El viejo de la visera negra

Rayón

 

Cuando Manuel era un chaval y vivía en sierra Morena, muchos días se acercaba hasta un cortijo que había a un kilómetro más o menos de su casa, para escuchar las historias que le contaba “Antoñico”, un hombre muy mayor al que la gente de aquella zona de sierra llamaba “El viejo de la visera negra”. Este hombre era el padre del guarda de esa finca donde estaba el cortijo. “Antoñico” durante toda su vida había sido también guarda de una finca de caza y pastoreo, hasta que murió su mujer y se hizo muy mayor, que fue cuando su hijo se lo llevó a vivir a ese cortijo donde Manuel iba a visitarlo y escucharlo con la boca abierta contarle sus miles de vivencias serranas.

La verdad es que “Antoñico” estaba visto por los hombres de mediana edad de aquella zona como un hombre callado y de poca conversación. Es más, decían que era un hombre raro del que no se podían esperar muchas palabras, que desde que había muerto su mujer y su hijo se lo había llevado a vivir con él, parecía otro hombre, muy distinto del que antes había sido. Aunque Manuel, aún siendo casi un niño, se dio cuenta del problema que tenía “Antoñico” a la hora de hablar con los hombres de aquella zona, debido a ciertas cosas que este hombre le había dicho.

Manuel comenta, que aquel hombre le decía que él se veía ya como un trasto, que la gente lo veía como algo que ahí estaba porque tenía que estar, pero que nadie lo escuchaba por pensar que ya todo lo que decía estaba caduco y anticuado, que eran cosas que ya no interesaban, de ahí que hablara tan poco, pues para no ser escuchado, decía que mejor escuchar, (aunque a veces fueran tonterías sin fundamento) callar y observar.

Lo de la gorra de visera negra decía que le venía desde que su padre murió hacía ya muchos años, que se la había puesto en señal de duelo y luto por la muerte de éste y que ya se había acostumbrado a ella de tal forma que si no se la ponía parecía que le faltaba algo, no de su vestimenta, sino de su cuerpo.

De todas formas, no solo Manuel tenía a ese amigo tan Mayor en la sierra, a “Antoñico”, pues también estaban Bernardino y Félix, con los que hablaba durante horas aún siendo también hombres ya muy mayores. Y es que el problema que tenía Manuel allí en la sierra era que no había otros chavales en varios kilómetros a la redonda con los que poder jugar o hablar de cosas propias de su edad, de ahí que tuviera como mejores amigos a estos hombres tan mayores, algo que jamás le ha pesado, sino todo lo contrario, ya que eso le hizo madurar más rápido de lo que otros chavales del pueblo con su edad lo hacían. Aparte, claro está, de todo lo que aprendió de sierra y caza a través de las palabras de ellos. Aunque la verdad es que ahora Manuel cuando peina canas se ha dado cuenta que la amistad con aquellos hombres mayores le venía por tener el mismo problema que ellos, la falta de atención que le prestaban las personas de aquella zona cuando hablaban. A unos por ser ya mayores y no estar dentro de la actividad que los más jóvenes tenían y, a él, por ser un chiquillo del que pensaban que solo podían esperar “fábulas”.

Cuando “Antoñico” se sentaba a tomar el sol en la puerta del cortijo, la mayoría de las veces lo hacía con un manojo de esparto al lado para ir trenzando con sus huesudas y ásperas manos alguna cuerda que luego valía para enlazar alguna carga de leña para la chimenea u otras labores propias de la sierra que se hacían con las caballerías. O bien con algún trozo de piel de becerro curtida para remendar algo de los aperos del cortijo o algún morral viejo, el caso era hacer algo para entretenerse y pasar más rápido el poco tiempo de vida que él decía tener claro que ya le iba quedando.

Manuel cuando se sentaba a su lado, con las clásicas ganas de aprender de cualquier chaval de su edad, no paraba de preguntarle por todo lo relacionado con la sierra y la caza, y éste, con la paciencia que suele caracterizar a personas de tan avanzada edad, le iba contestando y explicando con su sabiduría, propia también de su avanzada edad, todo lo que estaba en su mano.

Muchas de las veces que Manuel se sentaba a su lado le escuchaba como predecía el tiempo que iba a hacer, si iba a llover, hacer frío o, si por el contrario, el tiempo iba a ser bueno. Esto a Manuel le llamaba mucho la atención, pues sabía que este hombre jamás escuchaba el parte en la radio donde decían el tiempo que iba a hacer, así que uno de esos días le preguntó de donde le venía ese saber predecir el tiempo si él no escuchaba la radio como el resto de los que con ellos convivían por aquella zona de sierra. “Antoñico”, sonriendo como en pocas ocasiones lo hacía, le contestó, que aunque en ese tiempo hubiera aparatos de radio donde decían el tiempo que iba a hacer, cuando su abuelo e incluso su padre vivían en la sierra no había esos aparatos en los que escuchar la predicción del tiempo, así que para saber que iba a hacer, se fijaban en el comportamiento de las aves y resto de animales, y que éstos eran los mejores “hombres del tiempo” que podía haber. También le dijo a Manuel, que eso se lo habían enseñado su abuelo y su padre, algo que él ya no iba a poder enseñar a su hijo y nietos, pues cuando se lo quería trasmitir a ellos, no le hacían ni caso, todo lo contrario a lo que hacían con la radio, que todo lo que decía lo escuchaban y creían.

