El regalo de San Huberto

Jorge Borque

 

La «Brama» del 2005 empezaba con sus ancestrales ritos en el caldenal pampeano. Mediados de un mes de marzo sumamente caluroso, algo no favorable para la brama, pues se dice que ésta se inicia con los primeros fríos o las primeras heladas, sin embargo este año no fue así, una brama «fuerte y tendida» en medio de altas temperaturas.

Nuevamente la imponencia de los paisajes pampeanos, esos memorables atardeceres con arreboles rojizos en sus cielos haciendo contraste con el bosque agreste y salvaje en donde se oculta y protege nuestro Ciervo Rojo, donde con su llamado —bramido— envía mensajes a sus hembras, y advierte a sus contrincantes que está dispuesto a pelear por su harem.

Ese sonido brutal, ronco, mezcla de león y toro, que retumba en lo más recóndito del monte, marca el inicio de la procreación y de las luchas por dejar la mejor descendencia, de esta manera la madre Natura se asegura que sus hijos dilectos, los más fuertes, los mejores preparados, los más aguerridos, sean quines siembren la semilla que perdurará la especie.

También las hembras alcanzan un estado de excitación muy importante al escuchar estos llamados de amor de los machos Capitales, pero nunca desatienden la vigilancia del grupo, pues son ellas las encargadas de dar seguridad a todo el grupo, incluyendo al macho y los varetos o pequeñas crías. En cuanto detectan alguna anormalidad, mediante su vista u olfato, el cuál es finísimo, emiten una especie de tos seca, corta, muy fuerte, que alerta a todo el grupo y lo ponen en fuga. Normalmente de esto se encarga una de las ciervas más viejas y con menos posibilidades de procreación.

Casi las 20 horas y nos encontrábamos caminando dentro de un bosque sumamente tupido, de árboles muy altos y con pajonales también muy altos muy secos y agresivos, que nos exigía un precio alto para poder atravesarlo en pos de un buen bramido. Habíamos iniciado nuestra cacería esperando al lado de un molino, que está perdido dentro de un inmenso bosque enmarañado a las 18 horas, pues ese fue el lugar elegido para esperar el inicio de la «brama» de esa tarde, y alrededor de las 18,30 horas se inició, lo que para mí fue uno de los conciertos más deliciosos que jamás haya escuchado en muchos años de brama. No sé precisar cuántos eran los machos que bramaban y no quiero exagerar, pero jamás me encontré rodeado por tantos ciervos Rojos bramando tan cerca nuestro, tanto que mi guía me miraba asombrado y de rodillas en el suelo me decía por lo bajo «están como locos… a esta hora nunca escuché tantos… ¡y varios parecen buenos!… ¿a cuál seguimos?».

El nerviosismo era grande y debíamos tomar una decisión, lo primero era chequear la dirección del viento, la lógica era dirigirnos hacia donde el viento nos diera de frente en la cara, y justamente hacia ese lado sonaba uno muy ronco y corto, de esos característicos de los machos viejos, por lo general, aunque a veces no es así y a veces nos hemos llevado un buen chasco, cuando descubrimos luego de una hora de rececho que el «ronco» era muy joven y con futuro, es decir un ejemplar «no tirable».

Por lo caluroso del día nuestro equipo camuflado era de mangas cortas, de manera que nuestros brazos estaban expuestos a toda clase de espinas, ramas secas, cardos secos muy agresivos, y la quinua —planta muy común en la zona—, muy seca y en algunos lugares de hasta dos metros de altura, lo que nos lastimaba permanentemente nuestros brazos hasta hacerlos sangrar.

El ruido que veníamos provocando era vergonzoso, creo que los ciervos nos escucharían desde un kilómetro, un circo haría menos ruido que nosotros dentro de ese monte, de esa forma era seguro que no íbamos a cazar nada, de manera le pedí a mi guía que nos detuviéramos y que cambiáramos de método, pues era absurdo e inútil continuar haciendo semejante batifondo.

