El sueño de una noche de verano

J. Lobón

 

Agobiado por tan grandísimo calor y después de muchas noches en vela, la ciudad se le hizo insoportable y el abuelo decidió ir a pasar unos días en el campo.

Allí —pensó—, con el frescor de la vega, con el agua corriendo por las regueras y las zayas y con la brisa que baja de la montaña, se dormirá muy bien.

Lo sabía de siempre, de otros años y otros veranos. Su vida estaba felizmente llena de recuerdos de esas noches de estío, entre los cantos de las chicharras y los sapos, en las que el relente le sorprendía mirando el infinito de las estrellas.

Además, se dijo, tengo pendiente un encuentro con el viejo jabalí que merodea por la charca de la chopera, muy cerca de la casa.

Cada verano es un reto nuevo que se viene resolviendo con diferente suerte. Temporada tras temporada, algún viejo macho solitario baja del monte y se establece en la abundancia de la vega. Más que una tentación se puede decir que es una provocación; se meten en la finca y hasta en el jardín de la casa.

El abuelo ha llegado a creer cosas muy raras sobre estos jabalís. A veces, dice que vienen al olor de los rabos de sus congéneres que tiene colgados en la cochera. Y es que, antes, cuando se cazaba una hembra se le cortaba el rabo como trofeo y se colgaba en una viga.

Era una costumbre, una versión humilde para el recuerdo, como la de poner los colmillos de los machos sobre su tabla y su chapa para lucir en el salón. Dice que las hembras le han dado muchas satisfacciones y cuenta historias de encontronazos con ellas que acabaron con ambos rodando por el suelo o con la cobarde subida a un árbol. Sea como fuese, el reto de cada verano estaba ahí.


El abuelo dejó la ciudad. Se fue al campo con la idea de dormir bien. Pero la tentación, que viene de arriba, es más fuerte que la razón. Antes se fue de espera. Preparó el puesto como mandan los más ortodoxos manuales al respecto y se sentó sobre su cómodo sillón de lona. Vio declinar por poniente a Venus y Júpiter y observó, una vez más, el inmutable girar del mundo, de nuestro mundo-tierra, en torno a la Polar.

Se oía el croar de las ranas en el río cercano, los chillidos de las garzas y el suave murmullo de la brisa sobre las hojas de los chopos. La placidez de la noche… y con ella un sueño feliz y profundo que acabó con las anteriores noches de calor y de insomnio.

Cuando —no se sabe a qué hora sería—, entró a la baña el viejo solitario, levantó la cabeza, en la que relumbraba lo blanco, dispuesto a observar los alrededores, y escuchó claramente el acompasado ronquido del abuelo que, por fin, dormía en su mejor noche de verano.