Gautxoria: un relato de amor

Joseba Felix Tobar-Arbulu

 

Así me lo contó Trasgu, y tal como me lo dijo lo pondré en el papel. Ya sé que muchas veces la realidad va mucho más allá que la ficción. Los que conocen esta historia ya saben eso. Aquí, sin embargo, mencionaré el relato. He aquí, pues, las palabras de Trasgu.


Estaba muy tranquilo dando un paseo por los montes de Asturias, como hago cada noche. De repente, hacia la profundidad del monte, oí una gran cantidad de murmullos y de ruidos. Dos arceas estaban hablando, una era macho la otra hembra. Me puse atento y escuche estas palabras:

—Sí, yo también lo he oído, dicen que andan por Navarra, cogiendo a algunas de nosotras.

—Sin embargo, lo que yo he oído es más preocupante. No sé qué tipo de nuevos aparatos quieren probar con nosotras. Tengo un poco de miedo.

—Tranquilas, esos cazadores no saben nada de nosotras, están chiflados.

Cazadores, aparatos nuevos, Navarra… comencé a preocuparme, ya que yo conocía a algunos cazadores, y también algunos rincones de Navarra. Así que decidí irme hacia Navarra.

Sin embargo, esa noche, al volver del monte, oí unos susurros provenientes de cazadores que conocía:

—Diag, ds, prv/a, com, PTT…

Mi preocupación iba en aumento. Empecé a pensar que mis amigas las arceas tenían razón: los cazadores que conocían estaban totalmente locos. No podía entender su nueva jerga. ¿En qué andaban metidos? Me parecía una jerigonza extraterrestre todo aquello. De manera que me dirigí hacia Navarra. Llegué en un santiamén.

Uno de los mejores lugares que conocía de Navarra era Etxarri. Allí había estado con algunos cazadores de juerga, comiendo y bebiendo bien. Además, en Etxarri los viejos cazadores a las arceas les llaman ‘gautxoria’, ya que andan de noche. De verdad que es un nombre bonito.

Nada más llegar a Etxarri escuché los mismos susurros. El hombre estaba delante de la pantalla del ordenador y continuamente repitiendo las mismas palabras:

—PTT, diag, prv/a, ds, com…

Pero ahora oí algo más. Unas palabras que sí entendía:

—Sí, ésa está muerta, y posiblemente la otra también.

Esas palabras me dejaron sorprendido y me asustaron completamente. ¿Quiénes estaban muertas? ¿Por qué murieron? ¿A qué se dedicaban mis conocidos cazadores? ¿Por qué usaban dos tipos de lenguajes a la vez, uno que podía entender y otro totalmente extraño?

Me fui hacia el monte, hacia el bosque en busca de respuestas. Lo que encontré fue asombroso. Casi seguro que no lo vas a creer pero te voy a contar lo que vi y oí, ninguna otra cosa.

Al dejar Etxarri, encontré en un pastizal de Altsasu algunas arceas. Estaban cenando. Una llevaba un aparato extraño a la espalda, un tipo de mochila, con una antena o algo parecido. Me dirigía hacia ella, era joven y hembra:

—¿Qué ha ocurrido? ¿Qué llevas a la espalda?

—No sé qué es. Pero no me lo puedo quitar. Según me han dicho los amigos, es una mochila que tiene una antena o algo parecido.

—¿Cómo te has puesto eso? Habrá sido difícil el colocarte ese trasto en tu espalda, ¿no? ¿No te duele?

—Mira, te voy a contar. Quizá no lo creas, pero es verdad, a pesar de ser casi increíble.

Y lo que me contó aquella arcea hembra en verdad que era asombroso. He aquí lo que me dijo, textualmente:

«El día pasado estaba en un pastizal de Bakaiku dando un paseo y cenando. Se me acercó una arcea macho. Comenzó a decirme que podríamos ir juntos hacia el norte, que en el viaje él sería mi guardián, que yo era muy guapa y bonita, que quizá podríamos hacer un nido juntos allá arriba…»

«Así estábamos, el macho cada vez más cerca de mí, cada vez más dulce, cada vez más amable… De repente, vimos una luz grande y fuerte. Nos paramos la dos, y zas… cayó sobre nosotras una especie de red. Luego vinieron “ellos”, corriendo, deprisa, chillando, como locos, completamente chiflados: “Dos, dos a la vez, hemos cogido dos. Increíble, ¡esto sí que es! Rápido, vamos a casa. Coge ¡tú una, yo la otra! Vamos”. Y luego la oscuridad y el silencio».

