Un cuento de águilas reales...

Munchausen

 

Tengo una atalaya favorita, no es perfecta pero casi, en ella he disfrutado una barbaridad, la mayoría de las veces sólo con los prismáticos, en algunas, pocas pero sustanciosas, con el rifle, mi mejor venado, un precioso animal con una cuerna de 21 puntas, se lo debo a esa atalaya y algún buen cochino también me lo ha proporcionado ella, domina una enormidad de terreno y una preciosidad de paisaje, su problema es el viento, raro es el día en que no sopla, aúlla y empuja como si no tuviera otra cosa que hacer el puñetero, con la cantidad de faldas que podía levantar soplando en otros sitios tiene que venir a soplar allí que no hay ninguna para levantar, ayer soplaba el viento pero se podía aguantar, a las seis de la tarde un guarda y yo nos sentamos sobre las rocas de mi atalaya, el rifle apoyado sobre morral y la vara de avellano en el suelo, sólo trabajaron los prismáticos en esta ocasión.

Nada más sentarnos la descubrimos, un punto brillante sobre el fondo oscuro del monte, un águila real planeaba por debajo de nosotros, hasta ayer no había visto cazar al águila dominándola yo en altura, todo un espectáculo, dada la época, su agilidad en el vuelo y que conociendo como conozco a la pareja, su tamaño, me pareció que era el macho, recorrió el terreno con la minuciosidad de un avión espía, en un momento dado tomó una decisión diferente voló directamente hacia el sol y cuando lo consideró oportuno pegó un voltereta en el aire, impresionante, con ella invirtió la dirección de vuelo y quedó con la cola hacía al sol de la tarde, con un lento planeó hizo que su sombra proyectada sobre el suelo, muy por delante de ella, actuara de ojeador, es raro que el macho cace en tierra y por lo tanto supusimos que intentaba que alguna paloma, o cualquier otra ave, presa del pánico intentara huir levantando el vuelo, lo que sucedió nos sorprendió y nos dejó con la boca abierta, dos cochinas grandes, más bien muy grandes, con tres jabatos ya bermejos, salieron a la carrera de un trozo de monte ralo, una delante los tres jabatos en el centro y la mayor cubriendo la retaguardia, corriendo a todo trapo pero con frecuentes quiebros se dirigieron a un matón de carrascas y espinos tupidísimo, obligaron a los tres jabatos a meterse en él y cada cochina cubrió una punta, a pie firme engalladas y con las orejas como antenas de radar; el aguila descendió hasta prácticamente tocar las copas de las encinas, en un momento nos pareció que intentaba posarse, no lo hizo, en un planeo lateral precioso sobrevoló el refugio de los jabatos, giró sobre sí misma y lanzando un «Kia, Kia» penetrante volvió a sobrevolarlo, claramente intentaba que alguno de los jabatos presa del terror perdiera los nervios y saliera corriendo desesperadamente del refugio, puede que los jabatos perdieran los nervios pero las dos cochinas los tenían bien templados y con sus cloqueos autoritarios los mantenían a cubierto, cada una cubría su flanco y eran mucho enemigo para el ave, prudentemente abandonó el campo, tomó altura y cuando ya muy por encima de nosotros encontró el viento oportuno se dejo llevar por él y la perdimos de vista; las cochinas permanecieron de guardia todavía un buen rato, finalmente salieron los jabatos y los cinco animales juntos se cambiaron de sitio cruzando rápido los claros y parándose en los espesares.

—E. ha sido una maravilla de tarde, sólo por este rato compensa el viaje desde Madrid, qué preciosidad de escena.

—Pues si D. J., he disfrutado una barbaridad, llevo casi cuarenta años de guarda y nunca había visto otra así, que tías más listas las dos guarras.

—Listas y sospecho que con malas experiencias, pocos jabatos son tres para esas dos jabalinas, para mi que han aprendido a base de palos, y que esos palos les han venido del cielo.

—Ni lo dude, tanto el águila como ellas sabían lo que hacían y cómo hacerlo, y no se nace con ello sabido, se aprende… viviendo y viendo morir.

—En sus casi cuarenta años en el monte ha visto muchas cosas, ¿cual ha sido la más rara?

—Pues sí he visto muchísimas, esta de hoy una de las bonitas, pero rara y difícil de ver creo que ver parir a una liebre.

—Cuéntemela mientras nos cambiamos de sitio.

—Estaba en un puesto con el búho, lo tenía muy preparado y no se me veía nada, al rato vi una liebre que salía de unos tomillos y se ponía a saltar y correr haciendo bobadas, creí que estaba tocada de la azotea, siempre terminaba los ejercicios en el mismo sitio y se estaba un rato quieta, para volver a empezar con las carreras y los saltos, y otro rato quieta en el mismo sitio, y vuelta a empezar… así hasta que no aguanté más la curiosidad, me levanté y fui al sitio donde se estaba quieta, allí entendí que no estaba loca, estaba pariendo, tenía tres lebratos mojados, se conoce que tras cada carrera soltaba uno.

—¿Cuántos lebratos paren las liebres?

—Pues lo normal yo creo que un par de ellos, a veces sólo uno y raramente tres.

Se paró, se separó un poco del camino, me señaló el suelo y…

—Esta ya no pare ninguno, mire que ahora hay pocas liebres y tienen que venir un pajarraco y el cabrón del zorro a comerse una en mis terrenos, si me pillan hace unos años…

Un par de plumas de búho, un montón de pelos de liebre con una cagada de zorro en el centro, marcaban el lugar, decían quien murió, quien cazó y quien remató la faena, ni huesos habían dejado entre el búho y el zorro.

—¿Qué cree que pasó aquí?

—Creo que el zorro cazó la liebre y el búho se la quitó, el zorro volvió y cagó, sólo eso le quedó… el derecho al pataleo.

Cordialmente, JC