De Corzos

R. Barrachina

 

Corrían aquellos años en los que solamente existía una licencia de caza para poder ejercitarla en toda España, aunque con un recargo si se practicaba la llamada caza mayor, y en los que se podía acceder a un sorteo nacional para tener opción a cazar en alguna de nuestras Reservas Nacionales.

Como veníamos haciendo cada año, mi amigo Paco y yo cursamos los impresos para el sorteo con la buena fortuna de que nos vimos favorecidos con la posibilidad de cazar un corzo cada uno. A la hora de elegir fecha y lugar, nos pusimos de acuerdo y decidimos las mismas fechas en la Reserva Nacional de Riaño. A Paco le tocó el cuartel de Oseja de Sajambre y a mí el de Vegacerneja con el extraordinario Guarda Mayor Abilio Canal. Yo estaba entusiasmado, pues era mi “noviazgo” con “el duende”, al que no conocía más que por fotografías, documentales, y por haberlo visto cruzar volando bajo por delante de una armada entre una nube de tiros que no lo tocaron, en una de aquellas monterías que daba D. Claudio López de Atalaya en Fuencaliente.

Preparamos el viaje con la ilusión que merecía nuestra suerte, y decidimos aprovecharlo para realizar una excursión con la familia y pasar unos días por nuestra bendita geografía.

Días antes, comprobamos la puesta a punto de los rifles, reservamos habitaciones en el Hostal El Pontón, de Oseja de Sajambre, que está entre Vegacerneja y Soto de Sajambre cerca de la casa del guarda Enrique Mendoza, de tan grato recuerdo, y llevamos los coches a revisión para tratar de que no nos diesen problemas en el viaje.

Llegado el día de la partida en el mes de Julio, salimos desde Alicante con los dos coches bien cargados. Paco, acompañado de su mujer y tres de sus hijos, y yo con la mía y mis tres hijos, ambos coches con los maleteros repletos, y nosotros con el corazón rebosante de alegría y de ilusión.

El viaje se realizó sin problemas y sin fatiga. Paramos donde nos apeteció, pues con los niños las paradas eran obligatorias, y, a media tarde, llegamos a Astorga, que es una ciudad monumental y acogedora. Nos alojamos en el Hotel Gaudí, que está en una plaza junto a la majestuosa Catedral y frente al Palacio Episcopal obra del insigne arquitecto Gaudí.

Dimos un paseo por la ciudad, visitando los jardines de La Muralla, y viendo a los dos muñecos con traje maragato golpear la campana haciendo sonar las horas en el reloj de la fachada del Ayuntamiento.

Cenamos en un restaurante muy antiguo y afamado llamado La Peseta, que, aunque hoy existe, está en otro lugar y decorado de acuerdo con estos tiempos, pero con la misma calidad y ampliado con la oferta de unas pocas habitaciones.

Aquél restaurante, que fundó Dª Irene Alegre, maestra en el arte culinario y enamorada de su cocina, que no dudaba en mostrarla a los clientes, tomó el nombre de “la peseta” porque, al parecer, era el precio de su menú. Al fallecimiento de esta señora pasó a regentarlo su hijo, también desde los fogones, manteniendo los guisos que hacía su madre y ampliando la oferta sin perder el estilo casero y regional de siempre.

Recuerdo que cenamos en el comedor que tenían en el primer piso y que estábamos solos. Un camarero que nos atendió con su chaquetilla blanca, preparó una mesa para los seis niños y otra para los mayores, y, mientras nos acomodábamos, desapareció. Al momento regresó con una chaqueta encarnada y la carta, que era un folio manuscrito en el interior de una carpetilla transparente. Tomó nota de las bebidas dejándonos decidir los platos. Al instante volvió con la chaquetilla blanca para servir las bebidas y se volvió a vestir con la encarnada para anotar la comanda. Y así estuvo todo el tiempo cambiándose la chaqueta. Una para servir y otra para anotar, tanto la bebida, como la comida, como los postres, al igual que para presentar la factura y cobrar. La cena, que consistió en un surtido de todos los platos más afamados del lugar, fue más que abundante, y a un precio infinitamente más bajo del que nos hubiese costado algo similar en Alicante, y ello fue una constante durante todo el viaje. Lo pasamos muy bien, contagiándonos de las risas de los niños a cada cambio de chaqueta, y disfrutando al ver los esfuerzos que hacía el camarero para no estallar también en carcajadas.

