Luna Mapuche

Jorge Borque

 

Sur Argentino, Patagonia, mes de marzo bastante frío y lluvioso, con una «Brama» muy entrecortada, muy irregular, «flojita» al decir de mi guía mi buen amigo Calfuqueo, descendiente directo de la estirpe Araucana y profundo conocedor de los valles, ríos y estepa Patagónica de Río Negro.

Calfu como lo llamamos cariñosamente los que lo conocemos y valoramos sus grandes habilidades de rastreador y baquiano de la zona. Lleva en su sangre, mezcla tehuelche y araucana, el legado de sus mayores, en lo referente a la caza, el uso del lazo, boleadoras, del caballo, el conocimiento del bosque y de la estepa.

«Con la luna van a empezar a bramar los bonitos» me decía Calfu, mientras avanzábamos a caballo por un filo, hasta alcanzar un mirador desde donde dominaríamos un amplio valle, con la intensión de trabajar con los binoculares y tratar de oír algún bramido o rezongo.

Amanecía cuando desmontamos casi en el filo, aflojamos cinchas y atamos los caballos en un chacay, y lentamente ascendíamos al filo a pie. El espectáculo que nos ofrecía ese amanecer en la montaña era un regalo de Dios, de una belleza indescriptible, faldeos de colores verdes, amarillos y rojos en muchos lugares, por lo que muchos llaman en esta época del año «El bosque en llamas».

Los pastos muy mojados por el intenso rocío me recordaban las polainas olvidadas en el casco de la estancia, y el frío a cada momento apretaba más con el viento del sur, pero esto es parte del lance, además como decía mi abuela «sarna con gusto no pica…»

Un grupo de hembras muy a lo lejos pusieron una esperanza en mi corazón, pero estuvieron ramoneando unos minutos y desaparecieron detrás de otro filo muy lejano. Se escucharon dos o tres rezongos desde la zona de transición entre la estepa y el bosque, donde los árboles son más ralos y hay más visibilidad, pero no vimos a ningún Colorado.

Las diez de la mañana, el sol alto, no hacía frío y decidimos ir por nuestros caballos y bajar hacia el casco de la estancia, pero por otro lado, bordeando un pequeño arroyo, donde según Calfu hay uno o dos picaderos o revolcaderos, en donde los machos Capitales braman, se revuelcan y pelean por las hembras. Mientras bajábamos vimos varios pinos pequeños totalmente desprovistos de sus ramas, solo tenían la vara central, signo inequívoco de la «pelada» de los ciervos. Son estos lugares en donde frotan sus cornamentas para despojarlas de la felpa, con la que nacen cada año, y además en donde descargan su furia debido al estado de excitación por el aumento de la testosterona, además es una forma de «marcar» su territorio, y según Calfu es muy normal que todos los años regresen a ese mismo lugar para aparearse y de esa manera dar continuidad a la especie.

Evidentemente por los rastros que vimos el movimiento en esos dos lugares era muy grande, habían marcas recientes de orines con muy fuerte olor, ácido y penetrante. El conocimiento de Calfuqueo de toda esa zona, realmente es grande, y me comentaba que al amanecer, los Colorados se refugiaban en un bosque muy cercano que teníamos en esa quebrada, por donde normalmente sube el viento, llevando cualquier olor, o cualquier sonido, hacia ellos en sus encames, de manera que entrarles de abajo hacia arriba era perder el tiempo, la estrategia sería aparecerles desde arriba hacia abajo, o sea desde el bosque hacia la estepa. Nada fácil atravesar esos bosques y luego los ñires achaparrados sin hacer ruido, realmente una estrategia muy difícil.

La idea de Calfu era venir por la tarde, desensillar mas o menos cerca, dejar atados a los caballos, luego remontar a pie la quebrada, hasta meternos un poco en el bosque, y allí hacer noche esperando el amanecer muy cerca del picadero, con la esperanza de que esa noche se arme mejor la brama. Usaríamos las «pilchas» de la montura para dormir, y el poncho impermeable para atajarnos del rocío.

Como la cosa estaba decidida, enfilamos recto a la estancia, a tomar unos mates, mientras Calfu prepararía un rico asado y luego una siesta hasta la hora de partida.

