Plata, pero fue sin querer

Juan Carlos Ponferrada

 

Era primeros de Diciembre, en una las pocas fechas que este mes tan montero y festivo a la vez, te deja cazar sin la presión añadida de cumplir en casa con amigos y familiares. Esta temporada era bien distinta, mi padre, maestro y mentor en el arte de la montería, estaba recién intervenido y apenas había acabado la última serie de esas malditas sesiones de radiación a las que con paciencia y puntualidad británica acudía a diario con la resignación propia del que ya le han caído encima más de setenta vedas.

La ocasión era propia, iba a ser su primera y última montería en esa temporada; ese día tenía la obligación moral de hacer disfrutar al maestro y conformarme como buen subalterno de esperar la ocasión de efectuar algún quite que no diera sino más emoción y triunfo a la faena del primer espada.

Sorteamos temprano y me tocó la labor de tener “buena mano” en la elección del sobre que indicaría nuestro puesto, mientras que mi padre descansaba en el todo terreno de la paliza que le había dado el carril en su resentida próstata.

—¡La Casa el uno!, sentenció con voz alta y decidida el orgánico, al abrir el sobre elegido por mi, como diciendo a la vez, “esto es lo que hay, chaval”.

Me cagó en la… ahora me esperaba un corto pero arduo camino hasta presentar un puesto al que todos los monteros le tenemos un mal presentimiento, sin ningún estudio cinegético cierto de que en todas la fincas éste sea a primera vista bueno o malo para pasar una buena mañana, pero allí estaba yo, plantado frente a la puerta del acompañante inventándome todo tipo de bondades, contadas por el orgánico y postor (eso siempre ayuda), de aquel puesto donde el año anterior habían tirado “tantos” y el anterior a éste también; él me miraba como pensando “este no parece hijo mío sino el guarda de la finca al que nunca le parece un puesto malo”, pero a pesar de todo me levantó la mirada y me aclaró

—Por lo menos salimos pronto y no hay que andar.

—Sí papá —contesté no sin cierta vergüenza, mientras me devolvía el sobre.

No recorrimos más de 2 minutos en coche cuando el postor nos estaba señalando un llano en el que un único chaparro blandía una tirilla de color blanco que parecía puesta hace media hora. Bajé “las herramientas” del maletero,no sin pensar en la frase que mi buen amigo Diego apostilla siempre en esta situación —“¡hay que ver todo lo que necesita un señorito para fallar un “venao”!— y traté de esconder el coche volviendo por el carril casi hasta el cortijo principal donde se había servido el desayuno. De nuevo en el puesto y con otra perspectiva de vista hacía el frente, el llano (que era un campo de fútbol) estaba bordeado de espeso monte bajo en la falda de una estrecha franja de pinos que se elevaba hasta un cortafuegos que señalaba el comienzo del chaparral propio de la finca.

La situación había mejorado al papel y optamos por sentarnos tranquilamente en nuestros “catrecillos” en espera de que algún venado suelto cruzará aquel llano en busca del monte, molesto con el ruido del montaje del resto de la armada. Contra nuestro primer pronóstico, allí no asomó cervuno alguno en los treinta primeros minutos, así que encendimos al unísono un cigarrillo en espera de escuchar la suelta de las rehalas. Y ¡Dios si la escuchamos!, nos pasaron casi por encima media docena de furgones repletas de canes ladrando ansiosos por empezar su tarea, mientras miraba de reojo la cara de mi padre que movía la cabeza de un lado hacía otro en silencio, reprobando aquella exhibición canina.

Situado a escasos metros a la derecha y algo retrasado para no molestar un posible lance, observaba a mi mentor que permanecía inmóvil en su tradicional postura, sentado en su catre, espalda recta y con el rifle recostado entre las piernas, asimilando esa postura de espera, radiando esa tranquilidad de cazador experto que solo levanta el arma cuando la ocasión lo requiere. Bajo su sombrero de ala ancha de “montero viejo” su rostro reflejaba el cansancio del madrugón y viaje desde Córdoba a Andujar, que en otros años atrás solo hubiera sido “un paseito” en palabras suyas hacía mi madre el día anterior. Así, cada montero hacemos el intento de justificar ese sinfín de horas y kilómetros que los cazadores acumulamos por esos campos de Dios. “Sarna con gusto no pica”, me responde siempre mi señora cuando le detallo el madrugón y las distancias de la finca en cuestión; y es que entender este “oficio” que llevamos en las venas es verdaderamente difícil y requiere de una tolerancia desmedida por parte de nuestras familias.

