Para Colín...

Che

 

En el ir y venir por la geografía hispana tras el señor de la vista baja, me han ocurrido infinidad de lances de caza; unos buenos y otros no tanto.

Como ya ha empezado la temporada —está recién estrenadita— os regalo este relato con mi deseo de que os vaya bien a todos…


…Para aquella jornada de caza amanecí en Piedrabuena, provincia de Ciudad Real. Volvía a ese pueblo después de lo menos quince años. Había yo ido a comprar unos churritos a la churrería de toda la vida… pero, aunque no hubiera sabido el camino, podría haber llegado a ella siguiendo el olorcillo que invadía la villa en aquella ya fría mañana de invierno en la que una nieblecilla helada estancaba el humo de las chimeneas de leña sin dejarlo subir.

En el bar Cuatro Caminos, en el que se celebraba la junta, pedí un café con leche calentito y el inevitable copazo de Chinchón de la Alcoholera, sin el cual ningún cazador que se precie puede esperar ver un bicho en el monte… dicen que trae suerte… jejeje.

Andaba yo apretándome los churros mojándolos en el vaso del café cuando un vejete del pueblo se acercó a mi mesa y muy ceremonioso me espetó… «Jefe, usté perdone, pero… ¿usté no mató aquí, hace ya muchos años, un guarro mu grande, mu grande?».

El churro, gordo como «pardal de mor», se quedó a medio camino entre el vaso y mi boca, chorreando café con leche… «Pues sí, sí señor pero… de eso ya hace unos añitos, tiene usted buena memoria», le contesté.

«Quiá, buena memoria no, es que se cargó usté al abuelo de estas sierras porque, desde entonces, no se ha bajao denguno con aquellas trazas».

Le invité a que se sentara a la mesa y pedí otro chinchón porque se avecinaba un rato de charla mientras se apuntaba la gente y se empezaba el sorteo.

Estuvimos charlando largo y tendido de la caza, de sus problemas, de lo que ha cambiado todo, de lo fácil que lo tiene ahora la gente para subir al monte, con todos esos aparatos que hay, todo-terrenos, rifles, visores, buena ropa, calzado abrigado…

Me contó que él ya era un cazador «en la reserva», como yo ahora, que le dolían mucho los huesos de tantos fríos como habían soportado y tanto peso «a las costillas». Me pidió que le contase cómo había cobrado aquel guarro tan grande, cosa rara en montería. Sabido es que los grandes jabalíes se matan más en los aguardos… y, tal como se lo conté a aquel hombre, que me animaba con el brillo de sus ojillos, os lo cuento ahora aquí…


…Se monteaba aquella mañana una umbría muy grande que se ve perfectamente desde la carretera, nada más salir del pueblo, a la izquierda, desde Piedrabuena camino de Luciana y Puebla de Don Rodrigo. Esa umbría remata en la cuerda con unos peñascos altos. Desde el sopié se alzan unos cortaderos anchos de piedra suelta que son una trampa mortal para los bichos porque se oyen las piedras moverse, en cuanto mueven una pezuña, se oye a un kilómetro.

La cuestión es que a mí me tocó en suerte el último puesto de uno de esos cortaderos que, como esa mancha se caza faldeando, son magníficos puestos de traviesa en las que, si hay guarros, se cobran muchos porque no tienen más remedio que cruzar o pasarse al otro lado por los pocos portillos que quedan entre los peñascos… y ahí también les esperan las armas de los cazadores…

Tardé un rato en subir aquel jodido cortadero que se iba empinando cada vez más. Me han tocado puestos con acceso complicado y duro de andar, con nombres tan ilustrativos como… el barranco de Mata Burras, la traviesa de Revienta Pechos, o el cortadero de Salsipuedes…

La jara que jalonaba el cortadero era, allá en lo alto, muy espesa y más parecía un muro de piedra que un jaral.

Los guarros grandes, los que no le temen al frío, gustan de encamarse en lo más umbrío del monte, en lo más inaccesible, pegado, si las hay, a las peñas de lo alto… y como yo sabía tal cosa lo primero que hice fue llegarme hasta el mismo pie de los peñascales para ver si había huella de paso de marranos. No descubrí ninguno, por lo que me bajé a la primera senda que cruzaba el cortadero; mi puesto estaba en otra gatera un poco más abajo pero, al ser la mía la última postura, no molestaba a nadie que me subiera más alto. El cortadero no estaba limpio en absoluto, sino más bien todo lo contrario. Había matorrales por todos sitios que dificultarían el tirar a los bichos si se decidían a cruzar.

Me abrigué con una cazadora de piel vuelta que yo gastaba por aquellos tiempos. No existían los Goretex ni los polares… Hacía un frío de ese reconcentrado que se helaban los pensamientos. Las rehalas iban a cazar al encuentro y de dónde cargara el aire allí, aquel día, no era muy importante porque los guarros, de un lado u otro, terminarían por romper…

Al cargar mi escopetón, cañón de cuatro estrellas, lo oí. Estaba delante de mí; calculé, por el ruido, unos doscientos metros. Se levantó al soltar el mecanismo para montar el arma, cosa que odio a muerte porque se van cientos de marranos alertados por tamaño escándalo en el silencio del monte.

Ya me tenía, con toda seguridad, controlado desde que empecé a subir por los resuellos que se le escapan a uno cuando se enfrenta a un repecho como aquel pero, con la tranquilidad de que en aquella pedriza nadie podría acercarse a él sin hacer un fenomenal ruido, el bicho se había quedado quieto, acostado.

