La marcha de Manuel a la gran urbe y su regreso a la sierra

Rayón

 

Después de haber vivido Manuel en la sierra los diecinueve primeros años de su vida disfrutando de ella lo que nadie puede imaginar, tuvo que abandonarla igual que otros muchos chavales nacidos y criados en ella para emigrar hacia las grandes ciudades, en su caso a Madrid, en busca de un trabajo de los que ahora llamamos estables.

Fue muy duro para él, pues cambió su vida de una forma radical. Cuando vivía en Sierra Morena lo primero que veía todas las mañanas al levantarse era su escopeta, su canana y su morral colgados detrás de la puerta de su habitación, y al abrir la ventana, un enorme manto o tapiz de jaras, lentiscos y madroñas bordado con las muchas y caprichosas tonalidades del verde que tienen las distintas clases de monte, las siluetas de los cerros de Garbancillares y Navamorquín, y en un horizonte más lejano los que rodean a El Centenillo, envueltos algunas mañanas de invierno por desafiantes nieblas a las que iba “espantando” el sol a medida que entraba la mañana.

Cuando llegó a Madrid, lo único que veía todas las mañanas cuando abría la ventana de la habitación de la pensión en que vivía era un enorme muro de ladrillos y hormigón que a poco que sacara la cabeza casi se daba contra él. Otras cosas que tuvo que cambiar fueron: el pantalón de pana por uno de tergal; las botas por unos zapatos embetunados; la gorra por una corbata que se convirtió en su peor enemiga, pues había veces que parecía querer ahogarlo; su morral de piel de cabra por una carpeta de cartón azul llena de papelotes a los que odiaba; y su escopeta de perrillos a la que en ocasiones hasta le “hablaba” contándole sus penas y alegrías, también tuvo que cambiarla por dos cabras y una chota a Tomás el guarda de “Corrales”, que se quedaron allí, en la sierra, aumentando el rebaño que tenía su padre.

También tuvo que renunciar a la libertad y a los grandes espacios que le ofrecía la sierra, así como a mirar a lo largo hasta donde alcanzaba su vista, pues en Madrid los espacios más grandes de los que podía disfrutar eran los que había entre las aceras de los números pares e impares de sus calles, y las miradas más largas las que podía lanzar hasta unos metros, que era donde las limitaban y cortaban los muros de ladrillos y hormigón de las casas que en grandes hileras configuraban sus calles.

Pues bien, después de casi quince años viviendo Manuel en Madrid, ya casado y con dos hijos, una de las veces que fue a su pueblo, Baños de la Encina (Jaén), se encontró en el bar de la plaza con Andrés Briones “Correales” y Enrique Azorit “Trompetas”, viejos compañeros de fatigas caceras durante su juventud. Tras saludarlos le preguntaron si seguía cazando por Madrid como lo hacía allí en los viejos tiempos. Les contestó que por una serie de razones y como más importante la jubilación de su padre y su traslado de la sierra al pueblo a vivir, hacía casi diez años que no cazaba ni salía al campo para nada.

Tras una larga charla recordando viejas jornadas de caza y lances de antaño, de los que vivieron juntos en la sierra en muchas ocasiones cuando eran chavales, lo empezaron a animar para que se fuese con ellos a pasar el fin de semana al cortijo que tiene Enrique en Sierra Morena, “Juan de las Vacas”, prometiéndole además que le iban a hacer una espera a los marranos como las que les hacían cuando eran chavales.

Cuando le recordaron las esperas de marranos a la luz de la luna, aunque hacía tantos años que no las practicaba, le hicieron sentir el mismo mono por ellas que puede sentir un fumador empedernido por el tabaco cuando le ofrecen un cigarrillo al mes de haber dejado de fumar y, cuando aceptó la invitación, sintió la misma impaciencia por salir hacia la sierra que la que puede sentir un niño pequeño por recibir los juguetes pedidos en su carta a los Reyes Magos cuando se aproxima la noche del cinco al seis de enero.

Cuando Manuel llegó a su casa un tanto nervioso pensando que se iba de caza, le preguntó a su padre que dónde tenía la escopeta, que la iba a necesitar porque lo habían invitado a pasar el fin de semana en “Juan de las Vacas” y le iba a hacer una espera a los marranos con Andrés y Enrique. Su padre le dijo que mirara en un armario que había en el trastero, que estaba allí, pero que seguro tendría polvo del año que se lo pidieran, ya que él no la había utilizado ni sacado de la funda desde que se había venido de la sierra a vivir al pueblo. Cuando la encontró, lo primero que hizo fue limpiarla bien y ponerle unas gotas de aceite en las agujas para suavizarlas. Después la volvió a meter en su funda y la dejo preparada detrás de la puerta con los demás “apechusques” para cuando viniese Andrés a recogerlo salir zumbando sin perder tiempo.

Después de comer llegó Andrés a buscarlo con el Land Rover. Manuel loco de contento se despidió de su familia y metió todo en el coche. Más abajo, en la plaza, recogieron a Enrique, dándose cuenta Manuel que en veinte años Enrique había cambiado muy poco, ya que le hizo a Andrés abrir el maletero un montón de veces comprobando lo que había metido en él, pues por no acordarse no se acordaba ni de si había metido la escopeta.

