Manuel, los furtivos y otros (IV)

Rayón

 

Como ya les dije en el anterior relato, durante el tiempo que Manuel pasó en Sierra Morena, que fue una buena parte de su vida, vivió en ella buenos y malos momentos y, aunque según él los buenos superaron en mucho a los malos, éstos últimos los recuerda con cierta amargura, ya que siempre estuvieron provocados por personas un tanto retorcidas, algo que a la edad que por entonces tenía le costaba bastante entender.

En este relato aparecen unas personas que precisamente provocaron uno de esos malos momentos que Manuel pasó en Sierra Morena. Una de ellas lo provocó por ser un descerebrado e imbécil que al parecer pensaba que tenía todos los derechos de su parte a la hora de tratar a las personas todo lo mal que le viniera en gana y, hasta incluso tirotearlas como si fueran blancos vivientes o animales cazables. Las otras dos lo provocaron por mentir descaradamente y sin ningún tipo de sentido, tratando de colgarse medallas que, además de no merecerlas, tampoco se habían ganado.

Pero bueno, mejor juzguen ustedes mismos cuando (si son capaces de “tragárselo” entero hasta el final) acaben de leer el relato.

Una mañana se levantó Manuel con la idea de marcharse a cazar perdices a una finca de la zona donde él vivía, en la que tenía permiso para hacerlo sin ningún tipo de problema. La finca era, y es actualmente, de una familia ganadera de reses bravas bastante importante, no en vano sus toros siempre se han lidiado en las plazas más importantes de España, incluida la de las Ventas de Madrid. El padre de Manuel era muy amigo de aquella familia, de ahí que todos los años cuando hacían el tentadero, al que por aquella época (entre otros) iban los hermanos Bienvenida a hacerlo, uno de los miembros de aquella familia se presentaba con un coche en la casa de Manuel y se llevaba a éste y a su padre a que pasaran el día con ellos y tomaran parte en la gran fiesta que ese día del tentadero, al acabar éste, hacían para todos sus amigos e invitados. De lo anterior se puede deducir, que además de tener permiso Manuel para cazar en aquella finca, cuando lo hacía se sentía en ella como en su propia casa.

Aquel día en que se desarrolla la historia Manuel no se llevó con él a su podenca “Diana”, ya que tenía pensado cazar por una solana muy grande donde al asomar por encima de los puntales que en ella había, las perdices se levantaban muy bien, algo que de llevar la perra no ocurriría así, pues al haber también tantos conejos, la perra armaba unos escándalos de la leche con ellos que hacían que las perdices fueran apeonando por delante a un kilómetro.

Aquella finca lindaba con otra justo donde acababa la parte baja de la solana donde Manuel iba a cazar, donde se iniciaba la umbría de enfrente, que ya era de la otra finca. Aquella finca lindera estaba considerada por entonces, cuando aún no había cercones cochineros ni camiones fantasma de los que bajan de ellos montones de jabalíes justo antes de dar comienzo algunas monterías, como una de las mejores fincas cochineras de España, si no la mejor. De hecho, en aquellos años en pocas fincas se mataban los marranos que se mataban en ella el día de su montería.

Cuando Manuel empezó a cazar las perdices en la solana, que fue cogiéndola desde la parte oriental de ésta hacia la occidental, para nada sabía que aquel día se daba la montería de aquella finca cochinera, de ahí que él fuera cazando las perdices como cualquier otro día anteriormente lo había hecho. Él para nada sabía que en la ceja donde acababa la parte alta de la umbría ya se había colocado una armada de cierre. Aunque lo malo de aquello no fue que en la ceja de la umbría de la finca lindera hubiera ya colocada una armada, ni mucho menos fue lo peor, lo malo fue como descubrió o averiguó Manuel que estaba puesta allí aquella armada de cierre.

Cuando iba llegando a la mitad más o menos de la solana, empezaron a sonar un montón de tiros en la ceja y a dar balazos por todos sitios justo al lado de Manuel. Y cuando digo justo al lado es porque le daban a menos de cinco metros la mayoría de ellos, por lo que pudo darse cuenta que aquellos tiros no eran fortuitos, sino que se los estaban soltando a él con todo el descaro del mundo, casi a dar si no era a dar, supuestamente para asustarlo y que se marchara de allí. Manuel asustado perdido por ver que aquel loco descerebrado lo iba a dejar tieso de un tiro, corrió hacia un pegote de monte más tupido que había cerca y se resguardó del tiroteo detrás del tronco de una encina que providencialmente encontró. Cuando iba corriendo a resguardarse detrás de la encina es cuando con más claridad pudo notar que los tiros iban dirigidos a él, pues los últimos que le soltó aquél desgraciado e imbécil iban acompañados de algunos insultos que pudo escuchar perfectamente.

