Manuel, los furtivos y otros (VII)

Rayón

 

En este, como en cualquier otro relato, quedaría muy bonito que les hablara de si el suave viento ábrego soplaba así o asao, de cómo un rato antes de la puesta del sol al ir Manuel hacia el puesto de espera podía apreciar cómo brillaban las hojas de las jaras después de haber sido mojadas por una fina lluvia que acababa de desprenderse de unas algodonosas nubes que surcaban el cielo de la zona, o de otra cualquier “preciosidad” de las que tan bien quedan en un relato. Pero no les voy a hablar de nada de eso, tan solo trataré de hablarles de lo que realmente era la vida de unos chavales en la sierra y de cómo aprendiendo de unos y otros ciertas tácticas o triquiñuelas de caza conseguían aportar a sus casas una buena parte de las proteínas que en ellas se consumían.

En la zona de Sierra Morena de Jaén situada en la vertiente sur de la “Cuerda del Enjambradero”, a principios de la década de los sesenta había unos chavales, concretamente cuatro, que vivían en varios de los cortijos que en ella había. Estos chavales andaban entre los 13 y 16 años que tenía el mayor de ellos, pero aún teniendo tan poca edad, su pasión era ya la caza con escopeta. Aunque antes, cuando eran más pequeños, como sus padres todavía no les dejaban las escopetas para cazar por razones de edad y seguridad, cazaban con infinidad de artes, trampas y astucias todos los animales cazables que podían, pues eso era lo que desde muy pequeños habían mamado, la caza. Pero no la habían mamado como si fuera un deporte o diversión, como muchos cazadores nacidos y criados en las ciudades y que actualmente están toda la semana bajo la luz fluorescente de un despacho y los domingos salen al campo a practicarla, ellos la habían mamado como algo muy necesario en el campo para acarrear proteínas a sus despensas. Y si tienen dudas de eso, no tienen más que preguntarle a alguien que haya nacido y se haya criado en la sierra, verán como les dice y cuenta la cantidad de veces que gracias a esos animales cazados se comía carne en los cortijos y otras casas de las zonas rurales.

También es verdad, que los chavales serreños se hacían hombres antes que los del pueblo, ya que en la sierra empezaban a ayudar a sus padres, bien con los animales u otras cosas, a una edad muy temprana, motivo por el que tenían que asumir responsabilidades demasiado pronto. Por otro lado, los chavales de la sierra, salvo alguna vez que se podía juntar con otros de su edad, el trato que tenían era siempre con personas mayores, como podían ser vaqueros, pastores, carboneros e incluso con algunos furtivos de los que por la sierra se veían a diario, de ahí que sus formas de pensar y actuar, aún siendo casi niños, fueran las de las personas mayores.

Debido a lo anteriormente explicado, para estos chavales el día más especial que vivían en la sierra era el que se juntaban todos en lo que podíamos llamar su “cuartel general”, junto al viejo molino en ruinas que había en la orilla del río, pues allí sí que entre ellos podían hablar de cosas propias de su edad, como podía ser de las chavalas más guapas del pueblo y de las de los cortijos de los alrededores, aparte de fumarse a escondidas de los mayores algunos cigarros de los paquetes que a veces dejaban escondidos en las rajas de la pared del molino. Aunque eso si, después se lavaban las manos y la boca veinte veces en el río para que cuando llegaran a casa no se les notara el olor al tabaco.

Otra cosa que hacían cuando de vez en cuando se juntaban en el viejo molino del río era informarse unos a otros de en qué “pegote” de monte habían visto que se encamaban algunos marranos o ciervos, para luego después con los perros hacer algún ganchito o batida juntos. Y aunque cuando se juntaban para echar un “pegote” de monte donde sabían que había reses encamadas casi siempre se les daba bien, había un sitio al que le tenían todos manía, pues jamás cortaban bien los viajes de los ciervos, siempre se les iban por donde no estaba ninguno puesto. Aunque con los marranos no tuvieran problemas, pues siempre que zapeaban el sitio, que era un llano de unas cien hectáreas, sabían que éstos corrían por el pico de la derecha del llano según miraban hacia la puesta del sol, justo por el lado de un viejo acebuche que allí había, para luego descolgarse desde la ceja umbría abajo a pasar por el puesto de “La Raja de la Piedra”, que era donde siempre se ponía alguno de ellos y tiraba.

