Manuel y una de sus trastadas

Rayón

 

Cuando Manuel tenía dieciséis años hizo algo que le peso durante bastante tiempo, hasta que tuvo edad para analizarlo y darse cuenta que solo había sido una de las muchas trastadas que puede hacer un chaval de esa edad.

Un día que sus padres se iban al pueblo trataron por todos los medios de llevárselo con ellos, aunque pudo convencerlos para quedarse solo en la sierra argumentando que alguien tenía que cuidar los animales durante el fin de semana que tenían pensado pasar fuera. Al principio a su padre no le pareció muy buena la idea de que se quedara, ya que conociéndolo como lo conocía y sabiendo el "trasto" que estaba hecho, sabía que podía armar alguna de las suyas, así que al marcharse le dijo que se portara bien, ya que de lo contrario se verían las caras a su vuelta. Manuel con la cabeza baja y moviéndola repetidas veces de arriba hacia abajo le dijo que sí, que no se preocupara, que se portaría bien.

La verdad de no querer ir al pueblo no era la necesidad de cuidar los animales, era que se aburría un montón cuando iba a él, ya que sus amigos en la sierra eran los pastores, vaqueros y otras personas mayores con las que siempre hablaba de cosas serias y, sobre todo, reales, mientras que los chavales con los que se juntaba cuando iba al pueblo solo jugaban contando fábulas e imitando a personajes de ciencia ficción a los que según él "no conocía para nada ni había tenido el gusto de saludar nunca".

Nada más marcharse sus padres para el pueblo salió de la casa, y mirando la sierra empezó a darle vueltas a su cabeza pensando que hacer, si marchase a cazar zorros o hacerle una espera a los marranos. Y es que a Manuel le encantaban las esperas a los marranos, pero también le tenía una rabia y una manía muy justificada a los zorros, pues en más de una ocasión los dejaban en el cortijo sin poder consumir huevos durante una temporada por dejarles estos bichos el gallinero vacío sin una gallina. Cuando se cabreaba demasiado con ellos, con los zorros, cogía un cajón que tenía su padre con todos los trastos necesarios para recargar cartuchos y recargaba unos pocos con munición del número tres, de la que él llamaba "zorrera", para después por la tarde bajarse a la umbría de "Burguillos" que daba al río a darles "caña". Se sentaba detrás de una mata unos cien metros mas arriba de la maleza que había pegada a la orilla del río, que siempre estaba llena de zorros, y allí se metía una hoja de encina en la boca y empezaba a imitar los chillidos de un conejo. Al rato ya los veía subir umbría arriba derechos a él, pero cuando se acercaban un poco dejaba de chillarles y se ponían como locos a rastrear y buscar el inexistente conejo, hasta que se hartaba de hacerles rabiar, que era cuando les soltaba el "escopetazo" acordándose de sus pobres gallinas. Esto lo repetía Manuel en tres o cuatro partes distintas de la "carada" del río, así que cuando anocheciendo volvía a su casa lo hacía con los rabos de al menos media docena de zorros que colgaba en la pared de la cuadra donde ya tenía una buena colección de ellos colgados.

Al final se decidió por hacerle una espera a los marranos, así que entró a la casa y se puso a preparar todos sus pertrechos para cuando llegara la hora de marcharse tenerlo todo a mano. Después fue a la cocina y miró un almanaque que tenía su madre colgado de una lámina del Sagrado Corazón donde venían los cuartos de la luna, pudiendo comprobar que estaba muy buena, ya que solo le quedaban dos días para el lleno.

Como ese día no tenía nada registrado ni visto en el campo que le diera ciertas garantías a la hora de hacer la espera, se puso a esperarlos en un sitio de esos que siempre se tiene en mente a la hora de hacerlas. Se trataba de una charca rodeada por un monte muy tupido que hacía posible oír los marranos acercarse mucho antes de que llegaran, por lo que las esperas allí siempre eran muy emocionantes.

Ese día tenía junto con las condiciones del lugar una temperatura y una luna que hacían sentirse a cualquier aficionado a esta modalidad de caza más a gusto que los propios guarros revolcándose y encenagándose en el barro de la charca.

