El león de Anselmo

Jorge Borque

 

Con cara de terror llegó Leandro, hijo menor de Anselmo Calderón, a su rancho, desde el corral de piedras, donde guardan a todos sus cabras durante las noches.

—Pá… de nuevo el lion, anoche ha matado más de diez cabras adentro del corral y los perros ni avisaron…

—Yo sentí bufar a las bestias —decía Anselmo, refiriéndose a dos caballos y una mula que encierra cerca de su vivienda, enclavada en la montaña del sur de Mendoza.

La tristeza y el miedo volvieron a instalarse en Anselmo y su familia, pues nuevamente su enemigo ancestral clavaba sus garras en lo que para ellos es su medio de subsistencia, en ese medio tan agreste y duro como es la cordillera.

Me contaba Anselmo que así como hay años «nevadores» y otros no, también hay años en que el león —puma— hace más daños que otros. Recordaba que hace unos cuatro años atrás, en dos meses, los leones le mataron más de cien cabras, a él y algunos de sus vecinos; de manera que trataron de organizarse para defender a su ganado, y salieron con perros en busca de los «come-cabras». Después de días de infructuosa búsqueda abandonaron la persecución y colocaron algunas trampas en los alrededores de los corrales, donde a los tres o cuatro días atraparon a un puma muy joven.

Se turnaban por las noches haciendo un fuego al lado de los corrales, y contaban historias algo exageradas respecto de los pesos y tamaños de algunos pumas de la región, cosa que producía más miedo y aprehensión a los improvisados guardias.

—Cuando alguna cabra tiene su parición en algún medio alejado y montoso del campo, es una oportunidad muy fácil de aprovechar por cualquiera de esos pumas, pero que venga a meterse a nuestros corrales, en nuestras propias narices, es el colmo —decía Anselmo mientras castigaba un palenque con su rebenque.

Son gente nómades, trashumantes, y practican desde tiempos ancestrales las «veranadas» e «invernadas», es decir, en verano suben a los valles altos en busca de pastos tiernos con sus rebaños y familia, y en otoño bajan a los valles inferiores escapando de las nevadas en las zonas más altas, y en ambos lugares tienen los corrales y las «rucas», especies de ranchos en donde viven con sus familias.

Juan Elvio es el médico rural que visita esa zona de tanto en tanto cumpliendo una labor inestimable, y muy sacrificada, revisándolos y llevándoles remedios a toda esa gente. Hace muchos años que conozco a este médico y siempre afirmo que posee una verdadera vocación de servicio y que el amor que entrega a toda esa gente es muy grande. Justamente fue Juan quién me avisó de lo que estaba sucediendo en el puesto de Anselmo.

Ya instalado en el puesto recorrimos los distintos lugares con Anselmo y sus hijos, buscando información en los rastros, tamaños, lugares por donde entra o sale el león, y lo significativo fue que los rastros siempre eran los mismos, exactamente del mismo tamaño, incluso me hicieron observar que una de las garras, de la pata derecha, tenía un defecto o estaba partida, pues cuando el león se aproximaba a la aguada, en sus orillas donde el barro está bien húmedo, abre o despliega sus garras a los efectos de hundirse lo menos posible, y así llegar al agua, de manera que provoca en ese barro una impronta perfecta, muy fácil de medir y calcular, además de la profundidad que también quedaba marcada, nos indicaba un animal bien pesado.

—Es un lion criao… —al decir de Anselmo.

También me llevaron a ver a un chañar, en donde el puma había dejado sus marcas, rayaduras a ambos costados del tronco, muy profundas donde afila o limpia sus garras. La altura y profundidad de las mismas también indicaban que el león era de un muy buen porte y con mucha fuerza.

Faltaban tres días para que el plenilunio de septiembre se diera cita, de manera que la luna sería una buena aliada.

Para esta oportunidad llevé mi rifle, un Ruger .300 Winchester Magnum, con mis propias recargas: Puntas 180 gr. Hornady Spire Point base plana, y 77 gr de Reloader-22, con lo que estoy saliendo en boca del cañón a una velocidad de 3050 pies por segundo, una mira telescópica Leupold Vari X-II de 3 a 9 con reticulo Dual-X, por supuesto colocada en tres aumentos como corresponde a un acecho nocturno, y los binoculares Swarovsky 8,5 x 42 de magnífica definición e imprescindibles en este tipo de cacería.

El rifle ya había sido disparado el día anterior, de manera que su cañón estaba en condiciones operativas, sin la correa de transporte, pues a mí no me gusta usarla en los acechos porque se puede enredar en el momento menos oportuno, y con la funda camuflada que tapa el cañón y así evita que brille a la luz de la luna.

Además, a mi lado siempre llevo mi compañero infaltable: mi revolver Smith Wesson 44 Magnum modelo 29, con una recarga de puntas Hornady XTP de 240 gr. y 20 gr. de Hércules 2400 y una linterna por cualquier emergencia.

