La primera montería de Manuel

Rayón

 

Una tarde del mes de Noviembre del año 1.966, al regresar Manuel de cazar a su casa se encontró en ella con su tío Luis. Tras saludarlo le preguntó Manuel que le llevaba por allí. Su tío le contesto que tenía un problema que él podía resolverle, que había quedado en llevar su rehala el domingo siguiente a una montería y que le había surgido algo que se lo impedía, y que como José, el perrero, no tenía carnet de conducir, había pensado en él para que llevara el furgón con los perros, que del resto ya se encargaría José.

La respuesta fue rápida, pues antes de que su tío acabara de pedírselo ya le había dicho que sí, que no se preocupara, que él los llevaba.

A las cuatro de la madrugada del sábado al domingo siguiente llegó Manuel al lugar donde tenía su tío el furgón y los perros, encontrándose a José con todo ya preparado, incluso con los perros cargados en el furgón. Tenía montada una pelotera de tres pares de narices con dos de los perros que no dejaban de pelearse, lanzándoles amenazas casi de muerte, pero al entrar Manuel y oír su voz, extraña para ellos, fue mano de santo, pues dejaron de pelearse y se quedaron callados.

Desde el pueblo tomaron dirección hacia la N-IV y, cuando llegaron a ella, la de Andújar. Por el camino le fue diciendo José a Manuel que le había dicho su tío que debajo del asiento del furgón tenía el rifle y el morral con la munición y resto de "apechusques", y que cuando llegaran a la finca debía presentarse al organizador y disculparlo por no haber ido, explicándole el motivo, y que a su vez le dijera que cuando hiciesen el sorteo de los puestos tuviera en cuenta que el de su tío lo iba a ocupar él.

Cuando Manuel se quiso dar cuenta estaban llegando a la entrada de Andújar, al cruce de la carretera que sube hacia El Centenillo y el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Al llegar allí le dijo José que parara en un bar que hay en el mismo cruce para tomar un café. Paró Manuel el furgón y entraron en el bar donde encontraron bastantes monteros que debían ir a la misma montería que ellos o a otras de las que se daban por la zona. José sin preguntarle a Manuel que quería tomar pidió dos cafés con leche y dos copas de anís seco. Manuel por no despreciarlo se tomó el café y la copa sin saber la que le esperaba, ya que al no estar acostumbrado a tomar alcohol y menos a esas horas, cuando tomaron la carretera de Las Viñas y recorrieron unos kilómetros por ella la copa se convirtió en un gato dándole tarascadas en el estomago, tanto fue así, que cuando pasaron frente a la casa de la finca Los Escoriales tuvo que parar y bajarse a echar hasta la última gota de la copa. Cuando regresó al furgón le dijo a José que más que una copa parecía que se había tomado una destilería entera, que por lo menos eso era lo que a él le parecía que había dejado debajo de la encina donde se había apoyado para retorcerse dando arcadas.

Unos kilómetros más adelante le dijo José que fuera despacio, que ya estaban llegando al desvío que iba hacia la finca. No había acabado de decirlo cuando vieron una improvisada señal que se lo indicaba. Siguieron el carril y, a un par de kilómetros, en la portada de la finca, había otra señal, pero reforzada por un señor algo mayor que los paró y les dijo que siguieran por ese carril, pero que a unos doscientos metros habían de dejarlo para seguir por otro que salía a la derecha que era el que los llevaría hasta el lugar de la junta.

Tomaron el carril que les dijo el señor de la portada de la finca y nada más coronar una pequeña rampa empezaron a ver dos enormes fogatas que había en el lugar de la junta. Cuando iban llegando le dijo José a Manuel que no siguiera hasta las fogatas, que se desviara unos metros antes hacia un furgón y un pequeño camión que había a la derecha del carril que debían ser de otras rehalas.

Nada más bajarse del furgón Manuel subió una pequeña cuesta hasta donde estaban las lumbres y algunos monteros de los más madrugadores dándose un calentón. Al llegar dio los buenos días y preguntó por el responsable de aquello. Un señor se retiró de la lumbre contestándole que era él. Manuel le explico lo que le había dicho su tío, y el señor le dio las gracias por el recado y por haber llevado él la rehala, añadiendo que por el sorteo y el puesto no tenía que preocuparse, que ya lo buscaría él al final y le daría la tarjeta con la armada y número de puesto que le hubiese tocado.

