El loco y el Tun

Loloco

 

Ya hace mucho que premié al Estado con tres meses más de mili, por culpa del que debía de haber sido mi último salto como miembro de la segunda bandera paracaidista y a fe que lo fue, lo malo es que con él se fue el ligamento interno de mi rodilla derecha quince días después me licenciaba con honores en la cama del hospital militar de La Coruña, en el que entré como soldado y salí como civil dos meses y medio después.

Era el mes de Marzo y arrastrando la pierna derecha, con el uniforme y poco más (mi petate y pertenencias me las habían enviado desde Alcalá de Henares a mi casa de Asturias) me metí en el tren camino del hogar, primero hasta El Ferrol, de allí a casa en el Alsa toda la noche, viejo había entrado en el ejercito, agotando todas mis prorrogas hasta terminar la carrera, así que como me habían dado una extra por el accidente y como había ahorrado algo (por increíble que parezca) en mi periplo miliciano, tenia decidido pasar al menos toda la primavera y el verano planchando oreja y bebiendo culines de sidra en mis norteños lares, y tantas ganas tenia de llegar a casa que cuando me di cuenta, me vi en la parada de Grandas, donde me esperaba sentado en el Land Rover, mi tio Manuel y en la parte de atrás, adormilado y sabueso de grandes orejas, lomo largo ,cuerpo rechoncho, patas cortas y dobladas que desde hacia un año más o menos era el compañero inseparable de mi tio y al que yo preste poca atención, eran las seis de la mañana así que tras un café con orujo y un par de pitos y rápidamente nos pusimos en camino, que eran muchas las ganas que yo tenia de ver a los míos, así que de uniforme y con el pelo más largo de lo normal y barba espesa debido a que durante mi estancia en el hospital me había negado a cortar ni un cabello, sentado de pasajero en aquel Santana verde, con la negra gorra calada al estilo paraca, parecía el mismísimo Che Guevara, faltandome solo la estrellita roja bajo las águilas de plata, pero dada la fecha en que estabamos y lo revuelta que andaba la gente por la proximidad de la muerte de Franco, prudentemente obvie el echo.

Dos meses de vago y sidra añadieron varios centímetros a mi barriga, de lo que me percaté debido a las malas digestiones que yo achacaba a la fabada y las morcillas del año y que alivié al aflojar el cinturón un par de agujeros, eso y la pierna que no acababa de ponerse del todo bien decidieron que si al menos no daba un palo al agua, tenia que pasear para compensar la buena cocina de mi madre y abuela (ambas competían a la hora de hacerme probador de su carne con patatines, su pote, sus fabes, sus tortillas de patatas y sobre todo el arroz con leche, del que no me he saciado hasta la fecha). El Tun se convirtió en mi compañero de siestas, llagares y partidas de mus, quedando a mi cargo ya que mi tío estaba sacando madera en unos montes cercanos, así comenzamos los dos a dar largos paseos matutinos y vespertinos, evitando llevar la los perros de pluma o al resto de los “sabues” que seguro me hacían echar mas de una carrera tras ellos, y confiando en la parsimoniosa actitud de mi socio, y de nuevo con esos paseos comenzó a despertar el gusano que había estado dormido casi dos años.

Uno de estos días me decidí a subir las duras cuestas del palo, por donde solíamos comenzar nuestras cacerías invernales, asombrado estaba de lo que me costaba subir el camino del puerto, al llegar a las Felgueras, el “Tun”, que apenas se separaba lo justo para evitar ser pisado, empezó a mover el rabo, levantando ese rabo gordo y con esa alegría que solo tiene los “sabues” cuando pican un rastro, y así quedo en una campa, dando vueltas a una mata de floridas escobas, eran las siete de una gloriosa mañana del mes de mayo, el sol secaba el rocío mañanero y el monte se despertaba, yo no abandonaba la senda, procurando que esas gotas de vida que prendían de las hierbas no empapasen mis chirucas (sin gore-tex, de las de lona), así que senda arriba deje hacer al perro, confiado en que estaría olisqueando algún topillo campestre, ya estaba yo bien arriba cuando oí el primer latido, luego otro, eran unos latidos graves, más parecidos la sierena de la vapora del puerto de Luarca que a la voz de un “sabues” asturiano, era un latir desganado, que no redoblaba como los que yo estaba acostumbrado a oír, que poco se parecía al acompasado y fino latir de la Xana, (donde estarás Xana mía, que cada vez que me acuerdo de ti se me saltan las lagrimas), ni al grave vozarrón del Mus, ese sabues con griffon de jabalí, que tantos gochos nos puso a tiro, pero el Tun latía rastro, y aunque yo andaba ya picado y bien picado en la mayor, sabia cuando un perro levanta y liebre y el Tun había levantado una liebre, la rabona lo espero hasta que le piso el rabo, le metió una carrera que lo dejo clavado en el sitio, y la perdimos de vista en un pedregal casi en los altos, el “Tun” ni dio un salto tras ella, se limito a a espetarle otro UHHHHHH, sin moverse del sitio, yo que llevaba dos años sin salir de caza menor y que había conocido a los perros de mi tío, todos sabuesos ligeros y rápidos y sabedor de que Manuel jamas había tenido un mal perro, porque no era un hombre que aguantara mucho a un mal perro, no me imagine que hacia con este can apático, de torcidas patas gordo, lento y sin afición y solo se me ocurrió que lo había conquistado con esa mirada de pena que tenia el Tun, esas orejas grandes que rozaban el suelo y ese ademan de “pasar de todo” , pero yo me equivocaba, el “Tun” era Gordo, lento y pesado, el mas lento de los gatos se le habría escapado sin apurarse mucho, pero el “Tun” tenia dos cosas que Manuel siempre había apreciado, Afición y … Nariz, eso me lo demostró aquella mañana primaveral, metió la nariz en el rastro, y al trote, sin alzar ni una sola vez la vista, echo a caminar monte arriba, arrancando con desgana un toque de sirena cada veinte metros, y eso basto, para que el que esto escribe, no tan gordo como el Tun pero oxidado por la falta de uso, comenzara a seguir al can, sin mas arma que una vara de avellano en la que apoyaba mi media pierna.