A la mañana siguiente, visitamos los monumentos de la ciudad y emprendimos viaje para llegar a comer en Riaño. Por cierto que Paco estuvo a punto de salirse de la carretera al esquivar a un pajarillo que no pudo volar y trataba de salirse de la trayectoria del coche dando pequeños saltitos. ¡Y luego dicen de los cazadores...! Inconscientemente puso en peligro a la familia por no atropellar a un pobre pájaro.

Por la tarde, después de dejar a las familias alojadas, nos presentamos a nuestros respectivos guardas y, tras comprobar la documentación, nos propusieron comenzar los recechos de inmediato. Paco tuvo la suerte de ver un buen corzo y pudo hacerse con el. Yo fui más afortunado, pues vimos un corzo al que Abilio aconsejó que no le disparase porque era mediano, y además tuve algún buen rebeco a tiro antes de regresar ya de noche.

En los días siguientes, Paco salió con Abilio y conmigo para disfrutar del rececho, pero solo tuvimos la suerte de ver las huellas de un oso que vadeó el río por el mismo sitio que nosotros, un corzo de pobre trofeo que nos cruzó rápidamente a menos de cuarenta metros sin percatarse de nuestra presencia, y las señales inequívocas de que los lobos estaban cazando en nuestro mismo territorio. Por lo tanto, el último día de caza, Abilio tomó la decisión de cambiar de cuartel y salimos antes de amanecer acompañados por Paco, por Enrique Mendoza y por Diego, el guarda que acompañó a Paco el primer día.

Al hacer una asomada a un prado, subiendo por un muro de piedra que nos lo tapaba, vimos un corzo a la derecha muy cerca del muro y en muy malas condiciones para dispararle. Echado sobre la pared, atravesado sobre la misma de espaldas, balanceándome, y con Paco sujetándome por los pies para que no me fuese de cabeza al prado, le disparé cortándole un par de centímetros de una de las puntas. El corzo giró en redondo y se nos quedó mirando entre aturdido y asombrado. De los tres guardas podría ver la cabeza, y a mi me veía medio cuerpo paralelo al prado, balanceándome como si fuera un columpio. Repetí el disparo y esta vez cayó fulminado con el tiro en el pecho.

Saltamos la pared y comenzamos a aviarlo cuando, a unos cien metros de nosotros, apareció otro corzo a la carrera cruzando el prado que tendría unos trescientos metros de ancho por aquella zona. Sin darnos cuenta, Abilio sacó un butolo del bolsillo y lo hizo sonar, frenándose el corzo en seco y mirándonos. Al instante reanudó la carrera y Abilio volvió a reclamar, parándose de nuevo y volviendo a mirar, y así hasta cuatro veces antes de cruzar el prado. ¡Cuanta maestría con el reclamo!

Ese día comimos del corzo que cazó Paco, y posteriormente fuimos a la casa de Diego a saludar a su madre que quería conocernos, y que nos obsequió con unas deliciosas pastas que había hecho y una copa de anís.

Luego, en casa de Enrique, preparamos los trofeos y liquidamos las tasas, despidiéndonos de aquellos extraordinarios Guardas tomando unas botellas de sidra en el bar del pueblo, y poniéndonos perdidos tratando de escanciarla como ellos al estilo asturiano.

¡Que grato recuerdo conservamos de aquellos días, gracias a la calidad humana y profesional de aquellos Guardas! Personas de carácter, con una sencillez y amabilidad inusual, grandes cazadores y, por lo tanto, amantes de los animales.

Todavía sueño que los acompaño cuando salen esquiando en invierno para rescatar a los corzos que se quedan atrapados por la nieve, evitando que sean presa fácil de los lobos.

El viaje prosiguió por el desfiladero del Sella, pasando por el Santuario de Covadonga, Cangas y Ribadesella, la costa cantábrica hasta Santander, y continuando por Burgos a Madrid y Alicante.

Conservamos las muchas fotografías que hicimos, pero el mayor recuerdo lo llevamos en el corazón. ¡Gracias Abilio, Enrique y Diego!