Uno de los días que se juntaron en el molino, Andrés les dijo a los demás, que en el llano de “Valdelagrana”, que era el lugar al que todos le tenían manía, había un buen “jabardillo” de ciervos que no había quien los moviera de allí, que a ver si entre todos veían la forma de echarlo y cortarlo bien para que no les pasara como siempre que lo echaban, que los ciervos los dejaban con tres palmos de narices.

Cuando Andrés dijo aquello, su primo Gabi, que era el más pequeño de los cuatro y el que menos hablaba, pues siempre estaba a su bola, bien enredando con algún palo en la tierra haciendo dibujitos en ella o escarbándola cuando los demás estaban comentando algo, les dijo que aquello lo podían solucionar como le había dicho un furtivo, uno al que en el pueblo le llamaban “El Viejo Lobo”. Su primo Andrés le dijo que menos rollo y más al grano, que les dijera como podían echar el llano y como ponerse para cortarles los viajes bien cortados a los ciervos, que a ver que era lo que le había dicho el furtivo que tenían que hacer. Gabi, serio como siempre y mirando los dibujitos que acababa de hacer en el suelo, empezó a decirles que el furtivo le había comentado un día, que cuando fueran a echar una zona grande y tuvieran que cortarla con pocos puestos, lo mejor era averiguarles los viajes de huida a los ciervos antes de echarla, y que para eso lo mejor era ir un par de veces al sitio que se fuera a zapear, separadas por una semana más o menos una de otra, y andando muy tranquilamente y haciendo tan solo un poco de ruido, tratar de levantarlos y espantarlos, pero que nada más levantarlos había que dejar de hacer ruido alguno y volverse por los mismos pasos para que los ciervos no se sintieran perseguidos, pues así, si tenían querencia al sitio porque hubiera buen retallo en el monte o por otra causa, se pararían en algún pegote de monte cercano y por la noche seguro que volvían. Después, como Gabi dejo de hablar, Manuel le preguntó qué más le había dicho el furtivo, contestando Gabi, que al día siguiente de haber espantado los ciervos, había que ir bordeando el llano por la ceja para ver por donde habían salido, pues por donde hubieran salido era el viaje o querencia de huida que había que cortarles para tirarlos, aunque lo mejor era hacerlo dos veces separadas por una semana una de la otra como le había dicho el furtivo, con el fin de asegurarse bien.

Después de haber escuchado con la boca abierta los tres chavales a Gabí explicarles lo que le había dicho el furtivo que debían de hacer, Andrés dijo que como a él era al que más cerca le quedaba el sitio, al día siguiente iba a hacer lo que había comentado Gabi para ver si lo que había dicho “El Viejo Lobo” era verdad o no, que tampoco por probar se iba a perder mucho.

A la semana siguiente cuando se volvieron a juntar en el molino, Andrés les dijo que lo del furtivo no fallaba, que los dos días que había ido a espantar los ciervos éstos habían corrido por los mismos sitios y cruzado la ceja hacia abajo por “El carril de la Arena” y por el puntal de “Los Burcios”, que no habían variado el viaje de huida ni dos metros de un día a otro, que aquello seguro que no fallaba, que el próximo día, como eran tres los que se iban a poner para cortar el llano y uno a entrar con los perros, dos se ponían en los viajes de los ciervos que ya les había comentado y otro en el acebuche del pico del llano o en el puesto de “La Raja de la Piedra”, por si además de los ciervos salía apretado por los perros algún marrano también.

Allí mismo sortearon ya los puestos y quien entraría con los perros, aunque Manuel les dijo que si no le tocaba entrar con los perros a él, prefería ponerse en “La Raja de la Piedra” por si salía algún marrano.