Salimos en dirección a un cortafuego muy ancho arriesgando que nos ventearan, pero de la otra forma seguro que no podríamos aproximarnos. Habíamos perdido muchísimo tiempo y del más valioso lidiando con esos altos pastizales y la luz del día prácticamente nos estaba abandonando, en medio del mayor concierto que yo recuerde haya escuchado en una brama, con solo hacer memoria de ese maravilloso momento vuelve a mí la gran emoción que sentí ese día. Puedo asegurarles que eran más de veinte ciervos los que bramaban con toda furia, se notaba que había jóvenes y muy viejos, sonaba como un coro de brutales sonidos dentro del caldenal pampeano y mi carga de adrenalina era muy grande también, similar a la desazón de saberlos a menos de cincuenta metros y no poder distinguir bien sus cornamentas, ni siquiera con los prismáticos, en el gran «limpión» de cortafuego —una gran faja desmontada de aproximadamente unos cincuenta metros de ancha—, se veían los bultos negros, como siluetas fantasmales bramando de manera inusitada. Y lo peor del caso fue que deberíamos caminar por el medio de ese cortafuego para retornar al casco de la estancia. Algunos ciervos llegaron a bramar a unos veinte metros nuestro en ese espacio abierto, veíamos la negra silueta y sentíamos el tremendo bramido e inmediatamente que nos acercábamos unos metros más, sentíamos el tropel de su carrera, que era corta, no más de cincuenta metros, y repetían la acción nuevamente.

El gran cansancio de todo ese día y las emociones tan fuertes habían hecho mella en mi cuerpo, la caminata fue muy larga y eran casi las veintidós horas cuando llegábamos al casco de la estancia, donde un agradable olorcito a un asado, bien criollo, a la parrilla, nos esperaba de la mano de Pepe, por supuesto muy bien acompañado de un excelente malbec.

Mientras nos deleitábamos con esas carnes pampeanas exquisitamente asadas, podíamos escuchar el concierto de bramidos que venían de todos lados, estábamos en medio de un gran caldenal, el cual es un campo de brama, es decir a principios de marzo empiezan a aparecer los grandes Ciervos Rojos, a cumplir con un rito ancestral, aparearse, dejar descendencia, y luego retornar a la soledad en lo más profundo de los bosques.

Con nuestros anfitriones, muy aficionados a la caza, mantuvimos una agradable sobremesa en donde el tema principal eran las armas, los calibres, el tipos de munición, los lugares a impactar, etc. etc.

Para mí es una regla básica, el uso de mi querido y excelente .375 Holland & Holland, para este tipo de cacerías, en los montes pampeanos. Siempre uso puntas de 300 gr, en esta oportunidad llevaba algo totalmente nuevo al respecto, es decir puntas Barnes Triple Shock Monolíticas, que apenas hacen contacto con el animal, su punta se abre formando un helicoide de cuatro hojas, son de un solo material y punta hueca prefragmentada. Tienen una ingeniería de punta, gran choque y gran penetración. Por supuesto son para animales de talla importante y quería experimentar con ellas en un buen Colorado pampeano.

Al decir de mi amigo Pepe: «Tira con una amoladora…»

Daban las doce de la noche y ya era mi cumpleaños, de manera que brindamos, en mi caso sumamente mesurado, pues dentro de cuatro horas debería esta de pie y marchando nuevamente a ese molino que usábamos de punto de partida, cuando arrancara «la Brama». Y con promesas de una celebración a lo grande el día siguiente, nos fuimos a dormir.

Las cuatro de la madrugada y Pepe nos servía un desayuno ligero e inmediatamente nos pusimos en marcha con mi guía, deberíamos estar antes de que amaneciera nuevamente en el molino, eran varios kilómetros, y yo no quise que Pepe nos acercara con la camioneta, es mucho ruido dentro del monte. Con una pequeñísima mochila en donde llevo mi G.P.S.,una cortaplumas multiuso, un encendedor para verificar la dirección del viento, una pequeña chaira por si hay que afilar el cuchillo para carnear en el monte, una linternita pequeña, fósforos —envueltos en naylon—, tres o cuatro municiones —sin que hagan ruido— y dos naranjas. Mis prismáticos Swarovski 8,5 x 42 atados con el arnés a mi pecho —son mis mejores aliados y son los que realmente cazan—, mi rifle en la mano y andando…

Las madrugadas son frescas, pero es preferible sentir algo de fresco al principio, hasta que se levante el sol, y luego se pasa, de esta manera evitamos andar cargando una prenda cuando aprieta el sol.

Todavía bien de noche arribamos al molino, el cual ya lo tenía marcado como un waipoint en mi g.p.s., de manera de ir conociendo bien el campo y para orientarme en caso de andar solo, sin necesidad del guía, por cualquier eventualidad.

