Último día de la temporada

Manuel Domínguez

 

Era el último día de veda de la modalidad de caza que más me apasiona que, como no podía ser otra, es la de la caza de la perdiz con reclamo. Estaba ese día en mi casa un poco desilusionado, pues la temporada se estaba dando desastrosa, no había logrado en todos los aguardos —pues así lo llamamos en mi pueblo— que había dado tirar ninguna perdiz. Eso sí, entre mi desilusión por no haber concluido ningún lance con éxito y por lo tanto no haber podido comprobar el comportamiento de mis pájaros después del tiro, me encontraba yo meditando e intentando aprender de los errores que había cometido esta temporada, errores éstos que fueron seguramente los responsables de no haber abatido ninguna perdiz. Pues bien, como os comentaba, estaba yo inmerso en mis pensamientos y con la decisión casi tomada de no salir de caza, pues aún siendo la última posibilidad de dar un aguardo hasta el año siguiente, el campo estaba ya bastante pasado y mis pájaros en sus últimas salidas habían estado muy intranquilos y demasiado fuertes debido a la negativa de las camperas a llegar a la plaza.

Cuando más tranquilo me encontraba, sonó «el móvil» y cuál fue mi sorpresa cuando escuché la voz de un amigo del pueblo, que aún no siendo cazador, tenía en su casa un pájaro de segundo celo, el cual el año anterior le habíamos dado un aguardo. En ese aguardo dio muestras de su valía como futuro reclamo y, pese a mi poca experiencia, le aconsejé a mi amigo que lo cuidara, que ahí había «PAJARO». No siendo este amigo cazador, como ya os he comentado ,me llamó para que le diéramos un aguardo, pues ya le había dado un par de ellos, pero sin escopeta, con tan mala suerte que en el primer aguardo que le dio le entraron dos colleras de perdices; el pájaro, según mi amigo, las recibió como si de un maestro se tratara, pero claro —las cosas que no se pueden o no se deben hacer—, al ver como se le iban con los ruiditos que poco a poco iba haciendo mi amigo —aconsejado por su padre desde el móvil— para evitar que por lo menos no se fueran de vuelo, se puso un poco inquieto. Ni qué decir tiene que gustarle, lo que se dice gustarle, no le gustaría, «pero cuando hay pájaro…». En fin, como os podéis imaginar pasé de un estado de ánimo totalmente pesimista con respecto a mi último día de caza, a desbordarme la alegría por poder culminar esta temporada con un pájaro prometedor y que mi amigo tenía unas ganas locas de poderle tirar, que es lo que le hacía falta, y comprobar como habían quedado los ánimos del artista después de haber visto, en el aguardo sin escopeta, cómo se le habían ido sin poder haber hecho nada para evitarlo.

Sin duda, ese era mi día de suerte. Quedamos mi amigo y yo, ese domingo a las cuatro de la tarde, en la cafetería para tomar un café antes de irnos al campo. Yo, repleto de impaciencia —cosa que una vez llegado al campo es lo que procuro controlar— llegué a la cafetería bastante antes que mi amigo. Cuando se presentó estuvimos tomándonos el café y hablando de donde íbamos a ir, de que si íbamos a cazar con el portátil o en puesto de piedra, etc… Por fin nos pusimos en camino hacia la finca de mi amigo, en donde él tenía controladas un par de colleras de perdices.

Llegamos y dejamos el coche bastante apartado del sitio de donde teníamos más o menos pensado ponernos. Por lo que a mí me tocaba, llevaba mi escopeta paralela del 12 que heredé de mi padre —culpable éste de mi devoción por esta caza—, el aguardo portátil, la silleta, etc… Y mi amigo una cosa sola, pero la más importante: «SU PÁJARO». Cuando sacó del maletero el pájaro enfundado, y al intentar colocarle bien el sentón que sobresalía un poco por la piquera de la jaula, pude comprobar por sus picotazos y piñones que parecía que ganas tenía, es más, en el trayecto del coche hasta el aguardo, aun enfundado, no dejó de emitir ese precioso sonido.

Antes de llegar al sitio, que por cierto nos costó mucho elegirlo debido a que, como teníamos que caber los dos en el portátil, cuando encontrábamos buen sitio para ubicarlo no había sitio para el postero —así lo llamamos en mi pueblo al pulpitillo— y viceversa. Cuando habíamos subido a la mitad del cerro volamos tres pájaros, posiblemente alguno de ellos habría enviudado en algún encuentro con otra jaula o por otros motivos que yo ahora no voy a intentar adivinar. Por fin, después de camuflarnos y de colocar a nuestro amigo en su sitio, me metí en el aguardo para que el pájaro no me extrañarse y mi amigo se dispuso a quitarle la funda para que diera comienzo el espectáculo.

No llevamos ni cinco minutos y el pájaro, que todavía no había salido, empezó a dar muestras de intranquilidad. Mi amigo me miraba y yo miraba a mi amigo, pensando —yo al menos— en lo peor, en que le había pasado factura la mala lección que se le dio el día SIN ESCOPETA. Como el postero lo había hecho yo, mi amigo decía que estaba muy tapado y que creía que ese era el motivo de su nerviosismo, y que iba a salir a quitarle unas ramas. Yo le dije que él sabría, que el pájaro era suyo pero que no era lo más conveniente por la posible cercanía de las del campo. Pese a mi recomendación salió, la verdad es que creo que tuvimos mucha suerte de que no pasara nada pero en fin, ahí estábamos otra vez en situación. El pájaro, la verdad sea dicha, con la salida de mi amigo se tranquilizó y empezamos a escuchar un macho a una distancia bastante considerable, y de buenas a primeras le contestó otro también a larga distancia.