Eran las diez de la mañana y el sol ya calentaba bien aquella mañana del mes de mayo, yo seguía al perro mas por miedo a perderlo, mas que por ir tras la liebre, pues bien seguro estaba de que la rabona le daría esquinazo a semejante “ejemplar”, pero el Tun perseveraba, usaba el arma que la naturaleza le había dado, y cualquier arma bien usada es mortífera en manos de un experto, así que metiendo su trufa en el rastro, echando aire por los belfos y levantando polvillo, buscaba la emanación, (algo que solo le he visto hacer a los Blood-hound en terreno duro y en días de calor) y daba una lección de cómo se sigue un rastro, y tanto empeño puso que de nuevo la levanto, y esta vez la orejuda no espero tanto en la cama, que ya venia el perro trayéndola a vientos, así que de nuevo otra carrera a la desesperada, más larga esta vez , cruzo un llano, entre los piornos y brezos, y de dos saltos atravesó la carretera que cruzaba el puerto, en el alto del palo, para irse derechita monte arriba perdiéndose entre brezo y escobas, bien pero que bien lejos.

Casi suplique que el perro no diera con el rastro, debido a que mi forma física dejaba mucho que desear y el Tun me estaba haciendo sudar de lo lindo bajo la gorra militar. El amargo sabor de los Celtas sin filtro se pegaba en mi garganta, seca ya hacia una hora , caminaba mal, y no por culpa de la pierna, sino por los constantes cambios de ritmo que me pegaba el perro, que ahora me obligaba a pegar una carrera , ahora me hacia detenerme para recuperar el resuello, por muchas voces que le daba, este como buen sabueso con su rastro se hacia el sordo, y así sin despeinarse, fresco como una lechuga seguía a buen ritmo tras su pieza, si acaso echaba la lengua un poco más que de costumbre, la mía peligraba un palmo fuera de mis dientes. Pero para mi desgracia, el Tun no era un perro que perdiera el rastro fácilmente, así que llego a la carretera y en pleno asfalto, que ya echaba humo, pego su trufa al humeante betún y volvió a captar la dulce emanación que dejaba la presa y cargando al paso monte adentro, volvió a lanzar un sirenazo en señal de victoria, y otra vez la levanto , nunca había visto tal cosa, yo cazaba la liebre “a la vuelta”, con los rápidos sabuesos de mi tío que la volteaban después del levante, para traerla hacia la escopeta, mas o menos lejos de su primer encame, eso si venia volando, pero no era un tiro demasiado complicado, si los perros la trabajaban bien, en media hora, mas o menos podían traértela de vuelta y con un tiro del siete se acababa la persecución, pero esto, esto era otra cosa, el Tun no forzaba a la liebre, no la hacia voltear, le iba metiendo levantes, acosándola lentamente, (podrás correr , pero no esconderte) parecía decir el sabueso cada vez que levantaba la cabeza para lanzar un latido.

Tan cansado estaba yo, que decidí a poner fin a la cacería, eché mano de mi cinturón y me propuse interceptar al can, que evolucionaba a veinte metros de mi, y sacarlo del rastro (en mi propio beneficio), pero casi estaba encima de el cuando de nuevo saltó la liebre, y esta vez ya no corría tanto, de hecho parecía que caminaba como el primo Joaquim “el de Lienes”, (un primo de mi madre que hacia tertulia con panaderos y parejas de la guardia civil para aparecer en casa de amanecida como los murciélagos, usando todo la anchura de las calles de Navia, viviendo a base de bollos preñaos y de vino, el pobre murio tuberculoso, por culpa de las noches que había pasado durmiendo en las cunetas, aficiónn de la que solo la parca consiguió apartarlo), la liebre intento escapar por el llano, volviendo sobre su rastro, pero las fuerzas le fallaban, el Tun la revento en cinco levantes, y al final tan fresco como había dado con el rastro en la cuesta del la Pola, llego ante la liebre la agarró entre sus fauces y la dejó a mis pies mientras el que esto escribe, absorto, recuperaba el resuello.

Yo, sentado en una piedra, casi tan reventado como la liebre, no daba crédito a lo que acababa de ver con mis ojos, escondí como pude la pieza (no estabamos en temporada de caza, pero ¿quién se imaginaba que tal perro cazase a tan temible adversario) y con la lección bien aprendida bajé tan contento como el perro, saboreando el lance puerto abajo, mirando con aire sorprendido al perro que, sin mostrar mucho interés, caminaba como siempre, a distancia de zapato.

Cuando le conté a Manuel mi hazaña (o la del perro más bien) no se asombró lo más mínimo y, si el perro me dio aquella mañana una lección, Manuel a la tarde me dio otra, en la que no reparé aquel día, pero en la que con los años no me ha quedado más tiempo que reparar, -Lolo- me dijo mi tío, - llevas dos años lejos y son pocas ya las liebres que quedan, que la carretera nueva de La Pola mata más que el mejor “Sabues”, así que Nin ahora salgo con el Tun, echo a correr una y como voy sin escopeta disfruto mas con ella que con las tres que mataba con los otros canes- Y es que mi tío tenia razón, No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.

Loloco.