Un catorce impar

Jorge Borque

 

Abril tocaba su fin, además la luna prácticamente no alumbraba nada, sabíamos que ya iba a ser muy difícil sentir bramar a «los colorados» en esa fecha, pero mis obligaciones me habían impedido viajar unos días antes.

Un mes antes en una conversación telefónica con mi amigo «Neri», me había anticipado: «algunos rezongos se escuchan Don Jorge, pero no son de los buenos», expresión que utilizaba el encargado del campo, y por la que yo suponía que la «brama» estaría atrasada. Ese período de alteración en la vida de nuestros ciervos, en donde los sentidos están puestos al servicio de su ciclo reproductivo, donde el control de sus hembras lo desvela, no es exactamente el mismo tiempo todas los años, varía de un año a otro, y de unos lugares a otros, y a veces uno hace planes en función de lo que pasó el año pasado y resulta que los cambios son sustanciales, es decir la brama se atrasa o se adelanta, el régimen de lluvias y las pasturas naturales, la alimentación durante el invierno, tienen mucho que ver en el tiempo de brama, como así también en el desarrollo de buenas o malas cornamentas.

Ya en el campo «Neri» nos decía: «Los ciervos ya no braman en mi campo», y los peones que son los que frecuentan el campo a diario nos comentaban que muy de vez en cuando se escuchaba algún bramido, pero que rastros se veían y que habían «pelado» casi como de costumbre, sobre todo en «sombra de toro», expresión con la que se referían que para limpiar el retobo o felpa, que recubre su nueva cornamenta, refriegan la misma contra la vegetación de la zona y hay alguna en particular que prefieren, y que los lugareños y muchos cazadores la conocemos muy bien: «Sombra de Toro», vegetal que junto con el tipo de alimentación del ciervo, determinarán el color y perlado de su cornamenta. Además el casco de la estancia tenía un lindo acceso con algunos pinos, los que mi amigo «Neri» me mostró destrozados, evidentemente también pelaban en los pinos.

Después del asado de rigor «Neri» me dijo: «esto es el regalo que tengo para Ud.», mientras me alcanzaba un asta del último volteo, que a varios cazadores le hubiera provocado admiración y respeto, estaba un poco descolorida, muy gruesa, de ocho puntas armoniosas, y muy proporcionadas, de un color marrón casi negro; juro que me temblaron las piernas de pensar que por allí, cerca de nosotros, pudiera andar el que un tiempo atrás perdió semejante cornamenta.

Uno de los peones me indicó que al fondo del campo, como a cinco leguas al norte, en donde hay un molino, y un cuadro sembrado con maíz, ha visto dos o tres veces un ciervo grande, además se nota que siempre entra y sale por el mismo lugar, además por lo que me contaba el criollo, los horarios eran similares todos los días. Aprendí ya hace mucho a escuchar las observaciones de la gente del lugar, su sabiduría de las cosas diarias es grande y es bueno ganarse su confianza, escuchar pacientemente sus relatos y anécdotas y de esta forma capitalizar experiencia.

No obstante la oferta de instalarnos cómodamente en el casco de la estancia, preferí como es mi costumbre acampar dentro del propio cazadero, en algún lugar adecuado sin que nuestra presencia alborotara los alrededores.

Me acompañaban Eduardo y Pepe, y este campo ya era conocido por nosotros, de manera que ambos no estaban muy de acuerdo en armar carpa por ese lugar, habiendo otros mucho mejores, a su entender; pero accedieron por lo menos a probar suerte un par de días y después veríamos.

Efectivamente el monte virgen, un campo muy extenso y muy boscoso, casi enmarañado, con una caldenada muy alta, parecía casi imposible transitar sin hacer ruido al caminar, además del riesgo de perderse al ser tan grande y sin ningún tipo de referencia, pero yo insistía en dar crédito a la información de la gente del lugar.

Encontramos el cuadro de maíz, de allí al molino habrían unos tres mil metros, así que elegimos un buen lugar debajo de unos grandes caldenes para establecer nuestro campamento.

La carpa bien instalada, el calentador a nafta para evitar hacer fuegos dentro del cazadero, las bolsas de dormir, colchonetas y todo lo necesario para un campamento táctico (como yo lo denomino).

Mientras tomamos un café definíamos la estrategia, un poco complicada dados los condicionamientos, pues los ciervos no bramaban, la luna no alumbraba como para ensayar un acecho en el molino o al costado del maíz, y el monte tan espeso que iba a ser muy difícil caminar por dentro, en estos momentos recuerdo el decir de un paisano: «Ud. es amigo mío o amigo del león». Algo teníamos a favor, la huella por donde veníamos era un lugar bueno para recorrer; los costados del cuadro sembrado también, y antes de llegar al molino había según nos indicaron una especie de contrafuego (picada desmontada) perpendicular a la que habíamos venido y que con algo de cuidado podíamos recorrer sin hacer ruido.