En ello estaban los dos camperos cuando empecé a oír al de la jaula con un curicheo bajito y queriéndose calmar. Ya se espolvoreó y empezó a deleitarnos a mi amigo y a mí con un canto de cañón que los dos machos que se habían dejado oír no pudieron pasar indiferentes ante aquel canto tan perfecto, al menos para mí. Revolucionó aquello de tal manera que ya no eran sólo los machos los que contestaban, sino que sus señoras no podían evitar el responderles, lo cual produjo que el de la jaula empezara con un buen repertorio de reclamos, curicheos y piñones. Cuando más enfrascados estábamos en la faena, estaba mi amigo intentando deducir la posición de las camperas haciendo gala de su mejor oído y diciéndome muy bajito donde él creía que estaba el campo, cuando veo al de la jaula encorvado, enmoñado y recibiendo de pluma a un precioso y viejo macho que no era otro sino aquel que habíamos volado antes de ponernos, pues los otros dos seguían cantado a bastante distancia.

Mi amigo estaba tan concentrado en intentar ubicar a los otros que ni se dio cuenta de la entrada de aquel pavo que entró de callada pidiendo explicaciones a aquel que estaba desafiando a todo el que osara batirse con él. Mi reacción fue de calma, debido a que me sorprendió su llegada, creo que si hubiese llegado señalando su presencia no sé si mis nervios, aún por fraguar en este arte de caza, hubieran aguantado por ver llegar por momentos el inevitable encuentro que de todas maneras se produjo. Lo dejé que entrara, su primera reacción fue irse detrás del postero y embolado y con la cabeza ligeramente inclinada salió por la izquierda del postero. Lo dejé que se paseara por delante, ni qué decir tiene que nuestro pájaro en todo momento lo estaba recibiendo con un currirri casi inaudible y con unos ligeros movimientos que delataban sus enormes ganas de peleas —en su primer contacto con la caza, en ese aguardo sin escopeta, según me dijo mi amigo, recibió al campo con la cabeza en lo alto de la jaula y sin mover un ápice, cosa que bajo mi poca experiencia creo que no le podíamos exigir en este aguardo, debido a que la tensión de éste, en su segundo aguardo, era mayor por no saber si ese macho se iba a ir como aquellas dos colleras que vio marcharse sin poder hacer nada para evitarlo—. El pájaro se paró y empezó a dar unos pasos en dirección al aguardo, me quedé inmóvil y aguantando el chaparrón, pero fue rápido, porque al momento se giró e inició una carrerita con una parada delante del pájaro con la cabeza levantada, lo cual me hizo suponer o intuir la intención del campero de subirse a la jaula y, ante esa intuición y las ganas de mi amigo de tirarle y ver su comportamiento… Pummm… el campero quedó seco en un principio, pero con tan mala suerte que le dieron unos pocos plomos en la cabeza, empezando al instante a dar unos aletazos y pequeños saltos que me hicieron maldecir lo que no está escrito. Pero como dije antes, cuando hay pájaro… al momento se quedó el campero muerto a los pies de nuestro reclamo y mi amigo y yo con la vista clavada en el reclamo esperando su reacción. Creo que tardo tres segundos, no más, y empezó con un currirri que poco a poco fue aumentando, «como le gustó, no cabía en la jaula».

Empezó de nuevo con su repertorio, esta vez quizás con más fuerza si cabe y al momento ya le estaba contestando la hembra que sin saberlo ya estaba enviudada. Nuestro reclamo le hizo lo que pudo, o lo que en sus pocos aguardos había aprendido, la tuvimos toda la tarde alrededor pero no «quiso coles». Con la hembra estaba otro macho, que sería uno de las tres perdices que volamos antes de ponernos, éste pegó un par de reclamadas, pero más con intenciones de comprobar y localizar al macho dominante de aquella zona —que yacía a los pies de nuestro reclamo— que de entablar una pelea con nuestro reclamo. Poco a poco fue cayendo la tarde y la nueva supuesta collera se fue alejando poco a poco y nuestro reclamo se quedó en su atalaya con su macho a sus pies y sin tener intenciones de callarse para nada.

Como ya era casi de noche decidimos dar por finalizado el puesto. Cuando mi amigo salió a tapar el reclamo, una vez tapado se giró y me dijo «tenemos más caza», y es que a tres metros del pájaro, ocultas por unas retamas, estaban un par de vacas que fueron subiendo poco apoco durante la tarde. Una vez que mi amigo tapo el pájaro salí del aguardo y me encendí un cigarro, recogimos todo y tomamos la dirección del coche, ya anocheciendo, con nuestro macho abatido —tenía tres espolones—.

Creo que no fue la mejor manera de actuar. Creo que debimos aguantar más y esperar que hubiese entrado la hembra y así haber tirado la collera, y si se tenía que subir a la jaula, que se hubiese subido. Creo que a este pájaro no le hubiera afectado para nada, pero en fin, esto es lo que sucedió y es lo que os cuento.

Un saludo a todos los aficionados a esta apasionante modalidad de caza…

SUERTE CON VUESTROS RECLAMOS…


LV