Nos sentamos a descansar y tomar unos tragos de agua mientras esperábamos el amanecer y la «brama» del amanecer que es la más hermosa y larga, en realidad eso es una apreciación muy personal, quizá porque me fue muy bien en esos horarios durante varias «bramas»…

La fresca brisa del amanecer me daba en la cara trayendo esos exquisitos aromas de las diferentes plantas del monte pampeano, y mientras miraba cómo se iban las últimas estrellas pensaba… «hoy es 15 de marzo, claro hoy es mi cumpleaños… La verdad que hoy me podría hacer yo mismo un muy buen regalo… o mejor dicho San Huberto me podría hacer hoy, un excelente regalo…». Y mientras estaba en esas cosas nos sorprendió el primer bramido del día, todavía noche cerrada. A los diez minutos otro, un rato después otro más y ya comenzaba a verse más claro para el este y se iniciaba el gran concierto que me hacía subir la adrenalina y agudizar mis sentidos.

Sonaban por todos lados, había roncos y agudos, fuertes y apagados, largos y entrecortados, de manera que deberíamos optar por uno y empezar con la aproximación, poníamos una ramita en la dirección del que me gustaba, y veíamos cada cuánto tiempo se repetía. Me gustaba uno que sonaba muy, muy ronco y muy entrecortado y lo hacía siempre después de otro muy fuerte que se sentía al sur, como si le contestara. De esta manera estuvimos unos veinte minutos y la reiteración fue buena sonó cuatro veces hacia el norte algo hacia el este, de manera que se tomó la decisión de recechar a «ese» y emprendimos despacio el acercamiento, y lamentablemente de nuevo los montes de «quinua» muy secos y muy ruidosos al quebrarse, ponían en alerta a todos los Colorados de una extensa zona, pues poseen una vista y un oído extraordinarios. Mi guía insistía en que si avanzábamos velozmente los sorprenderíamos y podría tener disparo, a lo que yo le contestaba que ellos tienen movimientos que son como flashes y pueden desaparecer en un instante.

El bosque alto y muy enmarañado nos iba haciendo perder la dirección y andábamos girando dentro de ese monte. Podíamos ver los «peladeros» —plantas preferidas por los Ciervos para «pelar» o sea quitarse la felpa que en un momento les recubrió su nueva cornamenta—, la planta que más usan para estos menesteres es la llamada en la zona «Sombra de toro» que tiene bastante follaje y es espinosa, suele quedar una vara central pelada y totalmente seca evidenciando la furia de quien la agredió e incluso las plantas altas nos pueden dar buena información de la altura y corpulencia del Ciervo, solo con mirar harta qué altura llegó el ataque.

Estábamos metidos en una verdadera zona de brama y hasta el olor muy fuerte a orín era evidente en muchos lugares.

A medida que el sol subía lentamente la brama empezaba a disminuir y los rezongos se distanciaban cada vez más sin poder indicarnos la ubicación de los Colorados. Normalmente la brama se corta alrededor del las nueve o diez de la mañana y vuelve por la tarde a la caída del sol.

Evidentemente mi guía era un conocedor del terreno solamente, de recechar Ciervos era un cero a la izquierda, pero el Coto tiene reglamentaciones que se deben cumplir y una de ellas es que debe de ir el cazador acompañado por el guía, aunque yo lo podía reemplazar de maravillas con mi g.p.s., pero las cosas eran así…

Ya de vuelta a la estancia con el sol sobre nuestras cabezas veo en un pequeño cortafuego, un excelente ciervo de espaldas a nosotros, veía una de sus coronas y le contaba tres puntas muy gruesas, nos arrodillamos de inmediato escondiéndonos, y mi guía me pide que espere, que él debería verificar. Yo le indicaba a dónde debería buscar y él me miraba como dudando y no veía al Ciervo que estaba entre una maraña de ramas, es cierto, pero para una persona avezada a cazar o guiar no debería haber demorado tanto, y sí, pasó lo que tenía que pasar. El Colorado tomó el aire, se dio vuelta y como un fogonazo partió, a lo que mi guía me respondió… «una lástima que te demoraste, porque era bueno…», la bronca ya no me dejaba ni pensar, de manera que me colgué el .375 al hombro y sin mediar palabra emprendimos el regreso por el cortafuego sin mirar a los costados, en dirección al casco de la estancia.

