Una leona cebada en cabras

Jorge Borque

 

«Debe andar con cachorros, o qué sé yo, la cosa es que me mató tres cabrillonas y dos chivos chicos ¡dentro del corral! y al lado de las casas» decía hace ya unos cuantos años mi amigo «Chico» Calderón en su puesto. Mientras me mostraba por dónde había rastreado las huellas de un león que le comía sus cabras sin ningún pudor, ni siquiera respetando la presencia más o menos cercana de perros, pues en el puesto tenían desde cuzcos pequeños hasta grandes galgos.

Evidentemente todo se confabulaba en contra del desventurado puestero que según él mismo decía «me va a dejar sin chivas», el paraje era un lugar extremadamente alejado, para llegar deberíamos recorrer casi 100 kilómetros de huella, y las últimas cuatro leguas —medida aplicada por el «Chico»— eran a campo traviesa, es decir, dependía del movimiento que habían tenido los médanos con el viento. El agua para todo uso la extraían de un pozo de unos diez metros de profundidad con caballo-balde-roldana y era muy salada, los dientes casi marrones de mi amigo y su familia podían atestiguar la calidad.

Poseían dos depresiones que tenían la intención de ser «aguadas» para cuando lloviese, pues me comentó que a la fecha, hacían nueve meses que no llovía.

En la época de vender los chivitos utilizaban los servicios de un camión canadiense, de esos viejísimos de la segunda guerra mundial, que con mucha dificultad sacaba los chivos hasta la huella donde eran comerciados.

El vecino más cercano de «Chico» estaba hacia el norte y no había ningún tipo de camino, directamente había que ir de a caballo, y estaba más o menos a tres leguas, Don Evaristo, criancero el hombre también, pero vivía solo sin familia; y su pequeña producción de chivos la sacaba en una especie de carro con dos ruedas.

En la zona abundaban guanacos, pecaríes —de collar— en piaras muy numerosas, avestruces, liebres criollas —Mara—, vizcachas, y por supuesto pumas.

No soy un experto en seguir rastros, pero cualquiera que hubiera visto los alrededores, podría haber imaginado la cantidad de leones que merodeaban el puesto, había rastros grandes y pequeños, y tenían sendas que por lo visto las transitaban con cierta frecuencia.

El temor de «Chico» y su familia los hacía encerrarse por las noches en su rancho, poniendo una tranca en la puerta, sabiendo que la majada quedaba a disposición de los leones; por las noches «las bestias lo huelen y relinchan», decía, refiriéndose a que los caballos se sabían inquietar, y algún perro ladraba, pero nadie se acercaba al corral.

Tratando de solucionar estas matanzas ideó un ingenioso sistema: Colocó un palo alto en uno de los costados del corral —hecho de alambre y espinillos—, en él colgó un tarro cerrado y con algunas piedras en su interior, de manera que pudiera bascular, y lo movía desde el rancho con un largo tiento anudado, cada vez que sentía algún ruido extraño y mientras estaba despierto.

Durante un tiempo creyó haber resuelto el problema, pero en una oportunidad después de haber hecho «sonar» varias veces el tarro durante la noche, al amanecer encontró una mortandad dentro del corral, provocando el llanto de toda la familia.

Así transcurrían los días de «Chico», sabiendo como decía «crío para mí y para el león».

En esa oportunidad improvisamos un apostadero a un costado del corral, pero la visión del lugar no era buena, el plenilunio ya había pasado hacía cuatro días y la luna estaba saliendo como a la una de la mañana. No tuvimos éxito, el león no apareció durante dos noches consecutivas, pero quedamos de acuerdo para la próxima luna de estar bien preparados y con una estrategia distinta.

Ya en esta oportunidad nos encontrábamos en viaje a lo del «Chico» Calderón nuevamente, llevaba mi .300 W. Mag. Ruger, sobre el cual había montado una Weaver fija 6x, y con una recarga con puntas Hornady Flat de 170 gr., con una carga de Reloder 22 de 74 gr., una receta altamente deformante y con muy buenas prestaciones para animales de piel fina como el puma.

Eduardo, como es habitual en él, también con su .300 W.Mag. Ruger —gemelo al mío—, pero con recarga de puntas de 180 gr. —Speer Grand Slam— y también con Reloder 22.

