacerada mano rozó la grieta de la culata y eso le recordó lo bonita que era la Víctor Sarasqueta que le había traído su hijo aquella vez, la última que lo había visto. No es que le hubiera prestado demasiada atención, pero a simple golpe de vista se veía una señora arma. Con esa escopeta... pensó... pero no, no necesitaba la misericordia de su hijo, y menos su compasión. Había actuado bien al echar a su hijo y su inmunda escopeta aquel día. Además, no era un regalo desinteresado, lo hacía porque era consciente de que el culpable de su mayor desgracia era el. El regalo era un acto de clemencia de su hijo, estaba seguro. El día que nació, o mejor dicho, justo antes de nacer, después de un embarazo marcado por muchas dificultades, la matrona llamó al Gringo y le contó lo que Lola, su esposa, ya sabía. Le dijo que, debido a la posición del niño en el vientre solo podría sobrevivir uno de los dos, Lola o el futuro bebé. El Gringo suplicó a su mujer, la única persona a la que había respetado, querido y amado en este mundo, la única persona que no se había reído de él al volver de las américas, pero todo fue inútil. Lola había tomado la decisión que tomaría cualquier madre. El médico tuvo que llevarse al Gringo y sedarlo. Cuando despertó, aun empapado en lágrimas, se encontró con su esposa muerta y un bebé en las manos. El niño fue a parar a la casa de la hermana de Lola y el Gringo fue a parar a la tasca de Rufo, y se la bebió toda. Sí, su hijo era el único culpable de la pérdida de Lola.

El repentino descenso rítmico del campano de Duc hizo que el Gringo apartase de su cabeza los tristes pensamientos en que estaba sumergido. Habían llegado al robledal y, tal como había pensado, el suelo no estaba tan helado. La cobertura que ofrecían los brezos, arbustos que viven a menor altura que el boj, impedían que en el sotobosque llegasen las temperaturas a bajo cero. El alegre campaneo del badajo de hueso repicando contra el latón fue en descenso, hasta convertirse en un ligero sonido acompasado, apenas audible a orejas inexpertas. En cambio, el cansado corazón del Gringo iba "in crescendo". Sabía muy bien de que se trataba. El fino olfato de Duc nunca fallaba. Al principio, cuando era joven, hacía algunas muestras a los petirrojos, pero ocho años tras el mismo pájaro no daban posibilidad de error. Allí había una becada. El Gringo sacó dos cartuchos de la vieja chaqueta, los metió en la Jabalí y amartilló los perrillos. El brezo le impedía ver al perro, pero el oído hacía el trabajo que no podían hacer sus ojos. Finalmente el setter se detuvo. El robledal se quedó en silencio, el viejo solo oía su propia y entrecortada respiración. Se dijo que a su edad ya no estaba para esos trotes y entró en la mata donde, gatuno, mostraba Duc una becada. Nada más poner el pié en ella, el repentino aleteo del pájaro le indicó que no podría hacerse con ella, al menos al primer levante. La entrevió un instante entre los brezos, un instante demasiado fugaz para encararse el arma, pero suficiente para que al Gringo se le revolcara el corazón. No podía ser....

Xana fue pasando los días en aquel paraíso perdido hasta que una mañana escuchó un ruido familiar. Era de nuevo ese extraño tintineo que había oído durante su viaje. Pero esta vez se acercaba cada vez más. Se escondió a la vera de un tronco y esperó a que pasara el peligro. Al fin vio al extraño animal que emitía el sonido, parecía que la oliera. Era de complexión parecida a su enemigo, el zorro, pero de mayor tamaño y le brillaba algo en el cuello. Le seguía, más a lo lejos, otro ser desconocido que caminaba erguido y se apremiaba a seguir al primero. Sin apenas dejarse ver empezó una pequeña carrera por el sotobosque y levantó el vuelo. Se desplazó a una buena distancia, hasta otro de sus rincones querenciosos, donde se sentía segura.