Al rato de ponerse el sol empezó a oír el ruido de un animal que se acercaba a la charca como primer visitante de la noche. Con los nervios algo alterados pensando que se podía tratar de algún tempranero marrano, se encaró la escopeta hacia el lugar por donde oía el ruido, pero al momento la bajó al ver aparecer por el filo del monte un tejón con su gracioso andar arrastrando su tripa por el suelo acercándose a la charca. El animal estuvo allí un rato mirándolo todo con mucha curiosidad, hasta que sin hacer nada que pudiese aclarar el motivo de su visita se marchó moviendo su trasero al andar casi a ritmo de salsa.

Nada más marcharse el tejón empezó Manuel a oír el ruido de una marrana que seguida por sus rayones se acercaba a darse un baño. Al momento apareció entre unas jaras por el filo del monte, donde se paró para hacer una observación visual y una "escucha" para seguidamente meterse en la charca. Mientras la marrana se bañaba Manuel no paraba de reírse viendo a los rayones de un sitio para otro jugando y corriendo a una velocidad que parecía que les habían metido una pila alcalina en su "culete".

Estando la marrana disfrutando del barro se oyó chasquear el monte y crujir un palo seco a unos cien metros de distancia. La marrana al oír el ruido se levantó del barro y sacudiéndoselo empezó a dar pequeños bufidos para juntar a su prole y llevársela detrás de ella.

Después de marcharse la marrana Manuel siguió oyendo el monte chasquear cada vez más cerca de él, notando que el marrano que se acercaba debía ser grande y viejo, ya que sus movimientos eran sigilosos. Se veía claramente que era un marrano con una buena escuela de supervivencia, pues de vez en cuando se paraba haciendo escuchas, incluso cruzándose de un lado para otro y dando rodeos antes de entrar como queriendo cortar el aire o algún rastro que delatara cierto peligro. Al final llegó al filo del monte que daba vista a la charca y allí se paró y estuvo totalmente inmóvil al menos cinco minutos sin asomar al pelado. Cuando de nuevo empezó a andar se fue dando la vuelta por dentro del monte sin dar la cara, por lo que Manuel penso que ya "no había nada que hacer", que si se le metía por detrás le cortaría el aire y se espantaría, pero no fue así, al ir dando el rodeo encontró el rastro de entrada de la marrana por el que al parecer se confió y se metió hasta el borde del agua. Allí volvió a pararse otra vez antes de bañarse. Manuel aprovechó esa parada del animal para apretar la culata de la escopeta a su cara y meterle el codillo entre las "orejillas" de papel blanco que le había pegado en la punta de los cañones para ver tirar. Una vez afinado le soltó el "tirascazo" que le hizo rodar por el suelo para después levantarse y salir corriendo tronchando jaras en dirección a un arroyo que había más abajo.

Manuel sin moverse lo siguió con el oído puesto en su carrera hasta que llegó al arroyo que estaba unos sesenta metros más abajo y allí lo oyó dar un golpazo contra el suelo. Pensó que aquel golpe había sido el final de la carrera del marrano, pues siguió con el oído puesto y no lo volvió a oír más. Manuel pensó que lo mejor era dejarlo un rato que se enfriara y muriera, así que saco su paquete de celtas y encendió uno para fumárselo mientras hacía tiempo.

Cuando pasó un buen rato recogió todo del puesto y bajo muy despacio hacia donde había oído caer el marrano, pero cuando iba llegando donde estaba, el bicho le pegó un susto que le dejó las piernas flojas toda la noche. Al oírlo y ventearlo el marrano empezó a dar bufidos y rechinar los colmillos como nunca se lo había visto hacer a ningún otro, pero el mayor miedo lo sintió cuando lo oyó levantarse sin saber la dirección que iba a tomar, sin poderlo ver por las jaras que había y porque la luna no había subido todavía lo suficiente para que pudiera entrar su claridad en lo hondo del arroyo.