En los preparativos que anteceden a cada viaje a los ciervos al Sur Argentino, es decir a nuestra hermosa Patagonia, siempre me cuesta tomar la decisión de que arma llevar, pues es sabido que cada vez los ciervos se muestran más lejos, más esquivos, más desconfiados y por lo tanto el lance requiere un arma de mayor alcance preciso, un tiro más rasante, y la duda está entre llevar el .300 W. Mag. o el .375 H&H Mag., que es el rifle «de mis amores» y que me exige menor distancia de disparo, aunque hasta 200 metros es sumamente confiable. Además los resultados obtenidos siempre con este calibre, son más que satisfactorios. Y como mi mayor satisfacción es acercarme lo más posible a mi presa, disfruto por partida doble, de manera que como muchas otras veces me incliné por mi .375 H&H Mag. en esta oportunidad también.

Puntas de 300 gr, recargas propias, muy probadas en mi querido Tiro Federal de Mendoza, con las que obtengo una velocidad en boca de 2500 pies/seg, con agrupaciones corrientes de 2 pulgadas a 150 metros, estando la mira regulada a «cero» a esa distancia, de manera que si mi ciervo esta a 200 metros, debo colocar el pelo horizontal del retículo, casi en la cruz del animal.

Mis binoculares Swarovski 8,5 x 42 son una herramienta de primerísima necesidad, con una definición extraordinaria, sobre todos en las horas de medias-luces, es decir en los amaneceres o atardeceres, justamente las horas en que por lo general se obtienen los mejores trofeos, en condiciones de muy mala luz.

No obstante de tener absoluta seguridad de mi rifle, lo mismo fue probado en el casco de la estancia disparando a un blanco a 150 metros, con la finalidad de corroborar la precisión y «ensuciar» el cañón, es decir eliminar todo resto de aceites o anti óxidos que pudiera tener en el cañón, con tres disparos.

Un rico asado acompañado por un excelente vino tinto mendocino; después algunas recomendaciones de parte de Calfu en lo referente a no llevar muchas cosas, pues habría que cargarlas al hombro, una vez puestos de acuerdo tomamos una reparadora siesta.

Ya a las cuatro de la tarde me avisan que esta Cruceño, un peón de la estancia con los caballos, en la puerta de la casa.

En una pequeña mochila llevaba mi termo con café bien caliente, unos sándwiches y la caramañola, además de mi poncho y campera, unos guantes, pasamontaña y bufanda (regalo de mi hija) que siempre uso, una pequeña linterna, máquina de fotos y el G.P.S. y a montar.

Adelante iba Calfu, yo en el medio, montando un tordillo grande y bien gordo, «invernao» al decir del paisano, algo viejo, pero muy baquiano y seguro, para andar por unos faldeos bastante pedregosos y peligrosos, con dos o tres «malos pasos…» al decir de los paisanos, y cerrando la marcha Cruceño, llevando «de tiro» un carguero por las dudas, quien se quedaría con todos los caballos en un determinado lugar hasta el otro día.

Lentamente ascendíamos el cerro al costado de un arroyo tapado de chacayes, árboles muy frondosos y bajos, muy comunes en esa zona, zona la que conocen como «el chacayal».

En unos cerros muy lejanos podíamos ver una tropa de ciervos que cruzaban ese valle, los seguí con los binoculares hasta que se perdieron, de todos modos no nos apartaríamos de la estrategia que teníamos planeada desde el día anterior.

Casi a las seis de la tarde llegamos al «picadero» de los ciervos que habíamos visto el día anterior, lo pasamos unos quinientos metros y allí desmontamos, sacamos los pellones de las monturas, que serían muestras colchonetas para esa noche, y Cruceño partió con toda la tropa a un refugio de leñadores que no estaba lejos y en el cual tenían ciertas comodidades para quedarse por unos días, sobre todo en invierno cuando la cosa se pone peliaguda con la nieve.

Allí empezó parte del sacrificio, de la entrega personal, que siempre está presente en cada lance, donde surge la templanza y el espíritu del cazador. Con el rifle que es bastante pesado, binoculares, mochila y pellones, íbamos cruzando una especie de «pista de combate», un maraña a veces impenetrable, de diferentes árboles, donde se destacaban las araucarias «piñoneras», todo un símbolo de nuestra Patagonia, y proveedoras de una de las principales comidas de los indios mapuches, los piñones, los que aún en la actualidad se comen de muy diferentes formas, y todavía continúa la ancestral costumbre de su cosecha. Recordaba el lomo de ciervo con salsa de piñones y puré de la cena de bienvenida. Nos llevó casi hora y media llegar al lugar elegido por Calfu, para pernoctar y poder oír desde allí la brama de esa noche, la que esperaba que fuera mejor que la de la noche anterior.