Almuerzo y luego dos horas de descanso para retornar a las dieciséis nuevamente al monte, pero en el almuerzo desplegué mi estrategia a usar esa tarde con la finalidad de sacarme de encima a mi guía, sin hacerlo sentir mal, al contrario, tratando de que el se convirtiera en el principal protagonista del lance. De manera que hablando con el dueño del campo, de las condiciones de sequedad de algunos lugares, justamente en donde se hallaba una buena concentración de ciervos buenos, y que la aproximación era muy ruidosa, le propuse a mi guía que él entrara por el monte seco, diera un rodeo pasando cerca del molino, y luego doblara en la dirección del gran cortafuego, es decir que repitiera el camino, pero con la diferencia que yo iría en dirección contraria y nos encontraríamos en un gran caldén que está más o menos en la mitad de ese cortafuego. Incluso ese gran árbol tiene emplazados tres o cuatro palos de manera muy precaria, simulando una especie de «machan» a media altura, pero desde allí y con la ayuda de los prismáticos se podía observar mucho espacio hacia ambos lados. El tema es que los ciervos no se muestran en esos peladeros hasta que el sol no ha caído, de manera que el tiempo con luz diurna de que dispondría para poder ver, evaluar y disparar sobre un Colorado sería sumamente corto. Además siempre estaba la posibilidad de que apareciera alguno aunque solo sea de paso y cruzara el peladero o saliera huyendo despavorido de los tremendos ruidos que haría mi guía…

Mi desplazamiento hacia el lugar establecido fue muy táctico, muy preciso, como a mí me gusta, iba solo, me movía unos cincuenta metros por dentro del monte, al borde del peladero, pero sin dejarme ver, hacía una parada y observaba hacia adelante y hacia atrás, esperaba unos minutos y repetía la operación. Controlaba cada tanto la dirección del viento con mi encendedor.

Casi las diecinueve horas y se siente el primer bramido muy fuerte y hacia el frente donde me dirigía, el viento lo tenía totalmente a mi favor, me daba de lleno en la cara, pero a poco de andar suena uno a mis espaldas, me quedé congelado en cuclillas al lado de un tronco, desde donde miraba en todas las direcciones con mis prismáticos. En eso estaba cuando empiezan a salir un grupo de hembras con algunos varetos al cortafuego, y evidentemente el macho estaba cerca, pero la actitud de nerviosismo de las hembras le indicaban que no era prudente asomarse, y seguía bramando desde dentro del monte. Nuevamente se inició el gran concierto de bramidos, sonaban muchísimos ciervos a la redonda sin que se mostrase ninguno, ya podía ver el gran árbol al que me dirigía, estaba a unos quinientos metros, y como era un lugar muy estratégico, me apuré para ganar tiempo y posicionarme en el mismo. Antes de llegar al árbol sonaba hacia delante y algo a la derecha un bramido muy ronco y entrecortado, no tan fuerte, pero muy grave.

Llegué al gran caldén, me escondí entre sus ramas, encontré en ellas un apoyo perfecto para poder disparar con mi rifle en casi todas las direcciones, y en eso estaba cuando se mostró un gran Ciervo Colorado a mi frente en dirección al sur y a unos cien metros. Levantó tierra con sus manos, lanzó otro bramido, el que fue contestado por algún otro ciervo, mientras yo lo evaluaba con las últimas luces de ese hermoso día.

Y sí… creo que San Huberto me decía: «Adelante, es un buen trece puntas, un catorce impar, de cuernas gruesas y muy armoniosas, es tu regalo de cumpleaños, tranquilo, a la base del cogote»… y sonó letal y preciso como en muchas otras oportunidades mi .375 H&H, el Colorado dio un gran salto y arrancó en una veloz y corta carrera de no más de treinta metros y dio de lleno contra un enmarañado monte, en donde se clavó de cabeza.

Casi sin luz me acerqué lentamente por atrás como corresponde y preparado para rematar, como normalmente suelo hacer, pero en este caso no fue necesario, la combinación de calibre y munición más que excelente, todo una sumatoria de cosas lindas, un lindo trofeo, una experiencia balística muy buena, en un lindo día…

Casi de inmediato llegó mi guía y sacando pecho, dijo «¡Se dio todo tal cual lo planeamos!…»

En la estancia nos esperaban con una hermosa cena con champaña y hasta una torta de cumpleaños que Pepe con el dueño del Coto habían ido a buscarla hasta un pueblo cercano.

Con la fresca brisa de la noche pampeana en mi cara, miraba al cielo y daba gracias a Dios…