La caza de reclamo de la perdiz ibérica en la Comunidad de Murcia

Francisco López Herrera

 

Su cuarto hermano es muy aficionado a la caza. La del reclamo le gusta particularmente y es muy entendido en esta variedad. A lo largo del año cuida siete u ocho pájaros de perdiz para luego pasar algunas semanas cazando con varios amigos. En los últimos años de la década de los ochenta alquilaba con varios amigos un gran coto a unos diez kilómetros al nordeste de Caravaca de la Cruz.

La ciudad del noroeste de la comunidad murciana, famosa por sus fiestas primaverales dedicadas a la Santa Cruz, está bastante más alta que la capital; es por ello, a la vez, fría en invierno. Pero es una de las ciudades más interesantes y conocidas de la región; por aquí dejó su honda huella el frailecico y extraordinario poeta místico del Siglo de Oro, San Juan de la Cruz. Desde joven, Jaime le tiene afecto a este gran pueblo. A sus diez años pasó allí, en su instituto, un examen especial de ingreso; ganó y por ello le dieron matrícula gratuita el año siguiente. En realidad, nunca supo qué beneficio auténtico trajo a sus padres o a él. Tuvo también un buen amigo caravaqueño en su primer año de estudiante en Roma; Jesús le ayudó mucho en aquellos comienzos italianos cuando era su guía y compañero en su Lambretta azul y blanca, pesada, fuerte y segura.

El coto o finca ‘El Estrecho de la Encarnación’, de muchas hectáreas de monte atravesado por el río Quípar, que nace no muy lejos del lugar, tiene varias casas, para dueños y para hacenderos. Ninguna está en buen estado, pero todas muestran la categoría que esta finca debió tener a mediados del siglo pasado.

En enero de 1987, durante su año sabático de la Universidad A&I, en Kingsville, Texas, su hermano llevó a Jaime de caza dos o tres veces a esta finca. La primera vez llegaron un jueves por la tarde después de que acabara el trabajo en su negocio. Entraron en la casa donde otros cazadores se alojaban y, como es natural entre gente de bien, le dieron cordial bienvenida. Todos amablemente le ofrecieron lo que tenían. Como es costumbre en estas ocasiones se comía de lo que todos traían, se bebía abundante café, se hablaba por los codos de todo, con algún que otro taco, y se fumaba menos que antiguamente, pero más de lo que él hubiera querido.

Algunos de aquellos cazadores estaban allí ya varias semanas. Todos eran conocidos y algunos eran medio amigos de Jaime de muchos años atrás. Allí estaban su primo Octavio, buen procurador, de recios anteojos que le daban un aire más oficinesco; Esteban, dentista de Lavinia y casado con una prima suya; Roberto, el mayor de todos, jubilado y sin haber tenido profesión definitiva que él conociera; el chato Botía, pequeño y más bien regordete, siempre sonriente; Antonio, el molinero, y un par más. Hablaban con orgullo de sus pájaros de perdiz, de cómo habían cantado cuando se oía a lo lejos alguna que otra perdiz, pocas en general aquel año, de que éste había echado un par volando cuando se acercaba al puesto, de que si el guardia civil del coño, abusando de su autoridad, seguía tomándoles el puesto ya preparado el día antes, de que hacía mucho frío por la mañana temprano… Ciertamente se discutió aquella noche el plan para la mañana siguiente. Cada uno tenía un sitio en mente. Y se acostaron en camas no muy cómodas ni particularmente limpias; eran catres metálicos o de madera y lona, normal entre cazadores. Al fin y al cabo, no es lo esencial ni aun lo más importante la comodidad ni el alimento. Otro “alimento” es el significativo y el que buscaban todos: un buen reclamo del macho de perdiz y que entraran muchas congéneres esa fría mañana que se avecinaba.

Antes que saliera el sol ya su hermano —siempre intranquilo y madrugador— había preparado el café que, con alguna magdalena o rollo, calentó pronto sus estómagos. Una rápida lavada de gato, ropa para el frío y cada uno a recoger su pájaro y escopeta. Alguno que otro andando, los más en su vehículo, los cazadores salieron para distintos puntos de la gran finca. A su hermano le gustaba siempre ir lejos. Y así salieron cruzando el pequeño río y subiendo el largo, empinado y estrecho camino en dirección, no sabía cuál, pero hacia la altura y la soledad. Después de más de veinte minutos, dejaron el coche, agarraron los bártulos, el pájaro a la espalda en su jaulero tapado con una lona verde y la escopeta en la mano, y ¡andando! Llevaba una escopeta que su hermano le había dejado: una paralela del 12 que tenía ya por algún tiempo. El hermano llevaba la escopeta de su padre, la que le recordaba de sus años de cazador a su vera, la que había usado con frecuencia desde que a los catorce años se estrenó con ella matando con su primer tiro una liebre de dos que le salieron juntas. Era una buena Éibar bien repujada, ya vieja, posiblemente demasiado usada y a la que había que tratar con cuidado. La escopeta de papá le había “tocado” al cuarto hermano.

