¿Burladores burlados?

Jerónimo Lluch

 

Como cada temporada, cuando llegaba el celo del pájaro comenzaban en mi casa los preparativos para la expedición. La alacena de la cocina iba llenándose de viandas que serían transportadas al campo en el serón de “Perico”, el burro que siempre utilizábamos para tales menesteres. Las compras se completarían con varias cajas de cartuchos del calibre 12 y 24 que por encargo de mi abuelo se traerían de la Armería Rojo.

En aquella ocasión, mi padre me anunció que yo iría los días del fin de semana en los que la expedición se iniciaba, así podría disfrutar de la que ya se manifestaba como mi afición favorita: la caza de la perdiz con reclamo.

En las horas previas a la ida, sentía que mi cuerpo era un manojo de nervios, intranquilo y emocionado, imaginando los buenos ratos que pasaría en las jornadas que se avecinaban y en las que esperaba disfrutar plenamente de aquel aliciente que a pesar de mi corta edad, me iba calando hasta la médula de mis huesos aun tiernos.

Al caer la tarde llegamos a “Caña Santa”, la finca de mis abuelos donde nos alojamos, aunque aparte de ella, se cazaría en “Gibla”, “Tierras Nuevas”, “El Oreganal”, “La Briseña”, etc, que eran las fincas colindantes con la nuestra.

Emilio Delgado, Miguel de los Porrejones, mi tío Rafael y Luis Fernández, apodado el “Pasco”, eran aparte de mi padre y mi abuelo, los aficionados que pasarían una semana de campo, practicando aquella modalidad de caza que tantos adictos tenía en nuestro pueblo y en toda la provincia.

Días atrás, acompañé a mi padre y a mi abuelo a nuestra finca en la que hicieron varios puestos de monte en los sitios más querenciosos de las perdices para que estas las fueran tomando y los extrañasen menos a la hora de “correrse” a la jaula, ya que no se conocían los socorridos puestos de camuflaje que ahora se emplean con tanta asiduidad.

Mi papel en esta ocasión, como en otras, consistiría en ir con mis mayores a los puestos, y allí observar los lances que ocurriesen y tal vez colgar algún pollo, sin escopeta, para darle luego a mi padre la crónica de su comportamiento en el campo.

Desde el primer día, tras el puesto de la tarde, nos reuníamos en la candela, donde al amparo del acogedor calorcillo que la leña de encina desprendía, y mientras los adultos saboreaban el chorizo de “papas” de nuestra matanza, regado con el buen tinto de “Fuenterreina”, yo me bebía una gaseosa y escuchaba boquiabierto la narración de los incidentes ocurridos durante la última cuelga que habían dado.

Con la excepción del “Pasco”, que según pretextaba tenía sus reclamos faltos de celo, los demás habían tirado en casi todos los puestos, siendo el “Ajumao”, un pájaro de tres celos con el que mi padre no se había venido nunca de bolo –sin tirar-, el que más perdices llevaba matadas.

Cuando mi progenitor relataba las faenas que le hacía yo me relamía de gusto, y al “Pasco”, que era tío político de mi padre, se le ponían los ojos como dos tazas, supongo que de ansiedad, soñando vivir momentos parecidos.

No pasó para mí desapercibida una mirada socarrona que mi padre dirigió a mi abuelo, antes de proponerle al “Pasco”:

—Tito, mañana va a colgar usted el “Ajumao”, donde ayer dejé yo una viuda, ya verá como con él le cambia la mala racha.

Al “Pasco”, se le iluminó el semblante, brotándole una sonrisa de oreja a oreja, y tras algunos comentarios se acordó que yo lo acompañaría para llevarlo al “Cerro Blanco”, e indicarle el lugar concreto donde estaba el puesto.

Aquella noche, una vez que todos se acostaron, mi padre y mi abuelo metieron al “Ajumao” en un terrero, introduciendo en la jaula de éste una alpargata y cubriéndola después con la mantilla, poniéndonos a los demás al corriente de la trastada que se les había ocurrido gastarle.

Amanecí con el ánimo alterado y apenas pude saborear las migas con café con leche que me pusieron en el desayuno, pues la excitación me producía un nudo en la garganta que casi me impedía tragar.

Antes de partir mi padre le advirtió al “Pasco”:

—Luis, cuando lleguéis al puesto se mete usted en él, que el niño le colocará el pájaro en el matojo pues a él lo conoce y no bregará al destaparlo

Con las primeras luces del día, salimos del cortijo. Cárdenas nubes cubrían el cielo, impidiéndonos ver los primeros escarceos de los rayos del sol en el distante horizonte. Nuestro silencioso caminar únicamente sería interrumpido por el estrepitoso vuelo de algún mirlo madrugador, inesperadamente sorprendido mientras se procuraba el cotidiano sustento.

Al llegar al puesto, el “Pasco”, siguiendo los consejos de mi padre, se introdujo en éste y yo coloqué la jaula en el pulpitillo, dejándola semitapada para ocultarla el máximo a su vista, metiéndome rápidamente en el hueco que en el aguardo quedaba.

Curioso e inquieto no dejé de observar al “Pasco” para ver si en su expresión detestaba algún signo que me indicara que había descubierto la broma de la que era objeto, pero nada delató en su semblante imperturbable los pensamientos que pasaban por su mente.

Una suave llovizna comenzó a caer al poco rato de la cuelga, escuchándose en el campo sólo el mugido de algunas vacas, no muy distantes del sitio donde teníamos el puesto. Inesperadamente apareció una en la plaza y tras fijar la mirada en el tollo, emprendió rápida carrera, advertida posiblemente de nuestra presencia.

Cuando la lluvia, que no había cesado, se hizo más intensa, el tío Luis me indicó:

—Vámonos niño, que aquí no hay “na que arrascar” y añadió:

—Enmantilla al pájaro, que como dice tu padre a ti te conoce bastante bien y larguémonos antes de que nos pongamos “calaos como una sopa”.

Tras tapar la jaula, emprendimos el camino de vuelta en el que solo el murmullo del agua de algún riachuelo interrumpía las cábalas que sobre lo ocurrido me iba haciendo.

A llegar a la casilla todos los expedicionarios aparecieron en la puerta, con cara de sorna, pero fue mi padre el que dirigiéndose al “Pasco” le preguntó:

—¿Qué le ha parecido el pájaro, como se ha “portao”?

El “Pasco” con aspecto inmutable respondió:

—No ha abierto el pico, posiblemente debido a la lluvia que no ha “parao”, pero ha tenido el detalle de un fenómeno, pues entró una vaca en la plaza y no “tomó ni un alambre”. Muy pocos son los pájaros que reaccionan de esta manera.

Y entonces, sí que un atisbo de ironía se insinuó en su comentario, que nos dejó llenos de incertidumbre. Nadie tras él, pronunció una palabra; el más absoluto mutismo se apoderó de nosotros, no volviéndose a hablar nunca más de la cuestión durante el resto de la expedición.

Y ahora, transcurrido casi cincuenta años del suceso aun mi padre y yo nos seguimos preguntando si realmente le tomamos el pelo o fue él, quien con un insospechado humor encajó la situación y probablemente se mofó de todos nosotros convirtiéndonos en burladores burlados.