Entonces Flavio tenía razón, se dijo aún conmocionado por el encuentro. Las becadas blancas existían. Mientras llamaba a Duc para empezar la rebusca recordó la conversación con Flavio, su promesa, y también la borrachera de aquella noche, hacía ya un par de lustros. Enfrascados en exprimir la pareja de botellas de vino diarias, y hablando como de costumbre de becadas, Flavio le había dicho que alguna vez, pocas, muy pocas, se cazaban becadas con el plumaje completamente blanco. Juraba y perjuraba que era cierto, que cazadores más lectos que él se lo habían asegurado. Mientras, el Gringo, que era el principal causante de la evaporación del líquido habido en las ahora vacías botellas, intentaba ponerse serio. "eso no son becadas, Flavio, son ángeles!" le dijo con voz solemne, intentando aparentar un porte acorde a la gravedad de la afirmación. "El día que consiga cazar un ángel blanco, será la señal de que mis días como cazador han llegado a su fin, y colgaré definitivamente la escopeta". No pudo aguantar más y los grados de alcohol ingeridos le hicieron explotar en un mar de risas. Esa noche, Flavio le tuvo que llevar hasta la cabaña, como ya empezaba a ser costumbre, totalmente ebrio.


Xana permaneció quieta en el mismo lugar donde se había posado y, cuando creyó que el peligro había pasado, volvió a picotear entre los brezos. De repente escuchó otra vez el tintineo, esta vez aún más cerca. El animal la había localizado y se detuvo frente a ella, quieto, poderoso y seguro de sí mismo. No la veía pero estaba oliendo su perfume. Se hizo un profundo silencio en el monte, solo perturbado por los apremiantes pasos de ese ser que caminaba erguido y parecía seguir a su delator. Xana permaneció inmóvil y calculó sus posibilidades de huida. Cuando el bípedo llegó al lugar, sin pensarlo dos veces, arrancó del suelo batiendo las alas en un estruendo poderoso, sorprendiendo a sus perseguidores y buscando de inmediato la cobertura que le ofrecían los robles. Su vuelo fue esta vez más largo, hasta la linde del bosque, lo que la dejó agotada.


El Gringo encendió un pito y fumo, calmo. Un pitillo saboreado tranquilamente era la medida de tiempo justa para que la becada, una vez posada en el suelo después del primer vuelo, empezara a moverse y a dejar rastro. Apagó la colilla con parsimonia y mandó buscar al setter en la dirección por donde había intuido que huía el pájaro. No tardó Duc más de cinco minutos en dar con la emanación, ralentizar la marcha y quedarse estático de nuevo. Había vuelto a dar con ella, esta vez debajo de un pequeño grupo de robles, bajo los cuales imperaba el brezo. Apenas distinguía al perro, sólo podía ver la cabeza, estática, potente, mascaba la emanación con la boca profiriendo continuos bufidos. El perro estaba viendo la becada. El gringo mandó entrar y la becada blanca levantó el vuelo, ofreciéndose en un blanco perfecto. El viejo ya tenía la escopeta encarada y en el momento en que iba a soltarle el derecho, en ese preciso instante en que el cerebro ha dado la orden al dedo para que apriete el gatillo, en ese mismo momento en que ya es demasiado tarde para echar atrás la orden, la becada quebró a la izquierda en un zig-zag que, de momento, le salvó la vida. El disparo tronó en el valle, no tan fuerte como el improperio del Gringo que, de antemano, vio el tiro fallado. Se ahorró el izquierdo porqué la becada estaba ya tapada por los robles.


Xana miró a su alrededor. Desconocía aquella parte del robledal. Estaba fuera de sus querencias y se sintió aterrorizada. Pero el miedo dio paso a un desesperado sentido de supervivencia que la obligó a desplazarse en busca de refugio. Pero su perseguidor ya la había localizado y se movía lento, gatuno, al compás de sus zigzagueos, delatando su posición a cada paso que daba. Ahora la estaba viendo y su acompañante de dos patas se mantenía cerca, expectante a las evoluciones de ambos. Xana sintió los ojos del perro puestos en ella. Había plantado cara, se había intentado zafar de sus perseguidores con las mejores argucias que conocía, pero se sabía acorralada. Pensó en Irtys, su hermano, y se preguntó si él también habría conocido tan bellos parajes, si habría podido cruzar el mar.... y en un acto desesperado levantó el vuelo.


