Mi primer ciervo colorado

Montero

 

Uno pensaría que este título habla de la emoción que siente un novato ante su primera presa; es así en un sentido muy especial.

Con sesenta años a cuestas y unos cuarenta montereando con mi viejo Mauser 308 Win. en los brazos y unos cuantos ciervos colorados y damas (venados) en mi haber, en esta Patagonia Argentina que me vió nacer, un buen día pensé: ¿por qué no tratar de cazar con avancarga?, especialidad que hace más de diez años practico tirando al blanco.

Y allá nos fuímos al campo con dos buenos amigos que de caza saben comerla únicamente.

Nos alojamos en una típica cabaña de troncos con estufas y cocina a leña, por supuesto sin energía eléctrica. Íbamos por un fin de semana y el clima nos prometía lluvia. De todas formas llevamos bastante alimento y bebida, libros y muchas ganas de charlar entre amigos hasta tarde de noche y junto al fuego.

Arrancamos con un robusto guiso carrero acompañado de buen Malbec mendocino y galleta de campo. El día siguiente Mariano y Pablo manifestaron que lo más lejos que irían sería hasta la fiambrera a buscar la carne para el asado, así que agarré mi fusil de avancarga, un tipo Zuavo calibre 440 con proyectiles de 375 grs y 60 grs. de pólvora 3F. Lo había construído yo y era el primero.

Llave de escopeta, cañón de Remington Rolling Block y culata de cedro. A la cintura me puse el 357 de seis pulgadas —¿desconfianza en mi fusil?: sí, absolutamente—. Caminé por los senderos y al tiempo me di cuenta que las huellas brillaban por su ausencia, por lo que regresé y tomé otro sendero que corría más al sur.

A la hora más o menos de caminar con todos los sentidos alerta —durante la cual escuché, pero no vi, la «arrancada» de varios ciervos—, medio descorazonado, aunque como creo que dijo Ortega y Gasset «el placer no es cazar, sino estar cazando».

Ya me había propuesto «hasta esa curva y vuelvo», porque ya la noche estaba cerca, y en ese momento —como en las películas— atrás y a mi izquierda, en un pequeño faldeo, me «ladró» una hembra de colorado grande y gorda. Al inmovilizarme vi que la acompañaban dos machos no muy grandes; la cierva caminó sin asustarse y se ocultó de mi vista seguida por los machos, de los cuales el primero también se ocultó, el segundo increíblemente se paró dándome el flanco y venteando. Estaría a unos sesenta metros, con el viento a mi favor y con una emoción que me sorprendió, levanté lentamente el fusil hasta que centré las miras atrás de la paleta. El disparo me sorprendió y la humareda también.

Se escuchó ruido de ramas quebradas y un tropel en mi dirección, saltó la hembra y un macho rápidos como rayos cruzando el sendero. Inmóvil aguardé el paso del otro macho, cosa que no sucedió. En ese instante escuché crujir ramas hacia arriba y, dejando el fusil contra un tronco, caminé sobre mis pasos en el sendero, hasta que sobre un árbol caído apareció la cabeza del colorado mirando hacia donde yo estaba. Comencé a sacar el 357 y, en ese momento, la cabeza cayó sobre el tronco y se deslizó hacia atrás.

Con el asombro no atinaba a subir; lo hice luego de un momento y por el apuro me lastimé las pantorrillas con las ramas caídas. Di un rodeo y ahí estaba, junto al tronco y totalmente muerto, el tiro detrás de la paleta. Volví a sentir que ese ciervo era mi primer ciervo, los viejos cazadores que lean esto lo entenderán perfectamente y los jóvenes lo entenderán a su tiempo.

Luego vino la parte de carnear y cargar la carne, cuartos, paletas y lomos, más el fusil, el revolver, cuchillo, morral, y cuerno de pólvora. Aún hoy no sé como hice.

Ya caída la noche, y con mis amigos saliendo a mi encuentro con cara de preocupados, llegué a la cabaña. Pablo, avancarguista él también, no creía que lo había cazado con el fusil. Para convencerlo le hice oler la boca de cañón del 357.

Al otro día comimos ciervo tierno a la cazadora y después en goulash —herencia de mi padre húngaro de los Cárpatos— acompañado por buen tinto y buena amistad.

¡Salud a todos los verdaderos cazadores!