Biennacido

José Antonio Romero

 

Esta historia se remonta allá por finales de los años cincuenta y tiene como protagonistas a mis abuelos Rita y Vicente, su finca La Atalaya y, por supuesto, a “Biennacido”, aquel reclamo en el que el abuelo puso todas sus esperanzas, pero que nunca llegó a saber o no si estaba ante un pájaro de bandera.

Aquella noche de bien entrado el mes de marzo, el abuelo, al calor de los troncos de encina, que de vez en cuando chisporroteaban al caerle algunas gotillas por la chimenea, producto de fina lluvia que nos acompañaba desde hacía horas, nos contaba a los allí presentes sus historias de siempre y algunos lances de la temporada, mientras limpiaba la vieja “Jabalí” y cubría su punto de mira con un trozo de papel de fumar empapado en saliva para ver mejor a la hora de apuntar y con ello que no se le fueran tantos pájaros en los puestos, como solía ocurrir. Además, por la mañana iba a dar el puesto de alba en el rincón del olivar de Marín, según comentaba.

Aunque le dije varias veces que me llevara, me respondió siempre que era muy temprano, que pasaría mucho frío y que me mojaría, porque la cosa no iba a cambiar mucho.

Tras acostarme, entre “pitos y flautas”, no pude pegar ojo en toda la noche. Por un lado el ruido que produce la lluvia al caer sobre los tejados y por otro la jodienda de no poder acompañar al abuelo a dar el puesto, me hicieron escuchar todos los cantos de los gallos que dormitaban en un gallinero próximo y los ladridos de la Litri y Chamaco, los mastines que tenían los abuelos en el campo para que impusiera respeto a las alimañas.

Como el abuelo dormía en la habitación contigua, tenía la idea en la cabeza que en cuanto lo sintiera levantarse, me vestiría y lo esperaría. De esa manera y a esa horas, no me diría que no.

Y así fue. En cuanto se levantó y empezó a toser, quizás por los efectos de los “cuarterones de tabaco” que se fumaba, comencé a vestirme con mucho cuidado para que mis padres no se enteraran.

Cuando pasó por mi habitación, salí detrás de él y en cuanto me sintió, me dijo:

—Niño, ¿estás loco?, ¿sabes la hora que es?

—Sí, abuelo —le respondí—, pero quiero ir contigo a colgar.

Mis padres, todavía acostados, al escuchar el asunto, no pusieron muchas pegas, porque sabían que estaba en buenas manos y a mí aquello me encantaba.

Mientras desayunábamos nuestro tazón de café con “rebaná”, Manuel González, Manolillo como le llamábamos todo el mundo en nuestra familia, obrero del campo que estuvo en la finca casi toda la vida, donde aprendió a leer y escribir sin pisar la escuela, aparejó a Platanero, el burro que siempre acompañaba al abuelo, porque de pies tampoco andaba muy bien.

El abuelo enfundó a Facultades, pájaro de bandera que nos dio muchas días de gloria y al que él le tenía especial cariño.

Recuerdo que por el camino, todavía noche cerrada, el canto no muy lejano de un cárabo me hizo sentir bastante miedo, a pesar de que iba agarrado al abuelo y sentado tras él en la culata del burro.

Todavía a dos luces, cuando estábamos metidos en el puesto de monte y ya “Facultades” había empezado a llamar a las campesinas, una pareja que no estaría muy lejos y que habría dormitado por allí, empezó a dar señales de vida.

Al poco tiempo, y cuando el sol todavía no había aparecido en el horizonte, la pareja yacía boca abajo frente a Facultades, que con su exquisito entierro, proclamaba su triunfo en aquella mañana plomiza.

No mucho más tarde, como el campo había enmudecido por completo y empezaron a caer unas gotitas, el abuelo, tras haber liado y consumido un buen cigarro, dio por terminado el puesto. Además, tenía prisa porque quería acercarse al pueblo para comprar trigo y maíz para los animales.

Cuando llegamos a la casilla de la finca, la abuela Rita que ya estaba levantada y la noche anterior había puesto garbanzos en remojo para hacer un puchero, le dijo al abuelo tras enterarse de cómo había ido el puesto:

—Vicente, pélame una de las perdices para echársela al puchero. ¡Qué sea el macho, que siempre es más grande!

—No, Rita —respondió el abuelo—, el macho se lo voy a dar a Manolillo al que hace mucho tiempo que no le regalo ninguna perdiz, y éste precisamente es grande como un gallo.

El abuelo peló la hembra y cuál no sería su sorpresa, que al sacarle las tripas, se dio cuenta que tenía en la overa un huevo sin el más mínimo rasguño y totalmente formado que seguramente lo iría a poner aquella mañana, si no se hubiera topado con Facultades.