Cuando se hizo día y empezaron a llegar coches, Manuel se quedó como tonto mirando la gente que se bajaba de ellos. Algunos parecían verdaderos modelos a punto de desfilar por una pasarela, tanto era así, que Manuel no hacía nada más que mirarse su pantalón ancho de pana y el viejo chaquetón que utilizaba para la caza pensando que él allí daba el "cante", que se había equivocado de sitio. Pero lo peor vino cuando se pusieron a comer las migas, pues empezó a oír conversaciones que más que eso parecían conferencias, que lo dejaban aun más fuera de sitio. Algunos de aquellos "maniquíes" hacían corrillos de gente a la que mantenían con la boca abierta escuchándolos contar sus miles y miles de aventuras, lances y tiros, algunos más propios de "Búffalo Bill" que de un montero. ¡Ah! y cazar, habían cazado (por lo menos) en todos los continentes. ¡Para que contar! Aquello eran verdaderas competiciones de contar aventuras caceras resaltando lucimientos propios. Aunque si digo la verdad, aún no conociendo Manuel ese mundillo, le parecían más competiciones de contar mentiras que de otra cosa. Aunque también y, haciendo honor a la verdad, había otros muchos a los que como se dice en el mundillo taurino se les notaba conocimiento, oficio y sabiduría de todo lo referente a la montería.

Después de comer las migas Manuel se sentó al lado de la lumbre sin preocupación alguna de sorteo ni de nada, hasta que aquel educado y buen hombre que lo había recibido cuando llegó de madrugada se acercó a él y dándole una palmada en el hombro le dijo que cogiera la tarjeta con la armada y puesto que le había tocado, y que se pusiera en contacto con el conductor de un Land Rover verde que había parado un poco más arriba. Manuel fue hacia él, le enseñó la tarjeta, y le pregunto si podía subirse ya al coche. Aquel hombre le contestó que sí, que se subiera al asiento delantero, que por el puesto que le había tocado sería el último en bajarse.

Al rato salieron los componentes de aquella armada en dos coches que fueron dejándolos a lo largo de una loma hasta que llegaron al final de ella. Allí paró el conductor el coche en el que ya solo quedaban Manuel y otros dos monteros, uno de ellos acompañado por un hijo de unos diez años. Les dijo que a partir de allí había que ir a pie hasta los tres últimos puestos. Aquel hombre se retiró un poco del coche y llamó a Manuel para decirle que le iba a explicar donde estaban los puestos para que pusiera a los otros dos y luego se subiera al del centro que era el suyo. También le dijo que esperaran hasta que él fuera a recogerlos una vez acabada la montería, que se asomaría allí donde estaban y les daría una voz para que subieran. Al final les dio la mano a los tres, les deseo suerte y se marchó.

Manuel les dijo a los otros dos hombres que lo siguieran, que él les indicaría donde tenían que ponerse. Al bajar hacia los puestos Manuel se dio cuenta que el que tenía que ocupar el puesto final era uno de los que en la junta estaban formando corros dando clases de caza y comportamientos monteros. Comportamientos que al final demostró no conocer para nada. Bajaron hacia abajo y colocó al primero, que era el que iba acompañado por su hijo, y después de dejar al segundo se subió a su puesto donde preparó todos sus bártulos lo más a mano posible esperando con incertidumbre el comienzo de su primera montería.

No llevaban media hora puestos cuando se empezaron a oír los primeros tiros y a ver en la solana de enfrente las primeras ciervas dando bandazos de un sitio para otro sin saber muy bien que estaba pasando. Pero al momento asomó un "venao" bastante bueno que se dejó caer sesgado hacia la derecha solana abajo a pasar (según los cálculos de Manuel) por el puesto de más arriba. En aquel momento fue cuando Manuel empezó a darse cuenta de quien tenía por vecino de puesto, ya que el Búffalo Bill de más abajo empezó a pegar tiros haciendo surcos en la tierra y levantando polvaredas detrás del "venao" como si fuera el único montero que había en la armada con derecho a tirar. Menos mal que aquel bicho siguió fiel su "viaje" y acabo entrando al puesto de más arriba que fue el que lo abatió.