De camino ya hacia la sierra, al llegar al “Cerro del tambor” desde donde se avista una gran parte de ella, empezó a sentir tal cúmulo de sensaciones que aunque hubiese querido no habría sabido describir.

Entraba después de un montón de años en su viejo hábitat, estaba respirando el aire impregnado en aromas de sierra que había respirado durante sus primeros años de vida, y no digamos cuando emocionado levantó su vista y vio los cerros de “Garbancillares” y Navamorquín”, pues en aquel momento y entre otras cosas pensó, que ya sabía la sensación que puede sentir un gorrión enjaulado cuando le abren la puerta de la jaula para que pueda volver a volar y posarse sobre las ramas de las encinas.

De todas formas su mayor emoción se produjo cuando al llegar a “Juan de las Vacas” se bajó del coche y empezó a mirar todas aquellas umbrías, solanas, lomas y barrancos de aquella zona de Sierra Morena en la que se había criado. Manuel miraba a un lado y a otro con la misma emoción con que otro hombre puede mirar a sus cuarenta años los soldaditos de plomo o el tren eléctrico con los que había jugado cuando era pequeño al encontrarlos en el desván de la casa de sus padres en la que se había criado, pues para Manuel todas aquellas umbrías, solanas, lomas y barrancos junto con el viejo molino del río, su morral, su podenca “Diana” y su vieja escopeta de perrillos eran los únicos juguetes que había tenido en la sierra cuando era un niño.

Cuando aproximadamente quedaba una hora de sol salieron los tres en el coche desde “Juan de las Vacas” hacia “Los Llanos”, que era la finca donde estaba el padre de Andrés de encargado y Administrador y donde iban a hacer la espera a los marranos, ya que tenían un permiso para hacerlas por daños a las siembras.

Después de saludar a Antonio, al padre de Andrés, tomaron un carril que bajaba hasta las avenas que había sembradas en un enorme llano rodeado de monte, donde se encamaban los marranos. Al llegar a un pilar que había en la parte alta de las siembras les dijo Andrés que el coche tenían que dejarlo allí, en una pequeña hondonada que hacía el terreno, pues si lo dejaban arriba en el llano, durante la noche con la luna que había se iba a ver brillar a mucha distancia, y con lo listos que son los marranos no iba a entrar ninguno.

Como Andrés había estado registrando las avenas el día anterior, les dijo a Enrique y Manuel que en vez de ponerse en el filo de la siembra lo iban a hacer cortando un “vallejo” que había a unos doscientos metros de ella, ya que por allí era por donde venían a entrar los marranos.

Después bajaron a pie por un carril que bordeaba la siembra, y cuando llegaron al principio del “vallejo” que iban a cortar le señalo Andrés a Manuel unas piedras que había en la parte de la solanilla, indicándole que allí era donde tenía que ponerse.

Manuel se bajó hacia las piedras y empezó a preparar el puesto y un buen asiento para sentarse lo más cómodo posible a esperar los marranos. Cuando se sentó detrás de las piedras y se sintió solo, empezó a mirar a su alrededor y a sentirse como se sentía aquel chaval de antaño cuando le hacía una espera a los marranos. Le parecía que no había pasado el tiempo, que los años que había estado alejado de la sierra se habían borrado de repente.

Al rato de hacerse de noche empezó a oír chasquear el monte en una meseta que había a unos cien metros a su izquierda, y al momento crujir un palo seco de alguna mata. Eran señales inequívocas del acercamiento de un marrano. Pasaron unos minutos y al marrano parecía que se lo había tragado la tierra, pues dejo de oírse. Pero una de las veces que Manuel miró a su izquierda lo vio aparecer a unos cincuenta pasos por un callejón entre dos lentiscos. Allí se paró para hacer una de las “escuchas” que ellos tienen por costumbre hacer, y al reanudar la marcha, Manuel se encaró la escopeta y mirándolo por encima de los cañones lo dejó llegar hasta unos veinte pasos, que fue donde apretó su cara a la culata de la escopeta y lo afinó para soltarle el tiro. El animal rodó por el suelo para después levantarse y correr hacia atrás unos pasos, pero cuando le iba a atizar el segundo tiro, hincó la cabeza en el suelo y se quedo tumbado todo lo largo que era.

Cuando Manuel vio el marrano tumbado delante de él se dio cuenta que sus piernas estaban temblando y su corazón latiendo como una locomotora por la emoción que le había proporcionado aquel lance, igual que le había pasado cuando abatió su primer marrano de espera siendo casi un niño.

A las dos horas de haber tirado llegaron Enrique y Andrés preguntándole que había hecho. Al indicarle Manuel dónde estaba el marrano tumbado, le dieron la mano felicitándolo y Enrique en tono de guasa le dijo a Andrés que al madrileño aunque hacía tanto tiempo que no cazaba no se le había olvidado lo que había que hacer para tumbarlos. Después subieron hacia donde estaba el coche, y allí junto a él se tomaron unas cervezas que llevaba Andrés en una nevera mientras se contaban -como hacían en el viejo molino del río cuando eran chavales- las tres horas vividas por cada uno en el puesto de espera, aunque lo que había estado sintiendo, viviendo y recordando Manuel en aquellas tres horas era algo imposible de contar con palabras, pues en aquel corto espacio de tiempo le habían pasado por su cabeza todas las vivencias de las dos etapas más bonitas de su vida, las de su infancia y juventud.

Un saludo para todos.
Rayón.