Esto de la herencia paterna es un tema delicado nunca de verdad enfrentado. Cuando él murió Jaime estaba, ya desde muchos años atrás, en Estados Unidos. Su madre no quiso que le avisaran cuando murió. A lo mejor pensó que ya había gastado bastante dinero cuando en octubre de 1975 pasó una semana a su lado, cuando estaba en el gran hospital murciano de la Arrixaca. De cualquier manera, cuando su padre murió el 31 de marzo de 1976, él, su primogénito, no estuvo presente. Otros decidieron por él, otros quizás explicaron a tantos familiares, conocidos y amigos por qué el hijo mayor no estaba allí, en el funeral, en el dolor y el respeto de todos. Y para empeorar las cosas, cuando le llamaron tres días después para decirle que su padre estaba muerto y enterrado lo hicieron quizás el peor día para él: el día de su cumpleaños, antes de las seis de la mañana, por boca de su tercer hermano, en nombre de la madre. Cuando cogió el teléfono pensó de inmediato que su madre, que los suyos tenían prisa por felicitarle en el día que para él, ya desde hacía muchos años, era “su día”. El día de su santo lo tenía ya medio olvidado, pues no es lo que se celebra en USA, donde vivía hacía ya quince años.

Fue un rudo golpe. Muchas semanas después su segundo hermano, con el que tanto reñía de niño, pues se llevaban poco más de dos años, le contó detalles del funeral. Segundo, quien le acompaña siempre, más que nadie, más que todos los demás hermanos juntos, en sus visitas a la madre patria, quien le hace agradable sus viajes y le obliga con su cariño y trato a seguir yendo a España, le contó algo de lo que necesitaba saber sobre la muerte y funeral de su padre. Antes Segundo no podía; quizás Jaime tampoco podía oír lo que le tenía que decir.

Nadie le contó nunca nada de las particiones. Ni siquiera su madre. Aun hoy día ignora realmente lo que ocurrió. ¿O lo habrá olvidado? Cuando volvió a España en el verano de 1978 su madre le dio una corbata del padre, roja y muy usada, y una especie de chaleco de lana beige, abierto y con botones, de manga larga y ya tocado por la polilla, que su padre usaba últimamente. Y luego, en junio de 1980, en su primer viaje a América, su madre le dio una pequeña moneda de oro, de su padre, conmemorativa de los cuarenta años de Franco. Toda su herencia material paterna se cifra en estas tres cosas que aún conserva, valora y no usa. Supone que sus hermanos heredaron algo más. Pero prefiere no saber ni preguntar; así ese cierto malestar existente puede ser menor.

Pero la escopeta, ahora que Jaime recuerda la caza aquella, remueve algo en su interior. ¿Le molestó entonces verla en manos de su hermano, el cuarto de ellos? ¿Siente alguna amargura cuando a veces ve o se menciona la escopeta del padre? ¿Se siente incómodo cuando no tiene ni prestada una escopeta cualquiera en los viajes a su casa, La Franja, una escopeta que le haga sentirse seguro, real o presuntamente, en la soledad y en la noche por las que a veces pasa preocupación y desasosiego, por las que atraviesa su amada y bien recordada España, tan insegura, tan sin leyes protectoras de los buenos y pacíficos ciudadanos y turistas en los últimos años de gobierno socialista?