El Gringo no lo tenía claro. Recordó su promesa y le entraron dudas. Quizá sería prudente abandonar la persecución. Pero la tentación era demasiado fuerte, una becada blanca.... Llamó al perro y dirigió la marcha hacia donde había perdido de vista el pájaro por segunda vez. Cruzó el robledal y llegó a la linde con los pastos, si la becada había recorrido el mismo trecho estaría cerca, muy cerca. No contaba que hubiera salido a los campos, las becadas no son amantes de volar en espacios abiertos. Duc exploraba con su portentosa nariz los márgenes del bosque. Tardó un rato en dar con la primera emanación, pero la encontró. Con un brusco giro de la cabeza indicó al Gringo que el camino seguido había sido el correcto. El perro tomó los vientos, flexionó los cuartos traseros y gateó más de treinta metros, guiando el peón de la becada. El suelo era muy limpio, demasiado para dar cobijo al pájaro. Al llegar a una pequeña mata el perro se detuvo, con el vientre pegado al suelo. El gringo llegó como pudo, hacía más de cinco horas que andaba y, con ochenta y dos años a cuestas, sus pulmones se negarían a bombear aire dentro de poco. Tuvo suerte. La becada había quedado bloqueada entre el perro y la linde del bosque, no le quedaba más remedio que arrancar por el claro, donde estaban los pastos. Allí la esperó el Gringo y por allí salió.


El dolor no fue muy fuerte, solo tres pequeñas punzadas, dos en el pecho y una en su ala derecha, pero cortaron de golpe su huída precipitándola al suelo. Enseguida supo que algo no iba bien, le costaba respirar y no podía moverse. El animal del tintineo se acercó y la cogió con la boca. Sin apenas oprimirla la trasladó junto al extraño ser que andaba erguido. La luz de Xana, la becada blanca, empezaba a extinguirse, sentía que se apagaba. En los últimos instantes de vida pudo notar como el hombre la cogía con sus manos y la acariciaba. Ella lo miró y se cruzaron las miradas. No vio orgullo ni triunfo alguno en aquellos ojos, sino bondad y admiración. Y mientras el último resquicio de vida la abandonaba, comprendió que seguiría viviendo en la memoria de aquel ser que, tras dura batalla, le había arrebatado la vida pero sin embargo, la recordaría para siempre.


Duc cogió el pájaro, que había caído en el prado, y se acercó al Gringo. Se lo ofreció como hacía siempre, sentado y estirando el cuello. El viejo, con ochenta y dos años a cuestas y más de cinco horas de caminata, acercó la mano y le cogió la becada de la boca. Por primera vez en su vida se interesó por la pieza, la miró y remiró, aún le quedaba un último halo de vida. Fijó la vista en sus aterciopelados ojos y ambos se miraron por un momento. Finalmente el último resquicio de vida del pájaro se extinguió. EL Gringo le peinó las plumas, blancas como la nieve virgen, y la guardó en la trasera de la vieja chaqueta Browning. Se sentó en una piedra y contempló el ganado que pastaba impasible en los prados, eran las nietas de aquellas ovejas que, muchos años antes, habían sido amenazadas por un oso. Sacó la petaca de latón y apuró su contenido. Pensó que por la tarde tendría que acercarse a la taberna, tenía una sorpresa para Flavio. Desamartilló el cañón izquierdo de la vieja Jabalí, sacó el cartucho de cartón del derecho, aún humeante, y se lo metió en el bolsillo. Se levantó, llamó a su setter, y ambos, separados no más de cinco o seis metros, emprendieron el camino de regreso a la cabaña.

EPÍLOGO

El niño que no conocía a su abuelo salió del chalet adosado donde vivía con sus padres. Tenía ocho años y jamás había visto una escopeta ni había oído hablar de caza. El trasto oxidado que había junto a la puerta le llamó la atención. Entró en la casa y le dijo a su padre que el jardinero se había dejado una herramienta en el rellano. Su padre salió afuera, era el mes de diciembre y el frío helado de la mañana le golpeó en la cara. Miró al suelo, recogió la vetusta Jabalí de perrillos con la culata agrietada y entró en la casa. -Cámbiate- le dijo al niño- nos vamos al pueblo donde nací. Tenemos un padre y un abuelo que conocer-