Iniciamos los análisis para preparar nuestra estrategia. Dentro del corral sería un tiro muy difícil por el revuelo de animales que haría el puma al entrar. Dejar un chivo solo atado afuera del corral, como alguna vez hicimos con resultados inciertos, haría sospechar al asesino. Atar un chivo en alguna de las espesuras del campo es muy buena idea, pero requiere varios días de espera hasta que el puma mata la presa, y no disponía de tantos días.

De manera que lo más indicado sería esperarlo cerca de la aguada, que estaba a unos cincuenta metros del corral, más o menos. Lo triste era que iría allí después de darse su festín, pues es muy raro que tome agua antes de comer, lo normal es que lo haga después; pero según Anselmo estaba dispuesto a pagar ese precio con tal de echarle la mano a ese asesino. Otra oportunidad la tendría si entraba al corral por el norte, es decir, pasando al lado de la aguada, me daría tiro al pasar por un limpión grande, pero estoy acostumbrado a que el puma no da ninguna oportunidad de mostrarse, jamás saldrá de las sombras, pudiendo acercarse a través de ellas, es el maestro de la vida privada y más un «matrero» como el que buscamos.

La dirección del viento sería la determinante, pues en esa zona cambia y a veces sopla desde el norte y otras lo hace desde el sur, pero la falta de respeto manifiesta del felino por los seres humanos, al venir a matar las cabras dentro del mismo corral, me hacían pensar que no sospecharía de mi acecho.

Al pie de una gran jarilla cavamos un pequeño pozo, con bastante dificultad por lo pedregoso del terreno, pero apenas conseguimos el tamaño mínimo como para esconderme, paramos el cavado. De espaldas a la luna, casi sentado dentro de ese incómodo agujero, y con algunas ramas más que se agregaron a efectos de hacer mas sombra, me instalé a eso de las siete de la tarde, a esperar al asesino de cabras.

Le recomendé a Anselmo que atara a los perros, de manera que no fueran a venir, aunque por lo que pasó anteriormente «no eran muy guardianes…»

Había una pequeña brisa y la tenía casi de frente, de manera que la única contra sería que el león entrara por mi espalda y pudiera olfatearme, pero por los rastros vistos era lo menos probable.

Ya a las veinte y treinta horas la luna alumbraba con mucha intensidad, el campo se iba transformando todo plateado, el frío se hacía sentir y más en una posición incómoda como la que me encontraba. Los ruidos que se sentían desde el corral y la casa cada vez eran menos, y por momentos el silencio era sepulcral, el viento se detuvo casi por completo a las veintitrés horas.

El espectáculo era realmente hermoso: a lo lejos los grandes cerros todos nevados, se veían resplandecientes a la luz de la luna, y por mi cabeza pasaban en procesión los recuerdos de otras cacerías en similares situaciones y mi imaginación volaba en ese sentimiento que sólo lo sienten los verdaderos cazadores aguerridos y que llevan el fuego sagrado, legado por nuestros mayores, muy adentro de su espíritu.

Todo este romanticismo se congeló con los ruidos provocados por las cabras al moverse dentro del corral, era casi la una de la madrugada y se sentían pequeños tropeles dentro del corral, signo inequívoco de animales nerviosos, mi pulso se aceleraba una vez más; el barrido con los binoculares era constante y volvía a repasar nuevamente los mismos lugares, las mismas plantas, las mismas piedras, y nada…

Algunas cabras balaban y los machos emitían el clásico sonido como de una tos seca, miré al limpión por enésima vez sin resultados y cuando vuelvo con mi vista sobre la pirca del corral lo veo caminando agazapado sobre la misma pared de piedras y en actitud de lanzarse, era un «gatazo» enorme, casi del color de las piedras. Estaba justo donde tenía encañonado mi rifle, la adrenalina como siempre en estos casos, me aturdía y sentía mi boca muy seca y pastosa. Moví apenas el rifle, coloqué la cruz en la base del cogote y toqué apenas el suave disparador, el estruendo y el chorro de fuego se confundieron, y pude ver al felino dar un brutal salto de unos cuatro a cinco metros hacia arriba, señal evidente que había sido tocado, cayó sobre un palo que lo hizo caer hacia fuera del corral donde lo veía revolcarse por espacio de unos dos minutos, hasta que se quedó totalmente inmóvil, no obstante le coloqué otro disparo por la espalda y entre las paletas por las dudas, con un asesino de estos no se deben tomar riesgos y además, como dice un amigo, «e… por si muve».

A partir de ese momento todo fue alegría en el puesto, todos salieron a recibirme en la puerta del rancho, Anselmo, su mujer y sus hijos.

A la mañana siguiente era grande el trajín con el cuereado y estaqueado del cuero del felino. Se arrimó Luciano, el hijo mayor de la familia, y me mostró la mano derecha del puma, la cual tenía la segunda garra partida por la mitad, vaya a saber en qué tropelías habría sido… y extendiéndome su mano me daba la uña cazadora, para que la guardara de recuerdo, la que aún conservo conmigo.

Nuevamente San Huberto, con una sonrisa cómplice, me hizo una guiñada como diciendo: «es hora de volver».