En esta ocasión había montado en el Blaser un cañón 9.3 x 62, calibre potente mas propio de cochinos que de montería de venados, donde suelo echar mano casi siempre de mi 30.06 y un Zeiss cortito de campana de 36 mm que con su retícula iluminada facilita mucho el encare y disparo en los puestos cortos y rápidos. Con ello justificaba en mi cabeza un posible lance rápido de algún “cochinete” al que mi padre no llegara a tiempo, o simplemente rematar la faena del venado que él empezara, ya que su inseparable .270 de miras abiertas, le exigía cada año más destreza de disparo en sus mermadas facultades venatorias.

Se sentían las ladras lejanas de “la suelta” que provenían en esta ocasión del lado contrario de donde se habían paseado la caravana perrera y la suerte no se hizo esperar; un “petate” de ciervas y venados cruzaba cauto pero sin prisas el llano de izquierda a derecha. Identificamos de inmediato dos venados más grandes que se arropaban entre las ciervas y los dejamos cumplir hasta nuestra altura, mi padre inició el lance mientras yo miraba atento con el rifle preparado por si necesitara mi ayuda, cuando por el “rabillo” del ojo llamó mi atención un gran venado rezagado que se salía desde el monte hacía el llano intentando alcanzar al resto de sus “primos”, frenó en seco al sentir los disparos y volviéndose rápidamente se disponía a refugiarse de nuevo en el monte; ni lo pensé un segundo, me encaré y disparé casi a la vez a aquella res que estaba a punto de desaparecer para siempre y el venado se desplomó y volteó, quedándose tapado por el monte; entre el lance, sentía los disparos pausados por el cerrojo de mi padre que de seguro intentaba quedarse con aquellos dos venados; me volví hacia mi derecha para comprobar la suerte de aquellas reses, cuando sonaba aún el quinto disparo del .270; la piara de reses se alejaba y escondía entre el monte, mientras frente al puesto un venado herido de muerte intentaba en vano ponerse de nuevo en pie, junto a él otra res estaba en el suelo —¡mi padre ha cumplido!—, me acerqué a él mientras me miraba y sonreía orgulloso de haber podido salir airoso del lance.

—Anda, coge el cuchillo y remata a esa criatura que no sufra más.

Estaba tan ensimismado en su resultado, que no quise entretenerlo con mi fugaz encuentro con el venado rezagado y me apresuré a coger el cuchillo de remate y dirigirme hacía el pobre bicho que seguía moviéndose en su agonía de muerte.

—¿Tú has tirado, verdad?, me preguntó cuando estaba “dándole puntilla” a un bonito venado de montería cerradito y con catorce puntas, que bien merecía una tablilla.

—Sí, papá, he tirado un buen “venao” que venía con el “petate” atrás del todo.

—¿Te lo has quedado?

—Creo que sí, ahora miraré.

Junto al venado bonito, había otro más pequeño de once puntas, que tenía un tiro en los codillos y que seguro había caído fulminado. Un poco más alejado, casi al filo del monte, había otra res muerta, en la que pude apreciar la falta de cornamenta., era una cierva que parecía haberse cruzado o bien con un disparo errado o bien con la esquirla de una bala atravesada de alguno de los venados. Mi prudencia me hizo no comentar su presencia, al fin y al cabo, estaban autorizadas ese día y estaba seguro de que mi padre no había elegido ese blanco en ese lance, ya que como buen montero, dejaba siempre para el final de la mañana la alternativa de tirar alguna “pepa” bien elegida por su edad y tamaño. Para los buenos monteros, las ciervas siempre han estado consideradas como un lance menor, cuestión que nunca he compartido particularmente, ya que entrañan en muchas ocasiones tanta o más dificultad de abatirlas que los propios machos.