La segunda aparición la hicieron (casi juntos) un marrano y un "jabardillo" de ciervas con las que bajaban un par de "venaos". Aunque la dirección que llevaban era la del puesto de abajo, el buen hombre tampoco tuvo nervios para aguantar hasta que se pusieran a tiro, pues a media solana y casi a doscientos metros ya estaba a tiros con ellos. Lo peor fue que a uno de los "venaos" le pegó un tiro en un jamón dejándoselo como el badajo de una campana, no siendo capaz después cuando le pasó por debajo del puesto a veinte pasos de rematarlo, dejándolo ir a morirse sepa Dios a que barranco a ser comido por los buitres.

Lo único bueno de aquel tiroteo que armó aquel buen hombre, fue que hizo que el marrano que bajaba hacia él se desviara hacia Manuel. Cuando Manuel vio venir aquel marrano se encaró el rifle pero sin parar de mirarlo por fuera de la mira, ya que él quería verlo cumplir "en vivo y en directo", como había visto hacerlo a un montón de ellos, hasta que por su proximidad pudiera verle brillar la pelambre y espumear la boca. Y así fue, pues lo dejó cumplir hasta tenerlo a unos treinta o cuarenta pasos que fue donde le soltó el "pildorazo" haciéndole rodar como una pelota.

Después volvió a tirar el puesto de arriba otros dos "venaos", quedándose con uno de ellos, y el de abajo tiró otro a media solana al que Manuel vio como le pegaba el tiro el la tripa haciendo que la encogiera y se diera la vuelta rebozando la solana por la parte de abajo.

Con la montería a punto de terminar paso un buen "pavo" a media solana. El puesto de arriba le soltó tres tiros sin tocarlo. Cuando pasó por delante de Manuel a casi doscientos metros, animado por el montero de arriba que no paraba de decirle y repetirle que le tirara, se encaró el rifle, le metió el codillo en la cruz, y al hacer una pequeña parada lo afino al máximo y le tiró. La sorpresa de Manuel fue cuando vio aquel enorme venado dar tumbos hacia abajo hasta quedar con las patas para arriba atrancado contra una retama.

Cuando Manuel vio el venado abatido, se puso el rifle sobre las rodillas y mirándolo pensó que aquello si que era una buena herramienta, que no tenía nada que ver con su escopeta de perrillos. Pero de lo que también se dio cuenta es que abatir aquel animal a tanta distancia le había dejado un raro vacío, que había sido el primer animal que había abatido sin sentir una gran emoción y sin saborear el lance como él tenía por costumbre hacerlo. Había sido algo tan frío como hablar con un amigo de la infancia sin mirarle a los ojos y, sobre todo, sin notar ni ver sus gestos, o sea, lo mismo que cuando le hablas por teléfono.

Una vez acabada la montería Manuel esperó a que llegara el señor que tenía que venir a llamarlos para subir hacia el lugar del que habían partido por la mañana. Nada más llegar y llamarlos se levantó del puesto, esperó al de más abajo y subieron hacia el coche que los estaba esperando. Al pasar por el puesto de más arriba el montero que lo ocupaba le dio la mano a Manuel felicitándolo por el buen "venao" que había abatido, diciéndole que era un buen ejemplar, que su hijo no había parado en todo el rato de mirarlo con los prismáticos y comentar que era un buen trofeo. Manuel se quedó mirando al chaval, al hijo del que acababa de felicitarlo y le dijo que le regalaba el trofeo a él, que cuando subieran el venado pidiese la cabeza diciendo que se la había regalado el chaval que había ocupado el puesto de más abajo de su padre.

Nada más llegar al lugar de la junta Manuel se dirigió al organizador para darle las gracias por todo, despedirse de él y decirle que cuando subieran las reses un niño iba a pedir la cabeza del venado que había abatido él, que se la había regalado.

Después esperó a que acudiese José con los perros, y nada más hacerlo los cargaron en el furgón y se marcharon para su pueblo, Baños de la Encina (Jaén).

Por el camino le fue diciendo José que no pensara que en todas las monterías se tenía la suerte que había tenido él, que de muchas se volvía uno bolo, incluso sin tirar, así que podía darse por satisfecho con el resultado de su primera montería.




P.D: Este relato fue publicado en la revista del Club R G A en Julio de 2.002