Por supuesto, todo el listado de elementos había sido repasado: Prismáticos, calentador a nafta, pala, carpa, bolsas de dormir, linternas, radiotransmisores con baterías de repuesto, elementos para el apostadero —trozos de alfombras viejas, paño de carpa verde camuflado, red de camuflaje, sogas—, caramañola, camperón cazador, etc. etc.

He recorrido durante muchos años y nunca pude ver un puma de día, salvo con la ayuda de perros, así que salir a buscar un puma de día es una ilusión; era necesario plantear que el león venga hacia nosotros, estaba cebado en cabras y como tal las cabras serían un buen cebo; en realidad no corresponde cazar con un cebo si ello implica la muerte del pobre chivo, pero dadas las condiciones y las matanzas sin ninguna impunidad por parte de los leones el lance era honesto.

Es necesario conocer a los felinos para poder crear un ardid y atraerlos, si no colocamos el cebo de manera adecuada pasarían años y a ningún león se le ocurriría acercarse; es por eso que el lugar donde se coloca el cebo debe tener muchas cubiertas, mucho monte o bosque por donde el felino pueda acercarse con absoluta privacidad.

Además en necesario que se le coloque un pretal de alambre triple —que rodee cuello y cuerpo— y con una cadena fuerte atado de manera muy firme también a la base de algún monte grande, pero que sea un lugar más o menos apto para luego construir un apostadero. Normalmente el león mata y transporta su pieza a escondite seguro, para comer una parte y volver al día siguiente o a los dos días a comer el resto, pero estando el cebo atado con alambre y cadena, debería comer allí mismo.

De manera que el primer día colocamos dos cebos, cedidos gentilmente por «Chico», distanciado uno de otro como diez kilómetros, con la finalidad de abarcar más terreno, y esa noche dejamos que «Don León» hiciera de las suyas a sus anchas, mientras nosotros disfrutábamos de un rico asado en el puesto.

Apurábamos un café a las 8 de la mañana para ir a recorrer los cebos, y en el primero que llegamos pudimos ver «la carneada» y «la comilona», y como no había podido llevarse su comida la había tapado con todo esmero, se comió todo un cuarto y parte de la panza del chivo, y el resto no se notaba nada a quince metros, es un maestro del ocultamiento, hasta pequeñas ramitas cubrían el cuerpo del chivo.

Las condiciones pintaban bien, fuimos al otro chivo y gracias a Dios estaba vivo y balando, lo sacamos de su incómoda situación, y nos dedicamos por completo a construir un apostadero al lado de donde había comido el león.

Tuvimos en cuenta la dirección del viento —por indicación de «Chico»—, además evaluamos por dónde se había ido, muy probablemente entrara por el mismo lugar, y la salida de la luna, que calculábamos que a las 19 ya estaría arriba.

El limpión no era grande, eso no me gustaba mucho, y el mejor lugar para hacer un pozo estaba sólo a veinte metros escasos, el análisis era que el tiro iba a ser muy de cerca y que dos personas en el pozo sería una multitud, así que Eduardo decidió quedarse en el puesto mientras yo acecharía al león.

Esta misma situación me recuerda cuando años atrás tuve que tirar a un puma en un acecho a sólo quince pasos, al que rocé en la parte inferior del pecho, dejando una estela de pelos grisáceos sobre el barro de orilla de la aguada, y a mi no pudiendo creer que había escapado a esa distancia; si la inexperiencia siempre tiene un precio, y una telescópica montada alta —unos cuatro cm. por arriba del cañón— y calibrada a cero a 150 metros, a quince metros pega cuatro o cinco cm. más debajo de lo apuntado. A partir de esa amarga experiencia las telescópicas de mis armas están casi pegadas a sus respectivos cañones.

El pozo quedó muy cómodo con buen asiento y con lugar al frente para poder estirar las piernas, y como era de una sola plaza todo fue más rápido, se colocaron las alfombras en asiento y piso —por el frío—, el paño de carpa camuflado para tapar la luna y la helada, y por encima de todo esto la red de camuflaje daba un toque final de tecnicismo.