Estábamos en un cuarto creciente avanzado, de manera que la luna alumbraba bastante, y a las veintiuna horas estábamos bajo la luz de la luna… esa es la «Luna Mapuche», la que guiaba a mis mayores cuando llegaron por estos lugares, ellos la usaban para viajar de noche… me comentaba Calfu, refiriéndose a sus antepasados. Acomodamos nuestras cosas, preparamos nuestras camas con los pellones y no deberíamos encender la linterna, y no hacer ruido, por ningún motivo para no ser detectados y echar por tierra todo nuestro sacrificio anterior.

Llevábamos media hora sentados en un tronco y el frío empezaba a hacerse sentir, cuando de pronto sonó un brutal bramido que nos dejó petrificados, se sentía muy cerca nuestro, en realidad eso lo pensaba yo, pero Calfu calculó 300 metros, claro, era lo que Calfu me había comentado el día anterior, cualquier ruido el viento lo sube por esa quebrada e incluso lo magnifica, lo cierto es que la adrenalina me inundaba todo mi cuerpo, pues se sentían tropeles, que seguro eran de las hembras que controla cada macho, que por lo general no son más de veinte cuando son muchas, a veces solamente tiene cuatro o cinco solamente, a pesar de que en comentario de rueda de cazadores a veces se magnifica el número de hembras, que controlan ciertos ciervos Capitales, pero yo me refiero a lo que comúnmente se ve y que comentan los baquianos del lugar.

Y empezó bajo esa «Luna Mapuche» el concierto mas maravillosos del mundo, juro que los sentimientos y las vivencias que se experimentan en esos momentos son realmente indescriptibles, ese grito brutal de la naturaleza, con el cual los ciervos Capitales se dan ánimo, descargan su ira, y desafían a sus contrincantes, suena en esos valles y bosques como un rugido mezcla de toro y león, que nos hiela la sangre y tensa nuestros sentidos al máximo.

Nos encontrábamos dentro de un triángulo formado por tres árboles muy grandes caídos, lugar que Calfu conocía desde hacía mucho tiempo y que a veces usaba para pasar la noche cuando se encontraba cerca, de manera que nos cubrían muy bien del viento, es decir pasaba muy por arriba nuestro, sin afectarnos (enfriarnos) directamente.

Dos o tres ciervas pasaron en tropel muy cerca nuestro, calculo unos treinta metros y por un momento pensé que nos tomarían nuestro olor, y hubiera sido terrible, pues cuando las hembras detectan algún peligro dan la alarma con unos sonidos parecidos a una tabla que se golpea contra otra, o una especie de tos seca, gracias a Dios no fue el caso y seguimos escuchando los bramidos que se sucedían cada diez a quince minutos. Calfu me comentaba por lo bajo «Ta linda la brama, Che…» Y así seguimos hasta aproximadamente las 11 de la noche, luego empezó a cortarse nuevamente y sonaba alguno muy de vez en cuando.

El frío y la humedad eran muy grandes realmente, mi poncho era muy insuficiente, mientras que a mi lado el curtido de Calfu roncaba plácidamente como si estuviera en el Caribe. Gracias al café que estaba bien caliente y los sándwiches, me hacían menos penosa la espera.

Me senté en un solo pellón y el otro me lo puse por la espalda y debajo del poncho que me cubría totalmente, y me apoyé contra el gran tronco. Estaba en un estado de somnolencia sin llegar a dormir, cuando retumbó en todo el valle un tremendo bramido, el que nuevamente embotó mi cuerpo de adrenalina, sentía la boca pastosa, y mis oídos parecía que me retumbaban en mi cabeza, Calfu saltó de su posición y me dijo que «ese» estaba muy cerca, que no me moviera pase lo que pase. Eran las seis de la mañana, noche total y faltaban casi dos horas para que amaneciera para poder ver algo, y se inició nuevamente el gran concierto, esta vez, «del amanecer», se sentían muy claramente el entrechocar de cornamentas, se sentían tropeles de un lado a otro, se sentían golpes en las ramas de los árboles, descargados con una furia inusitada, era todo un pandemónium dentro de ese bosque. Yo me imaginaba lo bello que sería poder presenciar todo ese cuadro de verdadera naturaleza salvaje, y recordaba las sabias palabras de mis mayores, los que me enseñaron y me legaron el fuego sagrado de «La Caza»… «Solo procrea el más fuerte en la sabia Naturaleza».

Todo lo que tocaba se sentía mojado, el rocío era terrible, a la mira la tenía con unos taponcitos de goma que son excelentes, y los sacaría al momento de tener que disparar, y rogaba no olvidarme al respecto cuando llegara el momento.

