El último guarro

Pumuky

 

Hacía dos años que mi padre había sufrido un infarto. Uno de esos ganados a pulso, con muchas farias y muchos chorizos de venao.

Hacía dos años que no salía al campo, más por miedo que por incapacidad. El asunto le había arrugado un trozo de corazón, un trozo pequeño, lo suficiente para que las pasase canutas cada vez que tenía que subir unas escaleras.

En sus años buenos de caza, las monterías eran más por invitación entre los dueños de las fincas que por venta de puestos. Los que tenían menos recursos, organizaban la Recula.

Cuando se daba una montería en una finca, se juntaba la cuadrilla y montaba una armada justo en la raya de lo libre (sí, todavía había terrenos libres y no había alambradas). Por descontado, la pareja de la guardia civil, con los caballos, se apuntaba otro puesto, sin sortear, a poca distancia de la armada de reculeros porque ya se sabía que al final, allí se tiraba todo lo que se movía, pepas, varetos, gabatos y hasta algún burro, que dicen que guisándolo bien no le desmerece al cervuno.

Contaba que un día, estando de recula en la provincia de Toledo, se le presentó una cierva en la otra punta del collado donde estaba puesto. Estuvo un rato dudando porque sabía que los picoletos no andaban muy lejos, pero al final le soltó el izquierdo y la cierva bajó rodando al collado.

Cuando la benemérita llegó con los caballos a la cierva, a ésta le habían sacado los lomos y no había rastro del culpable.

Parece ser que a los dos guardias no les apetecía, cargar la cierva deslomada en el caballo, por lo que se acercaron a una casilla de labor cercana a pedirle al dueño que la cargase en el remolque del tractor y la bajase al cuartelillo, ya se sabe que por aquel entonces, se aplicaba aquello de "sus deseos son ordenes para mí".

Cuando llegaron con el tractor, la cierva además de "deslomada" estaba ahora "desjamonada". Lomos y jamones descansaban en el fondo de una mata esperando la noche para ser recogidos y cargados en el ochocientos cincuenta, que en ocasiones, se veía obligado a hacer el viaje de vuelta con cuatro de la cuadrilla y varias reses.

Pero eso eran otros tiempos, entonces los furtivos eran gente de campo y cazaban por la carne para complementar los escasos sueldos. La mejora de los sueldos retiró a la mayoría de los furtivos. Los que quedaron, o tenían mucha necesidad o mucho vicio.

Después de dos años sin salir al campo, y convencido por mí, nos apuntamos a un gancho de guarros que se daba en el pueblo, ganchos donde no se suelen matar más de tres o cuatros cochinos, pagando lo justo para cubrir migas, judías y rehalas.

Nada más llegar empezaron los problemas. Al tener permiso de gancho, no se podían colocar más de treinta y cinco puestos. Como sobraba sierra y faltaban perros, nunca hubo problemas en poner más puestos de los permitidos, pero en el último gancho, un nativo que según las malas lenguas llevaba encima más ponches que cartuchos, salió corriendo del puesto a cortar un guarro y en un desequilibrio del ponche, cayó y clavó los caños de la escopeta en el suelo. Con el ansia de ver el guarro que se le echaba encima, metió los dedos en los caños para desatascarlos de barro sin sacar el dedo del gatillo. El resto os lo podéis imaginar. Como resultado, en el siguiente gancho, sólo los puestos permitidos y todos a enseñar los papeles.

Al final, se sortearon los 35 puestos entre los presentes; yo me quedé sin puesto y a mi padre le tocó en mitad de una traviesa (el mejor puesto de la montería, decían). Como no se veía con fuerzas ni ganas de subir tan alto, cambió el puesto con un conocido por uno de sopié. Lo peor de lo peor.

Nos dispusimos a pasar la mañana al sol, a veinte metros de la furgoneta de los perreros. Aunque intenté que se llevara mi repetidora no hubo forma de convencerle y acabó llevándose la planilla, con los cañones como papel de fumar a fuerza de muchos años y muchos tiros.

A las dos de la tarde no había pasado nada que yo no esperase. Muchas perdices ojeadas, que año más bueno hemos tenido, si las respetan los de la jaula el año que viene nos vamos a divertir porque ha quedado mucha madre. Algún tiro lejano, sobretodo a las zorras y los perros que se las saben todas y van desfilando de uno en uno a acostarse a la sombra de la furgoneta. Pero cuando ya esperábamos que bajase el postor recogiendo la armada, en una clara, trasponiendo un barranquete, se asomó un guarro canoso, grande como un camello, como si la fiesta no fuese con él. Por la zona donde apareció debía estar acostado al principio del monte, a menos de cien metros de las primeras siembras. Estaba lejos, muy lejos, fuera del tiro de una escopeta por supuesto. Los dos con un único pensamiento: que baje, que tire para acá, que aparezca un perro aunque sea pequeño y le apriete un poco. Pero nada, allí seguía plantado en medio de la clara... y venteando. Al final, cogió un chumascón de aire y se volvió por donde había venido.

Entrando ya en el monte oí el tiro. Demasiado lejos para la Sauvestre pero no he visto enterrarse la bala. Habrá dado en un chaparro. Juramentos en hebreo para el guarro, para su cochina mamá y para todos los perros que están durmiendo debajo de la furgoneta.

—Le he tirado por tirar, ni siquiera le he apuntado.

A los diez minutos desfila la armada, bolos como casi siempre, ¿Qué ha tirao el abuelo? La escopeta no tiene pinta de que haya que probarla a estas alturas.

Me fui andando hasta la clara. Siempre hay que mirar cuando se tira. Nunca se sabe. Eso se lo había oído decir muchas veces, pero esta vez a los dos nos parecía que era un paseo en balde. Llegué hasta la linde del monte, un poco más adentro, muy poco. Le llamé, quería que viniese él antes de que llegaran los otros. La sangre empezaba en el primer chaparro, a menos de quince metros estaba muerto el guarro, un medalla de bronce con ciento diez kilos, un tiro en un jamón que casi le pasaba de atrás a adelante.

Después de las enhorabuenas y las risas, cuando ya lo arrastrábamos hacia abajo, noté algo extraño en la mirada de mi padre. Los dos pensábamos que seguramente sería el último que cobrásemos juntos. Por suerte nos equivocamos.

—¿Qué te pasa en los ojos?

—Es que este año, con la sequía, hay mucha gente que está padeciendo alergia por primera vez. ¿No lo has oído en el Telediario?


Un saludo. Pumuky.