Hágase liviano

El Tati

 

Hágase "Liviano", Don...

Corrían los primeros fríos del mes de Julio del año 2.002, cuando un Viernes por la noche, después de una comilona de perdices a la crema de leche, obviamente con los amigos de siempre de tantas cacerías, se terminó de "armar" lo que sería la cacería del Domingo.

Aquí tengo que detenerme para ilustrarles que una cacería en estos lugares tan distantes de ustedes no se planea con tanta antelación, dado las cortas distancias que hay que recorrer para conseguir los cupos permitidos en lo que a cacería de "pluma" se refiere, sin ir más lejos, la localidad de San Javier está a unos 80 km. de la capital de la provincia de Santa Fe, lo único que teníamos que acordar era el lugar de encuentro y la hora en la que nos estaría esperando nuestro guía (vaqueano le decimos nosotros). Puesto en conocimiento el "mudo", así le decimos al vaqueano, quedamos que adelantaríamos la fecha de partida para el día sábado por la tarde, así aprovecharíamos la llegada de los patos cuando arribasen a dormir y si el cupo lo permitiese retornaríamos por la mañana bien temprano para "arrimarles plomo" cuando se dirigieran hacia los campos en busca de comida.

A eso de las 11:00 h. del sábado comenzaron los preparativos, que los perros, que las escopetas, que los cartuchos, que los caramelos para los hijos del mudo (es la única póliza que debemos pagarle, auque algunos cartuchos también le dejamos en agradecimiento).

Ya todo cargado pasamos a buscar a Leo, y aquí me detengo para contarles como está formado el "trío" de cazadores. Ordenados por calidad de tiradores que son. Primero "Roberto", al cual le he visto tumbar dos perdices al vuelo de un solo disparo (aquí las perdices no salen en bandadas como las suyas, sino que lo hacen de a una y a lo sumo de a dos y en distintas direcciones). En segundo lugar el "Leo", de menor puntería que el primero, pero ahí nomás, con más calidad en el tiro con rifle (tiro al "pelo" le decimos). Y por último quien relata (El Tati, como me dice el mudo) el cual no puede superar nunca el 60 % de los tiros efectuados, pero no me quejo dado que no voy a cazar en la cantidad de veces en que lo hacen mis compadres.

Pasadas las 12:30 h. del mediodía llegamos a San Javier y, previo pago de la póliza a los hijos del mudo antes mencionada, partimos hacia las cañadas en busca de los patos. Durante el viaje, el mudo nos comentó que, dadas las lluvias de las últimas semanas, pasaríamos antes por un par de campos inundados al cual ya tenía el permiso del dueño, el único inconveniente era que había que "vadear" un zanjón de dos metros de ancho por uno y medio de hondo pero que salvo el Leo (120 kilos de anatomía humana) los demás no tendríamos inconvenientes. Al escuchar esto ya comenzamos a "tentarnos" el sólo pensar cómo haría el Leo para realizar dicha faena.

Llegamos al lugar y dicho zanjón no parecía tanto como lo había expresado el mudo, más aún al ver cómo lo cruzó él mismo. Al llegar del otro lado nos mira sonriente y nos dice que utilicemos la técnica de "HACERSE LIVIANO" para intentar cruzarlo (hacerse liviano es una vez dado el primer paso sobre la hierba que cubre el zanjón, tratar de dar los otros pasos en forma rápida y consecutiva, lo más parecido a cuando Cristo cruzó caminando por las aguas), dicho esto el Leo no acusó recibo de las palabras y viendo como tanto yo como Roberto cruzábamos casi sin problemas, se lanzó en el intento, y aquí traten de imaginar como 130 kilos de peso se hacen LIVIANO ¿? Casi imposible, ¿no? Bueno así fue, tanto que al primer paso su anatomía se encontraba enterrada los un metro treinta en el barro/agua con los pertrechos sobre su cabeza, repitiendo sin cesar, ahora quiero verlos a ustedes tres cuando paren de reírse como "carajo" hacen para sacarme de esta zanja, imagínenlo ustedes, yo al recordarlo no puedo disimular la sonrisa.

Luego de un rato y tras tres intentos logramos hacerlo cruzar, cabe aclarar que no hacía falta que se camuflara en el follaje dado que tenía pegado a su cuerpo toda la vegetación de mencionado zanjón. Los doscientos metros que nos separaban del lugar donde tiraríamos fueron recorridos agachados, casi en cuclillas, pero no porque la cantidad de patos asentados así lo requería, sino dado la cantidad de risa que todavía seguía saliendo de los tres el recordar a Leo enterrado en ese zanjón.

Bueno, queridos cazadores, si tengo la suerte que me publiquen este relato, me animaré a relatarles algún otra cacería y aprovecho para invitarles a todos ustedes a que vengan a la Argentina a saciar el vicio, sepan ustedes que de este otro lado "del charco" siempre encontrarán un "vaqueano" dispuesto a acompañarlos.

Un abrazo...

El Tati.