«No sé a dónde me llevaron. Pero sentí las manos de un hombre y una mujer en mi cuerpo. No veía nada. Me pusieron algo en la cabeza. Hablaban muy bajo, casi en silencio. Sentí un poco de dolor en el pecho, luego un peso en la espalda y unos minutos después de nuevo “sus” palabras: “Vamos al pastizal de antes, allí la soltaremos. Rápido. Vosotros seguid con la otra. Volvemos enseguida”. No entendía nada. El dolor del pecho cada vez era menor. ¿Dónde estaba el amable macho que había estado conmigo? ¿Qué le había ocurrido? ¡No sabía nada de nada!»

«Teniendo la cabeza tapada me llevaron a un pastizal de Etxarri que conocía desde hace tiempo, y allí mismo me quitaron lo que llevaba en la cabeza y me dejaron en el suelo. En cuanto me di cuenta de dónde estaba, miré a un lado y a otro y emprendí el vuelo, entre “sus” chillidos. Chiflados, aquellos hombres estaban totalmente locos. Al cabo de unos minutos, primero fui al primer pastizal de Bakaiku y luego a otro de Altsasu, y unos amigos que allí estaban me dijeron que llevaba una especie de mochilla a la espalda y que estaba muy bonita. No sabían ellos ni yo cómo me habían puesto la mochila, ni por qué ni para qué. Pasé toda la noche en busca del macho que había estado conmigo, y al fin, después de transcurrir algunas horas, le encontré en el mismo pastizal de Altsasu. Estaba con otra mochila, con antena y todo, y algo parecido a lo que te he contado me contó él a mí. Estuvimos las dos en una situación muy parecida».

«Después de cenar el macho y yo, empezamos a hacer planes, teníamos intención de ir hacia el norte y según me dijo estaba muy enamorado de mí. A decir verdad, y a pesar de que era un poco más viejo que yo, me gustaba aquel macho fuerte. Así que después de contarnos nuestras cuitas cada uno volvió a su lugar diurno no sin antes darnos unos roces amorosos con el pico, quedando en vernos la noche siguiente en el mismo lugar para dar una vuelta y cenar juntos».

«Esa fue la última vez que vi al macho. La noche siguiente visité y escudriñé todos los pastizales de Altsasu, Bakaiku y Etxarri… y ni rastro. Nadie sabía nada de él. Así es que decidí pasar unos días por aquí, a ver si venía y preparar ambos el viaje hacia el norte. Eso es todo».

Me dejaron asombrado las palabras de la arcea hembra. ¿En qué andaban metidos esos cazadores amigos? ¿Qué sentido tenían aquellas palabras extrañas (PTT, diag, ds, com…)? ¿Por qué no las entendía yo? ¿Y que sentido tenían las que entendía? («Una está muerta. La otra seguramente también»).

Deseando conocer toda la historia me dirigí la noche siguiente hacia el bosque de Aralar. Hice una larga excursión por el gran y hermoso bosque de Aralar. En verdad lugares preciosos: hayedos por doquier. En una de éstas. Al pasar cerca de Iruiturrieta vi que algo se movía. Me acerqué y cerca de un gran acebo vi que estaba una arcea macho. Me dirigí hacia él y antes de llegar me di cuenta que tenía otra mochila. «Éste es», pensé, y me acerqué a él.

—Hola, ¿qué tal por aquí? ¿Qué llevas a la espalda?

—Un transmisor que me han puesto unos cazadores en Etxarri.

—¿Cómo?

—Sí, un PTT. El día pasado estaba en los alrededores de Bakaiku con una bonita joven…

—¡Ah! Sí, he estado con ella y me ha dicho lo de la mochila, como os cogieron y os pusieron ese trasto…

—¿Qué mochila ni qué trasto? Esto es un transmisor, americano.

—¿Qué dices?

—Lo que has oído. Cuando nos cogieron esos malditos cazadores nos llevaron a una casa y, mientras le ponían el transmisor a la hermosa joven, estuve atento. Muy en voz baja, pero les oí todo a dos de esos malditos. Uno le explicada al otro todo, todo el «proyecto». Esos malditos quieren hacer unos experimentos y pruebas con nosotros. Por eso nos han puesto un transmisor a cada uno y después, por medio de algunos satélites, quieren seguir nuestros viajes.

