Rececho de muflón

MAX

 

Todavía no ha amanecido, el monte está en silencio, pero, mi compañero y yo hace ya rato que tenemos los sentidos a pleno rendimiento.

El aire fresco de la madrugada nos trae las fragancias que inundan el espesor como un vendaval de sensaciones, aspiro profundo y ese aire floreado me llena los pulmones. Estoy vivo y me dejo invadir por todo el cúmulo de estímulos que ese aire perfumado me trae. Es el olor de la vida.

Nos fundimos con la oscuridad, vamos en el más absoluto de los silencios, hace apenas unos minutos los hemos oído, están un poco más abajo, también los hemos escuchado al otro lado del barranco, y frente a la montaña. Hay que ir con mucho cuidado porque al menor descuido la cosa puede ir mal.

En realidad somos un grupo de ocho, pero, ya hace rato que nos hemos ido separando, cada uno hacia donde le ha parecido el sitio más oportuno. Mi compañero y yo hemos escogido una pinada espesa y apretada, junto a un prado que, a estas horas de la madrugada refulge como un mar de claridad sobre la oscura vegetación.

Tiene todavía mucho que aprender, es joven y se le nota, está nervioso, se mueve, asoma por entre la linde del bosque y el claro, estira el cuello para vislumbrar mejor. Yo trato de infundirle calma, intento que se fije en mí, que no se mueva, que aprenda a permanecer quieto, sin ruidos, simplemente dejando que los sentidos perciban el entorno y sus cambios. Unos cambios que son a veces sutiles, pero, de los que en la mayoría de ocasiones depende el éxito o el fracaso. A fin de cuentas llevo ya muchos años haciendo esto, y esa experiencia es la que suele marcar la diferencia.

Conozco el sitio a la perfección, ya he estado más veces y desde aquí se domina tanto el monte de la izquierda como el prado de la derecha. El contraste de color entre la claridad del mismo y cualquier sombra que lo cruzara enseguida nos pondría sobre aviso, y nos prepararía para lo que hay que hacer.

Aun así, no bajamos la guardia, siempre vigilantes, permanecemos a la espera, mientras el tiempo pasa, estáticos oteamos por entre la negrura, tratando de distinguir alguna sombra, algún movimiento sospechoso.

Observo a mi compañero y su nerviosismo me hace recordar años atrás, cuando yo tenía su edad, cuánto ímpetu y, a la vez, cuánta inexperiencia, pero, de eso sólo te das cuenta cuando han pasado los años, cuando has vivido cientos de lances, cuando has salido con éxito de ellos, lo miro a él y me veo yo y pienso si, cuando él llegue a mi edad, esto seguirá de la misma forma o ese terrible deterioro que el progreso del hombre ha traído a la naturaleza hará que todo esto desaparezca. Que tanto él como yo seamos algo a extinguir, un simple recuerdo para que otros cuenten a generaciones futuras que, aquí, hubo un tiempo en el que cazadores y piezas compartían naturaleza, compartían vida y, en muchas ocasiones, muerte.

Algo rompe la quietud de la noche, con las primeras luces de la mañana apenas iluminando más que los pensamientos, un tremendo estampido rasga el silencio… alguien ha disparado, en la zona de arriba, donde han quedado los dos primeros compañeros. Otro disparo más, y otro. Me temo lo peor.

Ahora sí que con los sentidos a punto de reventar de tanto forzarlos, permanecemos sin apenas mover un músculo durante minutos que se nos hacen eternos, mi compañero se revuelve inquieto. Yo permanezco inmutable, ahora es cuando más quietos debemos estar, si algo ha de suceder tiene que ser en estos momentos de tensión. Trato de infundirle calma con mi actitud, pero, un nuevo disparo termina por deshacer los nervios de mi compañero, con un trote desenfrenado, rompe monte arriba, en una carrera alocada por la vida.

De repente, un nuevo estruendo, veo cómo se levanta polvo justo por encima de mi compañero, él corre con toda la agilidad y potencia que pueden darle sus ocho años de vida, es todavía joven y no sabe que ante el acecho del cazador lo mejor es la quietud.

Sigo con la vista como en su alocada carrera mi compañero casi ha llegado arriba a la cuerda, unos metros más y estará a salvo, su velocidad le habrá salvado la vida.

Otro disparo más… esta vez no hay nube de polvo, veo en la lejanía cómo mi compañero parece que tropieza, da unos pasos titubeantes y, se desploma.

Permanezco tapado por la oscuridad que todavía me ofrece la mancha de pinos, entonces los veo, dos figuras salen de entre la espesura, arriba a la izquierda, como a unos ochenta metros de donde estábamos, les oigo claramente como comentan «es un macho joven, unos ocho o diez años, pero tiene una bonita cuerna. Llama por la emisora y pregunta si han cazado algo más, antes he oído tiros en la zona donde estaba Pepe».

Mientras tanto, yo me deslizo en silencio, muy poco a poco, monte abajo, siempre tapado por los pinos, franqueo el barranco y por él, desaparezco en el espesor del monte, otra noche que he salvado la vida, no sé mañana, pero, por otro día estoy vivo para gozar de la vida, de la naturaleza, de los pastos.

Mañana, no sé…