Última batida de la temporada

Diego Ruzafa

 

Suena el despertador, son las seis de la mañana, somnoliento me tiro de la cama y comienzo a prepararme para ir de batida. El día es frío, ventoso y desagradable pero, con un poco de ánimo, comienzo a preparar los archiperres.

Mi Sra. —como siempre— se levanta y me prepara un copioso desayuno con su cafelito, tostadas, mermelada y, sin que falte, la mantequilla, del cual doy el correspondiente uso, no sin agradecerle la atención que ha tenido por levantarse tan temprano para prepararme el tentempié.

A las siete en punto —como siempre— el amigo Pepe y Andrés me recogen para iniciar el viaje hasta Ayora, lugar donde se celebrará la batida. Por el camino, en Los Rosales de Almansa, hemos quedado con Víctor. Otro compañero de fatigas, además de rehalero y que —como siempre— llega puntual a la cita.

Los saludos de rigor, otro nuevo café y seguimos camino hasta el Bar del Cazador, donde se ha convocado la reunión.

Nuevamente saludos a los amigos de caza que hacía tiempo que no veíamos, y otro café, para entonar.

En el bar grupos de cazadores ante su café con leche —como siempre— relatan sus lances cinegéticos, en un tono moderado —como siempre—.

El sorteo de los puestos se efectúa en silencio y sin aglomeraciones —como siempre—, comentando cada cazador la suerte que ha tenido en el puesto que le ha tocado, alegrándose —como siempre—.

Inmediatamente después del sorteo el postor contacta con cada uno de los cazadores que le toca llevar al puesto —como siempre— y se inicia el desfile hasta la mancha a batir.


La finca se encuentra lindando con la Muela de Cortes. Consultado el postor por la dificultad de llegar al puesto, pues uno ya no está para muchos trotes, nos dice que no hay que andar nada —como siempre—, que el puesto está en el linde del corta-fuegos.

Trás una hora larga de coche por fin estamos en el puesto, después de un palizón de subir y bajar barrancos —como siempre—.

La verdad es que el puesto era una verdadera maravilla. En lo alto de un cortadero desde el cual —como siempre— tenía una excelente visibilidad, el verdor del monte hería la vista y el contraste de los diversos tonos de las hojas de los árboles en invierno daban un excelente espectáculo de los colores más variopintos. Un gozo para la vista.

Entre el cortadero donde estaba colocado, y a unos 500 metros, había un barranco y al final otro cortado. Desde allí, y una vez aposentado en el puesto, prísmáticos en ristre me puse a observar el entorno. Por el pie del cortadero pasaron varios jabalíes que, con un trotecillo cochinero, me empezaron a alegrar la mañana, a éstos no les tiré —como siempre— pues mi idea era hacerme con un muflón y, si podia ser medalla, mejor.

Seguí oteando el horizonte; ante mí desfilaron algunos venados con buena cuerna, cochinos con los que hemos soñado alguna vez los monteros, pepas, algún arruí con buen trofeo, pero mi idea era un buen muflón.

Tras un par de horas, justo enfrente del cortado donde me encontraba, lo vi, esbelto, altivo, desafiante, imponente. Después de apoyar los prismáticos en una roca, ya que por el estado de nervios en que me encontraba era incapaz de sostener quietos los dichosos prismaticos 10x50, lo centré. El corazón parecía querer salirse de su habitáculo. Un bello animal, con una cuerna descomunal, estaba quieto ante mí, que parecía un flan.

Con una tranquilidad pasmosa —como siempre— cogí el 30.06. Lo apoyé en la cruz del bastón que siempre me acompaña en mis cacerías y enfoqué sobre la zona en que estaba aquella maravilla de animal.


Allí seguia erguido, desafiante. Con la tranquilidad que me caracteriza —como siempre—, preparé la mochila como apoyo y regulé el visor hasta que el muflón estuvo dentro del objetivo y lo veía nítidamente. La cruz del visor sobre el codillo. Aquel animal parecía una estatua, ni un amago de querer marcharse. Puse el dedo en el gatillo y lentamente —como siempre— comencé a apretarlo.

Tras ser sorprendido por el disparo, un estampido ensordecedor, todo el valle quedó en un sepulcral silencio. Durante unos segundos, que me parecieron siglos, no se escuchó ningún signo de vida, era el silencio total.

Pasado un corto tiempo oí el canto de una perdiz.

Era el politono de mi teléfono móvil con una llamada de Pepe preguntándome que qué habia pasado, que si me había dormido, que me estaban esperando hacía ya media hora para irnos de caza.


Diego Ruzafa



PD.- En agradecimiento a Loli Otero, Directora de Radio San Vicente de San Vicente del Raspeig (Alicante), por haberme dado la oportunidad durante 12 programas de divulgar el bonito mundo de la caza.