En aquella fría mañana de enero de once años después de la “herencia” subían la empinada ladera de la montaña en busca de un lugar que su hermano considerara bueno para echar un puesto. Él era el experto. Aunque Jaime le aventajaba en muchos años de edad y de caza de distintos tipos, la caza de reclamo era experimentalmente desconocida para él. Sólo a sus trece o catorce años había pasado unas horas dentro de un puesto con su padre en La Higuerica, un coto de la Sierra de Ponce donde solía pasar un mes de invierno con su sobrino Jerónimo y dos mozos que les preparaban los puestos. Cazaban “a lo señorito”, claro. Mientras su padre miraba de vez en cuando por la mirilla del puesto, él estaba liado en una manta y sentado en el duro suelo, en absoluto silencio y leyendo una novela del Oeste que su padre tenía. Aún recuerda el título: ‘Murieron con las botas puestas’, sobre las últimas aventuras del general George Custer hasta su muerte a manos de Sitting Bull en la batalla de Little Bighorn. ¿Qué podía Jaime saber con semejante experiencia de la caza de reclamo? Apenas recuerda si en un par de ocasiones el pájaro de perdiz de su padre cantó intentando atraer otras perdices.

Su padre le pudo enseñar mucho de la caza de reclamo. Ciertamente, le oyó hablar frecuentemente de ello. Era un magnífico tirador y cazador, tenía pájaros de perdiz, tenía instinto para la caza. Pero no lo hizo. En la época de esa caza (siempre en invierno), Jaime tenía que estar en el colegio. El padre sí podía dejar el negocio (y si no podía, lo hacía) durante un mes en manos de su sobrino Paco. La tienda marchaba así suficientemente bien, con Cristóbal y Luisa, y con alguna pequeña ayuda “echándose un ojo” de su madre. La caza normal de conejos, liebres, perdices al vuelo y algo de codorniz se las enseñó su padre en tantos veranos inolvidables. A su lado aprendió y experimentó mucho. Por eso, cree, se hizo buen cazador y, sobre todo, gustó hasta el extremo el placer de la cinegética.

Finalmente, su hermano descubrió una zona de cuarenta o más metros de largo de monte bajo, romeros y algún que otro pequeño pinato, con un pino esponjado y más grande en la parte de atrás y con algunas piedras a su alrededor, en un rellano del monte, bien alto y con grandes vistas; hasta Caravaca se vislumbraba en la distancia. Recogieron piedras grandes y las colocaron en un semicírculo delante del pino y con más ramas de pinos y romeros fueron disimulando y medio tapando aquel rústico redondel de más de un metro de alto donde había de meterme. Se sintió orgulloso de su primer puesto, hecho, claro, con la ayuda de un veterano. A unos veinte metros delante hicieron con piedras y más romeros un alto de treinta o cuarenta centímetros donde había de colocarse el pájaro de perdiz que había llevado a su espalda en la ascensión al monte.

Cuando su hermano se fue a buscar otro lugar a un kilómetro o más de distancia para hacerse allí su puesto, Jaime, instruido por él, puso su escopeta en el puesto, luego colocó el macho de perdiz en su asiento, lo aseguró bien y finalmente, en silencio y con lentitud quitó la cubierta del jaulero. ‘el Garrones’ apareció en toda su hermosura. Apuesto, bien parado, tranquilo, apenas sin notar su presencia, pues a este género de aventuras estaba bien preparado, miró a su alrededor, curioso y alerta. Su pequeño pico rojo brillaba y sus ojos relucían a ambos lados de la redonda cabeza más arriba del sedoso cuello blanco. Jaime se retiró pronto y se metió en el puesto.

Y empezó a correr el tiempo. No perdía ojo de su pollo de perdiz. Esto era auténticamente su bautismo de fuego. Por la pequeña y triangular mirilla, bien sentada y firme en su base, había metido los cañones de la escopeta. Por encima de ellos se veía perfectamente el macho de perdiz y una zona de varios metros a todos lados. No recuerda que llevara ninguna novela o algo para distraerse; la contemplación del pájaro, de lo que veía de monte, del firmamento en la distancia, pues estaba a gran altura y a cincuenta o sesenta metros caía un gran precipicio, le bastaban para llenar su espíritu. Soñaba, anticipaba, deseaba, casi veía lo que quería que ocurriera. En su silencio total, a los pocos minutos empezó a oír un suave “cuchi, cuchi” del pollo enjaulado. A manera que pasaban los minutos el canto de su perdiz y su fuerza aumentaban considerablemente. A ratos callaba y torcía la cabeza, como poniendo el oído en dirección a lo que él todavía no oía. Pero más adelante empezó a oír la respuesta de alguna que otra perdiz. No sabía aún la dirección de los cantos de respuesta o reto de otras perdices; el sonido no era fuerte y el pino ancho y tupido que tenía a su espalda impedía el paso limpio del sonido.