Después del susto Manuel decidió dejar que pasara bastante tiempo antes de ir donde lo había oído caer otra vez, pues había que esperar lo necesario para que la luna subiera lo suficiente y la claridad fuera buena en el arroyo, ya que habiendo visto su comportamiento había que entrarle con cierto respeto.

Con la luna ya bastante alta Manuel se decidió a bajar de nuevo a por el guarro, pero esta vez no hubo ningún problema, pues antes de llegar a él pudo ver que ya estaba muerto. De lo que también se dio cuenta es de que era un peludo de muchas arrobas, de que no iba a ser capaz ni de moverlo del suelo y que no podía recurrir a su padre para que le ayudara como lo había hecho en anteriores ocasiones. Además y, como último contratiempo, la yegua también estaba en el pueblo.

En aquel momento fue cuando Manuel empezó a fraguar su trastada, ya que al conocer todos los ruidos que por entonces se escuchaban en toda aquella zona de sierra, se dio cuenta que la cencerra que estaba sonando en el silencio de la noche era la de la burra del guarda del coto que había al lado, que se la tenía puesta para saber por donde andaba y para que ningún torpe le pegase alguna noche un tiro confundiéndola con una res.

Manuel vio el cielo abierto, pues pensó que el único medio que tenía para llevarse el marrano de allí era la burra, así que guiándose por el ruido de la cencerra se puso como loco a buscarla. Cuando la encontró trató por todos los medios de ganarse su confianza, incluso hablándole de forma suave y casi susurrante, pero no había forma humana de hacerse con aquel animal, pues lo único que le faltaba era morder como si fuese un perro, ya que patadas daba las habidas y por haber. De todas formas Manuel no cedió en su empeño, pues cogió un puñado de pasto y se abalanzo sobre su cuello aferrándose a él para metérselo en la cencerra y atascar el badajo para que así dejara de sonar, ya que el ruido que hacía aquel trozo de metal a consecuencia de las espantadas de la burra era ensordecedor en el silencio de la noche. Una vez doblegada y tras acariciarla y hablarle un rato el animal pareció volverse algo más sociable, es más, llegó un momento en que parecía que se había hecho amiga de Manuel y estaba dispuesta a cooperar con él en aquella trastada.

Aunque a Manuel le parecía casi imposible hacerlo solo, al final subió el marrano en la burra y con ella de reata tomó el camino de su casa. Nada más llegar descargó el marrano, lo metió en la cuadra, y como premio le dio unos puñados de cebada a la burra. Nada más comerse la cebada se subió en ella y antes de que nadie se diese cuenta ya la había dejado donde la encontró, con la cencerra limpia de pasto para que siguiera sonando y no la echaran de menos. Al dejarla, no sé si por los puñados de cebada o porque se había hecho amiga de Manuel por su complicidad en aquella trastada, tuvo que regañarle para que se quedara allí y no lo siguiese.

Lo que nunca podía imaginarse Manuel es la que se iba a liar por haber cazado aquel Marrano. Pero por su despiste de no limpiarle la sangre que le había caído a la burra al transportar al marrano se lío una gorda. A los pocos días empezó a oírles decir a los vecinos de aquella zona de sierra, que había que ver la poca vergüenza que tenían los furtivos, que ya no se conformaban con matarle las reses a los guardas, que además eran capaces de quitarles sus propias caballerías para transportarlas y encima se las dejaban llenas de sangre sin importarles lo más mínimo.

Después corrió la noticia de cortijo en cortijo como si algo muy gordo hubiese ocurrido en la sierra, es más, se hablaba de avisar a la Guardia Civil y de dar grandes escarmientos por aquel atrevimiento que alguien había tenido.

La verdad de todo aquel lío que se formo la tuvo Manuel en secreto durante muchos años por miedo a la que le podía liar su padre si se enteraba que había sido él. Aunque el marrano no lo había cazado en el coto, que había sido en lo libre, y lo de la burra no había sido obra de ningún furtivo y sí la trastada de un chaval que por aquellos tiempos era más revoltoso y travieso de lo normal.