Matacán

Escopetanegra

 

En un pueblo, un jabalí, cojo y con unas defensas como puñales, tenía aterrorizados a sus habitantes. Éste comía todo cuanto se le antojaba, no dejaba cultivo sin destrozar, incluso, cuando el alimento escaseaba, atacaba a un rebaño de ovejas.

Decían que el único que podía acabar con este jabalí era el «Chani»; algún chavalillo intentó acabar con él, pero lo que consiguió fue llevarse un verdadero y considerable susto.

A este jabalí le apodaron Matacán; este nombre se lo dio un perrero de Granada. «¡Con la mala leche que tienen los cojos!», decía el barbero.

El Chani tenía una rehala, una rehala en la que sus canes y él formaban un equipo imparable. Sus perros vivían en libertad, sin cadenas ni ataduras hasta la hora de llevarlos de montería.

Decían que el Chani estaba «alobao», que el triunfo de sus rehalas residía en que Chani era igual que sus perros… y sus perros igual que él. Él era el líder. El liderazgo lo compartía con El Careto, una mezcla de perro de presa y podenco, al cual ningún jabalí se le resistía, cualquiera que le plantara cara le ponía las peras al cuarto. El Careto estaba distante en la casa, pero en el campo formaban una verdadera máquina, no había guarro que se les resistiera.

Cierto día llego un guarda de la finca, por donde Matacán solía encamarse, y le dijo al Chani que si podía llevar a su rehala para montear las manchas de las Pedrizas y Las Gargantas, a lo que Chani, debido a la amistad que le unía con el guarda, aceptó.

Llegó el día. Chani y sus perros fueron al lugar de la montería. Tras soltar las rehalas empezaron a escucharse algunos tiros en la cuerda, posiblemente a algún cervuno que se salía de la mancha, pero el famoso jabalí no aparecía. De pronto, un perro de otra rehala dio con Matacán; éste, al saber que su velocidad era inferior que la de los canes debido a su cojera, decidió llegar al alto del cerro y coger el río, cruzarlo y con ello despistar y aumentar la distancia entre él y los canes para evitar el agarre. Al ver el Chani esto decidió coger a sus perros y conducirles por el lado opuesto del cerro, y con ello cortar la carrera de Matacán. Y así fue, tal y como lo supuso el Chani. De pronto se produjo el encuentro entre los perros, encabezados por Careto, y Matacán. El encuentro fue como un choque de trenes, los perros fueron a por él sin miedo, demostrando cómo deben ser una verdadera rehala; el ruido era ensordecedor, Chani entró a rematar al guarro, de pronto un grito de Matacán estremeció la sierra al notar el frio metal. Al instante, un desgarrador grito humano se mezcló con el del enorme jabalí. Éste, en su último impulso de vida, tiró de los perros barranco abajo, donde se encontraba el río.

Hubo un enorme silencio en la sierra. Decían que la sierra estuvo en silencio varios días después. Un perrero encontró al Chani ensangrentado, agarrado al Careto, sin soltarle, hasta que su vida se fue apagando como una vela.

Tal y como decían, Matacán moriría matando. Eso hubieras querido, a Chani lo mató la pena, la pena de no poder defender a sus valientes, la pena de ver cómo acabas con ellos, a Chani no lo mataste tú, lo mató la pena.