Cazando en el Llano de Venezuela

Emilio Villar Calvo

 

Estamos en diciembre y la temporada de sequía se siente en el alto llano de Venezuela. Ya no lloverá más en seis largos meses.

Las lagunas, se achicaron poco a poco y los vientos alisios secan la sabana de toda humedad.

Los caimanes buscan lo más hondo de los riachuelos o retornan al refugio seguro del anchuroso y próximo Orinoco.

Los peces de charco se sumergen en el légamo para aletargarse hasta las primeras lluvias y los asnos salvajes bajan ahora a pleno día a tomar agua mientras, los enormes capibaras en inmensos rebaños, olfatean al amanecer los escasos reservorios de agua.

En mi hamaca de moriche, me siento confortable, la brisa constante, aleja a los mosquitos y me mece con suave cadencia, mientras, veo como el negro Clavo, mi fiel compañero de aventuras, prepara el café y las arepas de maíz sobre las brasas del fogón de barro. Después, corta unas tajadas de plátano gigante y las asa sobre unas hojas de guayaba. Luego, sigue afilando en forma interminable su cuchillo de monte y su machete.

Pero ya el dia toca a su fin y son las seis de la tarde, es la hora del sol de los venados, llamado así por los llaneros, ya que es el momento en que los córvidos salen de la espesura y acuden al santo y seña del agua. La luna aparecerá a las ocho y es tiempo de acudir a nuestro apostadero.

Nos llenamos los bolsillos con polvo de curry para que ese olor dulzón confunda el fino olfato de nuestra presa y untamos ajo en las botas para alejar a los cascabeles, que puedan acercarse demasiado. Después iniciamos la marcha.

Ya al borde de la laguna, Clavo corta cuatro troncos medianos para hacer la plataforma y elegimos un árbol que queda contra el viento. Después, hacemos un recorrido sigiloso y confirmamos, por los rastros, que tres venados grandes están entrando a beber y la manada de pécaris —deben ser unos treinta— también están entrando. Mi fiel amigo revisa meticulosamente un gran árbol de ramas anchas y lisas —es un aceite— y el preferido de los pumas y cunaguaros para acechar sus presas. Esta arañado en todo su tronco y Clavo sentencia que un león, no hace mas de un día, estuvo allí de cacería.

Trepamos a nuestro árbol y comienza el milagro.

Aún se ve claro y la orquesta de aves al unísono empieza a despedir el día: cristofués, guacamayas, cotorras y periquitos de todo tipo amenizan la puesta del sol.

El cielo es de un azul tan intenso que lastima en los ojos y hace contraste con las copas amarillas de los flamboyanes y araguaneyes en flor.

Los asnos salvajes empiezan a rebuznar en la espesura, presintiendo el agua cercana, mientras una fila inmensa de colines viene a tomar el último sorbo de agua. Después en perfecto orden van desfilando las palomas llaneras, las gallinas de monte, las ponchas, las soisolas. Por último los rabipelados y algún que otro zorro sigiloso.

El aire huele a selva. Muy cerca, aún viéndonos, un enjambre de ibis rojo escarlata, se mezcla con cientos de garzas que buscan pasar la noche en las ramas protectoras que se extienden sobre el agua. Los paujiles del tamaño de un pavo, cebados de semillas de samán, cloquean en algún árbol cercano y de tarde en tarde un pez salta sobre el agua huyendo de un caimán pescador o de una nutria agresiva.

Las terecayas y tortugas de agua toman sobre los promontorios, con el cuello bien estirado los últimos rayos de sol.

De ahora en adelante no se puede fumar, pero Clavo saca su rollo de tabaco de mascar, amarra su chinchorro indio entre dos ramas y se queda adormilado.

La luna sale inmensa entre las copas enormes que bordean la laguna. De la espesura empieza el canto a coro de los enjambres de monos araguatos que se asemeja a un Tedeum selvático y solemne —según los lugareños lo hacen para alejar al puma y al tigre mariposo—, después un par de ellos se acerca hasta el borde del agua y, con un gesto muy humano, beben llevando el agua a la boca con la mano ahuecada. Lo hacen por turno, mientras el compañero está vigilante a la menor señal de alarma, después van bajando los demás.

Son ya las nueve y la luna esta alta. La temperatura es agradable, ya que el bochorno es amortiguado por la brisa constante.