Cuando ya tapado entre el monte y detrás de la encina se sintió seguro, encendió un cigarro de aquellos celtas largos que le hacían toser hasta al más pintado, y con la cabeza más fría empezó a pensar que aquel mal nacido debería haber creído que lo que iba a hacer era ponerse de retranca en la montería, pues por más vueltas que le daba a la cabeza no veía otra explicación. Aunque al final pensó, que pensara lo que pensara aquel descerebrado, debía ser bastante más tonto que grande, pues cualquiera que hubiera ido a ponerse de retranca jamás lo hubiera hecho por donde él iba, por medio de la solana y, aún menos, pegándole tiros a las perdices, sino por el arroyo tapado de la vista de él y de todos los que estuvieran puestos en la ceja.

Después siguió pensando, que una persona con un mínimo de luces, además de darse cuenta que él iba a cazar perdices y no de retranca, la situación la hubiera resuelto de otra forma, dándole una voz y diciéndole que iba a empezar la montería y que se debía marchar de allí por si alguien sin querer le daba un tiro, pues así se hubiera quitado de allí en dos patadas con tan solo volcarse al otro lado de la solana. Pero claro, eso para un descerebrado hubiera sido pensar demasiado.

Allí detrás de la encina se quedó sentado un buen rato, hasta que el corazón se le calmó un poco, que fue cuando le empezaron a venir malas ideas. Pensó sacar todos los cartuchos de bala que llevaba en el morral y empezar a soltar tiros por encima de la ceja, pero no a dar o casi a dar como los que a él le habían soltado, sino unos metros altos para que aquel descerebrado escuchara silbar las balas por encima de él. Pero al final pensó, que aquello no iba a ser justo, pues al no ver con exactitud de donde habían partido los tiros que a él le habían soltado, los silbidos de sus balas posiblemente los iba a escuchar cerca alguna buena persona que nada había tenido que ver en todo aquello y no el payaso que a él lo había tiroteado.

Al rato ya se empezaron a escuchar montones de tiros por todas las traviesas y armadas, por lo que Manuel se dio cuenta que la montería ya había empezado y que era el mejor momento para descolgarse solana abajo hasta el arroyo que la separaba de la umbría y, por allí, que era el lugar más seguro para que no lo pudiera alcanzar ningún tiro, marcharse hacia su casa.

Cuando Manuel ya había bajado la solana y caminaba por el arroyo en dirección a su casa, empezó a escuchar la ladra de tres o cuatro perros que venían detrás de un marrano derechos a él. Y aunque diciendo la verdad, aquel día para nada tenía pensado Manuel matar un marrano debido a que la tinaja del adobo la tenían en casa hasta el borde de carne de estos animales, pensó que como le pasara cerca el bicho le iba a descargar en el codillo toda la mala leche que llevaba encima por la que le había liado el tontorrón aquel, así que le cambió los cartuchos de perdigones que le llevaba metidos a la escopeta por dos de bala que sacó del morral y, justo cuando se disponía a cerrar su planilla del 16, vio al marrano a unos veinte pasos haciéndole cara a los tres perros que llevaba detrás, aculado contra una madroña.

Manuel se dio cuenta que era un marranucho que no llegaría ni a los cincuenta kilos, pero que al ser un arochete los perros no eran capaces de meterle mano, que lo único que hacían era la rueda a su alrededor. Aunque al final el marrano dio un atestón y se despegó unos metros de los perros, momento que aprovecho Manuel para soltarle un tiro en el codillo y dejarlo con las patas para arriba. Después dejo que los perros mordieran todo lo que quisieron al bichejo aquel y se llenaran con su sangre hasta los corvejones. Cuando los perros después de hartarse de morder el marrano tomaron umbría arriba, sacó la navaja del morral dispuesto a quitarle el mondongo y llevárselo hasta su casa. Pero no le dio tiempo ni a empezar la faena, pues cuando estaba agachándose para empezarla escuchó a dos hombres que bajaban umbría abajo derechos a él por el mismo sitio que anteriormente lo habían hecho los perros detrás del marrano, así que lo que hizo fue colgarse el morral y la escopeta, echarse el marranete a cuestas y bajarse a unos cincuenta pasos a esconderse entre unas adelfas y zarzas que había en el arroyo. Cuando aquellos dos hombres llegaron donde había estado el marrano muerto, Manuel escuchó con toda claridad como uno de ellos le señalaba al otro el lugar donde el marrano había estado tumbado y lo habían mordido los perros. Aunque después empezaron a hablar más bajo, por lo que Manuel ya no se enteraba de lo que decían, pues si se hubiera enterado, algo de lo que se enteró a los pocos días, allí mismo les hubiera llamado de todo y puesto a parir.

Al rato de estar allí aquellos dos hombres empezaron a hacer algo que a Manuel no le cuadraba para nada, pues si habían escuchado el tiro que él le había soltado al marrano, algo de lo que estaba seguro, de sobra sabían que el que lo había matado ya se lo había llevado, así que para qué narices untaba uno de ellos un papel grande en la sangre que había dejado el marranucho en el suelo y lo colgaba en una madroña justo al lado como cuando se señala una res muerta para que luego la vean y recojan los arrieros. Por más que Manuel pensaba aquello cada vez lo veía más raro, ya que no entendía para qué señalaban un marrano que allí no había. Al final aquellos dos hombres se subieron umbría arriba y Manuel destripó el marrano, se lo cargó a la espalda y se marchó para su casa.