—¿Qué andas diciendo? ¿Estás seguro?

—Sí, tú no lo sabes, pero andan en ello.

—Pero conozco a esos cazadores, son amigos.

—Pues entonces, ¡todavía peor! ¡Malditos sean!

—¡No digas eso!

—¿Cómo no lo voy a decir?

—Seguramente todo eso será para conocer vuestras costumbres.

—Pues las mías no las van a conocer. Ni hablar.

—Tranquilo.

—No, no estoy nada tranquilo. Mira…

Y lo que me contó aquel macho todavía me asombró más:

«Tus amigos esos han puesto en marcha un proyecto. Al parecer, para conocer nuestras idas y venidas. Tú ya sabes ahora todo eso. Ellos ¡no! Pero ahora tú estás bajo el trato secreto que hemos hecho contigo y lo estarás para siempre. De modo que no puedes decirles nada a esos amigos tuyos: ni sobre nosotros ni sobre nuestras costumbres. Este trato secreto es sagrado, como bien sabes».

«Según he oído, quieren seguirnos por medio de ordenadores. Por eso quizá hayas oído algunas palabras extrañas de informática (diag, com, ds, prv/a…): todas ellas pertenecen a un sistema informático de seguimiento por medio de satélites Argos. Me enteré de los detalles de ese proyecto en Etxarri cuando “ellos” estaban con mi amada, pero al cabo de unas horas, a pesar de estar con ella, no le dije nada, para que no se asustara».

«Quedé para la noche siguiente con mi querida joven para preparar el viaje hacia el norte, quizá para hacer un nido con ella y tener unos polluelos. Pero después de pensarlo mucho, he decidido esto: voy a quedarme por aquí y esconderme en este precioso bosque. Este es el mensaje que tienes que pasar a todos de mi parte: “Esconderse, esconderse lo más que puedan,” nada más. Si ves a la joven dile, de mi parte, que se vaya, que se ponga en marcha, que se dirija hacia el norte. Que no me espere. No le digas dónde estoy, solamente que la quiero mucho. No quiero preocupar a los amigos. Las pruebas que quieren hacer conmigo van a fracasar. Quizá, de esta forma, no pongan otro proyecto en marcha y se olviden de nosotros. Esta es mi esperanza».

«No estoy dispuesto a que el amor que sentimos nosotros, ese amor entre esa joven y yo, quede a la luz, que aparezca de alguna forma en “sus” computadores. Ni pensarlo. Esta ha sido mi decisión. No le he dicho nada, ni le diré, a la joven. Que piense lo que quiera de mí. Pero no voy a aparecer a su lado, menos viajar con ella y muchos menos dejar que entren esos malditos en el nido que hubiéramos podido hacer».

«Estoy completamente enamorado de la joven que has visto. Pero, ¿te gustaría que una institución como la CIA supiera toda tu vida, conociera todas las idas y venidas de tu familia, fuera dueño y señor de todos tus viajes? Pues para nosotros, al menos para mí, es todavía mucho peor lo que quieren hacer con nosotros esos amigos tuyos. No lo acepto. No quiero que experimenten con nosotros. Así es que me mantendré oculto por aquí. De nuevo, que quede claro tu mensaje: dile a todos los amigos que se escondan más que nunca. “Ellos” creen que saben todo sobre nosotros. Tú ya sabes ahora que hasta ahora no saben casi nada. Pues, de ahora en adelante, y al menos en lo que a mí me corresponde, sabrán aún menos. “Esconderse”, ésa es la palabra. Ése es el mensaje».

Mi asombro era total. Ahora comenzaba a entender un poco. Ya había oído algo cuando anduve en aquel CCB, hace tiempo. Pero no creía que aquel loco proyecto fuera llevado a cabo. Ahora, sin embargo, parecía que estaba en marcha y, al parecer, yo estaba de intermediario:

«Sí —continuó aquel macho—, tú eres intermediario. Lee lo que está escrito en el trasmisor que llevo a la espalda: “Trasgu”. El propio proyecto lleva tu nombre: “Proyecto Trasgu”. Todavía más. Esos malditos te nombran sin parar, diciendo, una y otra vez, que tú nos debes de guiar en nuestro viaje, en nuestro camino. ¡Asombroso! Esos cazadores están totalmente equivocados. ¿No conocemos nosotros nuestro camino? ¿Entonces?»