Ya tenía identificado muy bien a un bramido en especial, de esos «lindos», muy grueso, ronco y por lo bajo, no había duda que se trataba de un ciervo viejo, y por cada cuatro o cinco del los otros bramidos, mucho más agudos y más largos, solo sonaba uno de este ronco y entrecortado, y provenía siempre del mismo lugar, un poco abajo y hacia el sur, según Calfu se encontraba lejos como a quinientos metros, yo pensaba que mucho menos, pero hasta que no amaneciera no podríamos saber realmente.

Muy lentamente iba apareciendo el cielo con un resplandor verdoso, primer color del amanecer, y podíamos ver que estábamos dentro de una bruma total, lo que dificultaba aún más nuestra observación. Yo tenía unas ganas bárbaras de acercarme un poco al «bramadero», pero Calfu me aconsejó no hacerlo, pues si llegara a estar alguna cierva que no vemos y nos «toma el viento» va a quedar el desparramo y perderíamos la oportunidad.

Seguían los bramidos, seguían los tropeles y el fuerte y ácido olor a orín era insoportable, la bruma se disipaba muy lentamente junto con el amanecer, se veía el sol en las cumbres altas, faltaba mucho para que llegara a donde estábamos nosotros, pero con la ayuda de mis binoculares ya podíamos ver un poco dentro del bosque. Cuando Calfu se aseguró que no hubiera ciervos cerca, saltamos fuera de los troncos y empezamos a acerarnos al bramadero, caminando con un cuidado infinito de no hacer ningún ruido, agachados permanentemente, avanzamos unos cincuenta metros, y en unos montes grandes nos escondimos para observar desde allí. Ya los podíamos ver, muchas hembras, muchos varetos, y tres ciervos importantes se veían entre ellos, sin poder asegurar si eran buenos o no, alcanzaba a ver tres cornamentas grandes solamente. Calculo que estábamos a 180 metros mas o menos, y la visión no era buena, pues habían muchos árboles y ramas de por medio, de manera que deberíamos acercarnos un poco más antes de que empezaran a retirarse a sus encames diurnos, pero sin hacer ningún ruido. Siempre usé una técnica que me dio buenos resultados, y es la de moverme cuando el ciervo está bramando, pues es mas difícil que me escuche cuando él se está forzando a emitir su bramido, y así lo hicimos y nos aproximamos unos cincuenta metros más.

Desde nuestra nueva posición ya podía diferencia cuál era el ciervo viejo, el del ronquido más grueso y entrecortado, y me pareció ver una corona de cuatro puntas, muy buena señal, además se veía muy claro que la cornamenta era bien gruesa, de manera que mi atención se puso sobre ese ciervo Capital, pero no podía descuidar a los demás por temor a que nos detectaran; muy lentamente y casi arrastrándome pude acercarme unos veinte o treinta metros más, hasta la horqueta de un árbol, en donde podía esconderme, mientras Calfu permanecía en la posición anterior. Desde mi nuevo puesto contaba catorce o quince o más puntas y mi corazón parecía que iba a estallar, ya estaba decidido el tiro, sacado los tapones a la mira, y a «mi» ciervo lo tapaban constantemente varias hembras, las que me impedían el disparo. Lo llevaba en el retículo de la mira permanentemente, era una situación desesperante, estaba muy ansioso y yo mismo me daba cuenta de que eso no era bueno, pues ya pasé por muchas situaciones parecidas y esa ansiedad si no es controlada, produce resultados que por lo general fueron negativos, de manera que me acordé como siempre lo hago de «Mi San Huberto Milagroso», me calmé, normalicé mi respiración, volví a meter el grupo de ciervos en la mira y lentamente el macho Capital se iba adelantando a la hembra que lo tapaba, hasta que alcancé a ver la base del cogote, lugar que elegí para poner los 300 gr de mi .375, sonó el estampido en el valle, el desparramo de ciervos fue brutal y en todas direcciones. El Colorado se había desplomado sobre sus patas, yo lo observaba desde mi posición sin moverme, y siguiendo las mejores enseñanzas y consejos de viejos sabios, coloqué un segundo disparo, otra vez en la base del cogote, que por la posición en que había caído, lo podía ver, pero esta segunda vez no acusó el impacto, por lo que deduzco, el primer disparo fue fulminante, y es acá en donde hago hincapié en la ventaja de usar un calibre determinante, como lo es el .375 H&H Mag.

Un magnífico trofeo, un quince puntas viejo, de gran cogote y panza negra, sería su cabeza número trece o catorce más o menos, según estimamos con Calfuqueo, una hermosa cornamenta gruesa y con un profundo perlado.

Realmente todo un privilegio cazar un trofeo así en un paraíso, como es nuestra Patagonia y acompañado por un baquiano de lujo.