Limpiado de sangre el cuchillo, me dirigí hacía el monte donde había visto derrumbarse aquella res, que en principio prometía ser igual o mejor que el de catorce puntas, claro, eso suponiendo que estuviera allí. Me encontré en el sitio un buen charco de sangre, señal de que ese era el lugar de caída, encaminé entonces mis pasos hacía el monte buscando alguna señal de sangre en piedras y matas, pero allí no había impregnación alguna. Volví sobre mis pasos hasta el lugar del tiro y al llegar, el corazón me pegó un salto cuando veo en mitad del llano un magnifico venado patas arriba, me acerco sin dar crédito a la cornamenta que presenta, lo acarició y cuento…uno, dos, tres…, dieciséis puntas con dobles luchadoras, unos candiles de ensueño, coronados por 2 copas muy parejas. Su longitud y grosor, espectaculares, el “venao” de mis sueños, pienso. Busco el tiro volteando con dificultad aquel ejemplar y compruebo que el 9.3x62 ha hecho su trabajo, un impacto mal colocado (alto y trasero) en los codillos ha acabado con su vida pero no de manera fulminante sino encharcando con sangre los pulmones y dejando al “bicho” con la boca bien abierta.

—¿Lo has encontrado? —me reclama mi padre sacándome de mi asombro.

—Sí, papá está aquí.

—Pues vuelve rapidito que queda mucho puesto.

Y tanto que quedaba, en las siguiente horas, matamos un gamo medianito “a la limón” y mi padre erró un gran cochino que se paseó sin vergüenza alguna por el llano y al que yo no quise tirar esperando que se quedara en aquel lance tan claro a primera vista.

Llegó la hora de la verdad y en cuanto las caracolas de los perreros retumbaban en su llamada a las rehalas, descargué el rifle, cogí las tiras para señalar y me acerqué hasta mi padre, dispuesto a contarle todo el lance del gran venado, para intentar justificar que aquel trofeo no se lo avisé para que el lo tirara y opté por tirarlo porque de seguro se perdería en el monte. Claro todo ello teniendo en cuenta que la res estaba muerta en medio del llano, no al filo del monte, ya que ésta en su agonía de muerte había andado casi cincuenta metros buscando el terreno más cómodo. Pensando todo aquello, mi padre se levantó apoyándose en mi hombro y me dijo:

—Vamos a ver que hemos hecho.

—El “venao” que rematé a cuchillo es bonito papá, seguro que le hacemos una tablilla.

—Eso lo vamos a ver ahora mismo.

Y con paso pausado y apoyado en mi hombro, nos acercamos y marcamos los 2 venaos y el gamo. A la cierva ni mentarla, ya le avisaría yo al postor.

—Anda, busca rastro a ver si el cochino iba “dao”.

Intenté buscar rastro, donde sabía que no había, ya que desde mi posición pude ver que el cochino salió ileso y galopaba limpio hacía el monte, pero aún así, hice “el teatrillo” mientras que mi padre se alejaba lentamente en dirección a mi venado. Me quede inmóvil observando la reacción de mi padre al ver semejante trofeo y no se hizo esperar…

—Este es el “venao” mas grande de la montería, ¿lo sabes no? ¿Y cómo dices que lo has tirado?
—Sin querer papá, sin querer…

No se me ocurrió nada más absurdo para justificar mi lance.

No hubo más comentarios, más tarde en la Junta de Carnes aquel ejemplar hizo corrillos de monteros, me sacaron fotos y me felicitaron. Mi padre no abrió la boca.

A principio de este mes, año y “pico” después, he recibido la homologación y ha dado plata. El trofeo, adorna la chimenea del salón de mi casa campo.

Este fin de semana pasado, con la inestimable compañía de mis padres, celebramos el cumpleaños de mi hijo menor en la casa y cuando llegó mi señor padre y vio la medalla colgada junto a las impresionantes cuernas, se giró y me dijo:

—Plata, pero fue sin querer.



J.C. Ponferrada.