«Lo más divertido es esto. No conocen nuestro lenguaje, ni nuestros nombres, y quieren “conocernos” por medio de números: yo dicen que soy la 39, la joven la 40, y según he oido, a una que han cogido en Catalunya le han puesto la 38. ¡Idiotas! Si supieran las carcajadas que soltamos con ellos, con sus perros y con sus modos de vida. Sí, parece una guerra. Mejor dicho, es una guerra, además que viene de atrás. Todos sus aparatos, ahora mejorados —transmisores, satélites, casi la propia tecnología punta de la CIA— contra nosotros. Por favor, no les digas ni una palabra sobre nosotros a tus malditos amigos esos. De otra forma, se acabó el trato entre nosotros. Que sigas bien, y hasta la próxima».

Hasta aquí lo que me dijo aquel macho. Después de oír todo aquello, todo, o casi todo, estaba claro. De una parte, admiraba a mis antiguos amigos: además habían puesto mi nombre al proyecto. Por mi parte, era para estar orgulloso y lo estoy, sin ninguna duda.

Pero por otra parte, todo lo que ahora sé sobre las arceas no se lo puedo decir. Debía a mis amigas las arceas el acuerdo secreto que habíamos hecho entre nosotros. No podía romperlo.

La noche siguiente fui a buscar a la joven arcea, y no sé cómo le conté lo que me dijo el macho, su macho querido, sin mencionar lo de los experimentos y los peligros. Se le cayeron un par de lágrimas a aquella hermosa joven de sus preciosos ojos, y me dijo que la próxima noche marcharía con algunos amigos.

Sabía y sé dónde está la «39», y también dónde está la «40». Más tarde supe de las andanzas de la «38». No estaban muertas. Mis amigos estaban confundidos.

Mucho después supe que la «40» había aparecido mucho más allá de los Pirineos, en Alemania o por allá, pero sólo apareció un día. El mensaje que les envié les había llegado, y se preocupaban en esconderse. De esta forma los satélites no eran capaces de seguir a las arceas, y los transmisores que llevaban a la espalda tenían problemas al cargarse. Sin duda, el «39» era listo como él solo.

La «40» recibió el mensaje y lo aprendió bien: en algunos días, e incluso en semanas, estuvo escondiéndose, de manera que los satélites no la «cogieran». Más bonito es lo que ha pasado con la «38»: en lugar de ir hacia el norte, se fue hacia el nordeste, y los satélites no pueden seguirla, no pueden recoger sus señales. ¡Viva la «38»! En verdad inteligente. Mientras tanto la «39» sigue totalmente escondida en un paisaje precioso y maravilloso de Aralar que sólo él y yo conocemos. Estas fueron sus últimas palabras: «Así que ésta es mi decisión, al menos por ahora: de mí no van a saber nada».

Después de dar una vuelta por Etxarri, y conocida toda la historia, volví hacia Asturias, pensativo y dándole vueltas a la cabeza, y sonriendo de vez en cuando.

Siento lo que a mis amigos los cazadores les pasa, pero se han metido en aguas profundas, en los asuntos referentes a la vida de mis amigas las arceas. Así es que tengo un sentimiento agridulce. Dulce en lo que respecta a mis nuevas amigas, ya que son muy hábiles, listas y espabiladas. Son muy buenas en su campo, en el de esconderse. Agrio respecto a mis antiguos amigos, a los cazadores. Ya sé que están preocupados y nerviosos. He sabido que algunas noches ni duermen, y que creen que con los pocos datos que consiguen piensan que tienen entre manos un proyecto maravilloso.

Pero así es la vida mundana… Ahora me daré una vuelta por los montes de Asturias. Quizá algún otro día te contaré algo más. Por ahora tienes de sobra.



Esto ha sido lo que me contó Trasgu. Ya sé que muchos de vosotros no creeréis nada. Pero ése es vuestro problema. He escrito nada más que lo que me dijo Trasgu.

Por mi parte sólo quiero añadir esto, lo que aparece en el epitafio de la tumba de Descartes, quién lo tomó de la obra de Ovidio: «Bene qui latuit, bene vixit», es decir, «el que se escondió bien, vivió bien».


Joseba Félix Tobar-Arbulu
Abril 2006

Gautxoria: Ave nocturna