Más de una hora transcurrió con cantos de invitación y respuesta, de provocación y reto, y con períodos de silencio y giros de cabeza. De pronto, ‘el Garrones’ cambió la forma de cantar y sobre todo empezó a girar de manera rara dentro de su jaulero. Sus movimientos eran ahora más invitadores y fanfarrones. Parecía desafiar valerosamente a alguien. Y luego parecía avenirse o intimidarse. Pero, en general, ‘el Garrones’ parecía un bravucón retando con el pecho fuera y alto al macho que se le venía encima, valiente y defensor de su terreno y su hembra.

Ante su vista apareció “el otro”, el enemigo, aquel con el que su pájaro llevaba media hora de faena “cantante”. Era un macho hermoso, también con el pecho echado afuera, en actitud desafiante y peleona, que se dirigía sin titubeos hacia el macho enjaulado. Ni uno ni otro parecía darse cuenta que el contacto físico no podría ser completo por la separación metálica entre ambos. Pero el instinto y el celo les cegaban. Sólo veían al enemigo, al camorrista y ladrón por una parte, al lugareño y defensor de lo suyo por otra.

No estaba seguro de cuánto tiempo debía dejar a la otra perdiz alrededor de su macho. Calcula que debieron pasar apenas cinco minutos de cantos y retos y vueltas y acercamientos y revueltas en el jaulero cuando apretó el gatillo de su escopeta, asegurándose antes que la perdiz libre estuviera bien fuera de la línea de fuego de su buen pájaro. Si uno no es cuidadoso, es posible que algún perdigón pueda darle al pájaro enjaulado.

Pocos segundos pasaron del sonido del tiro cuando ya estaba ‘el Garrones’ cantando de nuevo a la perdiz muerta que apenas si revoloteó brevemente. Parecía ahora decir que él era el triunfador, que se atreviera a más, que él estaba listo para continuar la pelea. Pero, naturalmente, no hubo respuesta.

Y siguió ‘el Garrones’ retando y buscando nuevas aventuras con redoblados cantos. Pero ahora la calma había regresado a la montaña. Nada se oía; sólo su pájaro, cantando a ratos; silencio inmenso en la altura, otros. Y siguió lento el paso del tiempo. Quizás más lento para Jaime, y, ciertamente, menos excitante. Él ya tenía su víctima, sus primicias en la caza de reclamo. Ya no tenía la expectativa, el sueño, el deseo urgente de cobrar nueva pieza.

Ahora se preguntaba cómo le iría a su hermano en su puesto. Debía esperarle a que se acercara y le diera una voz. Pero ya hacía mucho que dos horas habían pasado. Y se sentía intranquilo. Ahora deseaba recoger y sopesar la víctima en su mano y enseñar la perdiz muerta. Ahora anhelaba hablar y contar a los otros cazadores cómo había sido su experiencia. Ahora venía el gran rato de alardear y lucirse del pájaro y de su faena. Ahora tenían que comparar notas y reír por el éxito. Y, por otra parte, tenía que ser parco y sobrio; no era correcto o educado, a su entender, ufanarse demasiado siendo como era un invitado; aquel año se estaban matando pocas perdices. Entonces que un visitante, sin pagar nada, se llevara lo que tanto costaba a todos, estaba simplemente mal.

Salió del puesto, mostró la perdiz muerta a su macho que la miraba receloso, le alabó el trabajo, y le puso la caperuza al jaulero. Y se sentó a esperar a su hermano, que pronto apareció. El hermano, naturalmente, se alegró con él, y mientras bajaban del monte hasta el coche, escuchó más detalles de su experiencia. Por supuesto, Jaime le alabó el trabajo de su macho de perdiz; él pasaba el año preparando, cuidando y gastando en sus perdices. Para él era, en gran parte, el mérito. Jaime había sido un sencillo participante con suerte de lo que su hermano merecía y hacía.

* * *

Hoy, cuando escribo estas páginas e intento recordar y conjeturar y poetizar este episodio de la vida de Jaime, han pasado unos veinticinco años. Hoy intento recoger experiencias y pensamientos cambiados por el tiempo y las circunstancias. Hoy es un esfuerzo y un gran gozo escribir sobre esto que pensé haber hecho pocos meses después de que Jaime fuera a la caza de reclamo en la finca de ‘El Estrecho de la Encarnación’ a unos diez kilómetros de Caravaca de la Cruz aquel invierno de su año sabático en ‘La Boticaria’, cerca de Lavinia, cuando escribía su novela ‘Dentelladas’ y creaba, recopilaba y publicaba muchos poemas en sus ‘Mares humanos’.