Por Las Batuecas

Emilio Negrillo

 

Tilín… tilín… tilín… ‘Fieles cristianos, acordémonos de las Almas del Purgatorio con un Padrenuestro por el amor de Dios’.

21.00 horas. Con esta plegaria nos recibía una mujer armada de esquila, vestida de negro y cubierta con un capuchón, en las deshabitadas calles de este maravilloso pueblo salmantino: La Alberca.

Tres horas antes, saliendo de Madrid por la A-6, habíamos vivido nuestro particular Purgatorio en un espectacular atasco. La Moza de la Esquila nos hizo sentir un estremecimiento, junto al suave rumor de nuestros pasos.

La caza selectiva de monteses nos había traído a este legendario lugar de conocida mitología. En esta ocasión me acompaña Paco. Él también recechará otra hembra. Buen amigo y mejor cazador. Defensor de la caza deportiva y conservacionista, apasionado de la alta montaña.

Nuestra andadura nocturna no podía empezar mejor. La Esquila de Las Ánimas nos daba la bienvenida y comenzaba nuestra andadura nocturna para reponer fuerzas antes de campear al día siguiente. Boletus, morro de cerdo, ibéricos y carpaccio de morucha fueron las viandas elegidas para reponer fuerzas. Todo ello regado con el excelente clarete de la tierra.

Temprano, nos retiramos al hotel para revisar —por última vez— los ‘archiperres’ para la ocasión. Ambos trajimos los 300 WM, aparcando el 243 él, y el 7 RM por mi parte. Ya he comentado en otras ocasiones que este rifle ha desbancado —en mi caso— a todos los demás. Lo uso para todo. Cambio de balas según convenga y nada más. Pensaréis que sobra. Lo sé. Pero cada vez tiene menos detractores, y hubo muchos.

La bala que usaré en esta ocasión es punta de plástico en 180 grs. Por lo demás, prismáticos, bastón, botas de trekking (usadas), un impermeable, barritas energéticas, frutos secos, agua, pantalones de montaña y forro polar ligero. Todo ello en una mochilita de nada. Para peso ya está el Santa Bárbara.

Después de una larga noche, despertándome cada dos por tres —nunca me voy a acostumbrar a las vísperas—, amanece un espléndido día con 12 grados a las 7.00. Hemos quedado con los guardas Ramón y Jesús que, una vez hechas las presentaciones y revisada la documentación, nos acompañan hasta la zona por ellos elegida para el rececho.

Abandonado el pueblo, aparece majestuosa Peña de Francia, lugar de leyenda desde que hace siglos los Dominicos construyeron este Santuario a raíz del descubrimiento milagroso de una imagen de la Virgen, enterrada en esta montaña años antes. Este paraje forma parte del P.N. de Las Batuecas, que ocupa una superficie de 32.000 has. El más pequeño de España, pero no por ello el menos impresionante.

A media ladera, Ramón decide echar pie a tierra y comenzar la caza. Un consejo para evitar accidentes: llevar siempre el rifle terciado, nunca sólo al hombro. Ante nosotros, una extensión de brezales con aliagas coronadas por grandes masas pedregosas. Trascurrido un buen trecho, decidimos subir a la cuerda. La temperatura se hace cada vez mayor y las cabras se encuentran mejor en los pastos más altos. Un par de machetes nos observan desde la risquera. De vuelta, aparece un rebaño de hembras que no nos interesan. Desde que se introdujo esta especie en la Reserva, la población no ha dejado de aumentar, llegando a este paraje. La repoblación se inició a la caída de la altísima sierra que conforma la Peña, en la vertiente del mediodía.

A escasos metros del nombrado Santuario, reemprendemos el rececho por una senda (P.R.) marcada con la concha del Apóstol Santiago. Qué emoción. Al fondo, en el Valle, se distinguen rebollos, robles, acebos, serbales y arces. También hay repoblaciones de pinos. Con tanta observación como llevo, ‘estoy en Las Batuecas’, pero en sentido literal. Vamos, que no me entero de nada. No he visto dos grandes machos en el pecho de enfrente que Ramón acaba de descubrir.

A un kilómetro escaso del inicio, nada más atravesar una enorme pedrera, surge una trocha que asciende a un canchal donde un rebaño hace su presentación. Ramón me advierte de la presencia de una hembra que reúne los requisitos para ser selectiva, es una ‘machorra’. La distancia es de más de 150 metros. La ausencia de vegetación y las piedras sueltas impiden el acercamiento.

«La caza hay que abatirla donde se ve», decía mi abuelo, le comento al guarda. Nos apostamos en un farallón de piedra y seguimos observando con los prismáticos. Apoyo el rifle y lo pongo en el 6. Espero a que se atraviese y la orden oportuna que no se hace esperar. El trallazo del 300 rompe el silencio. Esperamos unos minutos, cruzamos el pedriscal y, a nuestros pies, tenemos ocho años de historia de estas sierras. Un tiro feo traserillo, que ha solucionado el plástico de la bala. Os la recomiendo si no hay obstáculos de por medio. Estas balas están reñidas con la hojarasca.

Ramón me ofrece la mano, nos abrazamos y me doy a ese ritual particular donde pienso que los animales se entregan por voluntad propia y que, con nuestros gestos apropiados de reconciliación con la naturaleza, vuelven a nacer en un ciclo infinito de almas. No soporto el peso de matar.

La campana del Monasterio replica al unísono y sale en mi ayuda. Por mi parte me hago eco de las palabras de M. Legendre: «Con toda la confianza que da la súplica ya atendida, yo le pido a la Virgen de La Peña que me permita volver aún muchas veces a su Santuario».

A los pocos minutos, otro estampido recorre el valle. El sonido del 300 es inconfundible. Paco también ha concluido lo suyo.

De vuelta al coche, cruzamos la carretera como ‘delincuentes’, ocultando el trofeo para no herir sentimientos opuestos. Es lo que hay. Ya en el bar, felicitaciones y abrazos entre unos emocionados cazadores de alta montaña. Gracias de corazón a los guardas, sin ellos nada de esto sería posible.

Nos despedimos de esta ‘Tierra sin pan’ de Buñuel, con el compromiso de volver y de convencer a todos que los mitos y leyendas de este Valle Perdido no son tales. Que no es una ‘habitación de salvajes y gente no conocida’ y le pido disculpas a mi cuñado Manuel, cacereño donde los haya, que por culpa de algún funcionario de otros tiempos Las Batuecas se convirtieran en salmantinas cuando siempre habían sido extremeñas.