De pronto una avalancha de trescientos kilos de carne se precipita hacia el agua. Es el mítico tapir, que los indios llaman danta. Husmea tranquilo con su larga trompa en el barro de la orilla y se mete goloso en el agua. Me alegro de que mi buen Clavo esté amodorrado y no lo vea ya que insiste siempre en que le dispare, pues dice que tiene siete tipos distintos de carne con sabores diferentes y exquisitos. Pero es una especie en veda absoluta.

Casi al mismo tiempo se oye un resoplido de un venado macho que se acerca desconfiado ¿Nos habrá tomado el aire? Detrás de él, cinco venadas lo siguen a corta distancia quedándose inmóviles, moviendo las orejas hacia todos lados y precipitándose luego, como rayos, hacia el agua. En un abrir y cerrar de ojos ya están de regreso en la espesura.

Ahora se hace el silencio total y es donde se empieza a sentir un amortiguado tropel ¡Son los pécaris! Clavo los llama báquiros, que es su nombre indígena y sabe distinguir el báquiro cinchado, el cachete blanco y el chácharo.

La avanzada es de cinco o seis machos viejos de retorcidos colmillos y detrás vienen las hembras y los machos jóvenes. Son veinte o treinta y se precipitan al barro que circunda la laguna revolcándose a placer antes de beber. Apunto con calma, disparo y un viejo macho cae redondo. Disparo de nuevo y otro macho cae pero queda herido y chilla.

Aquí empieza el pandemonium. Toda la manada rodea al herido y aculándose miran desafiantes alrededor. Es este instinto gregario del pécari, que hace sumamente peligrosa su cacería a pie firme. Cuando un ejemplar queda herido más le vale al cazador que se suba al árbol más cercano y ruegue a Dios que no sea espinoso. Disparo de nuevo y todos huyen en un santiamén.

Bajamos de nuestro árbol y es el momento de desollar las presas. Después las subimos a la horquilla de un árbol para recogerlas al regreso.

Seguimos a pie buscando otra laguna y, al acercarnos, sentimos el trompeteo de los caimanes. Yo sé de la predilección de mi amigo por el lomo de caimán a la parrilla y me acercó con sigilo. Sobre el agua, unas narices prominentes y una fina estela se ven con el reflejo de la luna. Coloco aprisa dos cartuchos, tres en boca, y apunto bajo, un poco atrás de la nariz que sobresale. Acerté el tiro, ya que un inmenso remolino agita el agua y después calma total. Pero a los cinco minutos, una panza escamosa y blanquecina, de casi metro y medio, sale flotando a la superficie. Clavo, machete en mano se mete al agua y saca victorioso la cena de esa noche. En la orilla, como ritual obligado le introduce los dedos en el orificio cloacal y presiona, al instante el caimán, recién muerto saca su miembro viril y mi amigo arranca los colmillos del animal y se los coloca en el bolsillo, es su amuleto para tener suerte en la caza, siempre y cuando la presa sea macho.

Regresamos aún con la luna alta, mirando muy bien para no tropezarnos alguna culebra, ni ser victimas de los latigazos de la bejuca arbórea, que a esa hora se arma en las ramas bajas para caer sobre su presa: ratones, conejos o armadillos.

Los murciélagos cruzan el aire a nuestro alrededor mientras que las manchas de ganado pacen apacibles en la llanura inmensa, ignorantes de que los vampiros se están dando festín sobre sus grupas. Infinidad de luciérnagas flotan brillantes en el aire trasparente y los aguaitacaminos en cortos vuelos nos van acompañando a ambos lados del sendero. En la espesura el pájaro Vaco, canta su tonada lastimera y desolada.

Pasamos junto a la primera laguna a recoger los pécaris y una manada de asnos salvajes que ahora estaban bebiendo salen al trote rebuznando.

Ya en nuestro rancho. Clavo corta, lava y sala la carne que vamos a utilizar la próxima semana. La ahumaremos y la iremos consumiendo, junto con frijoles y habichuelas.

Son ya bien pasadas las cuatro de la madrugada y aún queda luna. Estamos acostados en sendas hamacas comentando cosas intrascendentes.

Muy alto pasa un avión, bajo el cielo tachonado de estrellas enormes y apenas llega un ruido sordo. Es muy probable que se dirija a Caracas, la capital, desde Brasil o Miami. En realidad nos da igual. Aquí abajo, hay cosas más importantes.

Clavo vuelve hacer café. Después en cuencos de totuma sirve aguardiente de palmita. ¡Esto es vida! Me empieza a dar sueño y coloco el mosquitero sobre mi hamaca. Mi escopeta puede esperar a mañana para ser limpiada.


Caserío Llora-Llora. Llano de Venezuela.
Diciembre, 2001.