Manuel le dijo que a él si que le gustaría aprender esas cosas, que las veía muy interesantes. “Antoñico” lo miró fijo y le dijo que no se preocupara, que él se lo iba a tratar de enseñar. Empezó diciéndole, que por la forma de tirarse los zorzales al monte a dormir, por observar por la tarde las caballerías o a las cabras cuando acudían al cortijo, o bien mirando los viajes de las reses cuando salen de sus encames para emprender sus careos nocturnos, se podía saber perfectamente si la noche iba a ser fría y con helada, lluviosa o una buena noche. Le siguió diciendo, que cuando los zorzales se tiraban a dormir a las solanas en la parte baja del monte cerrado, la noche iba a ser muy fría; que cuando lo hacían en las umbrías y también en la parte baja del monte, en los bajos de lentiscos, chaparras y madroños, la lluvia era casi segura y, cuando lo hacían en las solanas en las encinas y entre monte más abierto, la noche la presagiaban buena. Lo mismo que cuando las cabras llegaban al cortijo más temprano de lo normal y con el pelo poco sentado, también presagiaban fríos y tormentas. También decía que era señal de mal tiempo el que los venados en vez de coger a última hora de la tarde el camino de los altos y lomas cogieran el de barrancos y hondos vallejos, que eso presagiaba fríos.

Y luego estaban los cambios de luna y la “pata de cabra”, algo que siempre comentaba que si se observaban bien no solían fallar. Y ya lo creo que esas cosas eran el mejor hombre del tiempo, pues ahora después de más de cuarenta años, cuando Manuel observa todo eso, suele darse cuenta que lo que decía “Antoñico” era muy cierto, que suelen fallar en muy pocas ocasiones.

Y de los animales cazables igual. Un día le preguntaba Manuel que hacer para abatir un buen macareno de espera, que él veía la cosa muy difícil por lo listos que llegan a ser estos animales cuando ya han cumplido muchos años vivos en la sierra. Este buen hombre le contestó, que para abatir un buen macareno de espera lo que no debía hacer era esperarlo en grandes gateras o vereones de los que parecen trochas de caballerías, que esos sitios eran utilizados por piaras y marranchones más pequeños, pero que los grandes macarenos solían pasar por sitios poco señalados, por los que no se notaban demasiado, que normalmente pasaban tres o cuatro días como mucho por el mismo sitio, para después cambiar el viaje y hacerlo por otro, y así sucesivamente. Sin embargo, decía que los cazadores en la mayoría de los casos se ponían en sitios muy tomados y por tanto muy señalados por las pisadas de estos animales, algo que él no aconsejaba, que lo que había que hacer a la hora de registrar los pasos de los marranos era fijarse bien donde había pisadas de un día o dos como mucho, pues ahí era donde había que ponerse, que seguro que por allí no pasaba ningún marranchón o piara y si un buen macareno.

Otro de los días que Manuel iba a visitar a “Antoñico” al cortijo, este hombre le preguntó que hacía que no había ido de perdices, que el día era buenísimo para ello, algo que a Manuel le sonó raro, pues el día para él era muy malo debido al fuerte y molesto viento que hacía. Al ver la cara que ponía Manuel al haberle dicho lo anterior, le siguió diciendo, que los días de mucho aire era cuando más cerca se podían tirar las perdices, ya que éstas suelen aguantar más la llegada del cazador debido al aire y a que éste hace que se agite el monte y haga ruido, un ruido que suele “tapar” el que hace el cazador al aproximarse a ellas y no oírlo. También le dijo, que con saber lo anterior no era suficiente, que había que cazarlas en solanas y umbrías esos días, ya que con tanto aire no suelen subirse a los altos, a lomas y puntales, que suelen quedarse más bajas y, sobre todo y más importante, entrarles de cara al viento, ya que así las perdices volaban hacia abajo o arriba y no en línea recta en sentido opuesto al que se acercaba el cazador, por lo que daba más tiempo a apuntarlas.

También le enseñaba dónde debía buscar los animales cazables según la climatología del momento en que se cazaba y la humedad que tuviera el terreno. Las liebres comentaba que jamás se debían buscar en los lugares de mucha humedad cuando había llovido mucho los días anteriores, que normalmente había que hacerlo cerca de los altos, y si era terreno de pizarra, el mejor sitio era donde más predominaban éstas en los puntales y lomas, todo lo contrario a cuando el terreno estaba muy seco, que solían estar encamadas en las zonas bajas, en las junqueras y sitios frescos.

Los marranos en los días más calurosos del verano decía que la mayoría de la gente los buscaba en los lugares más bajos, en arroyos y barrancos, por pensar que eran los sitios que buscaban por estar más sombreados y frescos, cuando era todo lo contrario, que lo que solían hacer era encamarse en los puntales y zonas altas en general, pues aunque en esos sitios durante el día azotara más el sol, también era donde mas soplaba el aire, de ahí que fueran los más buscados por estos animales para encamarse en días o temporadas de mucho calor. Y que además esas zonas altas, como pueden ser los puntales, suelen ser los lugares donde menos se aprieta el monte, y por tanto por donde menos apantallado está el aire que buscan estos bichos para que los refresque en verano.

Cosas por el estilo a las contadas más arriba eran las que le enseñaba este hombre a Manuel, y otras muchas más que algún día cuando tenga tiempo, seguro que seguiré contando.