El sueño del regreso

Rayón

 

En ocasiones mientras dormimos tenemos sueños que son verdaderas incógnitas o misterios. En algunos casos son bellos y placenteros, hasta el punto, que al despertar tratamos de volvernos a dormir para seguir soñando y disfrutando de ellos. En otros son historias e imágenes más propias de ciencia ficción que de otra cosa, pues lo que soñamos parece que lo estamos viviendo en otras galaxias o mundos desconocidos. Y, en otras ocasiones, los sueños que tenemos son horribles, de los llamados pesadillas, sueños que al despertar tratamos por todos los medios de olvidar y no recordar jamás.

Pero cuando soñamos con los ojos cerrados pero despiertos (algo que muchas veces hacemos los humanos) siempre suelen ser bonitos, ya que son sueños provocados y, sobre todo, controlados por mágicos y nostálgicos deseos.

Este último tipo de sueños son los que tiene Manuel y otros muchos que como él un día cuando dejaron de ser chavales y se hicieron hombres tuvieron que dejar la sierra o sus pueblos serranos. Sueñan con el día que queden liberados de sus obligaciones laborales, es decir, con el día que se jubilen, para poder volver a la sierra o a su pueblo con la maleta que un día los acompañó hasta la estación a subirse a ese tren que los vio llorar como niños según iba alejándolos de esos lugares donde tenían sus hondas raíces. Una sierra y unos pueblos que han recordado a lo largo del tiempo desde la lejanía llenos de nostalgia.

Los que dejaron la sierra recuerdan a diario los grandes espacios en que se movían y la libertad que les daba cada vez que miraban hacia el horizonte lejano. Y, los que tuvieron que dejar sus pueblos serranos, los recuerdan con su gente sentada en las puertas de las casas que lo componen en las noches de verano, haciendo corro y manteniendo animadas tertulias mientras respiraban el aire impregnado en ese confortable olor que desprendía la jara quemada en los hornos que por entonces cocían el pan. Un olor típico de las noches y madrugadas de todos los pueblos serranos de antaño, que todos los que rondamos los cincuenta, los que somos de la quinta de la leche en polvo y el queso americano que daban en las escuelas o los que llegamos demasiado crecidos a la época del Danone y a los complejos vitamínicos de bote, recordaremos hasta la eternidad. Lo mismo que recordamos aquel otro confortable olor que algunas madrugadas mientras dormíamos entraba por las ventanas y balcones lanzado por la fértil tierra de los prados cercanos mojada por alguna tormenta veraniega.

Manuel sueña, lo mismo que creo soñarán todos los que como él están fuera de sus pueblos serranos, con ese mágico día que pueda volver a Sierra Morena y a Baños de la Encina (Jaén) con tan solo el recuerdo en la penumbra de su memoria de esos años pasados fuera de él, que por pura lógica y, ley de vida, habrán ido mermándole sus facultades físicas y, lo que es aún peor, las mentales.

Sueña con ese día en que con la maleta en una mano y la otra sobre el hombro de su mujer se acerque hasta la puerta de su casa del "Barrio del Petete" y la abra sin pensar como tiene que pensar ahora cada vez que la abre, en el día y la hora en que tiene forzosamente que volver a la ruidosa gran urbe en que todavía vive.

Serán para él tiempos de sosiego, paz y tranquilidad, en los que supongo podrá leer todos esos libros (sobre todo del gran maestro Delibes) que siempre quiso leer y que nunca ha leído por falta de tiempo. También (aunque tenga que hacerlo ayudado por un bastón) podrá andar por la sierra sin prisa como lo hacia durante las dos etapas más bonitas de su vida, las de su infancia y juventud, que era cuando vivía en ella. Y podrá mantener animadas y largas charlas sobre la caza y la sierra con los amigos de la infancia sentados en la mesa de algún bar tomando un vinillo, o sentados sobre la dureza de las piedras de asperón de La Cruz de las Azucenas mientras toman el sol o la sombra según la estación del año a la vez que también se cuentan sus dolencias. ¿Quien sabe? Lo que sí tiene claro y seguro Manuel, es que si ya sus facultades no le permiten andar por la sierra y cazar como cazaba antaño, algo que sería su mayor ilusión, hará lo que hacen todos los mayores, hablar de aquellos años en que era joven y valiente, de aquellos en que nada se le ponía por delante.

También sabe que hablará de algo que hablamos todos los hombres cuando no tenemos nada importante que decirnos y estamos colmados de monotonía, de nuestras aventuras y vivencias en la mili; de la música que hacían en nuestro tiempo de juventud los Beatles, comparándola lógicamente con la que escuchan ahora los jóvenes y diciendo que aquella era mucho mejor que la de ahora; hablará también con sus amigos y compañeros de fatigas caceras de antaño, con Valentín, Andrés y Enrique, de aquellas inolvidables jornadas de caza que pasaron juntos por Sierra Morena; de aquellos encuentros en el viejo molino del río donde se contaban todos sus secretos y comentaban cual era la chavala más guapa del pueblo y, como no, donde cada uno se fumó su primer Celtas largo o del paquete "colorao" mientras se miraban unos a otros tosiendo sin parar pero pensando que ya eran hombres; incluso comentaran cual fue la alineación de la selección Española de fútbol que ganó la final de la Eurocopa de Naciones a la de Rusia. Aunque en lo que estarán todos de acuerdo y no habrá discrepancias, es que la mayoría vieron aquel histórico partido en el bar de Luis "Chapa", que era donde había uno de los pocos televisores que por entonces se conocían en Baños de la Encina (Jaén).

Lo que Manuel dice no querer ni pensar, es que todas esas ilusiones que tiene pensado hacer algún día realidad, se vean (Dios no lo quiera) truncadas por alguna enfermedad, por el atroz rendimiento ante la demencia que a veces provoca la edad avanzada, por la soledad y el olvido (a veces confortable y hasta necesario) de un asilo, o por tener que vivir con algún hijo en alguna lejana y ruidosa ciudad como la que vive ahora.

De todas formas, lo que sí os quiero decir desde estas líneas a todos los que un día tuvisteis que emigrar de la sierra como lo hizo Manuel, es que aunque no podáis disfrutarla en la actualidad a diario como lo hacíais antaño cuando vivíais en ella, hagáis lo que ahora hace Manuel a diario, cerrar los ojos y volver hacia atrás en el tiempo para revivir y vivir aquellos días una y otra vez como si no hubiese pasado el tiempo, pues esa es la única y mejor terapia que hay para los que como Manuel tanto añoran la sierra y el tipo de caza que un día tuvieron el privilegio de vivir y practicar. Una caza que para ellos nunca fue un deporte, ni tan siquiera una afición, sino un instinto genético de sus antepasados para poder a veces hasta sobrevivir.