Por supuesto en los alrededores tocamos lo menos posible, y evitamos de dejar todo tipo de restos y de hacer cualquier tipo de demarcaciones territoriales del hombre —pis…—, pues el que esperamos es altamente sensible.

Las 17 horas y me estoy acomodando en el pozo, la camioneta la dejamos como a mil metros por las dudas, rifle con bala en boca y sin seguro —¡sacar el seguro en el silencio de la noche es todo un ruidazo!—, dos proyectiles en el almacén cargador, y dos más, repartidos uno en cada bolsillo de vieja cábala nomás, el Smith 44 Mag. modelo 29 en su funda a mi costado dándome una tranquilidad extra, los largavistas colgados de mi cuello, el termo con café caliente, caramañola, algunos caramelos —sin envoltorios ruidosos—, un poco de pan queso y la caramañola con agua, junto con mi sacón cazador y un ponchito para las piernas, y a esperar…

Transcurrían las horas y ningún movimiento, el silencio era sepulcral, pues es muy distinto apostarse en una aguada donde siempre hay algún visitante o hay algún movimiento, aunque sea de algún vacuno; pero aquí nadie tiene que venir a nada excepto uno, y las horas pasaban y el frío era insoportable, la luna resplandecía con un brillo inusitado, transformando todo plateado el pequeño bosque en donde estaba, se podía distinguir perfectamente una ramita a simple vista a treinta metros.

El sueño como siempre me jugaba una mala pasada, ya eran las dos de la madrugada y la luna empezaba a descender hacia el oeste, cuando siento una especie de soplido fuerte y corto, que me paralizó mientras sentía como mi cuerpo se iba inundando de adrenalina, no lo veía pero lo sabía allí, muy pero muy cerca de mí. No sé el tiempo que transcurrió de esa manera hasta que de pronto y desde mi derecha, sólo a cinco metros desde donde yo me encontraba, como una tromba plateada, de un salto se abalanzó sobre su comida, y emprendió con sus garras en furiosa arremetida sacando todo lo que la cubría —ramas, hojas—, lanzándolas con fuerza hacia atrás, se prendió del lomo y comenzó a tironear como lo haría un perro, con la intención de desprender al chivo del tronco del grueso chañar.

Reconozco que por un momento estuve absorto, no era común para mí ese espectáculo, el rifle lo tenía fuerte en mi mano, y ya estaba desde siempre apuntado a ese lugar, sólo tenía que meterlo en la cruz de mi retículo, y no era difícil, el león estaba a plena luz de luna y yo en sombras, sonó el .300 W y un chorro de fuego de más de un metro hizo dar al león un salto de más de cuatro metros de alto, cayó mirando al monte y se atropelló el chañar en donde estaba atado el chivo, no obstante alcanzó a correr como veinte metros, y cayo resoplando con furia.

Desde donde yo estaba no podía verlo bien, pero salí arrastrándome y me adelanté unos tres metros desde donde ya lo podía ver, y en posición cuerpo a tierra disparé nuevamente al cuello, con un «nene» de estos no se puede confiar.

El primer impacto lo había dejado bien muerto, tenía el corazón partido en dos, y por el orificio de salida —unos 15 cm. de diámetro— había despedido trozos de pulmón; con el segundo impacto tenía casi seccionado el grueso cogote partiendo el espinazo.

Era una enorme leona, muy vieja, con un colmillo partido a la mitad y redondeado, en su cuerpo mostraba muchísimas cicatrices, de vaya a saber cuantas peleas o andanzas, evidentemente para ella era más fácil este tipo de comida, es decir las cabras de mi amigo «Chico» y unas tremendas garras llenas de restos de carne imponían un gran respeto.

En uno de los bolsillos externos de la mochila, llevo siempre el handy —un pequeño radiotransmisor—, por supuesto apagado, el cual encendí y ya en frecuencia con Eduardo le conté el lance, hice un pequeño fuego y me senté al lado de la vieja leona cebada en cabras, a esperar por mi rescate.

Qué felicidad a la mañana siguiente en las caras de la familia de «Chico», bailaban alrededor de la leona, de la cual conservo la «cazadora» —uña—, todo lo demás le pertenecía a esa gente.