Entrar con los perros le tocó al que casi siempre le tocaba, a Gabi, pues como era el más pequeño lo engañaban como a un cebollino, ya que el sorteo lo hacían con pajitas y al que le tocaba la más corta era el perrero. Y claro, como las pajitas las cortaban todas igual de pequeñas, cuando Gabi cogía la suya, los demás sin enseñarle la que habían cogido le decían que ya le había tocado otra vez, así que siempre se la liaban al más pequeño, al pobre Gabi.

A los dos días se juntaron como habían quedado en el chozo que había en la parte de arriba del llano, y desde allí partieron los que se iban a poner hacia sus puestos, mientras que Gabi se quedó con los perros para empezar a batir el llano hacia el poniente cuando hubiera pasado una media hora. Cuando Gabi soltó los perros pegó un tiro de aviso indicándoles que ya empezaba “la fiesta”, que estuvieran atentos porque en cualquier momento les podía entrar algo.

No habían trascurrido dos minutos, cuando Andrés soltó dos pepinazos seguidos. Después, cuando Gabi iba llegando ya con los perros a la parte final del llano, éstos levantaron un marrano de una zona de monte más apretado que había cerca de la ceja y, al momento, en el puesto de “La Raja de la Piedra” donde Manuel se había colocado, sonaron otros dos tiros, pero éstos casi tipo metralleta.

Cuando Gabi llegó al final y se juntó con Enrique, éste le dijo que él no había tirado porque no se había puesto bien, que aunque Andrés le había dicho por donde corrían los ciervos no debía haberlo entendido, pues luego pensando se había dado cuenta que la encina donde le había dicho que se pusiera no era aquella donde se había puesto, sino otra que había en el mismo filo del llano, por donde si que habían corrido unos ciervos que había escuchado pero no visto para poder tirarles. Estando Enrique contándole a Gabi lo que había pasado, llegó Andrés dando voces, diciendo que había que ver lo torpe que era Enrique, que después de haberle dicho una montonera de veces donde debía ponerse, al final se había puesto mal y se le había pasado el venado más grande que había en el llano, un ejemplar de mucho cuidado.

Al preguntarle a Andrés su primo Gabi qué había tirado él, contestó que un venadete no muy grande que iba con al menos cinco ciervas y un vareto, pero que aún habiendo visto claro que lo había “enganchado” con el primer tiro, se le había bajado hacia la solana que daba al río y se le había perdido, pero que seguro que si lo buscaban lo encontraban rápido porque iba dando bastante sangre.

Cuando se descolgaron un poco solana abajo vieron que el venado estaba muerto solo unos metros más adelante de donde Andrés se había vuelto cuando lo rastreó después de haberle tirado, por lo que desde allí se fueron a ver que había hecho Manuel con el marrano que había tirado. Cuando llegaron donde Manuel estaba, éste tenía un rebote de la leche, pues según les comentó había tirado un buen marrano casi a cascaporro y ni lo había tocado, pero que lo malo de no haberlo tocado había sido que lo había visto bajar solana abajo hacia él a doscientos metros, y que después de estar apuntándolo lo menos cien metros antes de que llegará, cuando apretó el gatillo de la planilla del 16, “que si quieres arroz Catalina”, pues no le tenía levantados los perrillos, y ya con los nervios de ver que se le pasaba le había tirado de forma precipitada y mal, algo por lo que no tenía perdón.

Al final Manuel también se cargó como Enrique la bronca de Andrés, pues le dijo medio a voces que otro día que fueran a ponerse, que a ver si estaban a lo que debían estar y no pensando bobadas, que un día que les podía haber salido redondo lo habían jorobado entre los dos.

Gabi, aunque casi nunca hablaba, y cuando lo hacía era como Enrique decía, más serio que un crianzo de borrica vieja, riendo a carcajadas le dijo a su primo Andrés que menudo viejo iba a hacer, que no iba a haber quien lo aguantara, que menuda tarde de broncas llevaba, que parecía que lo habían despertado de echar la siesta.

Al final subieron a por el venadete que había abatido Andrés, lo aviaron, hicieron cuatro partes con su carne y desde allí cada uno con la suya se fue para su casa, donde fueron muy bien recibidos por el aporte de carne que cada uno llevaba para la despensa.



Un afectuoso saludo.

Rayón.