Lo miró y remiró con exquisito cuidado, lo limpió con un trapo y nada… estaba perfecto.

—Rita —le dijo a la abuela—, mira qué cosa más rara, la perdiz que he matado traía un huevo entero y se lo he podido sacar sin estropearlo. Como hay una “americana” clueca que la quiero echar, aprovecharé y le añadiré éste también, a ver si tenemos suerte y lo saca.

Al mediodía, cuando volvió del pueblo, fuimos al gallinero, que tiempos atrás habían construido él y Manolillo, y… efectivamente, la “americana” estaba en unos de los nidales, clueca y sobre los huevos de la puesta de la mañana.

La cogió con cuidado y la llevo al pajar, lugar en donde él solía echar las gallinas y las pavas para que incubaran. Le preparó su nidal y le puso el huevo de perdiz con cuatro o cinco de madera pintados en blanco que utilizaba para estos menesteres. A los dos días le añadiría los demás de gallina para que todos salieran a la misma vez.

El tiempo fue transcurriendo y una mañana de fin de semana, cuando yo estaba en el campo, mientras desayunaba, me dijo:

—Niño, ya están naciendo los pollos de la gallina americana.

Mi alegría fue inenarrable. Lo único que quería era verlos, pero el abuelo no me dejó para que estuvieran tranquilos en aquellos momentos tan cruciales de sus vidas y de camino no molestar a la gallina para que no fuera a aborrecerlos.

Antes de almorzar me llevó al pajar y ya la gallina realizaba las funciones de madre con sus pollitos todavía torpes, pero preciosos, y entre ellos estaba nuestro perdigón, al que el abuelo bautizó en aquel momento como “Biennacido”.

Los cogimos a todos, los metimos en un canasto de varetas de olivo y los llevamos junto con la madre a un encerrado de tela metálica que el abuelo tenía para ello, mientras los pollos salían de “culeros” y se desarrollaban un poco.

En aquellos días, mi trabajo no era otro que el de ayudar al abuelo en sus tareas con los pájaros, y entre ellas la que más me gustaba: coger saltamontes que, por cierto, los había por miles en aquella época y gusanos de cardos para echárselos a los pollitos y a “Biennacido”.

Pasó el tiempo, y cuando la gallina abandonó a los pollos por ser ya grandecitos, el abuelo lo apartó de sus “primos hermanos” los “americanos” y lo juntó con otros cuatro o cinco perdigones que el bueno de Manolillo le había cogido y los tenía en otro sitio.

Al ser el más grande de todos, nunca hubo la más mínima duda de quién era “Biennacido”.

Desde los primeros momentos se mostró un pollo noble y bastante manso, y al estar muy bien cuidado, había desarrollado de tal forma, que parecía el padre de sus hermanos.

En cuanto escuchaba a los viejos reclamos, no tardaba en pregonar su presencia con un repertorio digno del mejor campero: canto de mayor fuerte y pausado y cuchicheo melodioso y suave. El abuelo estaba loco con él. Cada dos por tres se paraba a observarlo, ensimismado por su belleza y mansedumbre.

Poco a poco fue vistiéndose con su plumaje definitivo y unos espolones incipientes no hacían más que reafirmar la autenticidad de su sexo.

Nunca le faltó la más mínima golosina: habas y garbanzos remojados, lechuguetas, amapolas, hojas de rábanos y, por supuesto, las primeras bellotas cuando el otoño de aquel año se fue asentando.

Pero, un buen día, supongo que de primeros de diciembre, que era cuando el abuelo recortaba los pájaros más nuevos, ya que “los figuras” ya lo estaban desde inicios del otoño para aprovechar el “celo del rabanillo”, al verlo llegar del campo con la cara un poco seria y con no muchas ganas de hablar, talante en él poco habitual, le pregunté tras haberlo observado detenidamente:

—Abuelo, ¿pasa algo?

—Nada, niño, nada —me respondió.

—No me mientas abuelo, sé que algo te pasa, te conozco demasiado bien para que me engañes.

—Pues bien —dijo el abuelo—, te lo contaré, pero seguro que te va a dar un buen disgusto.

Tragando un poco de saliva para refrescar su garganta y con voz entrecortada, empezó a relatarme:

—Esta mañana, al coger a “Biennacido” para recortarlo y meterlo en la jaula, se me ha escapado y ha salido volando. Hemos intentado cogerlo durante todo el día, porque estaba alrededor de la casilla, pero al final dio un voletío grande y despareció por el castañar. Fuimos hasta allí a buscarlo Manolillo y yo, pero nada… ¡como si se lo hubiera tragado la tierra!

Tras un silencio continuado, me contó todo lo sucedido. Luego, me dio unos golpecitos cariñosos en la cara, y después de cogerme de la misma forma por el brazo, me dijo:

—¡Joder, niño… con la ilusión que teníamos!