Supe que era un guarro solo porque al moverse el rodar de piedras fue grande pero, cuando se paró, se paró de golpe. Cuando van más bichos el follón se va apagando según se van parando. Cuando va solamente uno el ruido termina de golpe, como empieza.

Por la altura a la que estábamos, por el frío que hacía, por lo tranquilo que estuvo hasta que se levantó, por la proximidad de la pared… tuve la impresión de que era un general, como dice mi amigo y maestro Rayón.

Se me heló la sangre cuando, tras cinco minutos de estar parado… tras, tras, tras, tras… le oigo que se baja paralelo al filo del cortadero… Hasta en eso tuve suerte aquella mañana… A cien metros, en el siguiente puesto, andaba acomodándose otro cazador al que se le oían los resoplidos desde Canarias. El hombre acababa de llegar a la tablilla de su puesto y estaba mirando las gateras, poniendo el visor, metiendo el peine, colocando el catrecillo, echando un trago de la petaca, desenvolviendo el taco… y gracias a todo ello… al momento me oigo el marrano que se sube otra vez… clas, clas clas… los resbalones de las piedras amplificados por el farallón de roca me sonaba a música celestial…

El muy ladino, en vez de pararse en el encame, siguió hasta arriba del todo… y me entró la duda… ¿te juegas algo a que el cabrón éste tiene un portillo y se sube hasta la cuerda?... ¡qué nervios, qué cantidad de cosas se te ocurren!… pero, en fin, me dije, si se pasa al otro lado, mala suerte, ya oiré los tiros…

De todas formas me dolían los ojos de mirar a la base del roquedo. No tenía yo tan claro que no fuera a cruzar el cortadero por allí, aunque no había paso… el tiempo transcurría despacio. Se empezaron a oír los primeros tiros. Por delante y por detrás se escuchaban ladras. Los de la cuerda empezaron a tirar. Los disparos se oían cada vez más cerca, pero aún a mucha distancia. Delante de mí se alzaba un muro de jara que me impedía ver nada de nada.

Me asaltó otro temor… si llegan antes los perros de atrás que los de delante, la cago. Luego valoré la posibilidad de que el guarro cruzara por lo sucio… Así que tomé una decisión. Me puse delante del túnel de la gatera y, aunque no se veían por él ni dos metros de distancia, me prometí a mí mismo que de allí no me movía… si me atropellaba el guarro, que me atropellara.

Le oí bajar otra vez por sus mismos pasos… Mira que si le entra al vecino después de estar yo aquí convertido en estatua, con el follón que está armando el tío… Los tiros de los dos puestos de más abajo me sacaron de mis pensamientos… y mi cochino volvió a subir… tras, tras, tras…

Y esa misma maniobra la repitió tres veces el muy pillo… hasta que llegó el Colín… un perrito mil leches, blanco y negro que no levantaba un palmo del suelo. Le oí llegar porque llevaba un campanillo que se escuchaba desde muy lejos… tilín, tilín, tilín… se paraba… tilín, tilín… se paraba otra vez… tilín, tilín, andaba otro trechito, pero venía derecho como una vela al sitio. Se ve que no era la primera vez que echaba un guarro de allí… El guarro ni se movió hasta que no se le echó encima… y el aullido de susto que soltó el perro al tropezarse con el bicho me confirmó más todavía que se trataba de un tío con toda la barba.

Se formó allí el dos de mayo. El perro, que era ya veterano, llamaba y llamaba a sus compañeros. El guarro, quieto. Sólo se movía lo preciso para no perderle la cara al perro que, supongo, no paraba de dar vueltas a su alrededor.

Pasaron más de diez minutos sin que ningún otro can acudiera. El astuto de mi vecino me hacía señas advirtiéndome de que había «una ladra» enfrente de mí… ¡Ahora te enteras!

Otro perro empezó a ladrar a «parao» junto al Colín… ¡Vaya, prepárate, me dije, que esto está a punto del desenlace!

Acudieron más, dos de ellos salieron con las tripas por los aires y otro salió al cortadero con un colmillazo en un jamón que daba miedo verlo…

Pero ya la cosa se puso fea para el cochino y decidió, entre tarascada y tarascada, salir de naja… hacia mi gatera. El ruido de piedras, de jaras tronchadas que traían el guarro con la cohorte de perros era para haberlo grabado… Las piernas empezaron a temblarme… las manos, a pesar del intenso frío, creo que me sudaban. El tren expreso venía a toda pastilla por el túnel de jara y yo… ¡estaba parado en la boca!

Luego, todo ocurrió en un instante en el que el tiempo se detuvo… yo tenía la escopeta encarada y apuntando al hueco, el ruido se hizo ensordecedor… y en cuanto el bicho asomó la punta de la jeta le metí la bala por una oreja.

Y ahora voy a hacer una cosa que «ya no se lleva». Juro por mi honor que aquel guarro vino a morirse con el morro encima de mi zapato. Ni me moví. Aunque, pensándolo bien… quizás tampoco me hubiera dado tiempo.

Lo que vino después pues… lo normal. Llegaron los perreros. Alabanzas al guarro y a su captor y un abrazo al Colín que fue el artífice aquella mañana.

¡Ah! ¡Y se me olvidaba! Un afamado taxidermista, amigo de mis cuñados, se llevó la cabeza para hacerme una tablilla… ¡y vendió el trofeo a otro «cazador»!…Y eso que, según mis cuñados, era de confianza…


Che