Lo que no esperaba nunca Manuel es que al día siguiente se liara la que se lió por el pueblo y toda la sierra. Al día siguiente llamaron al cuartelillo a todos los furtivos del pueblo y la sierra se llenó de civiles, que fueron registrando todos los cortijos y chozos y mirando y buscando lo que fuera hasta entre la paja de los pajares. Aquello era algo que nunca por allí había ocurrido, por lo que los serreños no tenían explicación para ello. Aunque el padre de Manuel le dijo a éste, que según le habían comentado, todo aquello era debido a que alguien había robado un marrano enorme de grande ya señalado en la montería celebrada el día anterior en la finca X. También le dijo, que debido a la que había liada no se le ocurriera llevar las muestras del marrano que él había matado a que las revisara el veterinario del pueblo, pues en esos casos, cuando los civiles no pillaban al verdadero culpable, siempre pagaba las culpas algún cabeza de turco que para nada había tenido que ver en lo que fuera. Al final acabó diciéndole que cogiera el marranucho aquel, que además de pequeño estaba seco como un estoque, y que se fuera a enterrarlo a una vieja trinchera de la guerra que había más abajo de la casa, pues sin hacerle las muestras no se lo iban a comer, y que tampoco se perdía mucho enterrando aquel bichejo que parecía estar hasta tísico.

Manuel cogió la carretilla, echó el marrano en ella y, con su podenca “Diana” como escolta, bajó hasta la trinchera y enterró el marrano.

A los pocos días fueron los civiles que tenían servicio por aquella zona de sierra a la casa de Manuel, y en ella pasaron casi todo el día. Como uno de los civiles que formaba la pareja era Sotelo, un guardia gallego muy amigo del padre de Manuel, le preguntaron qué había sido lo que hacía unos días había movido a tantos guardias por la sierra. Aquel hombre les dijo que todo había sido porque un alto mando de la Guardia Civil que había sido invitado a la montería de la finca X, había tirado un marrano al que al parecer le había dado el tiro en la tripa y no se había quedado con él, pero que después lo habían agarrado los perros de una rehala en la umbría que había más abajo del puesto y los perreros de ésta lo habían rematado a cuchillo jugándose el tipo por lo grande que era, pero que lo habían dejado señalado para que lo recogieran los arrieros al finalizar la montería y que éstos se habían encontrado el sitio, pero no el marrano, pues al parecer algún furtivo se lo había llevado, pero que el furtivo no debía ser del pueblo, ya que a todos los del pueblo los habían llamado al cuartel y ninguno había sido, pues todos tenían una buena coartada bastante creíble. Después siguió comentándoles, que el gran interés que había tenido el hombre en que apareciera el marrano robado se debía a que el perrero le había dicho que era el marrano con mejor boca que él había visto en su vida, que era un medalla de oro de las más altas que hasta entonces se habían abatido, y que bien merecía la pena tener el trofeo de aquel animal colgado en una pared de casa sobre una tablilla, que de eso había venido todo el movimiento de civiles que días atrás había habido por toda la sierra, pero que al marrano se lo debía haber tragado la tierra, pues por más que lo habían buscado no había aparecido.

Cuando Manuel escuchó decir aquello a Sotelo fue cuando se dio cuenta de lo que habían estado tramando aquellos dos desgraciados de “perreros” cuando él los escuchaba pero no entendía que decían el día que él había matado el marrano y, aún más claro, entendía porqué habían señalado un marrano que no estaba muerto donde ellos lo habían señalado. Manuel se dio cuenta también con toda claridad, que aquellos “perreros” habían engañado de aquella forma tan puerca al alto mando de la Guardia Civil solo con el fin de colgarse una medalla que, además de no merecerse, tampoco se habían ganado, pues ni el marrano era tan grande como lo habían pintado, que era un marranucho; ni los perros lo habían agarrado, que fueron unos cobardes incapaces de meterle mano a un marranucho; ni el bichejo aquel llevaba tiro alguno, que iba enterito del todo; ni ellos lo habían rematado jugándose el tipo como dijeron, porque lo más cerca que habían estado del marrano había sido a más de cincuenta pasos y cuando éste estaba ya más muerto que “Carracuca”. Así es que ya ven la que liaron aquellos dos tipejos por querer colgarse la medalla. Aunque también el alto mando de la Guardia Civil debía ser un montero bastante torpe, pues por no saber no sabía ni a qué tiraba y, aún menos, a qué le daba y a qué no, pues le hicieron creer lo que les dio la gana. A no ser, claro está, que él incluso quisiera creérselo aún sabiendo que lo más grande que había tirado había sido un marranucho que más que eso parecía un lechonato al que lo único que le había dado había sido fuerzas para correr más deprisa.

De todas formas juzguen ustedes mismos, tanto al que le soltó una traca de tiros a un chaval que ni barba tenía todavía, y que lo único malo que hacía era cazar perdices en un lugar donde tenía permiso para hacerlo, como a aquellos “perreros” mentirosos que solo sabían mentir para colgarse medallas que no merecían ni se habían ganado.


Un saludo para todos.

Rayón.