Preparé mi .375 Holland & Holland Mag. con una recarga de puntas Hornady R-N de 300gr, empujada con 78gr. de IMR-4350 y Eduardo con su .300 W Mag. con puntas Nosler Partition de 180 gr. cargadas con 77 gr. de Reloder-22; por supuesto esta armas fueron disparadas durante la mañana en el casco de la estancia, no es conveniente disparar sobre la pieza de caza con el cañón limpio, es necesario haber disparado algunos tiros previamente, muchísimas comprobaciones de polígono indican que los impactos varían de un cañón limpio a uno que ya disparó unos tiros.

En una mochila camuflada con varios bolsillos coloqué una caramañola, una pequeña linterna, el G.P.S, fósforos envueltos en naylon, un silbato, el handy (radiotransmisor) con batería nueva, apagado y en frecuencia con el que lleva Eduardo, unas manzanas y un chaleco de duvet para más tarde, siempre refresca, y partí en dirección al molino, utilizando la huella, pero no por el medio sino por un costado y caminando como escondiéndome, realizando varias detenciones para mirar a todos lados, adelante y atrás.

Soy un enamorado de los atardeceres pampeanos dentro del caldenal, y este no era la excepción, los colores rojizos del atardecer daban tintes teatrales al monte, la vegetación exuberante a uno de mis costados y al otro lado de la huella un contrafuego que se había transformado en un «rosetal» impenetrable; a lo lejos me pareció oír el sonido monocorde del molino al que todavía no podía ver, pero por lo visto ya estaba cerca, y por la senda unos cuatrocientos metros más adelante un gran árbol, parecía ser el de las indicaciones del peón, es decir por donde entraba y salía el ciervo al maíz y al agua.

Ya había poca luz y mis prismáticos trataban de comerse el campo, hacía una estación, revisaba todo, y me adelantaba unos cincuenta metros más, y repetía la operación, ni bramidos ni señas de algún «colorado», faltando unos setenta metros para el gran árbol y justo en el momento que me estaba moviendo, un reflejo rojo saltó el alambre desde adentro del «rosetal» hacia el monte, tanto el ciervo como yo nos quedamos «congelados» , posiblemente él por curiosidad, pero yo de susto, lo tenía a menos de cincuenta metros parado en medio de la huella, miraba su gruesa cornamenta y contaba sus candiles a simple vista; me ofrecía todo su flanco derecho, yo llevaba el rifle con las dos manos pero lo tenía bajo, y no quería hacer un movimiento brusco al subirlo, además siempre que cazo trato de disparar con apoyo, pero acá no había ni apoyo ni tiempo, además a esa distancia creo que era más difícil escapar que acertar, así que fui subiendo lentamente el .375 H&H, lo busque en el retículo de la Leupold Dual-X, todo transcurrió en un instante, y al momento del disparo el colorado se movió mostrándome menos su flanco, pero los 300 gr. ya habían partido presurosos, bajó la cabeza y emprendió loca carrera hacia el monte, unos cincuenta metros y se clavó de cabeza, mientras tanto yo ya había recargado y me preparaba para repetir el tiro, lo tenía apuntado al cuello pero desde atrás, evidentemente no hizo falta el segundo disparo; ya en frecuencia (por radio) con Pepe y Eduardo que estaban en el campamento, me decían: «se sintió el tiro y el 'tamborazo' del impacto», yo como estaba tan cerca no pude apreciar el ruido del proyectil al impactar.

Era un hermoso trece puntas (catorce impar), de cuerna gruesa y con muy buen perlado, con unas puntas muy blancas y afiladas, no era el «monstruo» soñado pero sí un hermoso trofeo.

San Huberto premió mi insistencia de buscar por el lado más difícil, supongo.

Recechar ciervos de día, a pie dentro del monte Pampeano o en los cerros y bosques de nuestro maravilloso Sur Argentino, es un verdadero privilegio para nuestros sentidos y nuestro espíritu, aunque por supuesto exige una verdadera cuota de sacrificio al tener que caminar o trepar durante varias horas, tras el ansiado trofeo.

Una posterior autopsia, nos mostró cómo mató el proyectil: interesó los pulmones del flanco derecho un poco abajo, partió el corazón y rompió la articulación de su pata delantera izquierda, en donde la punta Hornady estalló fragmentándose, y uno de los trozos mas grandes (el que recuperamos después), provocó un estiramiento del cuero de adentro hacia fuera a la altura de la paleta izquierda, sin llegar a perforar, pero el «tetón» era notable, allí mismo Eduardo practicó , con un cuchillo muy afilado, un tajo en cruz y recuperamos parte del proyectil y parte de su camisa, que aún conservo.

Ya de noche, sentado cómodamente en el campamento, mirando un hermoso cielo patagónico, tachonado de estrellas, pensaba lo lindo que pasaría los días restantes, acompañando a mis amigos en su cacería, y preparando mi trofeo.